La Pequeña Reina CAPÍTULO CUATRO #14
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CAPÍTULO CUATRO #14

—Entiendo que esta filtración haya sacudido su confianza. Pero le pido que nos dé la oportunidad de reconstruirla. No con palabras, sino con acciones. Permítanos demostrarle que somos dignos de su confianza.

El silencio se prolongó más esta vez.

Finalmente:

—Envíeme la documentación de la revisión de seguridad. La discutiré con Emily y le responderé antes de que termine la semana.

—La tendrá mañana antes de las nueve de la mañana. Gracias por su tiempo, señor Harrison.

—¿Señorita Moreno?

—¿Sí?

—No haga que me arrepienta de ésto.

—No lo haré. Se lo prometo.

Terminó la llamada e inmediatamente envió un mensaje a Victoria:

Necesito que recopilen toda la documentación de la revisión de seguridad y la envíen a Thomas Harrison antes de las 9:00 a. m. de mañana. Incluyan protocolos, medidas de protección y plan de respuesta a incidentes. Que sea comprensible, no jerga corporativa.

Uno menos.

Quedaban dos.

Marcó el número de los Pembroke.

—Marcus Pembroke.

Su voz era seca e impaciente.

—Señor Pembroke, habla Caeli Moreno de Ashford Industries. Lo llamo para hablar sobre...

—Sé por qué llama. Y voy a ahorrarnos tiempo a ambos: estamos fuera.

El estómago de Caeli se hundió.

Pero su voz permaneció firme.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Porque ya pasamos por esto antes. Hace tres años nos asociamos con Donovan Corp. Nos prometieron transparencia, seguridad y diligencia debida. Seis meses después, nuestros datos logísticos confidenciales fueron filtrados a un competidor. Nos costó millones.

Su tono se endureció.

—Así que perdóneme si no me impresiona su discurso sobre la “transparencia estratégica”.

—Lo entiendo...

—¿De verdad lo entiende? Porque desde donde yo estoy sentado, esto parece exactamente lo mismo que Donovan otra vez. Grandes promesas, lenguaje corporativo y una especialista en relaciones públicas intentando suavizar las cosas.

Caeli respiró hondo.

Este era el difícil.

El que ya había sido traicionado una vez y no iba a dejarse convencer por palabras bonitas.

Así que no intentó convencerlo.

—Tiene razón —dijo con franqueza.

Silencio.

—¿Perdón?

—Tiene razón. Si yo estuviera en su lugar, también me retiraría. Donovan los engañó. Perdieron millones. Y ahora otra gran corporación les pide confianza después de una filtración de seguridad. Es una situación terrible.

—Entonces, ¿por qué me llama?

—Porque no le estoy pidiendo que confíe en nosotros. Le estoy pidiendo que nos verifique.

—¿Verificarlos?

—Sí. Usted es un hombre de datos, señor Pembroke.

No confía en las palabras; confía en los números.

Así que esto es lo que propongo: les damos acceso completo a nuestra infraestructura de seguridad.

No un resumen. No un informe maquillado.

Acceso real. Que su equipo de TI audite nuestros sistemas.

Que verifique nuestros protocolos. Que ponga a prueba nuestras medidas de protección.

Y si encuentran algo que no cumpla con sus estándares, se marchan. Sin resentimientos.

Escuchó cómo cambiaba de posición en su silla.

—Habla en serio.

—Completamente. Firmaremos un acuerdo de confidencialidad para proteger cualquier hallazgo. Su equipo podrá dedicar el tiempo que considere necesario. Y si concluyen que no somos lo suficientemente seguros para proteger sus datos, entonces tendrá toda la razón al retirarse.

—Eso es... sin precedentes.

—También lo es su situación. Usted necesita pruebas, no promesas. Yo le estoy ofreciendo pruebas.

Marcus permaneció en silencio durante un largo rato.

Finalmente dijo:

—Necesito hablarlo con Jennifer.

—Por supuesto. Les enviaré la propuesta de acceso y el acuerdo de confidencialidad esta misma noche. Tómense el tiempo que necesiten para revisarlo.

—¿Señorita Moreno?

—¿Sí?

—Esto es o la idea más inteligente que he escuchado hoy o la más estúpida.

Caeli sonrió.

—Yo apuesto por inteligente. Pero supongo que lo descubriremos.

Terminó la llamada e inmediatamente comenzó a redactar la propuesta de acceso.

Era arriesgado.

Dar a una parte externa semejante nivel de acceso a los sistemas de la empresa.

David probablemente intentaría matarla.

Pero era la única forma de recuperar la confianza de los Pembroke.

Su teléfono vibró.

Victoria: David quiere saber cómo van las llamadas.

Caeli respondió:

Dile que me estoy ganando el sueldo.

Última llamada.

María Castellano.

Caeli marcó el número sintiendo cómo aumentaba su confianza.

Dos enfoques diferentes.

Dos resultados diferentes.

Ambos avanzando en la dirección correcta.

—Castellano Logistics. Habla María.

Su voz era cálida pero profesional.

La voz de alguien que había aprendido a ser amable sin ser débil.

—Señora Castellano, habla Caeli Moreno de Ashford Industries. Llamo por...

—La filtración. Lo sé. He estado esperando esta llamada.

—¿Esperándola?

—Por supuesto. Supuse que alguien llamaría para intentar arreglar las cosas. Me sorprende que hayan tardado tanto.

Caeli sonrió.

Ya le agradaba María.

—Lamento la demora. He estado apagando incendios.

—Me lo imagino. Entonces, ¿cuál es su discurso?

—¿Mi discurso?

—Sí. La parte en la que me dice que todo está bien, que la filtración fue un pequeño contratiempo y que debería confiar el futuro de mi empresa a Ashford Industries. Ya he escuchado eso antes. Saltémonos esa parte y dígame qué piensa hacer realmente al respecto.

Caeli soltó una carcajada.

No pudo evitarlo.

—Usted no pierde el tiempo, ¿verdad?

—No tengo tiempo para perderlo. Construí esta empresa desde cero. No voy a entregársela a personas que no pueden protegerla.

—Justo. Entonces aquí está lo que voy a hacer realmente: voy a descubrir quién filtró ese correo electrónico, voy a asegurarme de que nunca vuelva a trabajar en esta industria y voy a implementar protocolos de seguridad tan estrictos que ni siquiera yo podré acceder a archivos sensibles sin tres niveles de autorización.

—Es un buen comienzo. ¿Qué más?

—Voy a darle mi número personal de teléfono. Y voy a decirle que si alguna vez —y quiero decir alguna vez— tiene una preocupación sobre esta adquisición, me llame directamente. No a David Ashford. No a un enlace corporativo. A mí. Y responderé. Siempre.

María permaneció en silencio unos segundos.

—¿Por qué haría eso?

—Porque usted me recuerda a mí. Construyó algo desde la nada. Luchó por cada centímetro de terreno ganado. Y ahora le están pidiendo que confíe en personas que todavía no se han ganado esa confianza.

La voz de Caeli se suavizó.

—Lo entiendo. Soy nueva aquí. No tengo la reputación de David Ashford ni sus recursos. Pero tengo algo que él no tiene: sé lo que es que te subestimen. Y sé lo que se necesita para demostrar que están equivocados.

—¿Es nueva?

—Nueva de seis horas.

María soltó una carcajada auténtica.

—¿Seis horas? ¿Y ya la pusieron al frente de gestión de crisis?

—Al parecer entrevisto bastante bien.

—Al parecer sí.

Su tono se volvió más serio.

—Muy bien, Caeli Moreno. Voy a tomarle la palabra. Me dará su número y, voy a usarlo. Probablemente más de lo que le gustaría.

—Eso espero.

Caeli le dictó su número de celular.

—Llámeme cuando quiera. Lo digo en serio.

—Lo haré. Y, Caeli...

—¿Sí?

—No arruine esto. Me cae bien. Me daría pena tener que destruirla.

Caeli sonrió.

—A mí también me daría pena. Supongo que será mejor que no lo arruine.

Terminó la llamada y se recostó en la silla, con el corazón todavía acelerado.

Tres llamadas.

Tres enfoques distintos.

Tres socios que seguían en juego.

Lo había conseguido.

Su teléfono vibró.

David: A mi oficina. Ahora.

Caeli tomó sus notas y salió al pasillo, impulsada por una creciente confianza.

David estaba junto a la ventana cuando entró.

Su postura era rígida.

—Acabo de hablar con Thomas Harrison —dijo sin darse la vuelta.

El estómago de Caeli se tensó.

—¿Y?

—Me dijo que le prometió total transparencia respecto a nuestra revisión de seguridad.

—Así es.

—Lleva aquí seis horas.

—En realidad, siete.

David se giró para mirarla, con una expresión imposible de descifrar.

—También les ofreciste a los Pembroke acceso total a nuestra infraestructura de seguridad.

—Así es.

—Y le diste tu número personal de teléfono celular a María Castellano.

—También es cierto.

David la observó durante un largo momento.

Luego, lentamente, sonrió.

Una sonrisa real.

No la máscara corporativa que solía usar.

—O estás completamente loca o eres brillante.

—Yo voto por brillante.

—Harrison quiere seguir adelante con la operación. Los Pembroke enviarán a su equipo de TI la próxima semana. Y Castellano acaba de enviarme un correo diciendo que está impresionada con nuestra “nueva directora de gestión de crisis”.

Sacudió la cabeza.

—¿Cómo hiciste eso?

—Escuché lo que realmente necesitaban en lugar de decirles lo que yo creía que querían escuchar.

Caeli se encogió de hombros.

—Harrison necesitaba confianza. Los Pembroke necesitaban pruebas. Castellano necesitaba control. Así que les di exactamente eso.

—Les diste todo.

—Les di lo que merecían.

Su voz se suavizó.

—No son simples objetivos de adquisición, David. Son personas que construyeron algo y están aterradas de perderlo. Respeté eso.

David guardó silencio unos instantes mientras estudiaba su rostro.

—No te pareces a nadie con quien haya trabajado antes.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

Se acercó un poco más.

Su voz descendió.

—Pero sí. Es un cumplido.

Caeli sintió que sus mejillas se calentaban.

—Bueno. Me alegra. Porque no pienso irme a ninguna parte.

—Bien.

La sonrisa de David se amplió apenas un poco.

—Porque no voy a dejar que lo hagas.

Caeli observaba la cobertura mediática desde su espacio de trabajo temporal.

Su portátil estaba rodeado de vasos de café vacíos y recipientes de comida para llevar a medio terminar.

El equipo de crisis se había marchado horas atrás.

La oficina estaba oscura.

Excepto por su rincón.

Y por la luz que salía de la oficina de David, al final del pasillo.

Debería irse a casa.

Llevaba despierta dieciséis horas.

Los ojos le ardían.

La espalda le dolía por culpa de aquella horrible silla ergonómica.

Pero no podía marcharse.

Todavía no.

Porque algo no encajaba.

La filtración había sido demasiado limpia.

Demasiado perfectamente sincronizada.

Y el correo electrónico...

Lo abrió de nuevo y revisó los detalles de la adquisición con ojos renovados.

Entonces lo vio.

Una sola línea enterrada en el tercer párrafo:

Pendiente de aprobación de auditoría ambiental.

La cuenta Meridian.

La mujer de la reunión ejecutiva la había mencionado.

Una auditoría ambiental amenazaba con hacer fracasar un contrato.

Esto no se trataba de la adquisición.

En absoluto.

Se trataba de Meridian.

—Todavía estás aquí.

Caeli dio un salto.

El corazón le golpeó las costillas.

David estaba en la puerta de su oficina.

Sin chaqueta.

Con la corbata aflojada.

Parecía casi humano.

—Jesús. Me asustaste.

—Lo siento.

No parecía arrepentido.

—Deberías irte a casa.

—Tú también.

—Tengo trabajo que terminar.

—Yo también.

Caeli señaló la pantalla.

—La filtración no fue aleatoria. Fue dirigida.

La expresión de David se volvió más aguda.

—Explícate.

—El correo menciona la auditoría ambiental de Meridian. Esa información no es pública. Quien filtró esto quería llamar la atención específicamente sobre Meridian. O quería sabotear la adquisición o forzarnos a abordar públicamente la auditoría.

—Lo que significa que la filtración vino de alguien con intereses en la cuenta Meridian.

—Exactamente.

Caeli abrió el listado ejecutivo.

—¿Quién en la junta tiene conexiones con Meridian?

David se acercó y se inclinó sobre su hombro para observar la pantalla.

Olía a colonia cara.

A café.

Y a algo más.

Algo que hizo que el cerebro de Caeli dejara de funcionar por un segundo.

Concéntrate.

—Pemberton —dijo David en voz baja—. Formó parte del consejo asesor de Meridian antes de unirse al nuestro.

—¿Conflicto de intereses?

—Potencialmente.

David se enderezó.

Y Caeli pudo volver a respirar.

—Pero necesitamos pruebas antes de acusar a un miembro de la junta directiva, de sabotaje corporativo.

—Entonces consigamos pruebas.

Caeli se puso de pie y tomó su portátil.

—¿Dónde está tu oficina?

David frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque vamos a revisar cada comunicación que Pemberton haya tenido con Meridian durante los últimos seis meses y vamos a encontrar la conexión.

—Eso es ilegal sin una orden judicial.

—No. Eso es una investigación corporativa agresiva.

Sonrió.

—Hay una diferencia.

Pasó junto a él y salió al pasillo.

—¿Vienes o no?

David la siguió.

Y Caeli fingió no darse cuenta de la forma en que él sonrió.