Capítulo 3
La carta de Ewan Sinclair pesaba menos que una onza y ocupaba todo el carruaje.
Cathaline la sentía dentro del pequeño bolso sujeto a su muñeca, rozándole la falda cada vez que las ruedas pasaban sobre una irregularidad del pavimento. Desde que había abandonado la residencia de lady Ashbourne, se había prometido tres veces no volver a pensar en ella.
La promesa había durado menos que el primer giro hacia Berkeley Square.
Frente a Cathaline, la señorita Worth permanecía muy erguida, con el abrigo cerrado hasta el cuello y una expresión que habría bastado para hacer confesar a un criminal. Eleanor, sentada a su lado, miraba alternativamente a Cathaline y al bolso con una curiosidad que ni siquiera intentaba ocultar.
—«Rubia» —pronunció al fin la señorita Worth.
Cathaline giró el rostro hacia la ventanilla. La lluvia descendía por el cristal, deformando los faroles y las fachadas de Mayfair.
—Es un color bastante común.
—No empleado como tratamiento para la hija de un duque delante de medio salón.
—El señor Sinclair posee una educación irregular.
—El señor Sinclair no posee educación alguna.
Eleanor soltó una risa.
—Debo reconocer que su entrada ha sido memorable.
—También lo sería la de un caballo —replicó Cathaline—. Eso no la convertiría en apropiada.
—Un caballo no habría cruzado Inglaterra para entregarte una carta.
Cathaline notó que la mano se le cerraba alrededor del abanico.
—No sabemos desde dónde ha venido.
—Llevaba el tartán Sinclair y aspecto de no haber dormido desde Escocia.
—Muchos hombres cultivan una apariencia fatigada para resultar interesantes.
—Lord Mowbray no —observó Eleanor.
—Edmund duerme bien.
—Eso se nota.
La señorita Worth las miró a ambas.
—Ninguna parece comprender la gravedad de lo ocurrido. Mañana todo Londres hablará de ese hombre.
—Londres habla cada mañana —dijo Cathaline—. De lo contrario, muchas personas descubrirían que no tienen nada que decirse durante el desayuno.
—Apareció sin invitación, se negó a entregar la carta al mayordomo, la apartó de su cortejante y la llamó «rubia».
—Yo lo aparté a él.
—Eso no mejora la situación.
—La mejora para el señor Sinclair. Lady Ashbourne estaba a punto de expulsarlo.
Eleanor se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Qué contiene la carta?
Cathaline movió el bolso sobre su regazo.
—Papel, por lo que he podido deducir.
—Habéis discutido durante casi diez minutos.
—Ewan puede convertir hasta una indicación sencilla en una discusión.
—Lo has llamado Ewan.
Cathaline la miró.
Eleanor sonrió con inocencia.
—También conozco su apellido —dijo Cathaline—. Eso no nos convierte en íntimos.
—No. Pero la manera en que te ha mirado podría despertar otras conclusiones.
La respuesta más adecuada habría sido una negación inmediata. Cathaline conocía varias. Algunas eran elegantes; otras podían acabar con una amistad.
No utilizó ninguna.
El carruaje se detuvo frente a la casa de la tía de Eleanor. Un lacayo abrió la portezuela y desplegó el escalón bajo la lluvia.
Eleanor tomó la mano que le ofrecía.
—Escríbeme mañana.
—No tengo nada que contarte.
—Entonces tu carta será muy breve —Antes de descender, dirigió una última mirada al bolso de Cathaline—. No tardes demasiado en abrirla. Un hombre que cruza Inglaterra puede tomarse muy mal que lo hagan esperar.
—Los Sinclair tienen una gran experiencia en decepciones.
—Quizás por eso son tan obstinados.
Eleanor se despidió de la señorita Worth y desapareció bajo la puerta de la entrada. Cuando el carruaje volvió a avanzar, el silencio apenas sobrevivió media calle.
—Debería entregar esa carta a su padre —dijo la carabina.
Cathaline giró despacio la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque es inapropiado que la lea usted.
—No hay nada de inapropiado en leer una carta, señorita Worth.
—Lady Cathaline.
—Señorita Worth.
La anciana apretó los labios.
—Su madre me confió su reputación.
—Mi madre le pidió que me acompañara a una velada. Mi reputación no cabría dentro de un carruaje.
—Después de esta noche, no estaría tan segura.
Cathaline abrió el abanico, aunque dentro del coche no lo necesitaba.
—El señor Sinclair me salvó la vida y es el primo de mi cuñado. Su aparición puede explicarse como una cortesía entre familias.
—¿Y llamarla «rubia»?
—Una deficiencia de vocabulario.
—¿Y la carta?
Cathaline observó la calle al otro lado de la ventanilla.
—Todavía no lo sé.
Aquella era la única verdad que no le costó pronunciar.
La residencia londinense de los Hamilton permanecía casi en silencio cuando llegaron. Un criado las recibió en el vestíbulo y tomó sus abrigos. El gran reloj marcaba cerca de la medianoche, pero una claridad tenue escapaba todavía por debajo de la puerta del salón pequeño.
Su madre se encontraba dentro.
La jaqueca parecía haber cedido. Llevaba una bata de seda color marfil y estaba sentada en una butaca con un libro cerrado sobre el regazo. Al verlas entrar, levantó los ojos hacia Cathaline y después hacia la señorita Worth.
—¿Ha sido una velada agradable?
—Instructiva —respondió la carabina.
Cathaline la miró.
—Lady Ashbourne ha cambiado la disposición de las flores.
Eliza observó a su hija con mayor atención.
—No creo que la señorita Worth considere instructivas las flores.
—Estas estaban colocadas con una audacia extraordinaria.
La señorita Worth inspiró lentamente, como si solicitara paciencia a alguna autoridad superior.
—Un caballero llegó sin invitación.
Cathaline cerró una mano alrededor del bolso.
La duquesa de Hamilton arqueó una ceja.
—¿Alguien que conozcamos?
—No era nadie importante —respondió Cathaline antes de que la anciana pudiera hacerlo.
La mirada de su madre descendió un instante hacia el bolso y regresó a su rostro.
Eliza Hamilton había criado cinco hijos. No necesitaba interrogarlos para saber cuándo ocultaban algo; le bastaba con esperar hasta que el secreto se cansara.
—Entonces supongo que podrás contármelo mañana —dijo.
Cathaline sonrió.
—Por supuesto.
La facilidad con que mintió debió de preocuparla.
Subió a su habitación acompañada por su doncella. Durante los siguientes minutos, la muchacha retiró veintidós botones, la estrecha cinta color vino, las horquillas de zafiro y los bucles que Londres creía naturales.
Los diamantes quedaron sobre el tocador. Los guantes de cabritilla, sobre una silla. El vestido azul descendió hasta el suelo con un susurro de seda y fue recogido con más cuidado del que la mayoría de las personas dedicaba a sus hijos.
Cuando la doncella terminó de cepillarle el cabello, Cathaline llevaba una bata ligera y las ondas rubias le caían libres por la espalda. Sin el corpiño, las joyas ni la postura que mantenía durante horas, seguía siendo hermosa. Pero ya no era la figura que aparecía en las columnas sociales.
Era solo una mujer de veintitrés años algo cansada.
—Puede retirarse —dijo.
La doncella miró el sobre sobre la mesa.
—¿No desea que avive la chimenea?
—No. Gracias.
La puerta se cerró.
Cathaline esperó unos segundos, como si alguien pudiera volver a entrar y ofrecerle una razón razonable para no romper el sello.
Nadie lo hizo.
Tomó el sobre.
El ciervo de los Sinclair estaba estampado sobre la cera roja. No era una impresión perfecta; una parte del borde se había hundido más que la otra. Ewan probablemente había presionado el sello con la misma paciencia con que obedecía las normas inglesas.
Cathaline introdujo un abrecartas bajo el pliegue.
La hoja contenía pocas líneas. La letra era firme, algo inclinada y menos desordenada de lo que habría esperado. Empezó a leer.
Lady Cathaline:
Audrey leyó durante la cena que lord Mowbray la corteja formalmente y que Londres espera que usted termine aceptándolo. Como Londres espera muchas cosas absurdas, habría dejado el asunto en paz si no la conociera.
No le escribo para decirle qué debe hacer. No me corresponde, y sospecho que usted escogería lo contrario por puro principio.
Si acepta al conde, hágalo porque lo quiere o porque ha decidido que esa vida le conviene. No porque su padre haya permitido el cortejo, la madre de Mowbray haya repartido ya las habitaciones y media sociedad haya preparado el anuncio.
Sería una lástima que la muchacha que desobedeció a media familia Hamilton para cruzar el país terminara obedeciendo a media Inglaterra.
Si al final decide casarse con él, tenga la consideración de decírmelo usted. No deseo enterarme de nuevo durante una cena, con medio Glenmuir observando si se me cae el vaso.
Ewan Sinclair
Cathaline llegó al final y permaneció inmóvil.
Después volvió a leer la última frase.
No deseo enterarme de nuevo durante una cena, con medio Glenmuir observando si se me cae el vaso.
Así que había reaccionado.
Audrey había mencionado a Mowbray y Ewan había dejado de controlar siquiera una copa. Cathaline intentó imaginar la escena: Malcolm observándolo desde el otro lado de la mesa, Mairi ocultando una sonrisa y Audrey comprendiendo mucho más de lo que seguramente había dicho.
El pensamiento le produjo una satisfacción que no pensaba examinar.
—Insufrible —murmuró.
La carta no respondió.
Cathaline la leyó por segunda vez.
Ewan no elogiaba su belleza. No mencionaba su apellido salvo para recordarle que lo había desobedecido. No hablaba de tierras, posición, conveniencia ni del privilegio de ser escogida por un conde.
Le hablaba de una decisión.
De la suya propia. Como mujer.
Lord Mowbray llevaba semanas explicándole la vida que podría ofrecerle. Lady Mowbray ya había decidido qué parte de la casa ocuparía. Londres esperaba un anuncio, y hasta su padre había permitido el cortejo como si aquello bastara para convertirlo en el principio de un compromiso.
Ewan Sinclair había escrito desde una casa escocesa para recordarle que todavía podía decir que no.
Cathaline apretó los labios.
Eso no convertía la carta en apropiada.
Era insolente, innecesaria y estaba escrita por un hombre que había cruzado Inglaterra en lugar de confiar en el servicio postal como cualquier persona razonable.
También era la primera carta que había recibido de un hombre que no parecía pedirle nada.
Salvo que le contara personalmente si elegía a otro.
Volvió a la última línea.
Luego dejó el papel sobre el tocador y caminó hasta la cama.
No pensaba guardarlo con las cartas de sus pretendientes.
Aquellas vivían dentro de un cajón perfumado y servían principalmente para entretener a Eleanor.
Había versos, declaraciones excesivas y una propuesta que comparaba los ojos de Cathaline con dos lagos italianos que el autor jamás había visitado.
La carta de Ewan no pertenecía allí.
Cathaline regresó al escritorio, abrió con una pequeña llave el compartimento donde conservaba las cartas de Audrey y algunos recuerdos familiares, y colocó el papel entre dos sobres antiguos.
Lo hizo con cuidado.
Demasiado cuidado.
Cerró el cajón, guardó la llave y se metió en la cama.
Cinco minutos más tarde volvió a levantarse.
Abrió el compartimento.
Leyó de nuevo la última línea.
Después devolvió la carta a su sitio y apagó la lámpara convencida de que aquel sería el final del asunto.
A la mañana siguiente, Londres ya había empezado a hablar.
La primera nota llegó antes de que Cathaline terminara el chocolate. Reconoció la letra de Eleanor y rompió el sello mientras su doncella colocaba sobre la cama dos vestidos entre los que debía escoger para el día.
Querida Cathaline:
Lady Ashbourne contó la llegada del escocés a lady Bexley antes de que se marchara el último invitado.
Lady Bexley se la contó a mi tía a la una y media.
Esta mañana sus primos terceros, los Pembroke, ya conocían la historia, aunque la señorita Pembroke ha dejado de contar tus botones para preguntar cuántas millas recorrió el señor Sinclair.
Media ciudad desea saber quién es el pelirrojo que entró sin invitación para entregarte una carta. He dado su nombre porque ocultarlo habría provocado una investigación parlamentaria.
He omitido lo de «rubia» por amistad.
Eleanor
Cathaline dobló la nota.
—El verde —dijo.
La doncella miró los dos vestidos extendidos.
—¿El verde, milady?
—Sí.
No tenía ninguna relación con el hecho de que Ewan hubiera escrito desde Glenmuir ni con que los Sinclair llevaran aquel color en el tartán.
Era simplemente el más adecuado para una mañana de octubre.
La segunda entrega llegó mientras la doncella terminaba de abrocharle el vestido. Un lacayo entró con un ramo de rosas blancas y una tarjeta sobre una bandeja de plata.
Cathaline tomó la nota.
La letra de Mowbray era impecable.
Lady Cathaline:
Confío en que la interrupción de anoche no alterara su velada. Me alegrará verla esta tarde y comprobar que ninguna imprudencia ajena ha afectado a una relación a la que concedo la mayor importancia.
Edmund Mowbray
Cathaline leyó el mensaje dos veces.
No porque contuviera algo difícil de comprender, sino porque resultaba sorprendente cuánto podía irritarla un hombre utilizando palabras completamente correctas.
Una relación a la que concedo la mayor importancia.
Mowbray hablaba como si aquella relación existiera ya con independencia de lo que ella hubiera decidido.
Ewan había llenado una hoja con frases torpes para asegurarse de no decirle qué debía hacer.
Edmund había necesitado cuatro líneas perfectas para actuar como si el futuro les perteneciera a ambos.
La comparación era injusta.
Cathaline la hizo de todos modos.
—Coloque las rosas en el salón —ordenó.
—¿No las quiere aquí?
—No.
La doncella tomó el ramo y salió.
Cathaline permaneció frente al espejo. El vestido verde hacía resaltar su piel clara y el cabello rubio que aquella mañana llevaba recogido de manera más sencilla. Parecía tranquila.
También parecía una mujer que había dormido perfectamente.
Londres no necesitaba saber nada más.
Se sentó ante el escritorio y sacó una hoja de papel. No tenía intención de responder a Ewan. Un hombre no debía ser recompensado por actuar como un necio.
Mojó la pluma en el tintero.
Escribió:
Señor Sinclair:
No acostumbro a obedecer órdenes escocesas.
Cathaline contempló la frase. Ewan señalaría que no le había dado ninguna orden.
Y tendría razón, circunstancia que volvía la respuesta mucho menos satisfactoria.
Añadió una segunda línea.
Pero he leído su carta.
Dejó la pluma.
No era una confesión. Ni una invitación. Ni siquiera una respuesta digna de ser enviada.
Aun así, dobló el papel y lo dejó sin sellar junto al tintero.
No pensaba mandarlo.
Al menos, no todavía.
Pero por primera vez en toda la mañana, Cathaline sonrió al imaginar la expresión de Ewan cuando lo leyera.