La Pequeña Reina CAPÍTULO CINCO #6
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CAPÍTULO CINCO #6

Leticia: No es un hechizo. Es familiaridad. Caeli siempre ha sido buena haciendo que la gente sienta que necesita salvarla. Es su mecanismo de supervivencia. Lo aprendió desde muy pequeña.

Los dedos de Victoria se detuvieron sobre el teclado. Lo aprendió desde muy pequeña. La frase era deliberada. Precisa.

Victoria: Cuéntame más sobre eso.

Leticia: Después del secuestro, Caeli desarrolló una obsesión por no ser una carga para nadie.

Interiorizó la culpa. Pensó que todo era culpa suya.

Así que aprendió a ser útil. Indispensable.

Resuelve problemas para que la gente no la abandone.

Pero, por dentro, siempre está esperando que todo salga mal. Siempre espera una traición.

Victoria leyó el mensaje, dos veces.

Su mente ya estaba trabajando.

Victoria: Puedo usar eso.

Leticia: Pensé que dirías eso. ¿Fase dos?

Victoria: Fase dos.

Victoria dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el techo, con el pecho apretado por algo que no lograba definir.

Conocía a Leticia desde hacía doce años.

Se habían conocido en un evento corporativo cuando Leticia todavía intentaba abrirse camino, en el mundo financiero.

Habían conectado por sus frustraciones compartidas.

Por sus ambiciones compartidas.

Por sus resentimientos compartidos.

Cuando Leticia mencionó a su hermana menor—la que había sido secuestrada, la que todos trataban como una heroína frágil—Victoria había escuchado con simpatía.

Entonces, no sabía que Caeli acabaría entrando en la vida de David.

No sabía que la niña a la que Leticia tanto resentía, se convertiría en la mujer que amenazaba todo lo que Victoria había construido.

Su teléfono vibró de nuevo.

Leticia: Estás dudando.

Victoria: No estoy dudando.

Leticia: Sí lo estás. Lo noto. Estás pensando si esto es lo correcto.

Victoria apretó la copa de vino con más fuerza.

Victoria: Estoy pensando en si David me perdonará, si llega a descubrirlo.

Leticia: No lo descubrirá. Y, aunque lo haga, lo presentarás como si estuvieras protegiéndolo. Porque, seamos honestas, eso es exactamente lo que haces. Caeli es un desastre por ocurrir. Siempre lo ha sido. Tú solo estás acelerando lo inevitable.

Victoria quería creerlo.

Lo creía.

En su mayor parte.

Victoria: Me miró como si ella importara. Como si fuera la única persona en la habitación que importaba. Llevo ocho años a su lado, Leticia. Ocho años. Y nunca me ha mirado así.

La confesión se sintió como una herida abierta.

Leticia: Entonces haz que vea quién es. Un problema. Una responsabilidad. Alguien que lleva el caos consigo, dondequiera que va. Tienes la información. Úsala.

Victoria se levantó y caminó hacia la ventana.

La ciudad se extendía bajo ella, brillante e indiferente.

Pensó en David.

En cómo había mirado a Caeli durante la crisis.

En cómo la había defendido esa noche.

En cómo su voz se había suavizado al pronunciar su nombre.

Pensó en la fotografía que tenía sobre su escritorio en la oficina: ella y David en una gala corporativa tres años atrás. La mano de él sobre su hombro. Ambos sonriendo.

La había enmarcado, porque era lo más cerca que había estado de sentir, que realmente significaba algo para él.

Y ahora, Caeli estaba borrando todo eso en apenas cuarenta y ocho horas.

Victoria tomó nuevamente el teléfono.

Victoria: ¿Cuál es su mayor vulnerabilidad?

Leticia: Sentirse fuera de lugar. Sentir que no pertenece. Sentirse una impostora. Si presionas ese botón con suficiente fuerza, se autodestruirá. Siempre lo hace.

Victoria: ¿Y si David intenta detenerme?

Leticia: No lo hará. Porque harás que parezca que estás protegiéndolo. Y, en el fondo, te creerá. Siempre lo ha hecho.

Victoria observó el mensaje y vio su reflejo fantasmal en el cristal.

Pensó en la lealtad.

Pensó en el amor.

Pensó en la diferencia entre ambos.

Pensó en David.

Y en si, salvarlo de Caeli, realmente tenía que ver con él... o con ella misma.

Su teléfono vibró una vez más.

Leticia: Estás haciendo lo correcto, V. Confía en mí.

Victoria levantó la vista hacia la fotografía sobre la repisa.

Ella y David en la fiesta navideña del año anterior.

El brazo de él sobre sus hombros.

Su sonrisa sincera y brillante.

Luego volvió a mirar la pantalla.

El mensaje de Leticia.

El plan que habían estado construyendo durante semanas.

Respiró profundamente.

Victoria: La fase dos empieza mañana.

Leticia: Esa es mi chica.

Victoria dejó el teléfono a un lado y terminó el vino de un solo trago.

Se dijo que estaba protegiendo a David.

Se dijo que Caeli era el problema.

Se dijo que aquello era lealtad, no celos.

Pero cuando volvió a mirar la fotografía—la sonrisa de David, la manera en que su mano descansaba sobre su hombro como si ella fuera alguien importante—no logró silenciar por completo la voz en su cabeza que susurraba:

No estás haciendo esto por él.

Lo estás haciendo por ti.

Victoria apagó las luces y se fue a dormir.

Mañana, volvería a ser la asistente leal.

Mañana sonreiría, apoyaría y protegería.

Mañana comenzaría a desmantelar a Caeli, pieza por pieza.

Y se aseguraría de que David jamás lo viera venir.

LA REBELIÓN DEL PERSONAL

DAVID

David salió de su oficina a las 11:30 PM con la intención de irse a casa.

El piso ejecutivo debía estar vacío. La mayoría del personal se marchaba a las 7:00 PM y, los más diligentes, a las 9:00. Pero cuando se acercó al área de los ascensores, escuchó voces provenientes de la sala de conferencias al final del pasillo.

La puerta estaba entreabierta.

La luz se derramaba sobre el corredor oscuro.

David redujo el paso al reconocer las voces: Richard Pemberton, vicepresidente Senior de Operaciones, Mónica Huang, Directora de Estrategia Corporativa y, James Kellerman, uno de los analistas financieros designados por la junta.

—No puedo creer que realmente la haya ascendido —decía Mónica—. Después de un solo día. Un día. ¿Y de repente es indispensable?

—Es vergonzoso —respondió Richard.

Su voz estaba cargada con el desprecio característico de alguien cuya autoridad había sido cuestionada.

—Entró aquí como si nada, sin credenciales, sin experiencia y, nos hizo quedar como un grupo de incompetentes.

—¿De verdad lo hizo? —preguntó James con escepticismo—. ¿O, simplemente tuvo suerte de que Steve Walters fuera tan descuidado?

—¿Suerte? —Richard soltó una carcajada burlona—. Eso es ser generoso. Yo creo que David le dio la información y dejó que ella se llevara el mérito. Él queda como un líder magnánimo y ella como un genio competente. Todos ganan.

La mandíbula de David se tensó.

—¿De verdad crees que haría algo así? —preguntó Mónica.

—¿Por qué otra razón contrataría a alguien tan poco calificada? Tiene una licenciatura en Literatura, por el amor de Dios. Literatura. ¿Y ahora resulta que dirige crisis de miles de millones de dólares?

Richard soltó una risa amarga.

—Por favor. Está clarísimo que David está encaprichado con ella. Seguro que ya se está acostando con ella.

—Richard...

—Lo digo en serio. ¿No viste cómo la miraba durante la reunión de la junta? La defendía como si fuera su esposa, en lugar de una empleada que conoció, hace cuarenta y ocho horas.

Hizo una pausa.

—Es patético, sinceramente. David Ashford, derribado por una cara bonita y una lengua afilada.

La mano de David se cerró en un puño.

—No lo sé —dijo James lentamente—. El comunicado que escribió fue bastante bueno. Y la forma en que manejó a los socios...

—Los socios se habrían quedado de todos modos —lo interrumpió Richard—. No van a abandonar un acuerdo de este tamaño por un solo correo filtrado. Ella no salvó nada. Solo hizo que pareciera que lo hizo.

—¿Y ahora se supone que todos debemos inclinarnos ante ella?

—la voz de Mónica se elevó, ligeramente—.

Hizo que todo mi equipo pareciera incompetente.

¿Sabes cuántos correos recibí hoy preguntando por qué no detectamos la filtración antes?

¿Por qué no teníamos mejores protocolos de seguridad?

Como si fuera mi culpa que un don nadie apareciera y demostrara que nuestros sistemas son insuficientes.

—Tus sistemas son insuficientes —murmuró James.

—¿Perdón?

—Solo digo que quizá tiene razón. Tal vez hemos estado viviendo de la reputación de David, en lugar de hacer realmente bien, nuestro trabajo.

—Vete al demonio, James —espetó Richard con brusquedad—. Tienes veintiséis años. Llevas aquí ocho meses. No nos des lecciones sobre cómo hacer nuestro trabajo.

—No estoy dando lecciones...

—Sí lo estás. Y es insultante.

Richard soltó un largo suspiro.

—Mira, llevo doce años en esta empresa. He sobrevivido a tres recesiones, dos intentos de adquisición hostil y, más crisis de las que puedo contar. No necesito que una licenciada en Literatura con delirios de competencia, me diga cómo hacer mi trabajo.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Mónica—. ¿Simplemente dejamos que siga haciéndonos quedar mal?

—Esperaremos —respondió Richard.

—Tarde o temprano cometerá un error. Siempre pasa. Y cuando ocurra, estaremos ahí para recordarle a David, exactamente por qué, la experiencia importa.

—¿Y si no se equivoca?

Richard soltó una risa fría y sin humor.

—Entonces nos aseguraremos de que lo haga.

El silencio llenó la sala.

David sintió cómo algo helado se instalaba en su pecho.

—Richard —dijo James con cautela—. ¿Qué significa eso?

—Significa que dejaremos de facilitarle el trabajo. Dejaremos de ofrecer información voluntariamente. Dejaremos de cubrir sus errores, incluso antes de que los cometa. La lanzaremos al agua profunda y veremos si realmente, sabe nadar.

—Eso es sabotaje —dijo James.

—Eso es la realidad —corrigió Richard—. ¿David quiere tener favoritos? Perfecto. Pero no puede sacrificar al resto de nosotros para impulsar a su nueva protegida.

Mónica dudó.

—No sé si me siento cómoda con ésto...

—No tienes que sentirte cómoda —dijo Richard—. Solo tienes que dejar de esforzarte por ayudarla. Eso es todo. Que triunfe o fracase por sus propios méritos... si es que los tiene.