Capítulo 20 La Séptima Penitencia
###Parte I — Valeria
El capó metálico del sedán negro aún conserva el calor del motor cuando nos sentamos hombro con hombro sobre la chapa, en la explanada de zahorra frente a los muros de la abadía de Santa Águeda.
Son las siete y media de una mañana luminosa de finales de noviembre.
El aire de la sierra de Guadarrama baja cristalino, puro y cortante como cristal recién soplado.
En las cumbres del circo serrano, las primeras nieves de la estación dibujan crestas blancas y refulgentes contra el azul limpio del cielo.
Abajo, el valle de pinares se extiende en tonalidades de verde oscuro y tierra húmeda hasta donde alcanza la mirada, libre por fin de la cerrazón que durante semanas pareció estrangular la sierra.
Sostengo con ambas manos un vaso de cartón humeante de café solo, notando cómo el calor me devuelve el pulso a las yemas de los dedos.
Los nudillos de mis manos ya han curado: en el sitio de las heridas despellejadas contra el portón del osario apenas quedan unas marcas sonrosadas y tersas que empiezan a fundirse con las viejas manchas de nitrato de plata y tinta de hierro del taller.
En mi anular izquierdo, la modesta sortija de hierro oscuro de la madre de Gael despide un brillo humilde bajo la lumbre del sol.
A mi lado, Gael le da un bocado a una napolitana de chocolate todavía tibia que compramos en una tahona de carretera en Collado Villalba.
Viste una cazadora gruesa de paño de lana gris, vaqueros oscuros y botas de senderismo gastadas.
No lleva traje de sastre. No lleva la sobaquera en las costillas.
La muñeca izquierda la lleva desnuda: dejó el pesado reloj suizo de oro blanco que don Rodrigo le regaló al licenciarse sobre la mesa de la fiscal anticorrupción la semana pasada,
al firmar la renuncia formal de herencia y la cesión de todo el patrimonio inmobiliario a los fondos de reparación de las víctimas del consejo bancario.
Lleva el cuello de la camisa desabrochado. En la base de la garganta, donde la carne enlaza con el hombro izquierdo, la costura fina de los puntos quirúrgicos que le di en Lavapiés reposa blanquecina y limpia, junto al cerco antiguo de la herida de bala de Córdoba.
Gael traga el bocado, se limpia una brizna de hojaldre de la mandíbula con el dorso de la mano y me mira de reojo. Sus ojos grises guardan una calma mansa, sosegada, que jamás le vi bajo los hachones de la abadía.
—Soraya me ha llamado a las seis de la mañana desde Toledo —dice, señalando con la barbilla hacia la carretera del valle—.
Dice que los tres primeros camiones con los bancos de madera y las prensas de volante del diecinueve han llegado a la calle de la Plata antes del alba.
Clara ya estaba en el portal del taller con el inventario en la mano y el perro atado al picaporte.
Sonrío, apurando un trago largo de café amargo. La cafeína me espabila la sangre.
—Mi hermana se ha tirado la semana entera encargando papel japonés de morera y pieles de cabritilla de Florencia por internet. Dice que como le quiten la escayola el próximo martes, nos ponemos a restaurar las biblias góticas de la catedral de Toledo a primeros de mes.
—¿Y la fiscalía de Madrid? —pregunta Gael, arrugando el papel de estraza de la bollería.
—La fiscal delegada firmó el auto de conclusión de las diligencias previas ayer por la tarde —respondo, contemplando la tapia del convento—.
Don Rodrigo sigue en el módulo penitenciario del Hospital Gregorio Marañón bajo custodia policial las veinticuatro horas.
Los médicos le han dicho al juez que su corazón no aguanta tres meses de vista oral.
A Beltrán y al juez Valdivia les han tumbado el tercer recurso de reforma en el tribunal superior.
Esperarán el juicio en Soto del Real, en el mismo módulo que los narcos gallegos y los peristas del puerto.
Gael asiente despacio, perdiendo la mirada por los paños de sillería de la abadía.
—El monasterio saldrá a subasta judicial a través de Patrimonio Nacional a finales de diciembre.
Una fundación cultural de Castilla quiere convertir el complejo en un aula de la naturaleza y archivo histórico abierto.
La comisión judicial llega a las diez a estampar los precintos definitivos en las entradas.
Se baja del capó y planta las botas sobre el cascajo. Acto seguido me tiende la mano abierta.
—Tenemos dos horas antes de que lleguen los peritos, Valeria.
Le tomo la mano y salto del capó. Nuestros dedos se entrelazan con naturalidad y echamos a andar juntos hacia la portalada de Santa Águeda.
Las dos grandes hojas de forja lucen un precinto policial amarillo desgarrado por la mitad. Gael empuja la reja con el hombro y los goznes ceden con un chirrido suave, abriendo paso al patio de armas.
Accedemos al templo por las puertas de bronce de la sala capitular.
Al franquear el vano, el ambiente que nos recibe es el reverso absoluto del antro claustrofóbico de las semanas pasadas.
La policía científica descolgó los pesados cortinones de terciopelo negro que durante décadas condenaron las grandes ventanas ojivales para preservar sus ritos en la tiniebla.
Sin los paños, cascadas colosales de luz solar penetran por los vitrales en planos diagonales, inundando las losas policromadas con franjas deslumbrantes de azul cobalto, oro viejo y verde esmeralda.
El polvo suspendido en el aire titila como polvo de estrellas sobre el confesionario de nogal y sobre las columnas de sillería despojadas de cualquier divisa heráldica.
No quedan antifaces de oro en el suelo. No queda humo de cera negra. No hay matones agazapados en las sombras. Solo la serenidad imponente de una arquitectura secular bañada por el sol de la mañana.
Caminamos por la nave central en mutismo absoluto hasta detenernos al pie de las tres gradas de mármol del presbiterio.
La mesa de caoba maciza labrada en el barroco, donde don Rodrigo blandía el códice falso y Beltrán encañonaba a mi hermana, reposa bajo la luz directa que cae de la linterna del crucero.
En mitad del tablero barnizado aún se distingue una huella renegrida y circular: el rastro de la deflagración de nuestra falsificación de nitrocelulosa en la noche de la Gran Vigilia.
Subo las tres gradas de mármol con pisada firme.
Me planto frente al altar soleado. Miro a Gael, que permanece en el primer peldaño, contemplándome desde abajo con una devoción callada que me enciende el bajo vientre.
Meto la mano en el bolsillo interior de mi cazadora.
Saco una cuartilla de papel verjurado envejecido, doblada en cuatro pliegues: es el contrato original de las Siete Penitencias de la hermandad, con las cláusulas que Gael y yo rubricamos en el confesionario aquella primera noche.
Seis de las líneas están tachadas con un trazo grueso de tinta roja indeleble.
Solo queda la última línea, en blanco.
—Falta la Séptima, Confesor —digo, y mi voz suena limpia, dueña de sí misma, rebotando sin tropiezo por toda la nave vacía—.
Las seis primeras vinieron marcadas por las órdenes de tu padre, la extorsión de tu casa y la negrura de la noche.
Pero la última penitencia es nuestra. Sin contratos mercenarios, sin capuchas, sin pistolas en la sien. Y a plena luz del día.
Gael sube los dos peldaños que nos separan, deteniéndose a un palmo de mi cuerpo sobre el mármol.
Sus pupilas grises arden bajo el sol matinal.
—¿Cuáles son las condiciones de la Séptima Penitencia, Valeria? —pregunta en un susurro, apoyando las manos con suavidad en mis costillas sobre la lana.
Le pongo las manos en las solapas de la cazadora.
—La capitulación total del hombre que se pasó diez años parapetado tras la máscara del verdugo —contesto, clavando los ojos en la cicatriz de su mandíbula—.
Arrodíllate ante este altar, Gael. No para pedir clemencia a tus ídolos de oro ni a tu padre, sino para entregarte a la única mujer que te conoce cada herida del cuerpo.
Gael no vacila ni una fracción de segundo.
Sin apartar sus ojos de los míos, flexiona las piernas y se arrodilla sobre el mármol blanco del presbiterio frente a mí, cumpliendo por propia voluntad el pacto que nos selló en mitad de esta guerra.
Sus manos suben por mis muslos, aferrando el dobladillo de mi jersey. El calor de sus yemas traspasa la tela, quemándome la piel con un hambre limpia, desnuda de vergüenza.
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