La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Hamilton era un apellido propio. Lo había sido antes de que el conde de Mowbray aprendiera a abrocharse una levita y continuaría siéndolo mucho después de que alguna esposa dócil convirtiera su casa de Kent en el mausoleo más elegante de Inglaterra.

Cathaline sonrió.

Era una sonrisa hermosa.

Edmund Mowbray no comprendió el peligro.

—Qué curioso, lord Mowbray. Hasta esta noche ignoraba que una hija del duque de Hamilton necesitara refugiarse detrás de un conde de Kent.

Antes de que él pudiera responder, algo cambió junto a la entrada.

No fue un estrépito. Lady Ashbourne no permitía estrépitos dentro de su casa.

Fue una alteración en el movimiento de los criados.

El mayordomo avanzó con mayor rapidez de la habitual, dos lacayos intercambiaron una mirada y varias cabezas se volvieron hacia las puertas mientras un hombre decía algo con una voz demasiado grave y áspera para pertenecer a aquella habitación.

La señorita Worth cerró los ojos.

—Oh, no.

Cathaline miró.

Y durante un instante olvidó que lord Mowbray continuaba a su lado.

Ewan Sinclair ocupaba la entrada como si no hubiese cruzado una puerta, sino una frontera que nadie había sido lo bastante sensato para defender.

Era alto, pelirrojo y demasiado ancho de hombros para la levita oscura que llevaba.

El cabello rojizo, algo más largo de lo que permitía la moda inglesa, conservaba la humedad de la lluvia de octubre y caía desordenado sobre su frente.

Tenía los ojos verdes, una barba corta del mismo tono encendido y aquella pequeña cicatriz sobre la nariz que impedía que su rostro resultara demasiado perfecto.

O que fingiera serlo.

Vestía de manera suficientemente correcta para que ningún criado pudiera expulsarlo por su aspecto.

La camisa era blanca, el chaleco oscuro y la corbata estaba anudada con una falta de precisión que, en él, parecía deliberada.

Había hecho algún esfuerzo por presentarse como un caballero, aunque el viaje permanecía visible en las arrugas de la levita, en la humedad de su cabello y en el barro seco que manchaba uno de los puños.

Sobre el hombro llevaba el plaid Sinclair, prendido con un broche de plata apagada. El tartán era de un verde profundo, casi negro, cruzado por líneas azul oscuro y finas marcas rojas.

Escocia acababa de entrar en un salón inglés sin invitación y sin intención alguna de disculparse. Los caballeros que rodeaban a Cathaline eran elegantes; Ewan era otra cosa. Parecía demasiado vivo para aquel lugar, como si la ropa londinense hubiese conseguido cubrirlo, pero no domesticarlo.

Incluso el barro de su puño le resultó una confirmación bastante satisfactoria de cuanto Cathaline siempre había pensado sobre los Sinclair.

El hecho de que, aun así, resultara más atractivo que todos los hombres del salón era una ofensa personal.

Una parte desagradablemente traidora de su memoria recuperó un río desbordado, unas manos apartándole el cabello mojado del rostro y un pecho contra el que había despertado sin comprender todavía que seguía viva.

La siguiente imagen fue peor.

Ewan partiendo troncos en el patio de Glenmuir, sin camisa, con el cabello rojo pegado a la frente y los músculos de la espalda tensándose cada vez que alzaba el hacha.

«Curiosidad científica».

Así lo había llamado entonces.

A los veintitrés años, Cathaline conocía términos mucho más precisos.

—¿Conoce a ese hombre? —preguntó Mowbray.

—Por desgracia.

El mayordomo intentaba convencer a Ewan para que le entregara el sobre que sostenía.

—Señor, si me entrega la carta, me aseguraré de que llegue a lady Cathaline.

Ewan mantuvo el sobre fuera de su alcance.

—He cruzado demasiadas millas para confiarla a un hombre con guantes blancos.

Varias risas discretas se escaparon cerca de las puertas.

El mayordomo observó sus propios guantes como si acabaran de traicionarlo.

Ewan levantó la cabeza y encontró a Cathaline. Durante un breve instante dejó de sonreír. Ella vio la sorpresa atravesar sus ojos mientras recorrían el vestido azul, los hombros desnudos y el cabello rubio recogido sobre la nuca.

Después recuperó su expresión habitual.

La sonrisa fácil apareció lentamente en su rostro, peligrosa y demasiado familiar. Cathaline empezó a caminar hacia él sin recordar haber tomado la decisión; cuando quiso darse cuenta, ya había dejado atrás a Mowbray, a Eleanor y a la señorita Worth.

Atravesó el salón con la cabeza alta y el abanico cerrado entre los dedos. Las personas se apartaron a su paso, quizá porque era Cathaline Hamilton o quizá porque su expresión sugería que cualquiera que se interpusiera acabaría incorporado al escándalo.

Ewan no dejó de mirarla ni un instante, y eso la irritó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sobre todo porque una parte de ella llevaba años esperando que volviera a hacerlo de aquella manera.

—Señor Sinclair.

—Lady Cathaline.

Su mirada descendió de nuevo por el vestido, no con la discreción de un caballero ni con la admiración vacía que Cathaline conocía demasiado bien.

La contemplaba como un hombre que recordaba haberla llevado entre sus brazos empapada, inconsciente y furiosa, mucho antes de que Londres decidiera convertirla en una obra de arte.

—Ha cambiado —dijo él.

—Usted no.

—Eso no parece un elogio.

—No lo era.

Ewan sonrió un poco más.

—Me alegra comprobar que Londres no ha corregido su carácter.

—Me sorprende comprobar que Escocia le haya permitido salir.

—No pregunté.

—Naturalmente.

El mayordomo continuaba junto a ellos, sufriendo en silencio.

Cathaline señaló el sobre.

—¿Qué es eso?

—Una carta.

—Había reconocido el papel.

—Entonces sus temporadas en Londres no han sido una pérdida completa.

—Inglaterra dispone de correo, señor Sinclair.

—Lo he oído.

—También dispone de normas.

—Esas me han parecido más difíciles de encontrar.

La señorita Worth llegó hasta ellos respirando con indignación.

—Señor Sinclair.

Ewan inclinó la cabeza.

—Señorita Worth. Veo que continúa salvando a las Hamilton de la ruina moral.

—Alguien debe hacerlo.

—Pensaba que era tarea de sus hermanos.

—Sus hermanos utilizan los puños.

—Un método más rápido.

Cathaline apretó el abanico.

—¿Ha venido hasta la casa de lady Ashbourne para discutir con mi carabina?

—No. He venido a verla a usted.

La respuesta fue sencilla y produjo un silencio demasiado evidente a su alrededor. Cathaline sintió varias miradas clavadas en la espalda.

Mowbray continuaba donde lo había dejado. No parecía enfadado, todavía, pero la forma en que miraba a Ewan había perdido parte de su cortesía.

Lady Ashbourne se acercaba desde el otro extremo del salón, acompañada por dos damas y una sonrisa de anfitriona que no lograba ocultar su curiosidad.

Cathaline tomó a Ewan del brazo.

—Venga conmigo antes de que consiga que nos expulsen a los dos.

Él bajó los ojos hacia la mano enguantada que descansaba sobre su manga.

—Me toca con bastante confianza para despreciarme tanto.

Cathaline lo soltó.

—Camine.

Ewan obedeció con una docilidad tan falsa que resultaba más irritante que una negativa.

Cathaline lo condujo hasta una galería contigua, separada del salón por dos arcos y una hilera de columnas de mármol. La señorita Worth se instaló junto al primer arco, lo bastante cerca para vigilar cualquier impropiedad y lo bastante lejos para no escuchar una conversación mantenida en voz baja.

A través de las puertas seguían llegando la música, las conversaciones y el roce de las faldas sobre el suelo. Más allá de los ventanales, la lluvia cubría de reflejos el pavimento de Grosvenor Square y los faroles de los carruajes avanzaban lentamente entre la niebla.

Cathaline se volvió hacia Ewan.

—Ahora puede decirme por qué ha recorrido Inglaterra con una carta que el correo habría entregado por unas monedas.

—Porque el correo no podía asegurarse de que la abriera.

—Usted tampoco.

—No. Pero ahora tendrá que mirarme a la cara antes de arrojarla a la chimenea.

Cathaline contempló el sobre.

—¿Tan mal escribe?

—Lo bastante para haber preferido cruzar el país antes que arriesgarme a una respuesta por escrito.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Nunca he afirmado que lo tuviera.

El cansancio resultaba más visible de cerca. Había sombras bajo sus ojos y una marca rojiza en el cuello, allí donde la corbata debía de haberlo rozado durante el viaje. A pesar de las bromas, parecía un hombre que llevaba demasiadas horas sin dormir.

De verdad había venido desde Escocia.

Por una carta.

Para ella.

Aquella certeza no debía producirle ninguna satisfacción.

—¿Cuándo llegó a Londres?

—Esta tarde.

—¿Y ha venido directamente aquí?

Ewan miró el barro de su manga.

—Pensé que la evidencia me ahorraría la confesión.

—Podría haberse cambiado.

—También podría haber esperado hasta mañana.

—Ambas cosas habrían sido preferibles.

—No para mí.

Cathaline sintió que sus dedos se tensaban alrededor del abanico.

—¿Qué contiene?

—Algo que prefiero que lea cuando esté sola.

—Eso suena cobarde.

—Prudente.

—Jamás lo había acusado de ese defecto.

La boca de Ewan se curvó.

—Léala antes de decidir qué defecto prefiere atribuirme.

Cathaline extendió la mano, pero él retuvo el sobre durante un instante. Sus dedos quedaron separados de los de ella únicamente por el papel.

—No la abra aquí.

—¿Teme mi reacción?

—Prefiero conservar la posibilidad de estar lejos cuando ocurra.

—Eso sí suena cobarde.

—Los Sinclair poseemos un instinto de supervivencia muy desarrollado.

Cathaline le arrebató la carta. El papel estaba tibio por haber permanecido dentro de su levita y el sello de cera llevaba el ciervo de los Sinclair.

La guardó en el pequeño bolso que colgaba de su muñeca, aunque el peso de aquel sobre parecía demasiado grande para algo compuesto únicamente por palabras.

—Ya ha cumplido su misión. Puede marcharse.

Ewan no se movió. Miraba hacia el salón.

—¿Ese es Mowbray?

Cathaline siguió la dirección de sus ojos.

—Parece estar mejor informado de lo que pretendía.

—Lady Audrey cometió la imprudencia de mencionar a un conde durante la cena.