La Pequeña Reina CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

La respiración de David se cortó.

La habitación no solo se inclinó: se hizo añicos.

Cada fragmento de memoria que había enterrado durante veinticuatro años explotó al mismo tiempo.

El olor a humedad y miedo.

El peso de un pequeño cuerpo acurrucado contra él.

Aquellos ojos oscuros que lo miraban confiando en que la mantuviera a salvo, cuando él, no era más que un niño aterrorizado de nueve años, que no tenía idea de cómo hacerlo.

La forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba pensando.

La forma en que se mordía el labio cuando tenía miedo, pero intentaba no demostrarlo.

La forma en que decía su nombre—«David»—como si fuera una oración y una pregunta al mismo tiempo.

La había estado buscando.

No de manera consciente.

No deliberadamente.

Pero cada mujer con la que había salido, cada asistente que había contratado, cada persona a la que había permitido acercarse... las había comparado con un fantasma.

Con una niña de seis años que lo había llamado su príncipe y le había hecho prometer que jamás la olvidaría.

Y él, lo sabía.

De alguna manera.

Desde el momento en que Caeli entró en su oficina.

Desde el instante en que levantó la vista durante aquella convención.

Desde la primera vez que lo desafió, sin miedo.

Había sabido que había algo familiar en ella.

Algo que reconocía, a un nivel muy profundo, que no podía describir con palabras.

Y ahora comprendía por qué.

Porque ella era, ella.

Ella era la niña.

Su pequeña reina.

La niña por la que había llorado.

La niña que había prometido proteger.

La niña que había perdido.

Y la mujer que acababa de encontrar.

David dio un paso hacia atrás.

Luego otro.

Su pecho se agitaba violentamente mientras intentaba respirar.

—No puede ser...

Caeli se quedó inmóvil.

Sus propios ojos se habían llenado de lágrimas.

Porque ella también lo estaba recordando.

Las historias.

Las canciones.

La voz.

Aquella voz.

La voz que la había acompañado en la oscuridad.

La voz que le había enseñado a pensar tres pasos adelante.

La voz que le había dicho una y otra vez que sobrevivirían.

Su príncipe.

—David... —susurró.

Y en la forma en que pronunció su nombre, él lo oyó.

La reconoció.

No como la directora de crisis.

No como la mujer brillante que acababa de poner su mundo patas arriba.

Sino como la niña que había sostenido su mano mientras ambos intentaban sobrevivir.

Las lágrimas ardieron en sus ojos.

—Te encontré.

Las palabras, escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Caeli se cubrió la boca con una mano.

Un sollozo quebrado escapó de su garganta.

—Pensé que te había imaginado.

David negó con la cabeza.

—Nunca te olvidé.

—Yo sí olvidé tu rostro.

Su voz se rompió.

—Intenté recordarlo durante años. Pero solo podía recordar tu voz.

David sintió que algo se quebraba dentro de él.

Porque él también había olvidado partes de ella.

El color exacto de sus ojos.

La forma de su sonrisa.

Los detalles.

Pero jamás había olvidado cómo lo había hecho sentir.

Necesario.

Valiente.

Humano.

—Pequeña reina...

Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Caeli.

Y durante un instante, ninguno de los dos fue adulto.

Ninguno fue un CEO.

Ninguno fue una gestora de crisis.

Solo eran dos niños que habían sobrevivido al peor mes de sus vidas.

Dos niños que se habían encontrado de nuevo, veinticuatro años después.

Y que, contra toda lógica, nunca habían dejado de buscarse.

—Basta.

David se quedó inmóvil.

El silencio se instaló entre ellos, pesado y sofocante.

Caeli se secó las lágrimas con el dorso de la mano y dio un paso atrás.

Luego otro.

Necesitaba distancia.

Necesitaba aire.

Necesitaba pensar.

Porque una parte de ella quería creerle.

Y eso era lo más aterrador de todo.

—No sé qué es real en éste momento —susurró.

David parecía devastado.

Como si cada palabra le hubiera arrancado algo vital.

—Es real.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—¡No! —La voz de Caeli se quebró—. Porque incluso si todo eso es cierto... incluso si realmente eres el niño que estuvo conmigo en aquella casa... eso no cambia nada de lo que ha pasado aquí.

David abrió la boca.

Ella levantó una mano.

—No.

La simple palabra lo silenció.

—No cambia que Victoria me aisló.

No cambia que tu personal intentó sabotearme.

No cambia que mis hermanas han estado destruyendo mi vida durante semanas.

Y no cambia que cuando más te necesitaba, dudaste.

Las palabras golpearon a David con fuerza.

Porque eran ciertas.

No todas.

Pero suficientes.

—Caeli—

—No.

Su voz era firme ahora.

Más firme de lo que había sido en toda la conversación.

—Toda mi vida he esperado que alguien me eligiera.

Que alguien dijera: “Te creo. Te veo. Estoy contigo.”

Y cada vez terminaba igual.

Promesas.

Explicaciones.

Razones.

Pero cuando llegaba el momento de actuar, estaba sola.

David bajó la mirada.

Porque tampoco podía discutir eso.

Ella tomó una respiración temblorosa.

—No sé si eres mi príncipe.

No sé si realmente eres el niño de mis recuerdos.

No sé si te amo.

No sé si estoy furiosa contigo.

No sé nada.

La honestidad de aquellas palabras los dejó expuestos a ambos.

—Pero sí sé una cosa.

David levantó la vista.

—¿Qué?

Caeli sostuvo su mirada.

—Por primera vez en mi vida, voy a elegirme a mí misma.

El dolor que cruzó el rostro de David fue inmediato.

Visible.

Humano.

—¿Eso significa que te vas?

Caeli cerró los ojos durante un instante.

La pregunta era más difícil de responder de lo que debería haber sido.

Porque una parte de ella ya sabía que no quería irse.

No realmente.

Quería quedarse.

Quería descubrir la verdad.

Quería saber por qué la voz de David seguía resonando dentro de ella como una canción olvidada.

Quería saber por qué cada vez que él la miraba sentía que estaba recordando algo que nunca había comprendido del todo.

Pero quedarse por él y quedarse por ella eran dos cosas diferentes.

Y llevaba demasiado tiempo confundiendo ambas.

Cuando volvió a abrir los ojos, había determinación en ellos.

—No.

David se quedó inmóvil.

—¿No?

—No me voy.

La esperanza apareció tan rápido en su rostro que casi le rompió el corazón.

Y por eso continuó antes de que pudiera malinterpretarlo.

—Pero tampoco me quedo por ti.

La esperanza vaciló.

—Caeli—

—Escúchame.

Su voz fue tranquila.

Segura.

Implacable.

—No me quedo porque me necesites.

No me quedo porque me ames.

No me quedo porque compartamos un trauma.

Y definitivamente no me quedo porque me sienta culpable.

David guardó silencio.

—Me quedo porque este es mi trabajo.

Porque soy buena en él.

Porque he trabajado demasiado duro para permitir que Victoria, Leticia o Karla me priven de algo que me gané.

Porque no voy a huir otra vez.

Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.

Pero esta vez no eran lágrimas de derrota.

Eran lágrimas de furia.

De poder.

De libertad.

—Ellas quieren que me vaya.

Quieren que crea que no pertenezco aquí.

Quieren que dude de mí misma.

Y por primera vez en veinticuatro años, voy a decepcionarlas.

David la observó.

Y algo dentro de él se calmó.

Porque aquella era la Caeli que recordaba.

La niña que seguía levantándose.

La niña que nunca se rendía.

La niña que sobrevivía.

—Pequeña reina—

—No.

La interrupción fue suave.

Pero firme.

—Todavía no.

David se quedó en silencio.

Caeli respiró profundamente.

—Si de verdad eres él...

Si de verdad eres mi príncipe...

Entonces tendrás que ganarte el derecho a llamarme así otra vez.

Las palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier rechazo.

Porque eran esperanza.

Pequeña.

Frágil.

Pero real.

Y después de veinticuatro años de búsqueda, era más de lo que jamás había esperado.

Caeli tomó la fotografía de Victoria y Leticia del escritorio.

Luego recogió su teléfono.

—Ahora tenemos problemas más importantes.

David arqueó una ceja.

—¿Victoria?

—Victoria.

—¿Tus hermanas?

—Definitivamente mis hermanas.

David asintió lentamente.

Por primera vez desde que la memoria había regresado, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Entonces acabemos con esto.

Caeli lo miró.

Y por primera vez desde que había entrado en aquella oficina dispuesta a renunciar, devolvió la sonrisa.

Pequeña.

Cansada.

Pero real.

—Esa es la primera cosa inteligente que has dicho en una hora.

Y mientras el sol de la mañana iluminaba la ciudad detrás de ellos, ambos comprendieron algo importante.

La historia que había comenzado veinticuatro años atrás en una casa abandonada no había terminado.

Acababa de empezar de nuevo.

Caeli esperó.

El silencio se extendió entre ellos.

Largo.

Doloroso.

Devastador.

David intentó encontrar las palabras.

Cualquier palabra.

Algo que no estuviera contaminado por veinticuatro años de culpa, pérdida y anhelo.

Algo que fuera solo sobre ella.

Sobre la mujer que tenía delante.

Pero por primera vez en su vida, el hombre que siempre tenía una respuesta se quedó mudo.

Caeli asintió lentamente.

Una vez.

Como si aquella ausencia de respuesta fuera una respuesta en sí misma.

—Eso pensé.

Se volvió hacia la puerta.

—Caeli, por favor...

—No.

Su voz ya no estaba llena de ira.

Eso era lo peor.

La ira podía combatirse.

La tristeza no.

—No me supliques.

No hagas promesas que no puedas cumplir.

No conviertas esto en algo más doloroso de lo que ya es.

David sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—No puedo perderte otra vez.

Ella se detuvo.

Solo un instante.

La mano apoyada sobre el pomo de la puerta.

—Nunca me tuviste, David.

Las palabras fueron suaves.

Y, aun así, destruyeron algo dentro de él.

—Tuviste un recuerdo.

Un fantasma.

Una niña de seis años que necesitaba que sobrevivieras junto a ella.

Pero esa no soy yo.

Ya no.

Sus ojos brillaban con lágrimas.

—No puedo ser tu pequeña reina.

—No te estoy pidiendo eso.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Dolorosa.

Inapelable.

—Eso es exactamente lo que me estás pidiendo.

Que me quede porque compartimos un trauma.

Porque sobrevivimos juntos.

Porque has pasado toda tu vida buscándome.