La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4)
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Capítulo 1
Cathaline Hamilton era la mujer más hermosa de Londres y aquella noche estaba aburrida hasta la crueldad.
No era una opinión exclusivamente suya.
El Morning Post había dedicado cuatro líneas de su columna social al vestido que lució en casa de los Hartington la semana anterior.
La sobrina de la duquesa de Devonshire —y prima del actual duque, como el periódico se complacía en recordar— había vuelto a demostrar, según el cronista, que la elegancia no consistía en seguir una moda, sino en conseguir que las demás mujeres desearan imitarla.
Londres apreciaba mucho más la belleza cuando venía acompañada de una genealogía adecuada.
Cathaline había fingido no leer el artículo. Después había recortado la columna y la había guardado en el cajón donde conservaba las cartas más divertidas de sus pretendientes.
No por vanidad.
Por documentación histórica.
La pequeña temporada de otoño había devuelto a Londres a buena parte de las familias que pasaban el verano en sus propiedades. Las noches se habían vuelto húmedas, los carruajes llenaban de nuevo las calles de Mayfair y las lámparas de gas reflejaban su resplandor sobre los adoquines mojados.
Aquella velada, ofrecida por lady Ashbourne en su residencia de Grosvenor Square, era una de las primeras reuniones importantes de octubre.
Y demostraba que el periódico no había exagerado demasiado.
Al menos tres jóvenes llevaban una versión del encaje que Cathaline había utilizado en junio y dos madres habían examinado su falda con la concentración de generales ante un mapa de campaña.
Al día siguiente, las modistas de Bond Street recibirían instrucciones.
Antes de terminar la semana, alguna muchacha aseguraría haber pensado primero en combinar seda azul de Prusia con terciopelo color vino.
Cathaline no se molestaría en corregirla.
Había aprendido que la imitación era una rendición demasiado educada para celebrarla en voz alta.
—Una de las señoritas Pembroke está contando los botones de tu espalda —observó lady Eleanor Ashcombe.
Cathaline abrió el abanico sin girarse.
—Hay veintidós. Ahórrale el esfuerzo a mi prima tercera.
—Creo que ha llegado a diecisiete.
—Entonces su educación matemática ha sido tan deficiente como su elección de mangas.
Eleanor ocultó una sonrisa detrás de la copa.
La señorita Worth, llamada desde Devonshire para ejercer de carabina durante la temporada, aspiró con desaprobación.
Se encontraba a la izquierda de Cathaline con la constancia de una amenaza moral y la resignación de una mujer que había acompañado a demasiadas Hamilton para confiar plenamente en ninguna.
—Una dama no debería fijarse en las mangas de otra —sentenció.
—No me he fijado —replicó Cathaline—. Han irrumpido en mi campo de visión sin autorización.
—No necesita fijarse en las demás, lady Cathaline. Medio salón lleva una hora fijándose en usted.
Aquello tampoco era una exageración.
Cathaline poseía una belleza capaz de interrumpir presentaciones y convertir a caballeros razonablemente inteligentes en hombres que olvidaban su propio apellido.
Su figura era fina y femenina, con la cintura ceñida por un corpiño largo que seguía la moda más reciente y una falda de seda que caía estrecha sobre las caderas antes de prolongarse en una pequeña cola.
Su piel era blanca y brillante como los mármoles recién pulidos de una galería italiana. El encaje de Bruselas que bordeaba las mangas cortas hacía que sus brazos parecieran todavía más claros, mientras el escote dejaba al descubierto sus hombros y el comienzo delicado de la espalda.
Eliza había aprobado el diseño durante la primera prueba.
Durante la segunda, aprovechando que su madre se encontraba visitando a una pariente, Cathaline había convencido a la modista para que rebajara un dedo el escote posterior y sustituyera parte del encaje por una estrecha cinta de terciopelo color vino.
No era indecoroso. Solo lo bastante atrevido para que su madre hubiera pedido devolverlo a su posición original.
La noche de la velada, Cathaline descendió al vestíbulo de la residencia londinense de los Hamilton envuelta en una capa de terciopelo azul.
Eliza, que había decidido permanecer en casa por una jaqueca, apenas alcanzó a comprobar los guantes, las joyas y el peinado antes de confiarla a la señorita Worth.
Cathaline no se quitó la capa hasta entrar en el tocador de lady Ashbourne.
Para entonces, su carabina podía protestar, pero no devolverla a casa sin explicar ante toda la servidumbre de los Ashbourne por qué el vestido de una hija del duque de Hamilton constituía una emergencia nacional.
El azul intenso de la seda volvía aún más claros los ojos de Cathaline. Celestes, había escrito un poeta. Del color de una mañana de abril, había asegurado un vizconde que después rimó «mirada» con «amada» y perdió cualquier posibilidad de ser tomado en serio.
El cabello rubio estaba recogido en bucles elaborados y sujeto con pequeñas horquillas de zafiro. Varios rizos caían junto a su cuello con una naturalidad que había requerido cuarenta minutos, dos doncellas y una discusión.
Llevaba pequeños diamantes en las orejas, una gargantilla fina, guantes blancos de cabritilla y un abanico de nácar que sabía utilizar para ocultar una sonrisa, rechazar una invitación o amenazar a Richard desde el extremo opuesto de una habitación.
Su belleza no era dulce.
Era demasiado consciente de sí misma para resultar inocente.
Los caballeros la contemplaban y pensaban en poseerla. Las madres calculaban títulos, rentas y nietos. Las jóvenes intentaban decidir si querían parecerse a ella o detestarla.
Cathaline los comprendía a todos.
También empezaba a cansarse de ellos.
—Lady Cathaline.
La voz de lord Mowbray la devolvió a una conversación que había abandonado sin mover los pies.
Edmund Mowbray, conde de Mowbray, era un hombre muy apuesto.
También lo eran ciertas estatuas.
Tenía veintisiete años, cabello castaño peinado con exactitud, ojos grises, nariz recta y una figura elegante que sus sastres habían recibido con gratitud. Nada en él estaba fuera de lugar: ni una hebra, ni una palabra, ni una emoción que pudiera incomodar durante la cena.
Era el tipo de hombre que las madres presentaban como una promesa y las hijas aceptaban como un destino.
—Le preguntaba si me concederá la primera danza en casa de los Alderley —dijo.
Cathaline inclinó la cabeza.
—Pensaba que hablábamos de sus caballos.
—Hablábamos de Kent.
—Sus caballos viven en Kent.
—También yo.
—Eso explica la asociación.
Mowbray sonrió.
Su sonrisa, como Cathaline había explicado más de una vez, mejoraba considerablemente cuando él guardaba silencio.
—Mi madre desea recibirla en noviembre.
Lady Mowbray no se encontraba en la velada.
Había permanecido en Kent, aunque la distancia no le impedía organizar el futuro de su hijo con una eficacia admirable.
Durante las últimas semanas había enviado dos invitaciones, una cesta de flores y una carta en la que describía el ala de la casa que Cathaline podría encontrar más cómoda después de casarse.
No había utilizado esas palabras.
No le había hecho falta.
—Lady Mowbray desea muchas cosas relacionadas conmigo —respondió Cathaline.
—La admira.
—Ha encargado a su modista una copia de mi vestido verde.
—Precisamente.
—Esa no es la clase de admiración que tranquiliza a una mujer.
El conde soltó una risa breve. No parecía ofendido. Poseía una confianza sólida, bien alimentada por su título, una fortuna considerable y demasiadas personas que jamás le habían negado algo importante.
Alexander Hamilton había permitido que la cortejara. Lady Mowbray ya distribuía habitaciones y Londres llevaba varias semanas esperando un anuncio.
Mowbray todavía no había pedido formalmente la mano de Cathaline, pero actuaba como un hombre que había reservado la victoria.
En cada baile se colocaba junto a ella el tiempo suficiente para ser visto.
En cada cena encontraba una manera de mencionar las propiedades que compartirían, las relaciones que unirían y la aprobación que despertaría su matrimonio.
La deseaba, Cathaline no lo dudaba.
Pero también deseaba ser el hombre que hubiese conseguido a Cathaline Hamilton.
No solo quería casarse con ella.
Quería que Londres supiera que había ganado.
Había una diferencia pequeña para la sociedad y enorme para Cathaline.
—Todo el mundo nos está mirando —dijo él.
Cathaline recorrió el salón con el abanico abierto.
La gran estancia de lady Ashbourne brillaba bajo lámparas de gas cubiertas por pantallas de cristal y numerosos candelabros dispuestos para suavizar el resplandor.
Palmeras y helechos llenaban los rincones; las flores de invernadero rodeaban las columnas, y la orquesta ocupaba una galería elevada desde la que empezaban a llegar los primeros compases de un vals.
La seda se deslizaba sobre el parquet. Los abanicos se abrían. Las joyas recogían el brillo dorado de las lámparas.
La aristocracia londinense se encontraba allí en todo su esplendor.
Y, sí, una parte considerable los observaba.
—Londres tiene pocas diversiones en octubre —respondió.
—Podríamos darle una nueva.
Cathaline cerró el abanico.
—Qué generoso.
Mowbray la contempló con una expresión que habría parecido tierna si no contuviera tanta seguridad.
—Todos esperan que pronto tome una decisión.
—Qué agotador debe de ser para todos.
—Yo también espero, Cathaline.
Ella golpeó despacio la palma de su guante con el abanico.
—Eso ya me preocupa bastante más.
Eleanor volvió el rostro para disimular una risa.
La señorita Worth se acercó un poco más.
—Lady Cathaline, quizá debería aceptar otra copa.
—No tengo sed.
—No era por la sed. Era para impedirle seguir hablando.
Mowbray sonrió con educación.
—La señorita Worth siempre ha protegido admirablemente su reputación.
—Mi reputación ha sobrevivido más por resistencia que por protección —dijo Cathaline.
—Y continuará haciéndolo cuando lleve el apellido de un esposo capaz de resguardarla.
El abanico se quedó quieto entre sus dedos.