La Penitencia del Cisne Capítulo 19 Las manos de la violonchelista #2
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Capítulo 19 Las manos de la violonchelista #2

—Cuando a la orquesta de cámara le cayó el bolo para tocar en la fiesta de invierno de la fundación por tres mil pavos —prosigue Clara con la voz aplomada, sin rastro de vergüenza—, supe al instante que era mi única oportunidad de colarme en la abadía sin levantar sospechas.

Me pasé dos semanas empollando el plano del convento que papá había dibujado en el reverso de una partitura de Boccherini.

Durante el descanso del tercer acto, mientras los invitados estaban de cóctel en el claustro, dejé el violonchelo en el camerino, subí por la escalera del servicio y me metí en el despacho de Beltrán.

—Clara... —mi susurro es un estertor de pánico retrospectivo.

—Encontré el doble fondo tras los libros de actas —dice—.

Los tres pagarés con la firma de papá estaban allí.

Los cogí, me los metí bajo el forro del vestido y traté de volver al patio por las galerías.

Pero el juez Ignacio Valdivia estaba fumando en el zaguán con dos matones de su escolta.

Me vio salir de la zona restringida, notó el bulto de los legajos bajo el terciopelo y mandó a los gorilas a por mí.

Me arrastraron a la bodega antes de que pudiese soltar un grito.

Beltrán quemó los pagarés delante de mis narices a la mañana siguiente y me mandó atada al convento de Toledo para usarme de cebo y obligarte a subir a la sierra con el Códice.

Me quedo de piedra frente a la mesa bañada por la luz matinal.

Miro a mi hermana pequeña. La chiquilla frágil que yo creía obligada a proteger para que el barro del mundo no la quebrase jamás existió.

Clara tenía la misma casta forjada en la fragua que nuestro padre dejó en la sangre de los Mendoza: esa misma fiereza que prefiere sangrar antes que doblar la cerviz frente a caciques que compran togas con dinero manchado.

La losa de culpa solitaria que cargué sobre mis espaldas durante seis años en el taller se disuelve como humo blanco en la cocina.

Arrastro mi silla hasta pegar mi cuerpo al suyo. Alzo las dos manos vendadas y le tomo la cara a Clara, limpiándole los restos de lágrimas con las yemas de mis pulgares.

—Casi te matan en esa bodega, cabeza de chorlito —digo, con la voz a caballo entre la risa y el sollozo.

Clara me agarra las muñecas vendadas con sus dedos menudos, contemplando las manchas de aguarrás que asoman bajo el algodón:

—Tú me enseñaste a no agachar la cabeza ante nadie, Val. No vengas ahora a quejarte de que aprendí la lección demasiado bien.

Nos reímos las dos a la vez, una risa limpia, fresca y huérfana de rencor que inunda el piso de Chamberí.

Pasamos el resto de la mañana charlando sobre cosas sencillas: el futuro en Madrid sin el yugo de la Cofradía, los cursos de restauración de papel y encuadernación que Clara quiere emprender en cuanto la muñeca se recupere del todo de la distonía,

y el espectáculo que debió de ser ver al juez Valdivia morder el polvo de la abadía bajo las botas de la Guardia Civil.

A las cuatro de la tarde suena el timbre del portal.

Abro la puerta. Un mensajero con cazadora de cuero y casco de moto bajo el brazo me entrega un sobre grueso de papel verjurado, pidiéndome una firma en el terminal electrónico.

Firmo con mi nombre de soltera, el de siempre.

Vuelvo al salón, donde Clara y Soraya —que ya regresó del paseo con Goya— me miran con curiosidad.

Me siento en el sofá y quiebro el sello de lacre rojo del sobre con la uña.

Del interior del sobre extraigo un fajo de escrituras oficiales con el membrete del Registro de la Propiedad del Distrito Histórico de Toledo.

Es una escritura pública de cancelación de cargas y compraventa definitiva: el inmueble de tres plantas de sillería con patio toledano en la calle de la Plata, número catorce,

en pleno corazón del casco antiguo —el viejo taller de encuadernación y restauración donde nació nuestro padre y donde nos criamos hasta mis diez años—, rescatado judicialmente de la liquidación de la Fundación De la Vega e inscrito a nombre mancomunado de Valeria Mendoza y Clara Mendoza,

completamente libre de embargos, hipotecas y servidumbres.

Clara se tapa la boca con ambas manos; se le saltan las lágrimas al leer la nota registral:

—Nuestro taller de Toledo... Nos ha devuelto el taller de papá...

Sonrío, notando cómo me inunda una paz que no cataba desde hacía una década.

Pero dentro del sobre queda algo más.

Prendida al dorso de la última hoja con un clip de latón pulido, descansa una tarjeta de visita negra, mate, sin logotipo ni señas.

En el centro de la cartulina, con la caligrafía firme, inclinada e inconfundible de Gael de la Vega grabada en tinta blanca indeleble, se leen cuatro frases breves:

«Todo firmado en la Fiscalía Especial. Los servidores están precintados y el patrimonio familiar pasa a administración judicial definitiva. El monasterio de Santa Águeda quedará adscrito a Patrimonio Nacional a final de mes.

Mañana al romper el alba, antes de que los peritos estampen los precintos en los portones de bronce.

Falta la Séptima Penitencia.

Gael».

Aprieto la cartulina negra contra la palma de mi mano. La sortija de hierro forjado de su madre brilla suavemente bajo la luz del atardecer, que empieza a teñir los tejados de Chamberí de malva y oro viejo.

Miro por la ventana hacia las cumbres lejanas de Guadarrama que se recortan en el horizonte.

Mañana, por primera vez en la vida, no habrá sombras esperándonos en la sierra.

* * *