La Pequeña Reina Chapter 4 #2
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Chapter 4 #2

La manera en que toda la actitud de David cambiaba cuando ella entraba en una habitación, como si por fin pudiera respirar.

Victoria había pasado siete años intentando que David la mirara así.

Y Caeli lo había conseguido en siete días.

Sus dedos comenzaron a moverse sobre la pantalla.

Victoria: No. Estoy dentro.

Pulsó enviar antes de poder detenerse.

Luego abrió sus contactos y buscó el número de Caeli.

Su pulgar quedó suspendido sobre el botón de llamada.

Podría advertirle.

Podría decirle lo que viene.

Podría...

Pero ¿qué conseguiría con eso?

Caeli se lo diría a David.

David confrontaría a Leticia y a Karla.

Toda la conspiración se derrumbaría.

Y Victoria quedaría expuesta como cómplice.

Lo perdería todo.

Su trabajo.

Su reputación.

La confianza de David.

¿Y para qué?

¿Para salvar a una mujer que ya le había quitado todo aquello por lo que Victoria había trabajado durante años?

Victoria bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa.

Se puso de pie y caminó hacia la ventana.

La ciudad se extendía bajo ella.

Miles de luces brillaban como estrellas.

Infinitas.

Indiferentes.

Pensó en la persona que había sido.

La mujer que había empezado desde abajo.

Que se había ganado el respeto de David, gracias a su competencia y dedicación.

¿Cuándo me convertí en esto?

En alguien que encubre delitos.

En alguien que destruye a otra mujer por celos y miedo.

En alguien horrible.

Su reflejo le devolvió la mirada desde el cristal oscuro.

Ojos vacíos.

Agotados.

Irreconocibles.

Todavía puedes detener esto.

Pero incluso mientras pensaba aquellas palabras, sabía que no lo haría.

Porque detenerlo significaba perder a David.

Y perder a David significaba perderlo todo.

Victoria se apartó de la ventana y tomó nuevamente el teléfono.

Victoria: Me aseguraré de que esté ocupado mañana por la noche. Ustedes encárguense del resto.

Leticia: Perfecto.

Victoria dejó el teléfono sobre la mesa y finalmente tomó la copa de vino.

La bebió de un solo trago.

El sabor era amargo sobre su lengua.

Mañana, el peor momento de la vida de Caeli sería transmitido al mundo.

Y Victoria estaría al lado de David.

Ofreciéndole consuelo.

Apoyo.

Demostrando una vez más que ella era la única persona en quien realmente podía confiar.

Se dijo que era necesario.

Se dijo que Caeli se recuperaría.

Se dijo que era la única forma.

Pero cuando cerró los ojos, todo lo que pudo ver fue su propio reflejo en la ventana.

Una mujer a la que ya no reconocía.

Una mujer que se había convertido en la villana de su propia historia.

Y ya no había vuelta atrás.

CAELI

3:42 PM

Caeli estaba sentada en su oficina sin ventanas, mirando fijamente la pantalla de su laptop.

Lo había intentado todo.

Había enviado correos electrónicos: educados, profesionales, solicitando ser incluida en las discusiones importantes. Los ignoraban o respondían con vagas promesas de que la mantendrían informada.

Había intentado entrar a una reunión estratégica en el segundo piso. La puerta estaba cerrada con llave y, cuando tocó, alguien respondió desde dentro:

—Solo con invitación.

Había llamado a David tres veces más.

Victoria contestó en cada ocasión.

Y ahora, sentada sola en aquel armario disfrazado de oficina, con un póster motivacional burlándose de ella desde la pared, Caeli sintió algo que no había sentido en años:

Impotencia.

No podía resolver este problema con inteligencia.

No podía pensarlo mejor que ellos.

No podía superarlos con estrategia.

No podía vencerlos trabajando más duro.

Porque el problema no era una crisis.

No era un escándalo.

No era una filtración.

El problema eran las personas.

Y las personas eran lo único que Caeli nunca había podido arreglar.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de texto de Leticia.

Leticia: ¿Cómo va el nuevo trabajo? Mamá dijo que parecías estresada cuando llamaste anoche.

Caeli observó la pantalla con la mandíbula tensa.

Pensó en las voces que había escuchado en la sala de descanso.

Los comentarios despectivos.

La forma en que Victoria sonreía mientras la aislaba.

Pensó en sus hermanas.

En cómo siempre la habían hecho sentir que ella era el problema.

Que estaba intentando abarcar más de lo que podía.

Que no pertenecía a ningún lugar.

Y pensó en David.

El hombre que la había contratado a pesar de su falta de experiencia.

Que la había defendido frente a la junta directiva.

Que la había mirado como si importara.

Pero que ahora no estaba allí.

Caeli borró el mensaje de Leticia sin responder.

Luego abrió su laptop y comenzó a redactar un nuevo documento estratégico.

Si querían aislarla, perfecto.

Trabajaría sola.

Les demostraría que estaban equivocados.

Siempre lo hacía.

Pero mientras escribía, con las manos temblando ligeramente por la frustración y el agotamiento, una pequeña voz en el fondo de su mente susurró:

¿Y si esta vez no puedes?

Caeli la ignoró.

Tenía que hacerlo.

EL DILEMA DE DAVID

DAVID

Día Dos — 6:47 AM

David llegó a su oficina antes del amanecer.

El piso ejecutivo estaba silencioso y vacío, un tipo de quietud que amplificaba cada pensamiento que había estado intentando reprimir. Preparó café en la sala de descanso —negro, sin azúcar— y regresó a su escritorio, donde se quedó sentado mirando la pantalla apagada de su computadora.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Richard:

—Nos aseguraremos de que fracase.

El plan era simple.

Elegante, incluso.

Retener información.

Permitir que Caeli tropezara con problemas sin el contexto necesario para resolverlos.

Verla fracasar.

Y luego señalar ese fracaso como prueba de que nunca había pertenecido allí.

Era sabotaje disfrazado de estándares profesionales.

Y David era el único que lo sabía.

Debería decírselo.

Advertirle.

Darle las herramientas para protegerse.

Pero la idea hizo que algo en su pecho se tensara con una sensación peligrosamente parecida al pánico.

Si se lo decía, ella los confrontaría.

Entraría en la oficina de Richard.

En la de Mónica.

En cada rincón de aquel edificio donde el resentimiento había echado raíces.

Y exigiría responsabilidades.

Contraatacaría con la misma ferocidad que había mostrado en la sala de juntas, el día anterior.

Con la misma negativa a retroceder, que lo había impulsado a contratarla desde el principio.

Y ellos la destruirían, por eso.

No de inmediato.

No de forma evidente.

Pero encontrarían maneras de socavarla.

De aislarla.

De volver imposible su trabajo hasta que no tuviera más opción que marcharse.

Los dedos de David se cerraron alrededor de su taza de café.

Podía protegerla.

Discretamente.

Reasignar a Richard a otra división.

Promover a Mónica fuera de la órbita de Caeli.

Dejar claro —sin decirlo explícitamente— que cualquiera que saboteara a Caeli tendría que responder ante él.

Pero eso solo demostraría que Victoria tenía razón.

Que estaba comprometido.

Que era irracional.

Que estaba tomando decisiones basadas en emociones en lugar de lógica.

Y peor aún...

Demostraría que las hermanas de Caeli tenían razón.

Siempre necesitas que alguien te rescate.

David dejó la taza sobre el escritorio, con la mandíbula tensa.

La verdad era que su instinto de proteger a Caeli no tenía nada que ver con su capacidad profesional.

Ella ya había demostrado el día anterior que podía manejar crisis que habrían destruido a la mayoría de las personas.

Era brillante.

Adaptable.

Valiente, de una manera que hacía que su propio control, cuidadosamente construido, pareciera frágil en comparación.

No.

Su necesidad de protegerla no tenía nada que ver con ella.

Tenía que ver con él.

Con el niño de seis años que había estado atado en un rincón, impotente, observando a una pequeña llorar y, sabiendo, que no podía hacer nada para salvarla.

Con los treinta y un días que pasó intentando hacerla sentir segura, cuando ni siquiera podía protegerse a sí mismo.

Con la culpa que había vivido en su pecho durante treinta años, susurrándole que debería haber hecho más.

Ser más fuerte.

Encontrar una manera de sacarlos de allí, antes.

Caeli no necesitaba su protección.

Pero él necesitaba ofrecérsela.

Y darse cuenta de eso, le revolvía el estómago.

David se puso de pie y caminó hasta la ventana.

La ciudad comenzaba a despertar.

Luces encendiéndose en edificios lejanos.

Los primeros viajeros llenando las calles.

En algún lugar, ahí afuera, Caeli probablemente se estaba preparando para ir al trabajo, completamente ajena al hecho de que la mitad de su personal estaba conspirando, para verla fracasar.

Ella merecía saberlo.

Pero decírselo significaba admitir que había estado escuchando conversaciones ajenas.

Significaba revelar cuán frágil era realmente su posición.

Cuánta resistencia institucional enfrentaba.

Significaba, hacerla sentir vulnerable, de la manera que ella había intentando evitar que pasara.

Y significaba confiar en ella para manejarlo.

Su reflejo lo observó desde el cristal.

Traje impecable.

Expresión controlada.

La máscara que había perfeccionado durante décadas.

¿Podía confiar en ella?

O, más exactamente:

¿Podía renunciar a la necesidad de controlar el resultado?

El ascensor emitió un sonido.

David se volvió.

Caeli apareció en el piso ejecutivo a las 7:32 AM, más temprano de lo que esperaba.

Llevaba un blazer azul marino y pantalones grises.

El cabello recogido.

La expresión concentrada y alerta.

Sostenía un portafolio de cuero bajo un brazo y una taza térmica en la mano.

Parecía lista para conquistar el mundo.

El pecho de David se tensó.

—Llegaste temprano —dijo ella al verlo a través de la puerta abierta de su oficina.

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

Caminó hacia él con paso seguro y confiado.

Libre de preocupaciones.