Capítulo 4 #2
—Invitarlo.
—Eso ya lo he deducido.
—Si no lo invitaba yo, lady Bexley lo habría hecho mañana y lo habría sentado frente a ti durante dos horas.
Cathaline observó las miradas que seguían a Ewan desde la puerta.
—Lo has convertido en una atracción.
—Llegó convertido. Yo solo he procurado que la jaula le resulte más familiar.
—No sé si podré perdonarte, Eleanor.
Ewan saludó a lady Harcourt con una corrección sorprendente. La anfitriona pareció encantada de haber capturado al protagonista del último rumor londinense y lo condujo hacia Cathaline.
Las miradas se multiplicaron.
Londres estaba ávido de un escándalo. Quería saber qué relación podía existir entre la joven más admirada de la temporada y el escocés salvaje.
Ewan se detuvo ante ella e hizo una reverencia.
—Lady Cathaline.
—Señor Sinclair.
—He recibido su nota esta mañana.
—Era difícil no hacerlo. La llevó uno de nuestros criados.
—Su respuesta ha sido extraordinariamente breve.
—Consideré que era toda la que merecía.
—Entonces me considero afortunado. Temía no merecer ninguna.
La sonrisa de Ewan fue apenas visible, pero Cathaline la conocía demasiado bien.
—¿Por qué está aquí?
Él miró a Eleanor.
—Lady Eleanor tuvo la amabilidad de invitarme.
—Eleanor nunca hace nada únicamente por amabilidad.
—Eso también empiezo a sospecharlo.
—Si vuelve a llamarla rubia delante de estas personas —intervino Eleanor con la voz baja, de manera que nadie pudiera escucharla—, mañana estarán anunciando la boda.
Ewan inclinó la cabeza.
—Entonces procuraré esperar hasta que haya menos testigos.
Cathaline fue la única que lo oyó.
No le hizo ninguna gracia.
Un criado se acercó con una bandeja. Ewan tomó una taza y miró el contenido con desconfianza.
—Es té —dijo Cathaline.
—He reconocido el líquido.
—Entonces su estancia en Londres no ha sido una pérdida completa.
Él la miró.
La frase pertenecía a la noche anterior.
Cathaline se dio cuenta demasiado tarde.
Ewan no dijo nada. No hacía falta. La familiaridad quedó entre ambos como algo que los demás podían percibir, aunque no comprendieran de dónde procedía.
Mowbray se acercó.
—Señor Sinclair.
—Lord Mowbray.
Aquella vez Ewan recordaba perfectamente su nombre.
—Confío en que Londres le ofrezca una acogida más ordenada esta tarde —dijo el conde.
Ewan miró la taza.
—Me han dado té y una invitación. Empiezo a sospechar que ambas cosas pueden retirarse si me comporto mal.
—La invitación quizás —respondió Cathaline—. El té ya está en peligro.
Ewan acercó la taza a los labios.
—He bebido cosas peores.
—En Glenmuir llaman whisky a casi todas.
Mowbray observó el intercambio.
—Parece conocer bien las costumbres de los Sinclair, lady Cathaline.
—Somos familia, lord Mowbray. Y estuve atrapada en su castillo durante varias semanas.
—Y sobrevivió —dijo Ewan—. Contra la opinión de todos.
—Gracias a que nadie me obligó a beber su whisky.
—Eso explica muchas cosas.
Cathaline le dedicó una mirada que habría obligado a cualquier otro hombre a retroceder.
Ewan bebió tranquilamente.
Mowbray no sonrió.
—¿Lo trae algún asunto a Londres, señor Sinclair?
—Mañana debo reunirme con un comerciante de lana en la City. Glenmuir intenta vender este año sin permitir que un intermediario inglés se quede con la mitad del beneficio.
—Una pretensión ambiciosa.
—Malcolm posee varias.
—Y usted se ocupa de sus negocios.
—Me ocupo de aquello que deja sin hacer mientras discute con su esposa.
Cathaline estuvo a punto de reír.
Mowbray volvió los ojos hacia ella.
—Lady Cathaline, pensaba visitar mañana la Grosvenor Gallery. Si sus compromisos se lo permiten, sería un honor acompañarla.
La invitación estaba formulada con corrección.
La respuesta que esperaba también era evidente.
Ewan no intervino. Ni siquiera miró a Cathaline. Se limitó a beber el té, dejándole el silencio completo para escoger.
Ella reparó en ello.
—Consultaré mis compromisos —respondió.
Mowbray tardó un instante en asentir.
—Por supuesto.
Eleanor reclamó su atención desde el otro lado de la estancia y el conde se apartó después de una reverencia. Antes de alejarse, dirigió una breve mirada a Ewan.
No fue hostil.
Todavía.
Pero ya no era indiferente.
Una joven se sentó al piano. Los invitados fueron acercándose hacia la parte principal del salón y Eleanor quedó atrapada entre dos damas que deseaban conocer cada detalle de la llegada de Ewan a Grosvenor Square.
Cathaline se dirigió hacia uno de los ventanales.
Ewan la siguió.
No estaban solos. La señorita Worth ocupaba una silla cercana y media docena de personas podía verlos. Aun así, el sonido del piano y las conversaciones ofrecía una intimidad limitada.
—Ha permanecido callado —dijo Cathaline.
—¿Cuándo?
—Cuando lord Mowbray me ha invitado a la galería.
—La invitación no era para mí.
—Eso nunca le ha impedido opinar.
Ewan dejó la taza sobre una mesa.
—Empiezo a aprender cuándo una opinión no me pertenece.
Cathaline lo observó.
La respuesta no era la que esperaba.
—Una tarde en Londres y ya está perdiendo sus peores costumbres.
—No se preocupe. Conservo suficientes.
—¿Cuándo regresa a Escocia?
La pregunta salió con demasiada rapidez.
Ewan miró hacia la lluvia que empezaba a manchar los cristales.
—Después de ocuparme del contrato de lana. Quizás dentro de tres días. Quizás cuatro.
Cathaline había esperado que dijera mañana.
El alivio que sintió al no escucharlo resultó absurdo.
—Londres tendrá tiempo de arrepentirse de haberlo conocido.
—Usted parece haberlo hecho hace años.
—Y, sin embargo, continúa apareciendo en mi vida.
—Quizás no se esfuerza lo suficiente en desanimarme.
Antes de que Cathaline encontrara una respuesta, reparó en el nudo de su pañoleta. Se había desplazado ligeramente hacia un lado, quizás por el cuello demasiado rígido o por la batalla perdida contra su cabello y su impaciencia.
—Su pañoleta está torcida.
Ewan bajó los ojos.
—Ha sobrevivido hasta ahora.
—Eso no significa que deba permitirle continuar.
Cathaline levantó una mano sin pensar.
Sus dedos enguantados tocaron la seda del nudo. Ewan se quedó completamente inmóvil.
Ella tiró apenas del extremo de la tela y lo centró. La distancia entre ambos se redujo más de lo que había previsto. Ewan bajó la cabeza para facilitarle el gesto y su respiración le rozó la frente.
Ewan olía a jabón limpio, lana y algo cálido que no pertenecía a ningún salón londinense.
Cathaline sintió el movimiento de su garganta bajo los dedos.
—¿Mejor? —preguntó ella.
La voz de Ewan descendió.
—Mucho peor.
Cathaline levantó los ojos. Durante un instante no hubo piano, invitados ni señorita Worth. Solo la mirada verde de Ewan, su boca demasiado cerca y la mano de Cathaline detenida sobre el nudo de su pañoleta.
Alguien dejó una taza sobre un plato.
El sonido bastó.
Cathaline retiró la mano.
Mowbray se encontraba a pocos pasos.
Había visto el gesto.
—Lady Cathaline —dijo con absoluta corrección—, mi carruaje la llevará a casa cuando desee retirarse.
—He venido en el nuestro, milord.
—Naturalmente.
Mowbray inclinó la cabeza y se alejó.
Cathaline giró el rostro hacia Ewan.
—Esto es culpa suya.
—No recuerdo haberle pedido que me tocara.
El calor le subió a las mejillas.
—Su aspecto estaba perjudicando a toda Escocia, lo que incluye parte de mi familia. Señor Sinclair, aquí las apariencias lo son todo.
—Entonces agradezco su patriotismo y su afecto familiar.
Cathaline tomó el abanico y se apartó antes de que él pudiera ver cuánto la había alterado.
La reunión continuó durante otra hora. Lady Harcourt pidió una segunda pieza al piano. Lady Bexley interrogó a Ewan sobre la caza en las Highlands. La señora Dalrymple descubrió que tenía una sobrina soltera de veintidós años.
Mowbray permaneció impecablemente educado. Y observó.
Cuando Cathaline se despidió, Ewan se encontraba junto a Eleanor, respondiendo con evidente paciencia a otra pregunta sobre Glenmuir. Levantó los ojos al verla cruzar el salón.
No sonrió.
Tampoco apartó la mirada.
Cathaline ocupó el carruaje junto a la señorita Worth. Las ruedas empezaron a avanzar sobre el pavimento húmedo y la casa de lady Harcourt desapareció detrás de la niebla.
Londres había visto a una dama corregir la pañoleta de un hombre.
Antes de la cena, probablemente habría decidido qué significaba.
Pero lo verdaderamente peligroso no era que Mowbray hubiera presenciado el gesto, ni siquiera que media sala pudiera convertirlo en un rumor antes de la cena.
Era la forma en que Ewan se había quedado inmóvil bajo sus dedos, la manera en que había bajado la voz al responderle y aquella mirada que no se parecía a ninguna de las que Cathaline recibía cada noche en Londres.
Porque cuando ella apartó la mano de su corbata, Ewan no pareció aliviado.
Pareció decepcionado.
Y Cathaline, contra toda prudencia, había sentido exactamente lo mismo.
Fue entonces cuando comprendió que el verdadero escándalo no empezaría cuando Londres decidiera hablar de ellos. Empezaría mucho antes, si alguno de los dos dejaba de fingir que aquel instante no había significado nada.