Capítulo 5
Ewan supo que la invitación del duque de Hamilton no era realmente una invitación porque no contenía una sola pregunta.
Regresó de la City poco después de las cinco, con el olor del carbón todavía prendido a la levita y un acuerdo favorable para la lana de Glenmuir guardado en el bolsillo interior.
Había conseguido un precio mejor, parte del pago por adelantado y la promesa de que ningún intermediario modificaría las condiciones antes de la entrega.
Malcolm encontraría algún defecto en el contrato, por supuesto.
Sería su forma de admitir que estaba satisfecho.
La señora Brodie lo esperaba detrás del mostrador de la posada con una tarjeta de bordes gruesos entre los dedos.
—Esto ha llegado para usted.
Ewan reconoció el sello Hamilton.
—¿Hace mucho?
—Lo suficiente para que el lacayo examinara el vestíbulo, las escaleras y mi mejor jarrón como si temiera contagiarse de pobreza.
Rompió el sello. El duque de Hamilton solicitaba el placer de su compañía aquella noche, a las ocho, en la residencia familiar de Londres.
La caligrafía era del secretario.
La intención, indudablemente, de Alexander Hamilton.
La señora Brodie se inclinó sobre el mostrador.
—¿El duque?
—Ese.
—¿Y piensa ir?
Ewan guardó la tarjeta.
—Me ha evitado decidir qué cenaré.
—Muchacho, si un padre lo invita después de que media ciudad lo haya visto rondando a su hija, la comida debería ser la menor de sus preocupaciones.
—No la rondaba.
—Apareció en una velada sin invitación para entregarle una carta, lo sabe todo el mundo.
—Eso no es rondar.
—Después permitió que la joven le arreglara la corbata delante de un salón lleno.
Ewan se quedó quieto.
—¿Cómo sabe eso?
—La señora Hargreaves ha desayunado aquí. Su cuñada sirve a lady Bexley, cuya doncella oyó contarlo a una de las criadas de lady Harcourt.
Ewan contempló a la mujer.
—Los ingleses deberían emplear esa organización en el ejército.
—Lo hacen. Por eso poseen medio mundo y conocen todos los secretos antes del almuerzo.
Ewan apoyó los antebrazos sobre el mostrador.
—No era una corbata, era una pañoleta, y estaba torcida.
—Una tragedia.
—Lady Cathaline la corrigió.
—Otra tragedia.
—No ocurrió nada más.
La señora Brodie le entregó la llave de su habitación.
—Entonces podrá explicárselo al duque con facilidad.
Ewan subió las escaleras preguntándose si arrojarse por una de las ventanas sería una decisión prudente o simplemente una forma particularmente inglesa de evitar una cena.
Alexander Hamilton no era solo el padre de Cathaline.
Era un hombre nacido en Arran, antiguo heredero de una casa perseguida y duque por una combinación de sangre, obstinación y supervivencia.
Ewan lo había visto enfrentarse a Malcolm, a Douglas y a una sala llena de hombres sin necesidad de elevar la voz.
También era el hombre que, años atrás, le había estrechado el antebrazo en Glenmuir y le había dicho que jamás olvidaría que le debía la vida de su hija.
Ewan sospechaba que estaba a punto de descubrir los límites exactos de aquella gratitud.
A las ocho menos diez, un coche lo dejó frente a la residencia londinense de los Hamilton.
Había escogido su mejor levita, una camisa limpia y la pañoleta más discreta que la señora Brodie pudo encontrar después de entrar en su habitación sin permiso y rechazar dos de las suyas.
El plaid Sinclair permaneció en la posada.
No porque se avergonzara de sus colores, sino porque presentarse ante Alexander envuelto en tartán podía parecer una declaración de guerra o una petición matrimonial.
Ewan no estaba preparado para ninguna de las dos.
Un mayordomo lo condujo directamente al despacho del duque.
Alexander permanecía de pie junto a la chimenea. Tenía una copa en la mano y el cabello oscuro salpicado ya de gris en las sienes. No llevaba levita, solo un chaleco negro sobre la camisa blanca, como si hubiera decidido recibir a Ewan más como padre que como duque.
Aquello no resultaba más tranquilizador.
—Señor Sinclair.
—Su Excelencia.
Alexander señaló una silla.
Ewan no se sentó hasta que el duque lo hizo.
—Ha conseguido que Londres hable de mi hija durante dos días consecutivos.
—Londres parece necesitar muy poco estímulo.
—En eso estamos de acuerdo.
Alexander bebió un sorbo de su copa. Sobre el escritorio había varias tarjetas, dos cartas y un ejemplar doblado del periódico de la tarde.
Ewan no necesitó acercarse para saber que alguna columna había encontrado ya una manera de mencionar a un escocés sin invitación y una hija de duque con una carta.
—Le debo la vida de Cathaline —continuó Alexander—. Eso le ha concedido en esta familia más indulgencia de la que acostumbro a ofrecer.
—Empiezo a sospechar que la he utilizado toda.
La boca del duque se curvó con dificultad. No llegó a ser una sonrisa.
—Todavía no lo he decidido.
—Agradezco la esperanza.
Alexander dejó la copa.
—¿Qué contenía la carta?
Ewan había esperado la pregunta.
Eso no la volvió más sencilla.
—Nada que deba preocuparlo.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Lo sé.
El silencio se instaló entre ambos. Ewan podía contarle la verdad. No había nada deshonroso en aquellas líneas. Ninguna promesa, ninguna proposición, ninguna palabra que un padre pudiera interpretar como una seducción.
Pero la carta ya no le pertenecía.
—Entonces ¿qué escribió? —preguntó Alexander.
—Algo dirigido a su hija.
—Es mi hija.
—Y la carta continúa siendo suya.
Alexander lo observó durante tanto tiempo que Ewan oyó el fuego desplazarse entre los leños.
Podía expulsarlo.
Podía exigir la carta directamente a Cathaline.
Podía enviar un criado a buscar su abrigo y asegurarse de que ninguna puerta Hamilton volviera a abrirse para él.
En vez de hacer cualquiera de aquellas cosas, tomó una segunda copa y sirvió whisky.
—Mi padre habría ordenado que lo arrojaran al lago —dijo Alexander al fin.
Ewan aceptó el vaso y lo levantó ligeramente, como si brindara por aquella posibilidad.
—Malcolm probablemente habría pedido que esperaran hasta después de cenar. Detesta desperdiciar una buena ocasión para alimentar a un Sinclair.
Una sombra de sonrisa apareció en la boca del duque.
—No conoce tan bien a mi yerno como cree.
—Vivo bajo su techo desde hace suficientes años. Primero discutiría conmigo durante media hora, después me arrojaría al lago y, al verme salir, señalaría que había tenido razón desde el principio.
Alexander soltó una breve risa.
—Eso sí se parece a Malcolm.
—Por eso continúo vivo. Uno aprende pronto cuándo apartarse de su camino.
—Y, sin embargo, ha venido a Londres a meterse directamente en el mío.
Ewan miró el whisky.
—Empiezo a darme cuenta del error.
Alexander regresó junto a la chimenea.
—En Arran, si un hombre llega embarrado a una casa, habla demasiado y se marcha dejando preguntas, el pueblo se ríe de él durante una semana. En Londres, se pregunta primero qué hizo la mujer para atraerlo.
Ewan bajó la mirada hacia el whisky.
—Lo sé.
—No, todavía no lo sabe. Aquí una imprudencia se convierte en una anécdota para usted y en una mancha para ella. No importa que sea injusto. La injusticia no impide que una reputación se arruine.
—No haré nada que perjudique a Cathaline.
—A lo mejor no necesita hacer nada. Su sola presencia provoca rumores, señor Sinclair.
La frase lo alcanzó con una precisión incómoda.
Ewan sostuvo la mirada del duque.
—No tardaré en marcharme.
—Eso sería lo prudente.
La puerta se abrió antes de que Ewan pudiera responder.
Eliza Hamilton, la duquesa, entró sin anunciarse, vestida con seda azul grisácea y perlas. Su belleza se había suavizado con los años sin desaparecer. Había algo demasiado tranquilo en ella, una calma inglesa que ni siquiera el matrimonio con Alexander había conseguido quebrar.
Miró primero a su marido.
Después a Ewan.
—La última vez que llegaron noticias de usted junto a mi hija, Cathaline había estado a punto de ahogarse y usted acababa de sacarla de un río —dijo Eliza—. Supongo que debo considerar un progreso que ahora el mayor daño sea una pañoleta torcida.
La mano de Ewan subió por puro instinto hacia el nudo.
Eliza lo vio.
También Alexander.
Ewan dejó caer el brazo.
—La moda inglesa exige una precisión que mis dedos no comprenden.
—Cathaline parece haberlos ayudado.
No era una pregunta.
—Las apariencias importan, por eso su hija quiso ayudarme —explicó él.
Eliza inclinó la cabeza.
—Eso he oído.
Alexander se terminó el whisky.
—Londres necesita ocupaciones más útiles —comentó el duque, hastiado de la ciudad.
—Esta ciudad considera que la vida de los demás es una ocupación —respondió su esposa—. La cena está a punto de servirse.
Ewan se puso en pie.
Eliza permaneció junto a la puerta, pero antes de salir habló en voz más baja.
—Me alegra verlo, señor Sinclair. No olvido lo que hizo por Cathaline.
La sencillez de aquellas palabras lo incomodó más que las advertencias de Alexander.
—Cualquiera habría entrado en el río.
—No —respondió ella—. Cualquiera habría pedido ayuda.
Salieron al salón pequeño.
Cathaline entró por la puerta opuesta en ese mismo instante.
Se detuvo.
Fue solo una vacilación, un cambio mínimo en el ritmo de sus pasos que nadie más habría notado.
Ewan sí.
Aquella noche no llevaba un vestido destinado a conquistar un salón.
La seda color rosa empolvado se ajustaba a su cintura y descendía con una elegancia sencilla, sin la abundancia de lazos y adornos que Londres parecía exigirle.
El escote cuadrado mostraba la línea clara del cuello y la delicadeza de sus hombros.
Se había recogido el cabello con menos artificio; un mechón curvado rozaba su nuca cada vez que movía la cabeza.
No había cien personas esperando su sonrisa.
No había una orquesta ni un periódico dispuesto a describir su vestido.
Y aun así Ewan tuvo que recordar cómo respirar.