CAPÍTULO CINCO #5
—Leticia se puso en contacto conmigo hace tres semanas. Vio la oferta de empleo, sabía que Caeli iba a postularse y, quiso asegurarse de que yo entendiera, qué clase de persona era realmente.
—Y tú le creíste.
—Verifiqué sus afirmaciones.
Victoria levantó el mentón.
—Caeli tiene un patrón, David. Siempre se mete en situaciones que la superan. Toma decisiones impulsivas. Causa problemas a todos los que la rodean. Su propia familia no la soporta. Sus antiguos empleadores la consideraban difícil e impredecible. Es un riesgo.
—O su familia es abusiva y está consumida por los celos y, tú las estás ayudando para destruirla.
Los ojos de Victoria brillaron.
—Te estoy ayudando a ti. Te estoy protegiendo de cometer el peor error de tu vida. Porque eso es lo que hago, David. Eso es lo que siempre he hecho. Te protejo. Permanezco a tu lado. Te amo.
Las palabras cayeron como piedras en el agua.
David la observó.
Y, de pronto, todo encajó con una claridad nauseabunda.
La posesividad.
Los celos.
La forma en que se había vuelto indispensable.
Los ocho años de lealtad que nunca habían parecido simple dedicación profesional.
—Necesitas irte.
Su voz era baja.
Peligrosamente baja.
—Y necesitas mantenerte alejada de Caeli.
—David...
—Si descubro que vuelves a contactar a Leticia, si descubro que has hecho cualquier otra cosa para sabotear a Caeli, te despediré. Y me aseguraré de que nunca vuelvas a trabajar en ésta industria.
Su voz era plana.
Definitiva.
—¿Lo entiendes?
El rostro de Victoria pasó del blanco al rojo.
Sus manos temblaban.
—La estás eligiendo a ella por encima de mí.
Su voz se quebró.
—Después de todo lo que he hecho por ti. Después de ocho años de lealtad. Estás eligiendo a una mujer que conociste hace dos días, antes que a alguien que te ha amado durante...
—Fuera.
Victoria tomó su tableta y su teléfono con movimientos bruscos, sacudidos por la rabia y la humillación.
Se detuvo en la puerta y lo miró por última vez.
La expresión en su rostro era una mezcla de corazón roto y odio.
—Vas a arrepentirte de esto.
Su voz fue apenas un susurro.
—Cuando ella te destruya —y lo hará— desearás haberme escuchado.
Y se marchó, cerrando la puerta de un portazo.
David permaneció solo en su oficina.
Su corazón latía con fuerza.
Sacó su teléfono y abrió la aplicación de seguridad.
En cuestión de segundos accedió al historial de mensajes de Victoria, aquellos que se habían sincronizado a través de los servidores de la empresa.
Docenas de mensajes con Leticia Moreno durante las últimas tres semanas.
Coordinando el aislamiento de Caeli.
Planeando cómo destruir su credibilidad.
Comentando sus «patrones» y «debilidades».
Diseñando estrategias para hacer que David desconfiara de ella.
Y un mensaje de aquella misma mañana hizo que la sangre se le congelara:
Victoria: Si el sabotaje profesional no funciona, Leticia dice que tiene algo más personal que podemos usar. Algo de los registros de terapia de Caeli que la humillarían, públicamente.
Leticia: Estoy intentando conseguir acceso. Karla podría ayudar.
Las manos de David comenzaron a temblar.
Esto ya no era una simple rivalidad profesional.
Era una conspiración organizada para destruir a Caeli.
Orquestada por su propia familia.
Y facilitada por alguien en quien él había confiado durante ocho años.
Alguien que acababa de confesar que estaba enamorada de él.
Alguien dispuesta a destruir a una mujer inocente para mantenerlo aislado y dependiente.
Necesitaba advertir a Caeli.
Necesitaba despedir a Victoria.
Necesitaba...
Su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido:
Deberías saber qué clase de persona estás protegiendo realmente. Revisa tu correo electrónico.
El estómago de David se hundió.
Abrió su correo.
El mensaje no tenía asunto.
Solo contenía un archivo de video.
Hizo clic.
Y observó cómo su mundo se hacía añicos.
Victoria había estado a su lado durante ocho años.
Y ahora tenía que decidir cuál de las dos le estaba mintiendo.
Y, por qué.
LA CONSPIRACIÓN
DAVID
El video comenzó con estática.
Luego apareció una imagen borrosa.
Una oficina.
Una mujer.
Caeli.
David sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se tensaban.
La grabación parecía provenir de una cámara de seguridad.
La fecha en la esquina superior mostraba tres años atrás.
Caeli estaba sentada frente a un escritorio, hablando con un hombre que David no reconoció.
El audio era deficiente.
Entrecortado.
Manipulado.
—...si esto sale a la luz...
—...nadie tiene que saberlo...
—...podemos controlar la narrativa...
La grabación se cortó.
Luego apareció otro fragmento.
Otra conversación.
Otra oficina.
Otra fecha.
Más palabras fuera de contexto.
Más silencios sospechosos.
Más frases que parecían incriminatorias.
David observó durante casi cinco minutos.
Cuando terminó, su expresión era de absoluta frialdad.
Porque algo no encajaba.
En absoluto.
Tomó su teléfono.
Llamó al jefe de seguridad digital.
—Necesito un análisis forense completo de un archivo de video.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
—¿Qué estamos buscando?
David volvió a reproducir los primeros segundos.
Observó las sombras.
Los cortes.
Las transiciones.
Los cambios de iluminación.
—Manipulación.
—¿Está seguro?
—Sí.
Porque conocía las campañas de desprestigio.
Había construido imperios enfrentándose a ellas.
Y aquello no era una prueba.
Era una edición.
Una, cuidadosamente diseñada.
—Quiero saber quién la hizo.
—Lo tendré, antes del amanecer.
David colgó.
Su teléfono vibró inmediatamente.
Un nuevo mensaje.
Mismo número desconocido.
¿Ya la viste?
¿Ahora entiendes quién es realmente?
David respondió sin pensarlo.
Sí.
La respuesta llegó segundos después.
Entonces sabes que no puedes confiar en ella.
David observó la pantalla.
Luego escribió:
No.
Pausa.
Tres puntos.
Otro mensaje.
¿No?
La respuesta de David fue inmediata.
Ahora sé que alguien está desesperado por destruirla.
Silencio.
El remitente dejó de responder.
David sonrió.
Una sonrisa fría.
Peligrosa.
Porque acababan de cometer un error.
Le habían dado una prueba.
Y, David Ashford era, muchas cosas.
Implacable.
Calculador.
Obsesivo.
Pero por encima de todo...
Era un depredador cuando alguien amenazaba algo que consideraba suyo.
Y alguien acababa de amenazar a Caeli.
CAELI
A las 11:42 p.m., el teléfono de Caeli sonó.
Ella estaba en su apartamento, descalza, con pantalones de pijama y una taza de té que ya se había enfriado.
Miró la pantalla.
David Ashford.
Frunció el ceño.
Respondió.
—Si esto es sobre trabajo, voy a cobrar horas extra.
Silencio.
Luego la voz de David.
Baja.
Tensa.
—¿Estás sola?
El tono hizo que se incorporara inmediatamente.
—Sí. ¿Qué pasó?
—Necesito que cierres todas las puertas.
—David...
—Ahora, Caeli.
Ella obedeció.
Algo en su voz eliminó cualquier impulso de bromear.
Cuando regresó al sofá, volvió a hablar.
—¿Qué ocurre?
—Alguien está intentando destruirte.
El corazón de Caeli se aceleró.
—¿Qué hicieron ahora?
—Victoria y tus hermanas.
Silencio.
—¿Qué?
—Encontré mensajes. Semanas de coordinación. Estaban intentando sabotearte desde antes de que llegaras a Ashford Industries.
Caeli cerró los ojos.
Por supuesto.
Por supuesto que eran ellas.
Y, aun así, dolía.
—¿Qué hicieron?
—Todavía no lo sé todo. Pero sé que intentaron conseguir acceso a tus registros de terapia.
El mundo pareció detenerse.
—¿Mis qué?
La voz de David se volvió peligrosamente suave.
—No voy a permitir que te hagan daño.
Algo en la forma en que lo dijo hizo que Caeli olvidara respirar.
Porque no sonó como un CEO hablando con una empleada.
Sonó como una promesa.
Como un juramento.
Como algo mucho más antiguo.
—David...
—Voy a arreglar esto.
—No.
Fue su turno de interrumpirlo.
—No vas a arreglarlo solo.
Silencio.
Luego:
—Caeli...
—No.
Ella se puso de pie.
Su voz era firme.
Feroz.
—Llevo toda mi vida enfrentándome a personas que intentan destruirme. Si quieren guerra, la tendrán.
Pausa.
Luego escuchó algo inesperado.
Una pequeña risa.
David.
—¿Qué?
—Nada.
—David.
—Simplemente estaba pensando que, probablemente, ésa es exactamente, la respuesta que esperaba de ti.
Caeli sonrió.
—Bien.
—Bien.
El silencio que siguió fue distinto.
Más suave.
Más cercano.
—Descansa un poco —dijo finalmente David.
—Tú también.
—Lo intentaré.
—Mentiroso.
—Probablemente.
Por primera vez en días, ambos sonrieron.
Y ninguno de los dos entendía todavía que la verdadera batalla estaba a punto de comenzar.
Porque Victoria había cometido un error.
Y las hermanas de Caeli también.
Habían atacado a la única persona que David Ashford estaba empezando a considerar indispensable.
Y, David, nunca perdonaba a quienes amenazaban lo que protegía.
FIN DEL CAPÍTULO SEIS
LA COORDINACIÓN
VICTORIA
11:47 PM
El apartamento de Victoria estaba en silencio, salvo por el murmullo distante de la ciudad, bajo sus ventanas.
Se sirvió una copa de vino—costoso, tinto, de la clase que David le había enseñado a apreciar años atrás—y se acomodó en el sofá. Su teléfono ya estaba en su mano, la pantalla iluminada por una nueva notificación.
Leticia: ¿Y bien? ¿Cómo salió todo?
Los dedos de Victoria se movieron rápidamente sobre la pantalla.
Victoria: La defendió. Delante de mí. A MÍ. Después de todo lo que he hecho por él, después de ocho años de lealtad, me miró a los ojos y, defendió a una mujer que conoció hace 48 horas.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Leticia: Como era de esperarse. Tiene ese efecto en la gente. Hace que crean que vale la pena protegerla cuando, en realidad, es una bomba de tiempo a punto de explotar.
Victoria tomó un sorbo de vino, con la mandíbula tensa.
Victoria: No está pensando con claridad. Lo ví en sus ojos. Se siente atraído por ella de una forma que no es racional. Es como si le hubiera lanzado algún tipo de hechizo.