7
Había cuatro lugares de la isla a los que estaba prohibido ir, y Theo Merrill podía enumerarlos por orden, y lo hacía a menudo, sobre todo a Poppy, que nunca escuchaba.
El uno era el extremo del embarcadero del pueblo, pasada la línea amarilla, y era por caerse al agua.
El dos era el sitio de allá arriba, en la carretera de atrás, donde había un perro.
El tres era toda la planta de arriba del astillero, por el suelo, y ese era razonable; él había visto el suelo.
Y el cuatro era el trastero de detrás del taller, en la vieja tienda de Main Street, y el cuatro era el único del que nadie daba una razón.
Y ahí estaba todo el problema del cuatro.
En su familia, de cualquier otra cosa se podía sacar una explicación si estabas dispuesto a quedarte allí plantado el tiempo suficiente.
Caerse al agua, el perro, el suelo. Preguntabas por el trastero y te daban esa clase de respuesta que los adultos sueltan de medio lado mientras tienen las manos ocupadas en otra cosa.
La abuela había dicho una vez que la habitación estaba cerrada, con la voz que usaba para el tiempo y para los precios, y ese había sido el final de la conversación y también, por lo que Theo alcanzaba a saber, el final de que nadie volviera a mencionarla.
Y su padre llamaba a la puerta.
Ese era el hecho al que Theo volvía una y otra vez, como quien no deja de tocarse con la lengua un diente que se mueve.
Su padre, que era un hombre hecho y derecho y tenía un astillero, guardaba la caja de herramientas en aquella habitación y, cuando la necesitaba, se plantaba delante de la puerta y llamaba antes de entrar, en el edificio de su propia familia, donde no había nadie, y luego entraba, cogía la caja,
salía y cerraba la puerta tras de sí.
Theo se lo había visto hacer dos veces. Nunca había preguntado por aquello, porque hay preguntas que no se hacen si quieres que la respuesta siga estando ahí más adelante, y esa era una de las cosas fundamentales que él entendía y Poppy no.
Así que el trastero había sido el centro de todo durante unos tres años, y lo tenía todo cartografiado, y lo tenía desde los seis años, que fue cuando descubrió la tabla suelta de debajo de la ventana de atrás.
Era la segunda tabla empezando por un lado, debajo del alféizar, donde la pintura se había ido, y se soltaba si metías los dedos por el borde inferior y levantabas y tirabas a la vez, y volvía a su sitio después si le dabas una patada, una sola, en la esquina.
La ventana de encima no tenía pestillo que cerrara.
Probablemente nunca lo había tenido. Theo lo había comprobado a los seis años, un domingo, y desde entonces no había hecho absolutamente nada al respecto, lo cual, en su opinión, tenía mucho mérito.
La ocasión se presentó un martes, a primera hora de la tarde.
La señora del chocolate cruzó a la panadería después de comer para hacer allí lo que fuera que hacía con Hazel, y estuvo fuera todo el mediodía, y el padre de los dos estaba abajo, en el astillero, con el balandro sobre los calzos y la radio puesta.
Eso dejaba un margen de, calculaba Theo, una hora, más que suficiente, y dejaba también a Poppy, sentada en el bordillo delante de la tienda, comiéndose una manzana de un modo que acababa con casi toda la manzana encima de ella.
—Vamos a entrar por detrás —dijo Theo.
—Vale —dijo Poppy, y se levantó, y fue con él, y esa fue toda la negociación.
Esto era lo de Poppy que Theo nunca había logrado explicarle a nadie.
No había que convencerla de nada. No quería saber por qué.
Eso la hacía extremadamente útil y, al mismo tiempo, significaba que no se le podía confiar un solo dato más de un día, más o menos.
La tabla salió al primer intento. La ventana subió con un ruido, y los dos se quedaron quietos escuchando cómo la calle entera no hacía nada; después Poppy entró de cabeza, porque siempre entraba de cabeza, y Theo fue detrás con los pies por delante, como una persona sensata.
Dentro había penumbra y olía como huele el interior de un armario, y estaba lleno.
Esa fue la primera sorpresa, y Theo se concedió unos dos segundos para ella.
Llevaba tres años construyéndose el trastero en la cabeza y resultaba que era una habitación con cosas dentro.
Cajones de madera apilados hasta la altura del hombro, vacíos, de los que en su día habían llevado latas y lo decían en los extremos.
Una escalera de mano. Una alfombra enrollada, de pie en un rincón, como una persona esperando.
Una máquina de coser con pedal de hierro negro y una funda encima, y la caja de herramientas de su padre en el suelo, junto a la puerta, que era donde vivía, y que por algún motivo era el objeto más decepcionante de la habitación.
Poppy fue directa a la máquina de coser y Theo fue recorriendo los cajones, porque si vas a registrar una habitación la registras en orden, y fue entonces cuando encontró la lata.
Estaba detrás de los cajones, contra la pared, tenía más o menos el tamaño de una caja de pan y estaba cerrada con alambre.
No con un candado. Con alambre, retorcido tres veces por el asa y por el cierre y luego retorcido otra vez, por alguien que quería que siguiera cerrada y no llevaba encima nada mejor en aquel momento.
Theo sabía de alambre. El alambre sale con los dedos si tienes paciencia y con unos alicates si no la tienes, y él tenía nueve años, así que no era ni lo uno ni lo otro, y tardó un rato.
—¿Qué es? —dijo Poppy, que llegaba en ese momento.
—Todavía no lo sé.
—Es una caja.
—Ya sé que es una caja.
La tapa se levantó.
Fotografías. No unas pocas. Cientos, en montones sueltos y en sobres de papel con las esquinas reblandecidas, unas en blanco y negro y otras en color, con el color vuelto raro y naranja,
todas resbaladas de lado unas contra otras hasta que la lata entera era un solo ladrillo compacto de caras de otra gente.
Theo se echó hacia atrás sobre los talones y se quedó un rato mirándola sin tocar nada, porque esa era la regla: primero se mira.
Y encima de todo, justo en el centro, donde alguien lo había puesto a propósito, había un ramillete pequeño de lavanda atado con una cinta.
Poppy metió la mano antes de que él pudiera decir una sola palabra, y las flores se le deshicieron entre los dedos.
No se rompieron. Se deshicieron y quedaron en un polvo gris finísimo y unos seis tallos, y la cinta cayó otra vez dentro de la lata ella sola, y Poppy se quedó allí sentada, con la palma abierta y la cara completamente desolada.
—No lo he hecho fuerte —dijo.
—Ya lo sé.
—Eran flores.
—Lo eran —convino Theo, y se quitó de en medio, porque Poppy iba a estar triste por las flores un rato y eso no tenía remedio. Se pasó dos buenos minutos intentando recomponer los tallos en el suelo, en línea, formando algo, cosa que no funcionó y que luego volvió a hacer igual.
Theo miró la lata.
Esto era lo que tenía. Una habitación cerrada y nadie decía por qué.
Un hombre hecho y derecho que llamaba a la puerta.
Una caja detrás de los cajones, atada con alambre.
Cientos de fotografías de gente, en una tienda que llevaba cerrada toda su vida, que era de la abuela y en la que la abuela no entraba nunca, y que de pronto, ese verano, habían abierto para una mujer llegada en el ferry que nadie había visto antes.
No hacía falta ser un genio.
—Esto es un caso —dijo.
Poppy alzó la vista de sus tallos.
—Vamos a necesitar un expediente —dijo Theo—. Uno de verdad. Con portada.
En el cajón de la cocina de casa había una carpeta de cartón marrón, vacía, que él llevaba guardando sin saber para qué. Poppy salió por la ventana de cabeza y Theo salió de pie, y de una patada devolvió la tabla a su sitio, en la esquina.
En la mesa de la cocina, con la carpeta bien alineada delante de ella y el rotulador bueno, Poppy hizo la portada, porque la letra de Theo era para el interior y la de Poppy para el exterior; aquello se había decidido hacía mucho y no admitía discusión.
Theo se lo dictó y ella lo escribió con letras de dos centímetros y medio de alto, apretando con fuerza, con la lengua fuera, asomando por la comisura.
EL MISTERIO DE LA TINDA
—Caso número uno —dijo Theo.
—Caso número uno —dijo Poppy, y dibujó una flor al lado.
Llegaron a las cuatro, que al parecer era la hora acordada, y llegaron en formación.
Jennifer los oyó antes de verlos: el característico arrastrar de pies de dos niños que cargan un mismo objeto entre los dos.
Luego sonó la puerta de la tienda y allí estaban: el chico en un extremo y la niña en el otro de una lata de galletas del tamaño de una panera, los dos muy serios y algo faltos de aliento, ella con una carpeta de cartón marrón sujeta bajo la barbilla.
—¿Estás ocupada? —dijo Theo. No era tanto una pregunta como una formalidad, la manera en que lo dice un hombre que ya ha decidido que no lo estás.
—Estoy atemperando.
—¿Cuánto tarda eso?
—Veinte minutos.
—Esperaremos —dijo Theo.
Y se sentaron en el suelo, con la espalda apoyada contra el mostrador, y esperaron en absoluto silencio durante veinte minutos, algo que Jennifer descubrió que no podía ignorar del todo.
Llegó al final de la tanda con la clara sensación de haber estado bajo la observación de un comité de ética diminuto.
Entonces la lata subió al mostrador, la carpeta quedó a su lado y la niña anunció al local:
—Theo es quien habla.
—Yo soy quien habla —confirmó Theo—. Poppy hace los dibujos.
—Eso es lo mismo que hablar.
—No lo es.
—Sí lo es.
—Poppy.
Poppy se replegó con el aire de una mujer que toma nota para más adelante.
Theo abrió la carpeta. Dentro había una hoja de papel, y Jennifer podía ver desde donde estaba que tenía cuatro cosas escritas a lápiz, numeradas, y que los números estaban remarcados dos veces.
—Hay una habitación detrás del taller —dijo—. Está cerrada.
—Está cerrada —dijo Poppy.
—Nadie dice por qué. Ese es el número uno —no levantó la vista—. El número dos es que mi padre llama a la puerta. Es nuestro edificio, no hay nadie dentro y aun así llama antes. Lo he visto hacerlo dos veces.
Jennifer dejó el cucharón.
—Número tres.
Giró la lata para que quedara frente a ella, como quien vuelve las pruebas hacia el tribunal.