Capítulo 1 #3
—Mi hermana ha vivido demasiado tiempo en Escocia. Empieza a contar asuntos privados en mesas llenas de Sinclair.
—Hablaba de él como de una desgracia casi decidida.
—Audrey dramatiza desde que se casó con Malcolm. Es una consecuencia de vivir en Glenmuir.
Ewan volvió a mirar a Mowbray.
—No parece una desgracia.
—Qué alivio. Temía que no alcanzara sus exigentes criterios.
—No he dicho que los alcance.
—Tampoco ha apartado los ojos de él desde que hemos entrado en la galería.
—Intento descubrir qué parte resulta tan extraordinaria.
Cathaline abrió el abanico.
—Edmund es conde, posee buenas tierras y se comporta como un caballero. Londres lo considera una elección admirable.
—Un hombre con tantas virtudes no debería necesitar que usted me las enumere —Cathaline se quedó inmóvil un instante. Ewan sonrió—. ¿He dicho algo indebido?
—Eso no suele preocuparle después de hablar.
La música cambió en el salón y las primeras parejas empezaron a ocupar el centro de la estancia. Mowbray seguía observándolos desde la distancia, tan correcto como siempre, aunque ahora sostenía la copa sin beber.
—Lord Mowbray cuenta con la aprobación de mi padre —dijo Cathaline.
—Su padre ha aprobado que la corteje. No que la lleve al altar.
—Conoce usted demasiados detalles para un hombre que solo venía a entregar una carta.
—Glenmuir tiene pocas diversiones cuando llueve.
—En Glenmuir siempre llueve.
—Precisamente.
Cathaline cerró el abanico.
—No he aceptado a lord Mowbray.
Algo cambió en el rostro de Ewan. No fue una sonrisa, sino la desaparición de una tensión que ella no había advertido hasta entonces.
—Entonces los rumores han llegado antes que la verdad.
—Los rumores londinenses suelen hacerlo.
—Los escoceses tampoco son lentos cuando se aburren.
—¿Por eso vino?
—Vine a entregarle la carta.
—Y, sin embargo, parece muy interesado en mi respuesta.
—No me agradaba escuchar hablar de su matrimonio como si usted ya hubiera dado su palabra.
La frase salió con una seriedad inesperada.
Cathaline había pasado toda la noche oyendo a Mowbray hablar de expectativas, casas y apellidos como si el matrimonio fuera una puerta hacia la que ella avanzaría porque todos los demás ya habían escogido el camino.
Ewan Sinclair, el hombre menos adecuado de aquel salón, acababa de ser el primero en recordar que todavía no había aceptado nada.
—Eso ha sonado casi sensato —dijo.
—No se acostumbre.
—No pensaba hacerlo.
La mirada de Ewan descendió hacia el bolso que contenía el sobre y regresó a sus ojos.
—¿Ha dado ya su palabra al conde?
Cathaline alzó la barbilla.
—No acostumbro a informar de mis decisiones a hombres que irrumpen en salones sin invitación.
—No le he pedido un informe.
—Entonces ¿qué me pide?
—Que lea.
Aquella respuesta no satisfizo su curiosidad.
La aumentó.
Lord Mowbray apareció bajo uno de los arcos antes de que Cathaline pudiera exigir algo más.
—Lady Cathaline.
Su cortesía seguía intacta.
Sus ojos grises, no tanto.
Cathaline se apartó un paso, aunque Ewan no la había tocado.
—Milord.
Mowbray inclinó la cabeza hacia él.
—No creo haber sido presentado.
—Eso explica por qué todavía no recuerdo su nombre —mintió Ewan.
—Señor Sinclair —intervino Cathaline—, lord Mowbray.
—Ewan Sinclair —dijo él, sin añadir título alguno. Mowbray lo observó durante un instante—. Confío en que su estancia en Londres resulte agradable.
—No pienso quedarme mucho.
—Londres no agrada a todo el mundo.
—Empiezo a encontrarle alguna virtud.
Ewan miró a Cathaline al decirlo.
Mowbray siguió aquella mirada.
La señorita Worth se llevó dos dedos a la sien.
—Lady Ashbourne está a punto de iniciar el vals —dijo el conde—. Lady Cathaline, ¿me concedería esta pieza?
Cathaline pudo sentir la atención de Ewan, aunque él no hizo el menor movimiento.
—Sí, milord.
Mowbray extendió el brazo.
Antes de aceptarlo, Cathaline volvió el rostro hacia Ewan.
—Ya ha cumplido su misión, señor Sinclair.
—Eso dependerá de si abre la carta.
—No acostumbro a obedecer órdenes escocesas.
—No era una orden.
—Su tono discrepa.
—Mi tono suele tener opiniones propias.
Cathaline colocó la mano sobre el brazo de Mowbray.
Ewan se inclinó ante ella. La reverencia fue correcta, casi elegante. El brillo de sus ojos la arruinó.
—Léala antes de decidir que me odia.
—Hace años que tomé esa decisión.
—Entonces no debería temer que una carta la cambie.
Ewan retrocedió y cruzó el salón entre levitas negras, vestidos de seda y personas demasiado bien educadas para reconocer que lo seguían con la mirada.
Al llegar a la puerta, se volvió.
—Buenas noches, rubia.
La señorita Worth cerró los ojos.
Varias damas dejaron de fingir que no escuchaban.
Cathaline consideró arrojarle el abanico.
Ewan sonrió y desapareció al otro lado de las puertas.
Mowbray la condujo hacia el centro del salón.
—Un hombre singular.
—Esa es una palabra demasiado generosa.
La orquesta inició el vals. Mowbray apoyó una mano correcta en su cintura, mantuvo una distancia impecable y comenzó a hablar sobre Kent, la próxima velada de los Alderley y la cena que su madre deseaba ofrecer en noviembre.
Cathaline escuchó las palabras.
Ninguna consiguió quedarse.
Al otro lado de la estancia, Eleanor la observaba con una sonrisa que prometía preguntas. La señorita Worth había pedido sus sales. Lady Ashbourne fingía atender a sus invitados mientras almacenaba cada detalle para repetirlo al día siguiente.
Londres seguía allí.
Mowbray seguía siendo apuesto, rico, correcto y perfectamente adecuado.
Pero después de Ewan Sinclair también parecía insoportablemente previsible.
Cathaline Hamilton llevaba tres temporadas haciendo esperar a Londres.
Ewan Sinclair había necesitado una sola carta para conseguir que, por primera vez, fuera ella quien no quisiera esperar.