La pequeña chocolatería de la isla (Corazones de la Isla 4) 10
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El viernes tendieron las guirnaldas de un lado a otro de Main Street, y Jennifer salió de la tienda al mediodía con una bandeja en las manos y se detuvo en el escalón, porque ya había visto aquella calle así, engalanada.

Pasó en un segundo y medio, como pasan estas cosas: un tirón y luego nada.

Había hojeado una caja de zapatos llena de fotografías de gente a la que no conocía, y en ellas había guirnaldas de papel cruzando una carretera, y ahora tenía delante una carretera cruzada por guirnaldas de papel, lo cual no era ningún descubrimiento: era un festival de verano,

y todos los pueblos pequeños de Maine guardaban una ristra de ellas en una caja en alguna parte.

Le bajó la bandeja a Hazel y no volvió a pensar en ello.

Al anochecer, todo el extremo de la calle que daba al puerto se había convertido en otra cosa.

Fiona había sacado sus mesas de libros a la acera, todo a un dólar, con un cartel escrito a mano que decía que el sistema de confianza siempre había funcionado y que no veía motivo para empezar a dudar de él ahora.

Hazel había montado un puesto que no era tanto un puesto como un cuartel general, con los hornos funcionando por turnos detrás, y ella estaba en el centro de todo, dirigiendo el tráfico con una voz que llegaba hasta el agua.

Alguien había colocado luces a lo largo del muelle.

Había un violín, un acordeón y un chico de unos quince años a la caja que estaba viviendo la noche de su vida.

Jason pronunció un discurso. A las ocho se subió a una caja de langostas con una camisa que a todas luces le habían obligado a ponerse y dijo que se alegraba de que todos hubieran venido,

que el pueblo había pagado las luces y la banda y que agradecería que nadie estrellara un camión contra ninguna de las dos cosas.

Ese fue todo el discurso. Lo recibieron con un entusiasmo que a Jennifer le pareció mitad cariño y mitad alivio.

Al final del muelle, una pareja joven estaba cogida del brazo —un buzo y la mujer que había salido con él al pecio—, mirando cómo se llevaban la caja, y la gente de alrededor no dejaba de dedicarles el mismo pequeño gesto de aprobación satisfecha,

ese que una isla reserva para lo que cree haber ayudado a sacar adelante.

Después tuvo un rato para ella, y entonces se la llevaron.

—Te vienes —dijo Poppy, que ya la tenía agarrada por dos dedos.

No había posibilidad de negociar. Arrastraron a Jennifer de un extremo a otro de la calle y le fueron mostrando cosas en un orden que solo tenía sentido para su guía: un perro, que era un perro importante;

una niña llamada Sophie que tenía todo un sistema para el juego de lanzar aros y se lo explicó con pelos y señales; el hecho de que en las mesas de Fiona había libros con mapas, y que los mapas eran el único tipo aceptable.

Comieron dos cosas de pie. Poppy exigió algodón de azúcar y lo consiguió, y exigió uno más con unos argumentos que a Jennifer le parecieron flojos en lo procedimental pero sólidos en lo emocional, y al final Jennifer se comió la mitad del segundo, de pie en lo alto del muelle,

con el azúcar deshaciéndosele en la lengua, el violín serrando el aire a su espalda y el agua plana y anaranjada hasta el horizonte.

No recordaba la última vez que había hecho algo, lo que fuera, sin un motivo.

La banda se metió en algo lento sobre las diez, y media calle se emparejó y salió a las tablas, y Michael se acercó y se quedó a su lado sin decir nada durante un rato.

—Lo hacen todos los años —dijo al fin.

—Eso parece.

—Lo de bailar. —Miró hacia el agua. Tenía el aire de un hombre haciendo un cálculo difícil con información insuficiente—. Normalmente hay baile. A estas alturas. Por la noche.

—Lo hay —convino Jennifer.

—Ya. —Una pausa bastante larga—. Voy a ser sincero contigo: lo he intentado tres veces antes de acercarme y ninguna salió mejor que la anterior, así que...

—Así que...

—¿Querrías...? —Señaló las tablas, el violín y la situación en general con una mano que había construido barcos—. Eso.

Jennifer ya se estaba riendo cuando le cogió la mano.

Bailaba tal como ella había sospechado que bailaría: bien y sin estilo alguno, llevando el ritmo como lo lleva un hombre que ha pasado la vida entre motores y tablas de mareas.

Tenía la mano en su espalda, cálida a través de la camisa, y no la movió de ahí.

Él no hablaba. Ella tampoco. Las luces del muelle eran de las baratas y se balanceaban con el viento que subía del agua, y toda la calle se encendía, se apagaba y volvía a encenderse,

y Doris pasó junto a ellos con el abuelo de alguien y le dedicó a Jennifer una mirada de aprobación franca y encantada en la que volvería a pensar más tarde.

Era una de esas noches que se suben a una caja y proclaman, brevemente, que el mundo es sencillo.

A mitad de la canción le llegó una voz más o menos a la altura de la cadera.

—¿Yo también puedo bailar?

Así que bailaron los tres, lo que exigió negociar bastante sobre dónde ponía cada uno las manos y produjo, al poco rato, una estructura giratoria que no se habría podido reproducir a propósito y que los hizo reír a carcajadas a los tres; la que más, Poppy, que no tenía ni pizca de oído,

iba a destiempo desde el primer golpe y, en conjunto, resultaba mejor así.

Dieron vueltas y más vueltas sobre las tablas.

A Michael se le escapó la risa dos veces, aquella, la perdida, y Jennifer la guardó donde guardaba esas cosas.

Entonces el olor de algo que salía de los hornos de Hazel cruzó la calle, y Poppy se detuvo en seco en mitad de una vuelta, miró hacia allí y dijo:

—Vale.

Y se marchó. Y ahí se acabó el asunto.

Michael la vio alejarse.

—Eso es todo. Esa es toda su lealtad.

—Volverá cuando saquen la bandeja.

—No volverá —dijo él.

Habían dejado de bailar y ninguno de los dos había soltado al otro, y en algún momento de los pasos siguientes Jennifer se dio cuenta de que llevaban un rato sin bailar.

Simplemente estaban de pie al final de las tablas, con la música sonando a sus espaldas, y él tenía la mano en su espalda, y ella la suya en su hombro, y aquello se había acordado en algún momento anterior de la noche sin que nadie lo dijera.

Caminaron hasta el extremo más alejado del muelle, lo que tampoco hubo que decidir.

Allí fuera había más silencio. La música les llegaba por el agua en vez de por el aire, más fina y con retraso, más idea que sonido; las luces quedaban muy lejos, al fondo del puerto, y las barcas golpeaban y crujían a su alrededor en la oscuridad, y no había absolutamente nadie más.

Jennifer se quedó junto al último pilote, con el viento echandole el pelo sobre la cara, y Michael se lo retiró de la mejilla con dos dedos, con cuidado, como trataba cualquier cosa que no le pertenecía.

—Quiero decirte algo —dijo—, y no voy a decirlo bien.

—Entonces no lo digas.

Él la miró un instante más.

Después fue muy sencillo, lo que la sorprendió, porque últimamente nada lo había sido.

La mano de Michael le rodeó la nuca y ella le agarró la camisa por delante, y se descubrió de puntillas sin que nadie se lo hubiera pedido.

Él sabía a algodón de azúcar, culpa suya, y debajo a la sal que allí fuera lo cubría todo, la barandilla, las cuerdas, el viento, y hubo un largo instante en el que las barcas golpearon, el violín llegó por encima del agua y ella no pensó absolutamente nada.

No se abrió de golpe la puerta de ninguna tienda. Nadie apareció a la altura de las rodillas. El muelle siguió vacío todo el rato y, después, ella se quedó con la frente apoyada en la clavícula de él, respirando, consciente de que se reía de algo que no se había dicho en voz alta.

—Ha tardado en llegar —dijo ella.

—Sí. —Tenía la barbilla apoyada en la coronilla de ella—. Quiero que conste que yo tenía un plan.

—Tenías un plan.

—Era un buen plan. Tenía pasos.

Ella se volvió entre sus brazos para mirar puerto arriba, las luces y las pequeñas siluetas lejanas de toda la isla comiendo, discutiendo y bailando, y estaba apoyada contra él, y era, por primera vez desde aquella llamada de teléfono de una tarde gris —la primera que podía precisar—,

completamente feliz.

En lo alto de la calle, en la oscuridad por encima de las luces, algo brilló.

Fue algo pequeño, apareció y desapareció, y venía de la dirección aproximada de cierto porche, y ningún cristal de allí arriba tenía por qué captar la luz con aquel ángulo en aquel segundo exacto.

Jennifer lo miró un rato.

Después volvió a esconder la cara en el hombro de Michael y se rio hasta que él le preguntó de qué, y ella respondió que de nada, de nada, que era una isla, y él dijo que sí, que lo era, y lo dejó estar, y se quedaron allí un buen rato más, en la oscuridad, al final del muelle,

observados por absolutamente nadie.

Más tarde, él se quedó al borde de todo aquello, con la hija dormida contra el pecho y el hijo todavía en pie, apenas, junto al tambor.

Poppy se había dormido como se dormía siempre, de golpe y a mitad de una frase, y pesaba de esa manera tan particular en que pesa un niño dormido, que es bastante más de lo que pesa el mismo niño despierto, por un margen que nadie ha explicado nunca.

Llevaba su peso en el brazo izquierdo, la cabeza de la niña en el hueco bajo la mandíbula y uno de sus zapatos en la mano, porque había perdido el otro en algún sitio y lo encontraría al día siguiente o no.

Theo estaba apoyado en el cajón donde se sentaba el chico de la caja.

Le habían pedido que sujetara una baqueta y la sujetaba con las dos manos, y tenía en los ojos esa fijeza vidriosa que significaba que se le estaba acabando la cuerda y que dentro de poco querría que lo llevaran en brazos a él, y lo negaría.

Michael los contó a los dos como contaba cualquier cosa, sin pretenderlo, igual que uno se palpa el bolsillo buscando las llaves.

El festival había llegado al punto en que empieza a deshacerse por los bordes.

La gente se llevaba las sillas plegables a casa.

Alguien estaba quitando las luces del otro lado y enrollaba el cable en el codo.

La banda se había quedado en el violín y el acordeón, y ya tocaban más para ellos mismos que para nadie, y la mitad de las tablas estaba vacía.