Capítulo 2
Ewan Sinclair había cruzado Inglaterra para entregar una carta y acababa de descubrir que el papel era la parte menos peligrosa de la misión.
Las puertas de la residencia de lady Ashbourne se cerraron a su espalda con una discreción ofensiva.
Dentro, la orquesta retomó el vals como si ningún escocés hubiera interrumpido la velada, alterado el orden del servicio y llamado «rubia» a la hija de un duque delante de media aristocracia londinense.
Fuera, la lluvia de octubre continuaba cayendo sobre Grosvenor Square.
Ewan bajó los escalones, se ajustó el plaid sobre el hombro y decidió no mirar hacia las ventanas.
No necesitaba hacerlo.
Sabía lo que encontraría al otro lado de los cristales: Cathaline bailando con Mowbray, la mano del conde apoyada en aquella cintura estrecha y su expresión correcta de hombre que consideraba el futuro una finca bien administrada.
El pensamiento le produjo una irritación seca.
No eran celos.
Los celos exigían algún derecho, y Ewan no tenía ninguno sobre Cathaline Hamilton.
Le había salvado la vida años atrás, había soportado sus insultos y había cometido la imprudencia de llevarle una carta desde Escocia.
Ninguna de aquellas cosas le concedía autoridad para decidir con quién bailaba, a quién permitía cortejarla o qué conde podía colocar la mano sobre su vestido azul.
No eran celos.
Solo una reacción sensata ante un hombre desagradablemente satisfecho de sí mismo.
Un coche de alquiler esperaba junto a la acera. El cochero se protegía bajo una capa encerada y observaba la residencia con la paciencia resignada de quien llevaba demasiado tiempo trabajando para personas que consideraban la lluvia una dificultad exclusiva del servicio.
—¿La posada de la Corona y el Brezo? —preguntó cuando Ewan se acercó.
—Sí.
El hombre contempló el barro de sus botas, el tartán sujeto sobre la levita y el cabello mojado.
—¿Ha conseguido entrar?
Ewan abrió la portezuela.
—También salir.
—Eso último suele ser más complicado en estas casas.
Ewan subió sin responder. El cochero chasqueó las riendas y el vehículo empezó a avanzar entre el resplandor de los faroles y las fachadas de piedra pálida.
Londres era una ciudad empeñada en fingir que nada desagradable ocurría si se ocultaba detrás de suficientes cortinas.
Hasta la lluvia parecía caer con disciplina sobre Mayfair.
Los carruajes avanzaban en filas ordenadas, los criados esperaban inmóviles junto a las puertas y los caballeros cruzaban las calles con sombreros que no habrían resistido diez minutos de viento en Glenmuir.
Ewan prefería los caminos escoceses.
Al menos allí el barro no pretendía ser otra cosa.
Apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos. Había pasado demasiadas horas en trenes, estaciones y coches de alquiler, durmiendo a intervalos breves y despertando cada vez con una razón diferente.
La primera había sido que la carta podía enviarse por correo.
La segunda, que Cathaline probablemente no necesitaba sus consejos.
La tercera, que Alexander Hamilton poseía fama suficiente para hacer desaparecer a un Sinclair sin alterar el orden de su desayuno.
Ninguna había conseguido detenerlo.
Y ahora había visto a Cathaline.
Ese era el verdadero problema.
Ewan había sabido que sería hermosa. Siempre lo había sido, incluso a los diecisiete años, cuando la corriente le había pegado el cabello al rostro y la palidez le había borrado casi todo el color de los labios.
La recordaba también en la boda de Douglas y Mairi, vestida de lavanda, con perlas entre el cabello y una mirada que ya no pertenecía a una muchacha.
Pero la mujer que había encontrado aquella noche no se parecía del todo a ninguna de sus memorias.
Cathaline no se limitaba a estar dentro de aquel salón.
Lo gobernaba.
Las damas estudiaban su vestido. Los hombres aguardaban una sonrisa suya como si aquella concesión pudiera modificar el valor de sus apellidos.
Hasta Mowbray, con su título, sus tierras y aquella cara educadamente hermosa, parecía haberse colocado junto a ella para que Londres supiera que era el hombre con más posibilidades de conseguirla.
Ewan abrió los ojos.
«Conseguirla».
Aquella palabra era una de las razones por las que el conde le desagradaba.
La otra era la forma en que había observado a Cathaline cuando ella se alejó de su lado. No con sorpresa, sino con la incredulidad de un hombre poco acostumbrado a que algo importante abandonara el lugar que él había escogido.
El coche giró hacia una calle más transitada.
—¿Ha entregado la carta? —preguntó el cochero desde el pescante.
Ewan frunció el ceño.
—¿Todos los hombres de Londres preguntan por asuntos ajenos?
—Solo cuando el pasajero paga para que esperemos una hora bajo la lluvia mientras entra en una casa con un sobre y sale sin él.
—La he entregado.
—Entonces ha sido una buena noche.
Ewan miró otra vez por la ventanilla.
—Eso aún no está decidido.
La Corona y el Brezo ocupaba un edificio estrecho cerca de Euston Road.
No tenía mármol italiano, criados con guantes blancos ni una orquesta escondida en una galería.
Sí tenía habitaciones limpias, comida abundante y una propietaria escocesa que desconfiaba de los ingleses, de los hombres pelirrojos y de cualquier huésped que llegara después de las diez.
La señora Brodie esperaba junto al mostrador cuando Ewan entró.
Era una viuda pequeña, ancha de hombros y vestida siempre de negro, aunque su esposo llevaba quince años muerto y probablemente disfrutaba del descanso. Había nacido cerca de Perth y continuaba pronunciando ciertas palabras como si Londres no hubiera conseguido corregirle nada.
Sus ojos recorrieron a Ewan de arriba abajo.
—Parece un zorro que ha perdido una pelea contra una zanja.
—También me alegra verla.
La mujer tomó una llave de un gancho. Antes de entregársela, señaló un sobre que descansaba junto al registro.
—Esto llegó para usted.
Ewan reconoció la letra antes de tocarlo.
«Audrey».
Había escrito a Glenmuir dos días antes de partir, informando a Malcolm de que estaría en Londres y dando la dirección de la posada. No había pedido permiso. Ewan era primo del laird, no una de sus ovejas.
Aun así, debería haber previsto que Audrey interceptaría la noticia y decidiría administrarla.
Rompió el sello.
La nota era breve.
Señor Sinclair:
Mi hermana no necesita que nadie vaya a Londres a resolver su vida. Entregue la carta, compórtese como un caballero y no provoque a lord Mowbray. Sobre todo, no haga nada que obligue a mi padre a viajar con la intención de recordar en público que continúa siendo escocés.
Audrey Sinclair.
Ewan volvió la hoja.
No había nada más.
La señora Brodie inclinó la cabeza.
—¿Malas noticias?
—Consejos.
La mujer miró el barro, la levita arrugada y el tartán todavía húmedo.
—Parece haber recibido la carta demasiado tarde.
—También yo lo he pensado.
Subió a su habitación con la nota de Audrey en una mano y la llave en la otra.
La estancia era pequeña, pero limpia. Su baúl descansaba abierto junto a la pared, la ropa aún sin ordenar.
Sobre una mesa habían dejado una jarra de agua, un vaso y una botella de whisky que la señora Brodie cobraba como si lo hubiera transportado personalmente desde las Highlands sobre la espalda.
Ewan se quitó el plaid y lo dejó sobre una silla. Después aflojó la corbata, sirvió dos dedos de whisky y se acercó a la ventana.
La lluvia resbalaba por el cristal. Al otro lado, los coches pasaban entre la niebla y las fachadas oscuras.
Cathaline estaría bailando.
Mowbray le susurraría algo a su oreja.
Ewan bebió.
No eran celos.
Era una imagen desagradable. Nada más.
La carta había empezado en Glenmuir cinco noches atrás, durante una cena que habría sido completamente ordinaria si Audrey no hubiera recibido noticias de Londres.
Eliza, la hija pequeña de Malcolm y Audrey, golpeaba la mesa con una cuchara. El viejo Iain discutía sobre la sucesión de Glenmuir. Mairi y Douglas habían llegado de Arran con Harriet y suficiente equipaje Hamilton para convencer a MacNair de que Inglaterra preparaba una invasión.
Audrey rompió el sello de una carta y sonrió.
—Cathaline dice que padre ha permitido que lord Mowbray la corteje formalmente.
Ewan se atragantó con el whisky.
Después explicó que había entrado mal.
Malcolm observó el vaso.
—Lleva años entrando por el mismo sitio.
Ewan ignoró la observación.
—¿Qué clase de hombre es?
Audrey levantó los ojos de la carta.
—Creía que no te interesaba.
—No me interesa. Solo deseo conocer el nombre del hombre que posee tan poco instinto de conservación.
Mairi ocultó una sonrisa.
Audrey explicó que Mowbray tenía veintisiete años, propiedades en Kent, buenos modales y una madre que ya había decidido el nombre de sus nietos.
Ewan respondió que parecía perfecto para Cathaline.
Mairi preguntó si estaba seguro.
Él dijo que sí.
Entonces ella añadió que Cathaline estaba considerando aceptar el cortejo.
La mano de Ewan se quedó inmóvil sobre el vaso.
Solo un momento.
Nadie había tenido la cortesía de fingir que no lo advirtió.
Aquella noche no durmió.
No por Cathaline.
La cena le había sentado mal. La lluvia golpeaba los cristales. Uno de los perros decidió ladrar durante una hora a una sombra inexistente. Glenmuir poseía demasiadas corrientes de aire y muy pocas habitaciones en las que un hombre pudiera engañarse con tranquilidad.
Poco antes del amanecer, Ewan se sentó ante un escritorio y empezó a escribir.
El primer borrador comenzaba con Lady Cathaline y sonaba como una petición dirigida a un banco.
El segundo empezaba con Rubia y habría conseguido que Alexander Hamilton enviara hombres armados antes de llegar a la tercera línea.
El tercero contenía las palabras No se case con él .
Ewan lo rompió sin terminarlo.
No tenía derecho a escribir aquello.
Ni siquiera sabía si Mowbray la hacía reír, si Cathaline disfrutaba de su compañía o si la idea de convertirse en condesa le resultaba tan atractiva como parecía creer Londres. Solo sabía que no conseguía imaginarla dócil junto a un hombre satisfecho de haberla obtenido.
Cathaline había seguido a sus hermanos por media Gran Bretaña, mentido a su familia y casi muerto intentando cruzar un río que cualquier persona sensata habría evitado.
Resultaba absurdo pensar que aquella misma mujer pudiera aceptar un matrimonio porque suficientes madres londinenses lo consideraran conveniente.
El cuarto borrador fue más breve.
Le escribió que no pretendía aconsejarla. Que carecía del talento y de la autoridad necesarios. Añadió que, si aceptaba a Mowbray, esperaba que fuera porque ella lo había escogido y no porque Londres hubiera decidido cansarse de esperar.
Después incluyó una frase que llevaba demasiado tiempo molestándolo:
Sería una lástima que la muchacha que desobedeció a media familia Hamilton para cruzar el país terminara obedeciendo a media Inglaterra.
Debió detenerse allí.
No lo hizo.
Escribió una última línea, se quedó mirándola durante varios minutos y selló la carta antes de permitirse tacharla.
A la mañana siguiente pensó enviarla por correo. Después imaginó a Cathaline reconociendo su letra, rompiendo el sobre sin abrirlo y utilizando los pedazos para encender una chimenea.
Aquella posibilidad había bastado para que organizara el viaje.
Ewan tomó otro sorbo de whisky.
Una excusa lamentable.
Cathaline le había preguntado por qué no esperó hasta el día siguiente. Él no había respondido con sinceridad porque la respuesta era todavía peor.
Había llegado a Londres, averiguado que aquella noche asistiría a la velada de lady Ashbourne y comprendido que Mowbray estaría allí.
Entonces había dejado su equipaje, conservado la misma ropa del viaje y atravesado la ciudad como si la carta no pudiera esperar una hora más.
Como si él no pudiera hacerlo.
La muchacha que recordaba del río había abierto los ojos entre mantas, pálida y apenas consciente. Audrey le explicó quién la había salvado.
Cathaline lo miró y susurró:
—Un Sinclair... qué mal gusto.
Ewan había pensado en aquellos ojos durante semanas.
Años después, en la boda de Douglas y Mairi, Cathaline ya no era una muchacha. Llevaba un vestido lavanda, el cabello recogido con perlas y aquella seguridad irritante de quien sabía que todas las miradas acabarían encontrándola.
Le habló de sus pretendientes.
Él se burló de todos.
Después Cathaline confesó que lo había observado partir troncos sin camisa en Glenmuir.
Ewan preguntó a qué conclusión había llegado aquella investigación.
Ella sonrió.
—Todavía estoy reuniendo pruebas.
Se marchó antes de que él encontrara respuesta.
Mairi pasó junto a él y le ordenó cerrar la boca.
Aquello había sucedido años atrás.
Desde entonces Ewan había conocido a otras mujeres, visitado otras casas y vivido días enteros sin pensar en Cathaline Hamilton.
Muchos días.
Una cantidad perfectamente razonable.
Ninguna de aquellas mujeres le había hecho atravesar Inglaterra porque quizás estuviera a punto de casarse con otro hombre.
Dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
No había aceptado a Mowbray.
Cathaline lo había dicho.
El alivio regresó, inmediato e irritante.
Ewan se pasó una mano por el rostro. Podía negarse a llamar celos a lo ocurrido en la galería. Podía atribuir el viaje al deber, a la amistad entre los Hamilton y los Sinclair o a una preocupación bastante desinteresada por la capacidad de Cathaline para destruir la tranquilidad de un conde.
Lo que ya no podía fingir era que su presencia en Londres no significaba nada.
Cathaline sabía ahora que había oído hablar de su cortejo.
Sabía que había escrito.
Sabía que había cruzado Inglaterra para colocar aquella carta personalmente entre sus manos.
La había obligado a comprender que el asunto le importaba.
Ewan había viajado hasta Londres para asegurarse de que Cathaline leyera lo que había escrito.
Solo ahora empezaba a comprender que el verdadero peligro estaba en todo aquello que no se había atrevido a poner sobre el papel.