CAPÍTULO DIEZ #2
Porque perderme te rompería el corazón.
Su voz tembló.
—Pero ninguna de esas razones tiene que ver conmigo.
Con quien soy ahora.
David bajó la mirada.
Porque ella tenía razón.
Y eso era lo que más dolía.
No estaba luchando por la mujer que tenía delante.
Estaba luchando contra la posibilidad de perderla otra vez.
Y no eran lo mismo.
—Tal vez tengas razón —susurró.
Caeli cerró los ojos.
Aquellas palabras parecieron sorprenderla.
—Tal vez estoy acabado.
Tal vez estoy obsesionado.
Tal vez he confundido amor con necesidad, durante tanto tiempo, que ya no sé distinguir la diferencia.
David levantó la vista.
Y por primera vez, no había desesperación en ella.
Solo verdad.
Cruda.
Imperfecta.
Humana.
—Pero también sé algo más.
Caeli no respondió.
—Sé que cuando entras en una habitación, todos los demás parecen más pequeños.
Sé que eres la persona más inteligente que he conocido.
Sé que nunca he visto a nadie enfrentarse al miedo de la forma en que tú lo haces.
Sé que eres capaz de sobrevivir a cosas que destruirían a la mayoría de la gente.
Sé que haces que todos, a tu alrededor, sean mejores.
Su voz se quebró.
—Y sé que no necesito a la niña que conocí hace veinticuatro años.
Porque la mujer que eres ahora es infinitamente, extraordinaria.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Caeli.
Pero no se movió.
David tragó con dificultad.
—No quiero que te quedes porque me necesitas.
No quiero que te quedes porque me debes algo.
No quiero que te quedes porque compartimos un pasado.
Quiero que te quedes porque mereces estar aquí.
Porque este lugar es mejor contigo.
Porque eres brillante.
Porque eres valiente.
Porque eres tú.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez era diferente.
Más suave.
Más triste.
Más honesto.
Caeli bajó la mirada.
Y por primera vez, desde que había entrado en aquella oficina, David no intentó acercarse.
No intentó detenerla.
No intentó convencerla.
Simplemente, esperó.
Porque, por fin, entendía algo.
Si la amaba de verdad...
Tenía que dejarla elegir.
Incluso si la elección la alejaba de él.
Caeli respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Luego levantó la vista.
—Eso...
Su voz se quebró.
—Eso es lo que deberías haber dicho desde el principio.
David cerró los ojos.
Porque sabía que tenía razón.
—Lo sé.
Ella observó su rostro durante un largo momento.
Como si estuviera viendo al verdadero David, por primera vez.
No al CEO.
No al superviviente.
No al príncipe.
Solo al hombre.
Imperfecto.
Asustado.
Intentándolo.
Y por primera vez, él no apartó la mirada.
—Aún Todavía, me voy —dijo finalmente.
Las palabras atravesaron el pecho de David.
Pero él asintió.
—Lo sé.
—Necesito espacio.
—Lo sé.
—Necesito descubrir quién soy, sin que alguien me diga, quién debería ser.
—Lo sé.
Una pequeña sonrisa triste apareció en los labios de Caeli.
—Es irritante cuando haces eso.
Una sombra de sonrisa apareció también en los de David.
—Me lo han dicho antes.
—¿Por quién?
—Por una mujer, increíblemente testaruda.
Caeli soltó una risa rota, entre lágrimas.
Y, aquella risa, hizo más por el corazón de David, que cualquier promesa.
Porque era real.
No nacía de la culpa.
Ni del miedo.
Ni de la obligación.
Solo de ellos.
Por un instante.
Solo ellos.
—Adiós, David.
Esta vez no hubo súplica.
No hubo desesperación.
Solo una verdad sencilla.
—Hasta luego, Caeli.
Ella se quedó inmóvil.
Porque él no había dicho adiós.
Había dicho hasta luego.
Como si todavía creyera que algún día volverían a encontrarse.
Como si esta vez, estuviera dispuesto a esperar.
Caeli sostuvo su mirada durante un largo momento.
Y entonces, muy despacio, asintió.
Una sola vez.
Luego abrió la puerta.
Y se marchó.
David permaneció inmóvil en el centro de su oficina.
Escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo.
Cada uno más distante que el anterior.
Hasta que desaparecieron.
Solo entonces permitió que las lágrimas cayeran.
No porque la hubiera perdido.
Sino porque, por primera vez en veinticuatro años...
La había amado lo suficiente para dejarla ir.
Y, en algún lugar del edificio, Caeli caminaba hacia un futuro que le pertenecía únicamente a ella.
No como una pequeña reina.
No como una víctima.
No como un recuerdo.
Sino como Caeli Moreno.
Brillante.
Imparable.
Y, finalmente, libre.
Pero no podía decir nada de eso.
Porque si lo decía en voz alta, se volvería real.
Y si se volvía real, tendría que admitir una verdad que llevaba horas intentando evitar:
No quería irse.
Su teléfono vibró de nuevo.
Maya: ¿Caeli?
Maya: Me estás preocupando.
Caeli cerró los ojos.
Luego escribió.
Caeli: Estoy cansada.
La respuesta llegó casi al instante.
Maya: Eso no es una respuesta.
Caeli soltó una risa amarga.
Maya siempre había sido así.
Implacable.
Honesta.
La clase de amiga que no aceptaba verdades a medias.
Caeli: Acabo de tener la peor semana de mi vida.
Maya: ¿Quieres hablar?
Caeli miró la pantalla durante mucho tiempo.
Finalmente escribió:
Caeli: ¿Alguna vez has sentido que toda tu vida fue construida sobre algo que, no entiendes?
Pasaron varios segundos.
Maya: Eso suena preocupante.
Caeli apoyó la cabeza contra el sofá.
Maya: ¿Qué pasó?
Sus dedos flotaron sobre el teclado.
Luego escribió:
Caeli: Descubrí que mis hermanas han estado intentando destruirme.
Maya: ¿QUÉ?
Caeli: Y descubrí que la persona, en quien más confiaba en el trabajo, ha estado ayudándolas.
Maya: Estoy llamando.
El teléfono comenzó a sonar, inmediatamente.
Caeli estuvo a punto de ignorarlo.
Pero contestó.
—Hola.
—¿Qué demonios pasó?
La preocupación en la voz de Maya fue suficiente para romper algo dentro de ella.
Porque era real.
No falsa.
No estratégica.
No manipuladora.
Simplemente preocupación.
Caeli tragó saliva.
—No sé ni por dónde empezar.
—Empieza por cualquier parte.
Así que lo hizo.
Le habló de Victoria.
De Leticia.
De Karla.
De las reuniones de las que había sido excluida.
De los correos electrónicos.
Del aislamiento.
De la fotografía.
Y finalmente...
De David.
Hubo un largo silencio.
—Wow.
—Sí.
—Wow.
—Gracias por esa contribución tan útil.
—Estoy procesando.
Caeli se frotó los ojos.
—No sé qué hacer.
—¿Lo amas?
La pregunta la golpeó como una bala.
—¿Qué?
—¿Lo amas?
—Eso no importa.
—Eso no fue lo que pregunté.
Caeli apretó los dientes.
—Maya...
—Caeli.
El silencio volvió.
Finalmente, Caeli susurró:
—No lo sé.
Y aquella era la verdad.
Porque amor no parecía una palabra suficientemente grande.
Ni suficientemente complicada.
Ni suficientemente aterradora.
—¿Y él te ama?
Caeli cerró los ojos.
—Dice que sí.
—¿Lo crees?
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Sí.
Y ahí estaba.
La verdad.
Desnuda.
Innegable.
Maya suspiró.
—Entonces el problema no es si se aman.
—¿No?
—No.
El problema es que ambos están tan quebrados que no saben qué hacer.
Caeli dejó escapar una risa triste.
—Eso suena exactamente como algo que dirías.
—Porque es verdad.
Maya guardó silencio un momento.
Luego preguntó suavemente:
—¿Quieres irte?
Caeli abrió la boca.
Y volvió a cerrarla.
Porque por primera vez, la respuesta no era obvia.
No.
No quería irse.
Quería quedarse.
Quería luchar.
Quería exponer a Victoria.
Quería destruir a Leticia y Karla.
Quería averiguar por qué el corazón le dolía, cada vez que pensaba en David solo, en aquella oficina.
Quería descubrir si realmente había sido su príncipe.
Y si eso significaba algo.
Pero quedarse significaba arriesgarse.
Significaba confiar.
Significaba creer que, ésta vez, podría ser diferente.
Y eso era mucho más aterrador que marcharse.
—No sé.
La voz de Maya se suavizó.
—Entonces, no renuncies.
Caeli se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No renuncies ésta noche.
No tomes una decisión permanente, estando herida.
No envíes un correo electrónico porque estás cansada, enfadada y asustada.
Duérmete.
Llora.
Grita contra una almohada, si lo necesitas.
Pero no tomes una decisión que podría cambiar tu vida para siempre, a las once y cuarenta y siete de la noche.
Caeli miró su portátil cerrado.
El borrador seguía allí.
Esperando.
—¿Y si me quedo y todo sale mal?
Maya soltó una pequeña carcajada.
—Cariño, llevas sobreviviendo a cosas imposibles, desde que tenías seis años.
Si sale mal, sobrevivirás.
Siempre lo haces.
Las lágrimas ardieron detrás de los ojos de Caeli.
Porque aquella era, exactamente, la clase de fe que había pasado toda su vida esperando recibir.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía.
—¿Por qué?
—Porque mañana vas a despertar, vas a ir a esa oficina y vas a averiguar la verdad, antes de tomar cualquier decisión estúpida.
Caeli sonrió a pesar de todo.
—¿Decisión estúpida?
—Renunciar, antes de quemar el mundo de Victoria hasta los cimientos, parece bastante estúpido, sí.
Por primera vez en horas, Caeli se rio de verdad.
Una risa pequeña.
Sorprendida.
Real.
Y cuando colgó el teléfono diez minutos después, no abrió el correo de renuncia.
No pulsó enviar.
No tomó ninguna decisión.
Simplemente cerró los ojos.
Y por primera vez, desde que había salido de la oficina de David, permitió que existiera una posibilidad.
Una sola.
Pequeña.
Peligrosa.
Pero real.
Tal vez la historia aún no había terminado.
Tal vez el adiós no era realmente un adiós.
Tal vez mañana cambiaría todo.
Y mientras la ciudad brillaba más allá de sus ventanas, Caeli dejó el portátil sobre la mesa, apagó la luz y se dirigió a la cama.
El borrador de renuncia permaneció guardado.
Sin enviar.
Esperando.
Igual que ella.
David sintió, cómo una ira fría y letal recorría todo su cuerpo.
No era por él.
Nunca había sido por él.
Podía soportar los titulares.
Las especulaciones.
Los ataques del consejo.
Había sobrevivido a cosas peores.
Pero esto...
Esto era diferente.
Porque estaban utilizando a Caeli.
Otra vez.
Siempre Caeli.
Siempre intentando convertirla en el daño colateral de una guerra que ella nunca había iniciado.
Su teléfono sonó.