Capítulo 19 Las manos de la violonchelista
La luz dorada de las nueve de la mañana de un miércoles cruza las copas de los plátanos de la calle de Zurbano y proyecta rombos templados sobre el parqué encerado del piso de Chamberí.
Gael me apeó en el portal del edificio hace cuarenta minutos.
Tenía que personarse de urgencia en la sede de la Fiscalía Especial contra la Corrupción escoltado por dos letrados mercantilistas y la fiscal delegada para firmar la disolución judicial de la Fundación De la Vega y entregar las claves de los servidores cifrados de Madrid y Ginebra.
Antes de cerrar la puerta del taxi, me besó la punta de los dedos vendados y me prometió que estaría de vuelta en cuanto se rubricase la última diligencia en el juzgado.
Subí los tres tramos de escalera con las piernas flaqueando por el cansancio acumulado.
Al empujar la puerta entornada del tercero, el olor inconfundible a jabón de almendras dulces y el vaho caliente de una tetera de manzanilla me golpean de lleno.
En mitad del salón soleado, descalza sobre la alfombra con un batín de franela azul marino de Soraya, está mi hermana Clara.
Se ha quedado más delgada que hace tres semanas. La cara pálida acusa ojeras hondas y moradas, y la melena castaña y rizada le cae revuelta sobre los hombros menudos. La muñeca derecha la lleva inmovilizada por una férula de plástico rígido y vendas blancas impolutas.
Pero sus ojos siguen intactos: grandes, almendrados, encendidos por una luz terca y despierta.
—Val... —musita, y la voz se le quiebra en un soplo.
Suelto la bolsa de cuero en el recibidor y cruzo el salón a zancadas.
Cuando nuestros cuerpos se funden en un abrazo desesperado, siento el zarpazo físico de veinticuatro días de calvario comprimidos en un solo segundo.
Le paso los brazos alrededor de los hombros frágiles y la estrecho contra mi pecho con tanta fuerza que la franela parece coserse a mi jersey de lana.
El olor a brea de pino y manzanilla que siempre llevó en el pelo me satura los pulmones, y las lágrimas que me tragué durante semanas enteras en la sierra, en los confesionarios y en la cripta helada se desbordan por fin en un llanto torrencial e incontenible.
Clara llora contra mi cuello, sollozando mi nombre una y otra vez, con sus manos menudas aferradas al paño de mi espalda como si temiera que pudiera esfumarme en cuanto aflojase los dedos.
—Ya estoy aquí, ratita —susurro entre hipidos, besándole la sien, la mejilla empapada, los mechones desgreñados—. Ya estoy aquí. Nadie va a volver a ponerte una mano encima. Se acabó.
Detrás de nosotras, sentada en el borde de la mesa de comedor con una taza humeante entre las manos, aguarda Soraya. Mi amiga intenta mantener su pose habitual de técnica imperturbable, pero tiene los ojos encendidos y el rímel corrido en dos regueros negros sobre los pómulos.
A los pies de Soraya, el bulldog francés Goya olisquea mis botines tiznados de grava y ceniza de la sierra, suelta un bufido de alegría y empieza a saltarme contra las pantorrillas con el rabito cortado batiendo como un ventilador.
Soraya sorbe por la nariz y se pasa el dorso de la mano por los ojos:
—Como sigáis berreando de esta manera, el chucho va a pensar que estamos de velatorio y se pondrá a aullar hasta que los del cuarto vuelvan a llamar a la policía.
Pasaos a la cocina. La manzanilla está hirviendo y he pillado dos docenas de churros recién hechos en la churrería de la plaza de Olavide.
Nos separamos del abrazo despacio, riendo entre lágrimas que no cesan de brotar.
Pasamos las tres a la cocina americana.
El televisor de pantalla plana colgado sobre la encimera está sintonizado en el canal 24 Horas de TVE con el volumen bajo. El faldón rojo de última hora parpadea en la parte inferior:
OPERACIÓN CISNE NEGRO: UN MAGISTRADO DE LA AUDIENCIA NACIONAL Y EL HEREDERO DE LOS DE LA VEGA INGRESAN EN PRISIÓN PROVISIONAL EN SOTO DEL REAL POR CRIMEN ORGANIZADO, COHECHO Y DETENCIÓN ILEGAL.
En pantalla emiten las imágenes grabadas hace dos horas a las puertas de los juzgados de plaza de Castilla: el juez Ignacio Valdivia, con el traje descompuesto y las muñecas esposadas a la espalda bajo un impermeable, agacha la cabeza para eludir los fogonazos de las cámaras; tras él,
Beltrán de la Vega, con el brazo derecho entablillado en escayola y la mandíbula amoratada, es empujado al interior del furgón celular por dos guardias de la UCO con pasamontañas.
Apago la televisión con el mando a distancia. La calma luminosa de la mañana vuelve a ganar la estancia.
Nos sentamos alrededor de la mesa redonda de madera clara.
Soraya sirve manzanilla en tres tazas de loza y planta la fuente de churros crujientes con azúcar y canela en el centro.
Comemos en silencio durante unos minutos. El azúcar tibio y la dulzura del té me bajan por la garganta, sosegando el temblor que aún me recorre los músculos tras la noche en la sierra.
Soraya apura su taza, se levanta y agarra la correa de Goya:
—Voy a bajar al bicho a que mee en la plaza y aprovecho para pillar leche y calmantes en la farmacia de guardia. Vosotras dos tenéis que hablar sin un hacker y un perro roncando en mitad del salón.
Soraya me estampa un beso en la frente, le aprieta la mano sana a Clara y sale del piso cerrando la puerta con tiento.
Nos quedamos solas en la cocina.
El sol baña de pleno el mantel de lino, alumbrando las motas de polvo dorado que bailan en el aire templado.
Miro la muñeca derecha de Clara, aprisionada bajo la férula de plástico.
Las palabras venenosas de don Rodrigo en la camilla me percuten en la cabeza como un filo oxidado: «Pregúntale a tu hermanita qué hacía en el despacho de mi hijo aquella noche...»
Tomo un sorbo de manzanilla, llenándome los pulmones antes de romper el silencio:
—Clara.
Mi hermana alza la vista de la taza. Ya ha calado la gravedad de mi semblante.
—El viejo De la Vega me soltó una última perla antes de que se lo llevase la ambulancia —digo con la voz más dulce que consigo modular—. Me dijo que no fuiste a la abadía solo a tocar el chelo en el concierto de invierno. ¿Qué pasó en el Ala Norte, ratita?
Clara agacha la cabeza. Sus dedos de la mano izquierda empiezan a pellizcar la servilleta de papel sobre la mesa. Una culpa vieja y amarga le ensombrece los rasgos.
—No quería que te enterases de esta forma, Val —murmura con la voz rota—. Llevo seis meses escondiéndote los informes de la clínica del aparato locomotor.
Arrugo el entrecejo, posando la taza:
—¿Qué informes, Clara? ¿De qué me estás hablando?
Clara traga saliva, alza el brazo derecho vendado y lo apoya sobre la madera iluminada por el sol:
—En mayo empecé a perder sensibilidad en el anular y en el pulgar durante los ensayos del concierto de Elgar en el conservatorio.
Creí que era una simple sobrecarga muscular por ensayar diez horas seguidas todos los santos días.
Pero el hormigueo fue subiendo por el antebrazo hasta convertirse en un ardor insufrible en la articulación de la muñeca.
Toma aire antes de continuar:
—El jefe de neurología de La Paz me examinó en julio.
Me diagnosticó una distonía focal severa combinada con un atrapamiento crónico del túnel carpiano.
Me lo dijo sin rodeos: si seguía forzando la mano en el chelo a ese ritmo, perdería la movilidad de los dedos antes de cumplir los veintidós.
Mi carrera como solista se fue a la mierda a mitad del verano, Val.
Sus palabras me caen encima como una losa de plomo.
Me quedo sin aliento dos segundos enteros. Miro la férula que le aprieta el brazo, recordando todas las veces que volvía de los ensayos con hielo en la muñeca jurando que solo era «tensión normal de la temporada».
—¿Por qué no me dijiste nada, Clara? —pregunto con la garganta cerrada por un nudo atroz—. Te habría llevado a los mejores traumatólogos de Francia, de Alemania... Habríamos dado con una solución...
—¿Con qué dinero, Valeria? —salta, alzando la voz por primera vez, con los ojos echando chispas por un dolor reprimido durante demasiado tiempo—.
¿Colocando más lienzos falsificados en el mercado negro de Sevilla?
¿Arriesgándote a que te empapelen en cada restauración por encargo de cuatro pijos corruptos?
¡Llevas seis años metida en un zulo inmundo cerca de Atocha, tragando vapores de aguarrás y decapante hasta tener las uñas renegridas y los pulmones hechos polvo, solo para pagarme la matrícula del conservatorio y los billetes a las audiciones!
¡Te has dejado la juventud entera para que yo fuese la gran concertista que nuestro padre no supo ser!
Suelta la servilleta y se tapa la cara con la mano izquierda, sacudida por un llanto amargo:
—No podía consentir que te siguieras destrozando la vida por mí a sabiendas de que mis manos ya no servían para nada.
Estiro la mano derecha, envuelta en gasas limpias sobre los nudillos desollados, y le sujeto la mano izquierda sobre el mantel:
—¿Y qué tiene que ver la abadía de Santa Águeda en todo esto?
Clara se seca las lágrimas con la manga del batín:
—Cuando el médico me dio el diagnóstico definitivo, me puse a revolver los cuadernos y las libretas de notas que papá se dejó en el fondo del armario de la pensión antes de palmarla.
Quería entender por qué debía tantísima pasta y por qué seguías recibiendo aquellas cartas con el membrete de la fundación exigiéndote informes técnicos por cuatro perras.
Se detiene un instante, clavándome la mirada:
—Descubrí que nuestro padre no solo debía dinero de timbas a prestamistas de Madrid.
Había firmado tres pagarés en blanco con el sello del despacho personal de Beltrán de la Vega cuando falsificó la primera carta del Códice en 2016.
Beltrán custodiaba aquellos pagarés con las firmas delictivas de Arturo Mendoza en una carpeta de cuero en la caja fuerte de su despacho, en el Ala Norte.
Eran los papeles con los que Beltrán te tenía cogida por el cuello, amenazándote con denunciarte por estafa fiscal si te negabas a falsificarles fondos patrimoniales para la banca.
La sangre se me hiela en las venas al comprender la temeridad que cometió mi hermana.