Capítulo 4
Cathaline envió la nota a Ewan poco antes del mediodía.
No porque esperara una respuesta.
Tampoco porque la carta de aquel hombre hubiera permanecido en sus pensamientos desde que abrió los ojos, mucho antes de que la doncella apartara las cortinas y permitiera entrar la primera claridad gris de octubre.
La había enviado para cerrar el asunto.
Tres líneas bastaban para informar al señor Sinclair de que había leído su carta, evitar que regresara a otra residencia sin invitación y permitir que ambos continuaran con sus vidas como personas razonables.
Cathaline estaba bastante satisfecha con aquella explicación.
Incluso había conseguido creérsela durante casi una hora.
La recepción de lady Harcourt comenzó a las cuatro en su residencia de Belgrave Square.
Era tía de Eleanor, viuda desde hacía quince años y propietaria de una casa donde las visitas de tarde parecían organizarse solas.
Los criados recogían tarjetas en el vestíbulo, anunciaban apellidos y conducían a los invitados hacia un salón lleno de porcelana, flores de invernadero y pequeñas mesas dispuestas para que nadie tuviera que recorrer más de diez pasos antes de encontrar té, pasteles o alguien cuya reputación comentar.
La señorita Worth entregó su capa a un lacayo y observó la estancia con recelo.
—Hay demasiadas personas.
—Eso suele ocurrir cuando se las invita —respondió Cathaline.
—La mayoría no han venido por el té.
Cathaline ya lo sabía.
La historia del escocés pelirrojo había llegado antes que ellas.
Nadie preguntó directamente por Ewan. Las damas bien educadas no necesitaban formular preguntas para conseguir respuestas.
Se interesaron por la velada de lady Ashbourne, por la lluvia, por el estado de los caminos desde Escocia y por la frecuencia con que los Sinclair acostumbraban visitar Londres sin previo aviso.
Una joven quiso saber si todos los escoceses llevaban tartán durante la temporada.
Otra preguntó si Glenmuir se encontraba muy lejos de la estación más próxima.
Lady Bexley se limitó a observar el bolso de Cathaline, como si esperara que otra carta intentara escapar de su interior.
Cathaline respondió con la paciencia de una mujer que conocía el valor de no ofrecer a Londres más de lo que ya había conseguido robar.
Llevaba un vestido de tarde verde oscuro, de falda estrecha sobre las caderas y pequeño polisón, con encaje marfil en el cuello y los puños.
Su rostro ovalado, de pómulos delicados y mandíbula fina, terminaba en un mentón elegante que se alzaba cuando algo la irritaba.
Tenía las facciones demasiado armoniosas para resultar comunes: ojos grandes y claros, nariz recta, una boca bien dibujada y una piel tan perfecta que la luz gris de la tarde parecía suavizarse antes de tocarla.
Su belleza no desaparecía cuando dejaba de sonreír. Al contrario. Cuando Cathaline estaba callada y observaba a alguien, se volvía todavía más difícil apartar los ojos de ella.
Aquella tarde, medio salón estaba descubriéndolo.
Eleanor apareció junto a una mesa cubierta de tazas azules y blancas.
—Has venido de verde.
—Es un color.
—También lo es el tartán Sinclair.
—Si piensas dedicar la tarde a interpretar mis vestidos, te enviaré a hablar con la señorita Pembroke. Ella tiene más experiencia.
Eleanor aceptó una taza que le ofrecía un criado.
—¿Has enviado la respuesta?
Cathaline tomó otra.
—Sí.
—¿Cuánto has escrito?
—Lo suficiente.
—Entonces no más de tres líneas.
—Dos.
Eleanor sonrió.
—Ewan estará encantado.
—El señor Sinclair debería conformarse con que no devolviera su carta hecha pedazos.
Antes de que Eleanor pudiera responder, lady Bexley se acercó acompañada por su prima lejana, lady Pembroke, y una viuda llamada señora Dalrymple, cuya hija había intentado conseguir una presentación formal con Douglas durante dos temporadas.
La señora Dalrymple conservaba todavía cierta melancolía al recordarlo.
—Hablábamos de su familia, lady Cathaline —dijo lady Bexley.
—Qué valientes.
Eleanor bajó la taza para esconder una sonrisa.
—Recordábamos a lady Audrey —continuó lady Pembroke—. Era una joven verdaderamente excepcional. La educación, los modales, aquella elegancia tan natural... Resulta una lástima que acabara enterrada en un castillo escocés.
—Casada con un Sinclair —añadió lady Bexley, como si eso explicara el entierro.
—Y apenas viene a Londres —lamentó la señora Dalrymple—. Aunque lo de lord Douglas fue todavía peor.
Cathaline apoyó la taza sobre el plato.
—¿Peor?
La viuda suspiró.
—El heredero de Hamilton. Tan apuesto, tan correcto cuando quería serlo... Hubo un tiempo en que cada madre de Londres esperaba descubrir con quién se casaría. Ahora vive en Arran, entre montañas y pescadores.
—En Brodick —precisó lady Bexley—. Casado también con una Sinclair. Otra pérdida para la sociedad.
Cathaline podía burlarse de la humedad de Glenmuir, de los caminos de Arran y de la costumbre escocesa de resolver demasiadas cosas alrededor de una botella de whisky. Londres no podía hacerlo.
Audrey había escogido Glenmuir con los ojos abiertos. Douglas había convertido Brodick en su hogar. Cathaline no compartía su deseo de vivir entre piedra, lluvia y personas que consideraban una caminata de seis millas una distracción razonable, pero eran sus hermanos.
Y Escocia no era un error cometido por la familia Hamilton.
Era su origen.
—Mi hermana no está enterrada en ninguna parte —dijo con una serenidad que obligó a las tres mujeres a escucharla—.
Es la duquesa de Glenmuir y administra aquellas tierras junto a su marido.
Douglas tampoco se ha perdido. Vive en la isla donde nació nuestro padre y donde la familia Hamilton gobernó mucho antes de que Londres aprendiera a lamentar su ausencia.
Lady Bexley pestañeó.
—No pretendía ofenderla.
—Por supuesto que no —La dulzura de Cathaline hizo que la disculpa sonara todavía menos convincente—. Solo resulta curioso —continuó— que Inglaterra considere desaparecido a cualquiera que encuentre una vida satisfactoria más allá de sus salones.
La señora Dalrymple se removió.
—Escocia es un lugar muy... distinto.
—Mi padre nació en Arran —respondió Cathaline—. Si Escocia arruina de ese modo la educación de las personas, ha tenido la consideración de ocultarlo durante más de cincuenta años.
Eleanor tosió detrás de la taza.
Lady Pembroke recordó de pronto que debía hablar con la anfitriona. La señora Dalrymple la acompañó y lady Bexley decidió que el té necesitaba más leche.
Cuando se alejaron, Eleanor miró a Cathaline.
—Eso ha sido cruel.
—He sido encantadora.
—En tu caso, ambas cosas suelen coincidir.
—Han insultado a mi familia.
—Creían estar compadeciéndola.
—Eso era peor.
Lord Mowbray llegó poco después.
Edmund vestía una levita gris, guantes claros y la expresión satisfecha de un hombre que esperaba encontrar cada objeto en el lugar que le correspondía. Saludó a Eleanor, inclinó la cabeza ante la señorita Worth y se detuvo junto a Cathaline.
—He oído su defensa de Escocia.
—Entonces lady Bexley ya debe de estar contándola en otra habitación.
—Ha hecho bien. El afecto familiar siempre resulta admirable.
Cathaline reconoció el elogio. También la condescendencia oculta debajo.
—Me tranquiliza contar con su aprobación.
Mowbray ignoró la ironía.
—Comprendo que sienta apego por las raíces de su familia, aunque no creo que desee la misma vida que sus hermanos.
Aquello era cierto.
Cathaline no se imaginaba envejeciendo en Glenmuir, discutiendo sobre ovejas, goteras y caminos cerrados por la nieve. Tampoco quería abandonar Londres para instalarse en Brodick, donde el viento deshacía un peinado antes de que una mujer terminara de bajar de un carruaje.
Pero no le gustó que Mowbray hablara como si ya conociera sus decisiones.
—Qué afortunada soy —dijo—. Empieza a conocer mis deseos antes que yo.
Él sonrió.
—Solo he aprendido a observarla.
—Todavía le queda mucho trabajo.
Lady Harcourt se acercó a saludarlos y Mowbray aprovechó para mencionar la futura visita a Kent.
—Mi madre estará encantada de recibir a lady Cathaline en noviembre.
Cathaline levantó los ojos hacia él.
—Si voy a Kent.
La pausa fue mínima.
—Había entendido que la invitación le agradaba.
—Entonces ha entendido demasiado deprisa.
Mowbray mantuvo la sonrisa, aunque algo se endureció en sus ojos.
Lady Harcourt intervino hablando de una exposición de acuarelas, y la conversación habría continuado por caminos perfectamente civilizados si el mayordomo no hubiera aparecido junto a la puerta.
—El señor Ewan Sinclair.
La estancia no quedó en silencio.
La buena sociedad jamás reconocía de una forma tan evidente que estaba esperando un espectáculo.
Pero varias conversaciones se debilitaron a la vez.
Cathaline se giró.
Y comprendió inmediatamente que Eleanor era culpable.
Ewan ya no parecía un hombre que acababa de cruzar Inglaterra sin concederle a su equipaje la oportunidad de alcanzarlo.
Llevaba una levita negra bien cortada, un chaleco verde oscuro y una camisa de una blancura impecable.
La pañoleta, aunque no perfecta, se aproximaba lo suficiente a la corrección como para demostrar que alguien había intentado ayudarlo.
Un pequeño pasador de plata con el ciervo Sinclair brillaba bajo el nudo.
Las botas estaban limpias.
El cabello también.
Había sido peinado hacia atrás, pero varios mechones rojizos ya empezaban a caer sobre su frente. La barba corta endurecía una boca demasiado inclinada a la sonrisa, y la cicatriz sobre la nariz impedía que la perfección de sus facciones pareciera delicada.
La noche anterior, Londres podía atribuir su atractivo al peligro de lo desconocido.
Aquella tarde no disponía de esa excusa.
Ewan Sinclair era terriblemente guapo.
—Dios santo —murmuró la señora Dalrymple a poca distancia—. Nadie me explicó esta parte.
Lady Bexley abrió un poco más el abanico.
—Quizás Escocia no sea tan agreste como dicen.
Cathaline sintió una presión extraña bajo las costillas y la atribuyó al corpiño.
Eleanor apareció a su lado.
—No me mires así.
—¿Qué has hecho?