La Pequeña Reina CAPÍTULO UNO #3
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CAPÍTULO UNO #3

Y Caeli había aprendido que, a veces, lo mejor era hacerse muy pequeña, muy silenciosa y dejar que todos estuvieran enfadados hasta que se cansaran.

—Lo siento —susurró.

—Siempre lo sientes —murmuró Karla desde el asiento trasero—. Tal vez deberías intentar no arruinar las cosas desde el principio.

Ahora, sentada en la librería, Caeli sintió ese nudo familiar en el estómago.

El que decía:

Algo malo va a pasar y será tu culpa.

Miró el reloj sobre la caja registradora de Isabella Myers.

Karla llevaba una hora y cuarenta y cinco minutos fuera.

Quizá debería esperar.

Karla le había dicho que no se moviera.

Y si Caeli se movía y algo salía mal, Leticia diría que debería haber obedecido mejor.

Mamá suspiraría con aquel suspiro agotado.

Papá tendría esa expresión triste e impotente.

Pero ¿y si Karla no volvía?

¿Y si se olvidaba de ella, como en el supermercado?

El pecho de Caeli se tensó.

Probablemente estaba preocupándose por nada.

Siempre se preocupaba por nada.

Leticia decía que era “dramática”.

Karla decía que era “necesitada”.

Incluso papá, el dulce papá, una vez había dicho que era “una pequeña preocupona”, que era solo una forma amable de decir lo mismo.

Miró de nuevo por la ventana.

La pareja seguía allí.

Y ahora la mujer estaba llorando.

El hombre la rodeaba con un brazo, y ambos parecían tan tristes que, los ojos de Caeli comenzaron a aguarse.

Estaban buscando algo.

O a alguien.

Quizá a su perro.

La gente amaba a sus perros.

Papá siempre decía que los perros eran parte de la familia, aunque ellos no pudieran tener uno.

Entonces Caeli tomó una decisión.

Solo saldría un minuto.

Solo para preguntar si necesitaban ayuda.

Si encontraba a su perro, quizá Karla se sentiría orgullosa de ella por primera vez.

Quizá Leticia diría que había hecho algo bien, en lugar de algo mal.

Quizá mamá le regalaría una de sus sonrisas verdaderas, en vez de una cansada.

Quizá, por una vez, ella no sería el problema.

Se bajó del banco de lectura y caminó hacia la puerta con el corazón latiéndole con fuerza.

Isabella Myers seguía ocupada con un cliente.

Nadie notó cómo Caeli abría la puerta y salía, mientras la campanilla tintineaba suavemente sobre su cabeza.

La pareja levantó la vista cuando ella se acercó.

Sus rostros se transformaron.

De tristeza...

a algo que parecía esperanza.

Pero más afilada.

Más hambrienta.

—Disculpen —dijo Caeli educadamente, tal como papá le había enseñado—. ¿Están buscando a su perro? Puedo ayudarlos.

La sonrisa de la mujer fue amplia y luminosa.

—Oh, cariño, ¿lo harías? Sería maravilloso. Se llama Toby. Es un cachorrito marrón, y estamos muy preocupados por él.

—Me encantan los cachorros —dijo Caeli.

Y era verdad.

Amaba a todos los animales, aunque no le permitieran tener alguno porque, probablemente también, arruinaría eso.

—Creemos que pudo haber corrido hacia el parque —dijo el hombre señalando calle abajo—. ¿Te importaría caminar con nosotros? Solo unos minutos. Nos vendría muy bien tu ayuda.

Caeli dudó.

Karla había dicho que no se moviera.

Pero Karla también la dejaba olvidada en todas partes.

Y esto era diferente.

Esto era ayudar.

Esto era ser útil en lugar de ser un problema.

—Está bien —dijo—. Pero solo por unos minutos. Mi hermana regresará pronto.

—Por supuesto —respondió la mujer con calidez—. Solo unos minutos. Eres una niña muy dulce. Tus padres deben estar muy orgullosos de ti.

El pecho de Caeli se hinchó un poco.

Orgullosos.

¿Cuándo había sido la última vez que alguien se sintió orgulloso de ella?

Los siguió por la acera, alejándose de la librería, hacia el parque donde supuestamente los esperaba Toby, el cachorro.

El sol calentaba sus hombros.

La mujer seguía hablando de lo agradecidos que estaban, de cómo Toby era como un hijo para ellos y de que lo habían estado buscando por todas partes.

Caeli quería ayudar.

Quería ser buena.

Quería ser el tipo de persona que resolvía problemas en lugar de causarlos.

No se dio cuenta cuando dejaron atrás el parque.

No se dio cuenta cuando los edificios comenzaron a parecerle desconocidos, más viejos y deteriorados.

No se dio cuenta, hasta que fue demasiado tarde, de que la sonrisa de la mujer había cambiado. Seguía siendo amplia, pero ya no era cálida.

Era afilada.

Incorrecta.

Para cuando Caeli comprendió que había cometido un terrible error, estaban frente a una casa que parecía abandonada desde hacía años.

Las ventanas estaban oscuras.

La pintura se descascaraba.

No había ningún cachorro.

Nunca había existido ningún cachorro.

—Espera —dijo Caeli con una voz diminuta—. Quiero volver.

—Solo entra un segundo —dijo el hombre, y ahora su mano descansaba sobre su hombro, firme e inflexible—. Tenemos algo que mostrarte.

—No —dijo Caeli intentando soltarse—. No, necesito regresar. Mi hermana...

—Tu hermana te dejó —dijo la mujer.

Y su voz ya no era amable.

Era plana.

Fría.

Como si estuviera diciendo un simple hecho.

—No va a volver por ti, cariño. No por mucho tiempo.

Los ojos de Caeli se llenaron de lágrimas.

Quería gritar, pero tenía la garganta cerrada.

Quería correr, pero la mano del hombre era demasiado fuerte.

Quería que apareciera papá con su sonrisa triste y su voz suave.

Quería que mamá llegara corriendo a pesar de su agotamiento.

Incluso deseaba escuchar el enojo cortante de Leticia o la indiferencia descuidada de Karla.

Cualquier cosa.

Cualquier cosa menos esto.

Pero nadie vino.

Porque nadie venía jamás por la niña que siempre era el problema.

La puerta de la casa abandonada se abrió y empujaron a Caeli hacia el interior.

El olor la golpeó primero.

Moho.

Podredumbre.

Y algo más.

Algo humano.

Algo lleno de miedo.

En una esquina de la oscura habitación, había un niño.

Estaba atado.

La observaba con los ojos abiertos de par en par, aterrorizado.

Parecía algunos años mayor que ella, quizá nueve o diez años.

Su ropa era cara; incluso en la penumbra podía notarse.

Una camisa de botones, ahora sucia.

Zapatos elegantes, ahora raspados.

Parecía alguien a quien nunca habían olvidado en un supermercado ni abandonado en una librería.

Parecía alguien cuyas hermanas probablemente lo amaban.

—Por favor —susurró Caeli a la pareja, al universo, a cualquiera que pudiera estar escuchando—. Quiero ir a casa.

Pero la puerta se cerró a sus espaldas con un sonido pesado y definitivo. Caeli comprendió, con la terrible claridad de una niña de seis años, que siempre había creído ser el problema, que de alguna manera esto también era culpa suya.

Debió haberse quedado en la librería.

Debió haber escuchado a Karla.

Debió haber sido mejor.

Más inteligente.

Menos carga para los demás.

El niño de la esquina la observaba.

A pesar de su miedo, Caeli pudo ver algo más en sus ojos.

Quizás reconocimiento.

No de ella específicamente, sino de lo que estaba sintiendo.

Él sabía lo que era estar atrapado.

Sabía lo que era tener miedo.

Y de alguna manera, de una forma imposible de explicar, eso hizo que se sintiera un poco menos sola.

—Solo una calle más —dijo el hombre.

PARTE DOS: LA HABITACIÓN

DAVID

9 años

La nueva niña no dejaba de llorar.

David había dejado de llorar hacía dos días.

Llorar no ayudaba.

Llorar le hacía doler la garganta, le ardían los ojos y enfurecía al hombre.

Al hombre no le gustaba el ruido.

Lo había dejado muy claro cuando le dio una bofetada tan fuerte, que lo lanzó contra la pared, solo por preguntar cuándo podría volver a casa.

Así que David había aprendido a quedarse callado.

Pero aquella niña...

Aquella pequeña niña de cabello oscuro enredado y vestido rosa, ya manchado de suciedad, todavía no lo había aprendido.

Estaba sentada en la esquina opuesta de la habitación, abrazándose las rodillas contra el pecho, mientras sollozaba entre las manos.

—Deberías parar —dijo David.

Su voz salió más áspera de lo que pretendía.

—No les gusta cuando lloras.

La niña levantó la vista.

Tenía el rostro rojo, húmedo y manchado por las lágrimas.

No podía tener más de seis años.

Prácticamente un bebé.

¿Qué clase de personas secuestraban a un bebé?

—Quiero a mi mamá —susurró.

—Sí. Yo también.

David se acomodó contra la pared.

Las muñecas le ardían por las marcas de las bridas plásticas que le habían puesto el primer día, antes de decidir que estaba demasiado asustado para intentar escapar.

Ahora, simplemente, permanecía encerrado en aquella habitación con nada más que un colchón sucio y un balde en una esquina que, prefería no mirar.

Y ahora, al parecer, también una niña llorando.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, porque el silencio era peor que hablar.

—Caeli.

Se limpió la nariz con el vestido.

—¿Y tú?

—David.

—¿Van a matarnos?

La pregunta fue tan directa, tan sencilla, que David estuvo a punto de reírse.

A punto.

—No. Quieren dinero. Mi papá tiene dinero. Lo conseguirán y luego nos dejarán ir.

No sabía si eso era cierto.

La noche anterior había escuchado discutir a la pareja.

Algo sobre una llamada de rescate que no había salido bien.

Algo sobre que el padre de David se negaba a negociar con criminales.

Pero no podía decirle eso a una niña tan pequeña.

Ya estaba aterrorizada.

—Mi papá no tiene dinero —dijo Caeli en voz baja—. Nosotros no somos ricos.

David la observó de verdad.

Su vestido era de Target o Walmart, no de las boutiques donde compraba su madre.

Sus sandalias estaban desgastadas.

Su cabello no había sido cortado por un estilista profesional.

—Entonces, ¿por qué te llevaron? —preguntó.

El rostro de Caeli se arrugó.

—No lo sé. Dijeron que habían perdido a su cachorro. Yo solo quería ayudar.

Algo se retorció dentro del pecho de David.

¿Rabia?

¿Compasión?

No estaba seguro.

—¿Así te atraparon? ¿Con un cachorro perdido?

Ella asintió tristemente.

—A mí me dijeron que mi mamá había tenido un accidente —dijo David—. Dijeron que me llevarían al hospital. Me subí a su coche antes de darme cuenta...

Se interrumpió.

Antes de darse cuenta de que el chofer de su madre habría ido por él.