La Penitencia del Cisne Capítulo 18 El Códice de Sangre #2
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Capítulo 18 El Códice de Sangre #2

Distingue mi silueta recortada en la balaustrada del coro, bañada por el haz del proyector y protegida tras la media máscara de plata del Cisne.

—¡Es la puta esa! —brama Beltrán, desenfundando la Glock de la sobaquera y apuntando los nueve milímetros directo a mi pecho en el coro.

Aprieta el gatillo.

¡Bang!

El estampido atronador sacude la nave de piedra. El plomo revienta la madera de cedro a dos cuartas de mi cabeza, haciendo saltar astillas afiladas contra mi chaquetón.

No me agacho. No retrocedo ni un solo palmo.

Mantengo los ojos fijos en la cara del verdugo de mi familia, con la mano izquierda apoyada sobre el conmutador que ya ha remitido el paquete completo a las redacciones de El País, de El Mundo y al despacho de la Fiscalía General del Estado.

Beltrán alza el cañón para el segundo tiro.

Antes de que su dedo ejerza presión sobre la cola del disparador, Gael embiste sobre el presbiterio a la velocidad del rayo.

De un solo placaje demoledor, Gael le mete el hombro en las costillas a Beltrán, estampando a su hermano contra el mármol del altar. La Glock sale despedida de los dedos de Beltrán y patina por la solería hasta perderse entre las cenizas del rollo calcinado.

Beltrán intenta echar mano a un cuchillo en la bota, pero Gael le aprisiona el brazo derecho contra el canto afilado de la mesa de caoba y aplica una palanca seca, implacable, hacia abajo.

El chasquido seco del cúbito y el radio quebrándose resuena en el presbiterio como una rama desgajada.

Beltrán aúlla de dolor, retorciéndose sobre el mármol manchado de sangre y ceniza mientras se sujeta el brazo partido con la mano izquierda trémula.

Gael aparta el cuchillo de una patada y se yergue sobre su hermano vencido, resoplando con fuerza, con los ojos grises destellando con la frialdad de quien acaba de dictar una sentencia sin apelación posible.

En ese mismo instante, el estruendo ensordecedor de una detonación controlada revienta los accesos laterales del convento.

Las dos hojas de roble de la sacristía saltan hechas trizas bajo el empuje de arietes hidráulicos.

Una lluvia de granadas aturdidoras y botes de humo blanco anega la nave capitular con detonaciones cegadoras:

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Treinta efectivos de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, pertrechados con cascos balísticos, fusiles de asalto y linternas de alta potencia, barren la sala capitular en despliegue táctico.

—¡Guardia Civil! ¡Todo el mundo al suelo! ¡Quietos! ¡Las manos en la nuca!

Los haces de las linternas rajan la humareda roja del manuscrito, retratando el espanto de banqueros y togados que caen de hinojos entre telas desgarradas y antifaces dorados abollados.

El juez Ignacio Valdivia intenta gatear tras una columna de granito hacia una poterna de servicio, aún aferrando su careta dorada torcida sobre la nariz. Un sargento de la UCO le planta la bota en la rabadilla, estampándole los morros contra la baldosa fría:

—¡Ni se mueva, señoría! ¡Queda detenido por cohecho, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal!

—¡¿Sabe con quién está hablando?! —escupe Valdivia, echando polvo y babas contra la piedra—. ¡Soy magistrado de la Audiencia Nacional!

—Ya no lo es —replica una mujer de media melena canosa y gabardina negra que irrumpe en la nave tras los agentes, acreditándose con la placa de la Fiscalía Especial contra la Corrupción—. Sus cuentas en Ginebra están intervenidas desde hace un cuarto de hora, juez. Pónganle los grilletes.

Bajo la escalera del coro con paso pausado, guardándome el antifaz de plata en el bolsillo interior.

Al pisar la nave capitular, veo a Gael de pie junto al altar. Me tiende la mano sana. Nuestros dedos se entrelazan con fuerza; el anillo de hierro forjado de su madre me aprieta la carne con la solidez de un juramento que ha terminado por derribar el imperio de la mentira.

Salimos juntos hacia la cancela abierta que da al patio exterior.

Fuera, la madrugada en la sierra de Guadarrama está teñida por los destellos azules y rojos de veinte patrullas de la Guardia Civil y tres ambulancias del servicio de emergencias.

La primera nieve fina del invierno empieza a caer en silencio desde la cerrazón del cielo, cubriendo la zahorra mojada con un manto blanco e inmaculado.

Al pie de la escalinata de granito, dos sanitarios bajan una camilla a toda prisa.

En la camilla yace don Rodrigo de la Vega.

El patriarca ha sufrido un infarto fulminante al ver desplomarse su emporio de cuatro décadas.

Lleva una mascarilla transparente de oxígeno sobre la boca descolorida y cianótica.

Sus manos, llenas de llagas sanguinolentas por la combustión química del pergamino, tiemblan espasmódicas sobre la sábana.

Al cruzarse la camilla con los peldaños donde permanecemos Gael y yo, los ojos inyectados en sangre del anciano se clavan en mi cara.

En un estertor agónico y desesperado, don Rodrigo alza la mano chamuscada y se arranca la mascarilla de plástico del rostro.

Me fulmina con un odio impotente, curvando los labios resecos en un último escupitajo de veneno antes de que los enfermeros lo introduzcan en la ambulancia:

—¿Te crees que has salvado a una oveja inocente, hija de Arturo?... —sisea con la voz rota por el vendaval helado de la sierra—. Pregúntale a tu hermanita qué hacía en el despacho de mi hijo la noche que se esfumó...

El portón de la ambulancia se cierra con un chasquido metálico y el vehículo arranca sobre la grava con la sirena ululando en la niebla del puerto.

Me quedo inmóvil en los peldaños de sillería, notando cómo los copos de nieve se derriten en mi frente caliente.

Gael me aprieta la mano, atrayéndome hacia su costado herido bajo el abrigo:

—No hagas caso a su veneno, Valeria. Se acabó.

Contemplo los pilotos rojos de la ambulancia perderse por la carretera serpenteante entre los pinares.

—Mañana sabremos qué quiso decir —respondo en voz baja, tragando el aire limpio y helado de la cumbre—. Pero esta noche, la casa De la Vega ha ardido hasta los cimientos.

* * *