CAPÍTULO CINCO #3
—La transparencia siempre implica un riesgo.
Pero es un riesgo menor que el engaño. —Caeli se inclinó hacia adelante—.
En realidad, no les preocupa la auditoría.
Les preocupa la percepción pública. Así que controlemos la percepción.
Publicamos nosotros mismos los resultados de la auditoría, los presentamos como una muestra de liderazgo ambiental en la industria y posicionamos esta adquisición como una alianza basada en valores compartidos. Convertimos el pasivo en un activo.
La expresión de la mujer se suavizó ligeramente.
—Es... en realidad una estrategia bastante sólida.
—Es la única estrategia que funciona a largo plazo.
Caeli abrió una presentación que había preparado a las seis de la mañana.
—Este es el cronograma. Publicamos los hallazgos preliminares dentro de dos semanas y los resultados completos de la auditoría dentro de seis.
Coordinamos comunicados de prensa, comunicaciones con las partes interesadas y campañas en redes sociales para enfatizar la transparencia y la responsabilidad corporativa.
Para cuando se cierre la adquisición, serán vistos como líderes ambientales, no como empresas que asumieron riesgos innecesarios.
Los tres socios intercambiaron miradas.
—Tendremos que revisarlo con nuestro equipo —dijo finalmente la mujer—. Pero es prometedor.
—Tómense todo el tiempo que necesiten. —Caeli cerró su laptop—. Estamos comprometidos a hacer que ésta alianza sea un éxito.
Los socios se marcharon.
Caeli soltó lentamente el aire.
—Bien hecho —dijo David en voz baja.
—Siguen nerviosos.
—Ya se les pasará. Les diste un camino a seguir.
Se puso de pie mientras abotonaba su chaqueta.
—Ven conmigo.
No fue una invitación.
Caeli lo siguió fuera de la sala de conferencias, por el pasillo, hasta su oficina.
David cerró la puerta tras ellos.
—No dormiste.
—Tú tampoco.
—Estoy acostumbrado.
—Yo también. —Caeli cruzó los brazos—. ¿De qué se trata esto, David?
—Voy a trasladarte a una oficina permanente. Último piso. Vista de esquina.
—No es necesario...
—Sí lo es.
Su tono no dejó espacio para discutir.
—No eres una empleada temporal. Eres esencial. Tu espacio de trabajo debe reflejarlo.
—Llevo aquí veinticuatro horas.
—Y ya has salvado una adquisición multimillonaria y descubierto a un traidor dentro de la junta. Diría que te lo has ganado.
Caeli quiso discutir.
Pero la verdad era que sí se lo había ganado.
Y estaba cansada de minimizar su propia capacidad para que otras personas se sintieran cómodas.
—Está bien. Gracias.
—De nada.
David caminó hacia su escritorio y abrió algo en la computadora.
—Hay otra cosa. Voy a asignarte un equipo de seguridad.
—Absolutamente no.
—No es opcional.
—Sí lo es.
La voz de Caeli fue firme.
—No necesito guardaespaldas.
—Pemberton tenía cómplices. Todavía no sabemos quiénes son. Hasta que lo averigüemos, eres un objetivo.
—No soy un objetivo. Soy una gestora de crisis. Literalmente, este es mi trabajo.
—Tu trabajo no incluye ponerte en peligro.
—Mi trabajo es lo que yo decida que sea.
Caeli dio un paso hacia él, sintiendo cómo su frustración comenzaba a hervir.
—Me contrataste para resolver problemas. Eso significa que, algunas veces, voy a estar en la línea de fuego. Si no puedes aceptar eso, contrataste a la persona equivocada.
La mandíbula de David se endureció.
—Estoy intentando protegerte.
—No necesito tu protección. Necesito que confíes en mí para hacer mi trabajo.
—Confío en ti...
—Entonces demuéstralo. Deja de intentar protegerme de cada riesgo. Deja de vigilarme. Deja de actuar como si fuera frágil.
Su voz descendió.
—No soy frágil, David. Soy exactamente lo contrario. Y si no puedes verlo, entonces vamos a tener un problema.
El silencio se extendió entre ellos.
Tenso.
Eléctrico.
Finalmente, David dijo:
—Tienes razón.
—Yo... ¿qué?
—Tienes razón. Estoy cruzando límites. —Se pasó una mano por el cabello, un gesto poco habitual que revelaba frustración—. No estoy acostumbrado a... ésto.
—¿Acostumbrado a qué?
—A preocuparme por si alguien sale herido.
La confesión quedó suspendida en el aire.
Cruda.
Inesperada.
La ira de Caeli se desinfló.
—David...
—Olvídalo.
Se volvió hacia su computadora y levantó de nuevo todos sus muros.
—No habrá equipo de seguridad. Pero si ocurre algo...
—No va a ocurrir nada.
—Si ocurre, te haré personalmente responsable.
—Trato hecho.
Caeli se dirigió hacia la puerta y luego se detuvo.
—Por lo que vale... agradezco tu preocupación. Aunque esté un poco mal dirigida.
Se marchó antes de que él pudiera responder.
DAVID
David se quedó mirando la puerta cerrada, con el pecho oprimido por algo que no sabía nombrar.
Era exasperante.
Terca.
Imprudente.
Y tenía razón.
Estaba intentando protegerla.
No porque ella lo necesitara, sino porque la sola idea de que pudiera pasarle algo hacía que su mundo cuidadosamente controlado se tambaleara sobre su eje.
Había pasado veinticuatro años construyendo muros.
Manteniendo a la gente a distancia.
Conservando el control.
Y Caeli Moreno había entrado en su vida y había desmantelado todas sus defensas en menos de dos días.
Su teléfono vibró.
Otro número desconocido.
Ella va a destruirte. Aléjate, mientras aún puedas.
David borró el mensaje y abrió las grabaciones de seguridad.
Quienquiera que estuviera amenazándolo.
Quienquiera que estuviera amenazándola.
Iba a arrepentirse.
Porque David Ashford no perdía.
Y, definitivamente, no iba a perderla a ella.
CAPÍTULO SEIS
CAELI
Para el tercer día, Caeli ya había identificado a tres posibles cómplices, redactado un protocolo integral de seguridad y consumido suficiente café como para abastecer a un pequeño ejército.
También se había mudado a su nueva oficina —ridículamente grande, con ventanas de piso a techo y muebles que realmente parecían cómodos— e intentaba con todas sus fuerzas no pensar en el hecho de que David había elegido específicamente la oficina contigua a la suya.
Estaba revisando la cronología de la auditoría de Meridian cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
David entró con expresión sombría.
—Tenemos un problema.
El estómago de Caeli se hundió.
—¿Qué clase de problema?
—Alguien envió esto a nuestros socios de adquisición.
Le tendió su teléfono.
El correo era breve, brutal y devastador:
David Ashford es mentalmente inestable. Fue secuestrado cuando era niño y nunca se recuperó. ¿De verdad quieren asociarse con alguien en quien no se puede confiar para tomar decisiones racionales?
La sangre de Caeli se heló.
—¿Quién envió esto?
—Remitente desconocido. Enrutado a través de múltiples servidores proxy. —La voz de David era plana, sin emociones—. Pero la información es cierta. Fui secuestrado. Hace veinticuatro años.
—David...
—Los socios están exigiendo una reunión de emergencia. Quieren garantías de que soy apto para dirigir la empresa. —Su mandíbula se tensó—. La junta ya está cuestionando si debería renunciar.
—Eso es absurdo. Tu trauma infantil no afecta tu capacidad para dirigir una compañía.
—¿No? —La miró con algo crudo reflejado en los ojos—. No puedo formar relaciones personales. No puedo confiar en la gente. Microgestiono todo porque la idea de perder el control me aterra. Tal vez tengan razón. Tal vez no soy apto para liderar.
—Basta.
Caeli se puso de pie y rodeó el escritorio para quedar frente a él.
—Eres una de las personas más brillantes que he conocido. Construiste esta empresa desde cero. Eres estratégico, decisivo y sí, controlador. Pero eso no es una debilidad. Eso es supervivencia.
—La supervivencia no es lo mismo que la estabilidad.
—No. Es mejor. Porque la estabilidad es fácil cuando nunca te ha ocurrido nada terrible. Pero tú sobreviviste a algo horrible y aun así, construiste un imperio. Eso no es inestabilidad. Eso es fortaleza.
David la observó y, por un instante, su máscara se quebró por completo.
—¿Por qué me estás defendiendo?
—Porque vale la pena defenderte. —La voz de Caeli era feroz—. Y porque quien envió ése correo, está intentando destruirte. No voy a permitirlo.
—Me conoces desde hace tres días.
—Sé lo suficiente.
Tomó su portátil.
—Vamos a averiguar quién hizo esto. Y después vamos a destruirlo.
—Caeli...
—No. Me contrataste para resolver crisis. Esto es una crisis. Así que déjame arreglarla.
David permaneció en silencio durante un buen rato.
Luego, lentamente, asintió.
—Está bien.
—Está bien. —Abrió su software de rastreo—. Vamos a encontrar a este bastardo.
Les tomó seis horas.
Seis horas rastreando direcciones IP, cruzando registros de comunicación y siguiendo migas digitales a través de un laberinto de servidores proxy y sistemas cifrados.
Pero finalmente, Caeli lo encontró.
—Lo tengo. —Su voz estaba cargada de furia.
David levantó la vista de su computadora.
—¿A quién?
—Steve Walters. Vicepresidente de Operaciones. Lleva meses en contacto con Pemberton.
Mostró las pruebas: correos electrónicos, transacciones financieras y registros de reuniones.
—Es el cómplice. Y ha estado filtrándole información a Pemberton todo este tiempo.
—¿Por qué?
—Dinero. Pemberton le prometió un puesto en Meridian si la adquisición fracasaba. —Sus manos se cerraron en puños—. Te vendió por una oferta de trabajo.
La expresión de David se volvió glacial.
—¿Dónde está?
—Todavía en el edificio. Su oficina está en el piso treinta y siete.
—Vamos.
—David, espera...
Pero él ya estaba avanzando y Caeli tuvo que correr para alcanzarlo.
DAVID
Steve Walters levantó la vista de su escritorio cuando David entró con Caeli, justo detrás.
—David. No esperaba...
—Tú enviaste el correo. —La voz de David era puro hielo—. El de mi secuestro.
El rostro de Walters palideció.
—No sé de qué estás hablando.
—No me mientas.
David levantó su teléfono mostrando las pruebas recopiladas por Caeli.
—Lo tenemos todo. Las comunicaciones con Pemberton. Las transacciones financieras. El rastreo del correo electrónico. Se acabó.