La Penitencia del Cisne Capítulo 18 El Códice de Sangre
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Capítulo 18 El Códice de Sangre

La escalera oculta en el grosor del muro de sillería nos conduce directos al coro alto de la abadía de Santa Águeda.

Son las once y cincuenta y ocho minutos de la noche del martes.

El aire en la galería de cedro es seco y bochornoso, viciado por el humo de treinta blandones de cera negra encendidos abajo, en la nave principal del convento. Camino descalza sobre las tablas de pino para no provocar el menor crujido que delate mi presencia a la concurrencia.

Bajo nuestros pies, la sala capitular se ha transformado en un templo medieval de oro y sombras.

Cuarenta hombres se disponen en semicírculo frente al altar mayor barroco.

Todos visten hábitos talares de terciopelo negro con cogullas puntiagudas caídas sobre los hombros y antifaces venecianos bañados en pan de oro pulido que les tapan la mitad superior del rostro.

Es la élite financiera, judicial y aristocrática de Madrid, congregada para la celebración anual de la Cofradía de la Sagrada Sangre.

En el centro del presbiterio, alzado sobre tres gradas de mármol blanco veteado en grana, aguarda don Rodrigo de la Vega.

El patriarca ha cambiado la levita de lana por una capa pluvial de seda carmesí recamada en hilo de oro con los blasones de la orden.

El bastón con la cabeza de halcón de plata descansa apoyado en el ambón.

Ante él, sobre el tablero de caoba de la mesa litúrgica, reposa el cilindro de plomo que Gael le entregó a primera hora de la mañana.

A la derecha del patriarca, Beltrán de la Vega luce un hábito idéntico, pero mantiene una pistola Glock desenfundada en una sobaquera táctica bajo la seda; sus ojos inquietos barren los rincones en sombra del templo.

En el lado izquierdo del estrado, el juez Ignacio Valdivia sostiene un pliego sellado con las armas de la Audiencia Nacional, con la careta dorada disimulando a duras penas el hematoma violáceo de su rostro magullado.

Gael me pone la mano en el hombro izquierdo. Su tacto es firme, sereno.

—El panel de la cabina técnica y el cableado de los vitrales están tras la barandilla de cedro —me susurra al oído con un hilo de voz que apenas roza el aire—.

Mateo y la fiscalía de Madrid tienen la señal en espera para rebotar la emisión en directo a los informativos de televisión y a la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil en cuanto lances el volcado.

Los furgones están apostados en la pista forestal a tres kilómetros del desvío.

Cuando salte la alarma, tardarán cuatro minutos en tomar el patio.

Miro a Gael a través de las aberturas de mi antifaz de plata.

—¿Y tú?

Se sube la solapa de la cazadora de cuero. No lleva hábito. No lleva máscara. Su semblante tiene la serenidad aplastante de quien ya ha asistido a su propio entierro y regresa de la tumba para ajusticiar a los verdugos.

—Voy a bajar por la escalera principal del coro y me plantaré ante el altar —dice—. Mi padre tiene que creer que maneja la situación hasta el último suspiro. Tiene que abrir el rollo con sus propias manos.

Me aprieta la mano vendada una última vez y se desvanece en la penumbra del pasillo trasero.

Bajo mis pies, los doce tañidos de la medianoche empiezan a retumbar en el campanil de bronce de la abadía.

Drom. Drom. Drom.

A cada golpe del badajo de invierno, el eco hace temblar las nervaduras góticas, haciendo vibrar el esternón de cada hombre enmascarado en la sala.

Al extinguirse la última vibración, don Rodrigo alza sus dos manos cargadas de anillos hacia la bóveda y el silencio en el templo se vuelve sepulcral.

—Hermanos de la Sagrada Sangre —arranca el patriarca con esa voz engolada y teatral de quien ha manejado vidas y togas durante cuatro décadas—.

Esta noche conmemoramos la continuidad inquebrantable de nuestro linaje.

La sangre que corre bajo este altar es la misma que financió las naves del imperio y la que hoy dicta los fallos en los tribunales de la capital.

Una ratera de tres al cuarto, hija del falsificador que osó desafiar a nuestra corte hace diez años, pretendió manchar nuestro sagrado archivo con la ayuda de desertores.

Pero la hermandad no flaquea. La ladrona yace emparedada en la cripta del osario, donde aguarda la sentencia de muerte que ejecutaremos al concluir esta vigilia.

Un murmullo de complacencia cómplice recorre el semicírculo de máscaras doradas.

Don Rodrigo estira la mano derecha hacia el cilindro de plomo sobre el altar:

—Ante todos los hermanos, rompo el precinto de plomo y alzo de nuevo el Códice de Sangre de 1614 para consagrar a mi heredero legítimo, Beltrán de la Vega, como el nuevo Gran Maestre de la Cofradía.

El anciano desenrosca el tapón de plomo con ademán solemne y extrae el rollo amarillento.

En el mismo segundo, el eco de unos pasos firmes retumba sobre las losas de mármol al fondo de la nave.

Los cuarenta cofrades vuelven la cabeza al unísono hacia atrás.

Gael de la Vega avanza por el pasillo central a paso lento, acompasado, vestido únicamente con la cazadora de cuero y los pantalones oscuros, con el rostro enteramente descubierto bajo los hachones encendidos.

Beltrán da un paso al frente en el presbiterio, bajando la mano derecha hacia la empuñadura de la pistola bajo el hábito:

—¿Qué cojones haces aquí sin el hábito, Gael? ¿Quién coño te ha dado permiso para subir de la cripta?

Gael sigue caminando hasta plantarse en la primera grada del altar, a cinco pasos de su padre y de su hermano. Ni pestañea ante el arma de Beltrán. Clava sus pupilas grises en los ojos del patriarca:

—El Convento de San Clemente en Toledo fue asaltado hace cuarenta minutos, Beltrán. Tus dos sicarios están desarmados y Clara Mendoza está en Madrid bajo custodia de las autoridades federales. Se os ha terminado el comodín del chantaje.

Un latigazo de pánico sacude el corro de invitados. Banqueros y magistrados intercambian miradas azoradas tras sus caretas de oro.

Al juez Ignacio Valdivia se le cae el legajo al suelo; su voz aflautada tiembla:

—¡Eso es una patraña! ¡Los hombres de Toledo tenían la frecuencia satelital abierta hace nada!

—Comprueba tú mismo la radio, señoría —responde Gael en un tono afilado y glacial—. No contesta ni Dios al otro lado del hilo. Lo único que os queda en esta estancia es la farsa de ese manuscrito.

Don Rodrigo golpea con saña la contera de plata de su bastón contra el mármol del estrado, haciendo resonar el golpe como un tiro:

—¡Cállate la boca, bastardo! ¡No eres más que el hijo de una furcia que ardió en Córdoba! Me la suda la chelista de Toledo. ¡Con este códice en la mano, la banca privada europea seguirá acatando mis órdenes otro medio siglo!

El patriarca agarra el pergamino con ambas manos trémulas de cólera ciega y lo despliega a menos de una cuarta de la llama viva del hachón central de cera negra para exhibir la caligrafía a la congregación.

Arriba, en el coro de cedro, ha llegado mi momento.

Enchufo las dos clavijas del cable óptico en el conector del proyector. En la pantalla de mi tableta, la barra de subida alcanza el cien por cien. Pulso con el pulgar la orden de emisión global.

Y abajo, al mismo tiempo, la química hace su trabajo.

El aire recalentado y las chispas microscópicas de la tea prenden en la superficie del pergamino que envejecí en mi taller. La película invisible de trementina mezclada con nitrocelulosa y microperlas de fósforo blanco alcanza su punto crítico de inflamación espontánea.

Un silbido chirriante, como el bufido de una sierpe de fuego, corta el aire del templo.

En una fracción de segundo, el manuscrito estalla en una deflagración colosal de llamaradas carmesíes y humo bermejo espeso ante los mismos ojos de don Rodrigo.

El fuego consume el documento apócrifo en tres segundos escasos. La onda térmica abrasa los guantes de seda de don Rodrigo, chamuscándole la tela y la piel de las manos con una voracidad salvaje.

El patriarca suelta un alarido desgarrador de dolor y de pánico, soltando las pavesas humeantes sobre la caoba:

—¡Mis manos! ¡El códice! ¡¿Qué coño es esto?!

En el mismo segundo en que la ceniza encarnada revolotea sobre el altar, el cañón del proyector láser del coro hiende las tinieblas de la abadía con una luz blanca deslumbrante.

La imagen se proyecta a la vez sobre el lienzo de piedra blanca del testero, en los enlucidos del coro y sobre los vitrales góticos de la nave.

No son escrituras antiguas.

Son vídeos en alta resolución grabados por las cámaras de seguridad del búnker secreto de Guadarrama que Gael y yo volcamos días atrás:

En la pantalla de veinte metros de ancho surge el juez Ignacio Valdivia sentado ante don Rodrigo, aceptando dos maletines de cuero atiborrados de fajos de billetes de quinientos euros y estampando su rúbrica en el auto de detención ilegal y reclusión forzosa de Clara Mendoza bajo el falso pretexto

de una medida cautelar.

A continuación, la imagen salta a Beltrán de la Vega firmando las pólizas de blanqueo de capitales de la fundación y detallando el asesinato del auditor del Banco de España que descubrió las cuentas opacas de la Cofradía.

Y bajo los cortes de vídeo, un listado alfanumérico de cuatrocientas líneas se desplaza por los muros con una precisión letal, desnudando los nombres verdaderos,

los números de cuentas en Suiza y Andorra y las mordidas percibidas por cada uno de los cuarenta prebostes sentados en ese semicírculo con máscaras de oro.

Un tumulto histérico estalla en la sala capitular.

Los magnates se arrancan los antifaces de oro despavoridos, arrojando los hábitos de terciopelo por los suelos y abalanzándose hacia los portones de bronce de la salida para esquivar la exposición pública.

Pero las puertas no se abren.

Antes de que arrancara la ceremonia, bajé por el pasadizo y rocié los últimos cincuenta mililitros de ácido nítrico puro en los cerrojos exteriores de bronce: el metal fundido soldó químicamente las trancas a los marcos, tapiando la salida de la nave.

Beltrán de la Vega es el primero en alzar la vista cargada de odio hacia las alturas.