Capítulo 17 Ceniza y piedra
El reloj digital en el servidor central marca las once y cuarto de la noche del martes.
Dieciséis horas.
Me he pasado dieciséis horas enteras en la planta noble de la abadía de Santa Águeda, de pie entre los magnates del consejo bancario, fingiendo brindar con copas de vino de Rioja y aguantando las risotadas grasientas de Beltrán y del juez Valdivia sobre el reparto del botín y el destino de las
hermanas Mendoza.
Cada minuto de ese banquete ha sido una cuchilla mellada girando despacio en mis entrañas.
El esfuerzo para mantener la cara pétrea y la voz firme al responder a las pesquisas de don Rodrigo me ha costado más sangre que cualquier balazo que haya encajado en mi vida.
Pero la farsa ha funcionado con precisión quirúrgica.
Al entregar a Valeria y la réplica idéntica del manuscrito a las siete de la mañana, el pánico que atenazaba a la cúpula de la Cofradía se trocó en pura soberbia ciega.
Beltrán dio la partida por ganada. Convencido de que me había quebrado y había vuelto al redil como el perro sumiso de don Rodrigo, mi hermano levantó el cerco preventivo en la sierra y concentró el grueso de sus escoltas armados en Guadarrama,
blindando los accesos para los cuarenta aristócratas llegados en convoyes para la Gran Vigilia de Invierno.
En Toledo, en la clausura abandonada de San Clemente, solo quedaron dos sicarios en la garita y el tirador de la bodega subterránea.
Lo que no sabían era que, antes de entregar a Valeria en la sala capitular, le saqué de la bolsa el clon del token judicial de Valdivia que habíamos duplicado en el baile.
A las diez y cuarenta de la noche, Mateo utilizó esa señal para cegar las cámaras y la verja electrificada del convento.
Seis minutos después, respaldado por Soraya y cuatro exmilitares de confianza, Mateo asaltó la bodega subterránea de Toledo.
Los dos hombres de Beltrán cayeron sin llegar a disparar un solo cartucho.
El pinganillo oculto en mi oído izquierdo crepitó hace tres minutos con la voz sofocada y eufórica de Mateo:
«El cisne pequeño está a salvo, Gael. Clara está entera, en el asiento trasero de nuestro blindado camino de Madrid. La ruta sur está despejada de punta a punta. Sal de esa maldita abadía ahora mismo».
No contesté. Me limité a cortar la transmisión.
Ahora, mientras cuarenta hombres ataviados con túnicas negras y antifaces dorados se congregan en la nave principal para prender los hachones del rito de medianoche, me deslizo por la puerta lateral de la sacristía.
Avanzo por la penumbra de los pasadizos de servicio hasta alcanzar el muro de sillería tras el retablo de San Jerónimo. Presiono con el pulgar el relieve tosco de un león en la piedra.
El sillar bascula hacia dentro sin un suspiro. Una bocanada de aire helado y fétido asciende del abismo: el tiro secreto del osario medieval.
Bajo los peldaños angostos en tinieblas, sin encender la linterna. Conozco cada quiebro de esta fábrica de piedra desde los doce años, cuando mi abuelo me enseñó dónde custodiaban los monjes los códices prohibidos durante la francesada.
A las once y media en punto alcanzo el descansillo de la cripta.
El olor del sótano ha cambiado: el moho habitual a tierra mojada ha sido barrido por una neblina ácida y punzante de vapores nitrosos y hierro calcinado que me abrasa la garganta.
En la puerta principal de la celda, el cerrojo secular de forja humea.
Tres cuartas partes de los pasadores macizos han sido devoradas por el ácido nítrico concentrado que Valeria administró con paciencia durante la tarde, disolviendo el hierro dulce en una pasta porosa y rojiza de herrumbre química.
Pero no es por la puerta principal por donde entro.
Rodeo el muro exterior hasta la trasera del calabozo, donde se oculta la laja de registro del osario. Meto la hoja de mi cuchillo de combate en la junta de granito y tiro del bloque de piedra hacia fuera.
El vano se abre a la oscuridad absoluta del calabozo.
Antes de que pueda apoyar una bota en el suelo de losas, una sombra rasga la penumbra con la saña ciega de una fiera acorralada.
Dos brazos me atenazan por las solapas del chaquetón y el impacto de un cuerpo me estampa de espaldas contra el muro opuesto de granito.
El golpe contra la piedra me vacía los pulmones.
Antes de que recupere el equilibrio, siento la punta afilada y gélida de una espátula de acero inoxidable hundida en la carne de mi garganta, justo bajo la mandíbula, apretando con fuerza suficiente para rasgar la piel.
—Un paso más y te abro la carótida en canal, cabrón —sisea Valeria en la oscuridad.
Su respiración llega a trompicones, caliente y temblorosa contra mi mandíbula. Su aroma —lavanda áspera, trementina y el ácido que le ha empapado la ropa— me invade los sentidos como una bendición.
No intento apartar el acero de mi cuello. No alzo las manos para zafarme. Me quedo recostado contra el granito húmedo, notando la punta del metal perforarme la epidermis y un hilo tibio de sangre resbalarme por la garganta.
—Corta si quieres, Valeria —digo en voz baja, con un hilo áspero, desnudo de cualquier artificio—. Me merezco cada gota.
La hoja tiembla contra mi tráquea.
Con la mano izquierda saco despacio el móvil del bolsillo interior y toco la pantalla para encender la videollamada.
La luz blanca del terminal alumbra el hueco estrecho de la cripta.
Valeria parpadea ante la claridad súbita. Tiene la cara tiznada de hollín y halo ácido, la melena revuelta y los ojos oscuros arrasados en lágrimas y furia desatada.
Baja la vista hacia la pantalla.
En el vídeo emitido desde el asiento trasero del sedán blindado que vuela hacia Madrid por la autovía, Clara Mendoza aparece sentada junto a Soraya.
Clara ya no lleva la cinta americana en la boca.
Lleva el pelo apartado de la cara y, pese a la palidez extrema y las ojeras rojas del llanto, sonríe a la cámara con una dulzura infinita.
Clara sostiene con la mano sana una cuartilla de libreta donde ha escrito con rotulador azul grueso:
ESTOY CON SORA. MATEO NOS HA SACADO DE TOLEDO. ESTOY VIVA Y LIbrE, VAL. TE QUIERO.
Detrás de Clara, Soraya saluda levantando el pulgar y señala el reloj del salpicadero: las veintitrés y treinta y dos minutos.
La espátula de acero se le resbala de los dedos a Valeria. El metal repica contra las baldosas con un chasquido sordo.
Un sollozo desgarrado se le escapa de la garganta, un estertor ahogado de aire, dolor y alivio que parecía encadenado en lo más hondo de sus entrañas desde hace tres semanas. Las piernas le fallan y se desploma hacia delante.
La recojo antes de que toque el suelo.
Mis brazos le rodean la cintura con una desesperación atroz, pegando su pecho contra el mío. Ella hunde los puños cerrados en el cuello de mi camisa negra y me descarga un puñetazo seco en el pecho, justo donde la quemadura de Córdoba arde bajo la carne:
—Me dejaste aquí... —solloza, con la voz quebrándosele contra el paño—. Me tiraste a los pies de tu padre, Gael... Vi la pistola en su cabeza... Creí que ibais a matar a mi hermana...
—Beltrán me tenía pinchado el micrófono desde las cinco de la mañana, Valeria —le susurro contra la oreja, enterrando el rostro en su cuello, sintiendo sus lágrimas calientes lavarme el tajo abierto de la garganta—.
El sicario de Toledo tenía orden de abrir fuego ante el menor traspié.
Si decía una sola palabra en el coche, Clara no llegaba viva a la sierra.
Tenía que hacerles creer que era el monstruo que esperaban ver.
Pero te dejé el ácido. Te ajusté el reloj para que supieses que volvería a por ti.
Valeria levanta la cabeza. Sus ojos se clavan en los míos bajo el reflejo anaranjado que el teléfono proyecta contra los sillares.
La rabia por el espanto vivido y la explosión de saber a Clara a salvo chocan en su pecho con la fuerza de un vendaval.
De un tirón brusco, salvaje y hambriento, me baja la mandíbula y me estampa la boca contra la suya.
El beso es una colisión atroz de dientes, ardor y desesperación.
Me muerde el labio inferior hasta sacarme el sabor ferroso de la sangre, gimiendo contra mi lengua con un apetito ciego que pulveriza cualquier atisbo de cordura.
Sus manos me arrancan los botones de la camisa negra con una furia desatada, apartándome la tela rota de los hombros.
—Nunca más... —resuella entre bocanadas cortas, clavando los dientes en la masa de mi hombro herido, justo sobre la cicatriz que ella misma me cosió en Lavapiés—. No me vuelvas a hacer esto en la puta vida, Gael.
—Nunca más —prometo, con la voz rota en un gruñido bronco mientras la alzo de los muslos contra la pared de piedra.
La espalda de Valeria choca contra el granito milenario. Me cruza las piernas en torno a la cintura, aferrándome las caderas con firmeza mientras sus manos me tiran del pelo hacia atrás.
La Sexta Penitencia no atiende a ordenanzas de la Cofradía, no conoce pactos mercenarios ni tiene un coro de antifaces dorados mirando desde las sombras.
Es la expiación de la redención a tumba abierta, donde dos almas forjadas en el fuego del infierno se devoran para purgar el espanto de dieciséis horas de tinieblas.
Le desabrocho el botón de los vaqueros con las manos temblando por una urgencia desbocada.
El pantalón cae por sus tobillos contra las losas.
Mi boca desciende por su cuello, mordiendo, besando y lamiendo la clavícula, mientras mi mano derecha le sube el jersey hasta el pecho, liberando los senos firmes que se erizan ante la frialdad de la cripta.
De una sola embestida ciega e implacable, me hundo en ella contra la pared de granito.
Valeria suelta un alarido ahogado que muere sepultado en mi boca. La plenitud del encaje me hace temblar de pies a cabeza. Es fuego puro, líquido y estrecho, abrazando cada milímetro de mi invasión como si quisiera fundir su carne con la mía para los restos.
Le sujeto las caderas contra la piedra con ambas manos, marcando un compás hondo, pesado y furibundo que hace resonar la bóveda del osario con el chasquido de nuestros cuerpos chocando en la sombra.
A cada envite contra sus entrañas siento cómo el terror de las últimas semanas se disuelve ante la certeza arrolladora de que no hay poder en este mundo capaz de volver a separarnos.
Valeria me clava las uñas en la espalda desnuda, arañándome la piel mientras acompasa el vaivén de su cintura al ritmo de mis caderas. No cierra los ojos: me desafía en la penumbra con una pasión indómita, limpia de cualquier miedo, bebiéndose mi aliento en cada beso famélico.
—Eres mío, Confesor —gime contra mi oreja, y su voz rasgada me quema el alma—. Tu sangre me pertenece.
—Toda tuya —le respondo en un rugido áspero, acelerando el choque hasta el límite del agotamiento.
El orgasmo nos desgarra con la fuerza de un alud de rocas.
El cuerpo de Valeria se contrae en torno a mí en una sucesión de descargas que le arrancan un gemido ronco desde el esternón.
Segundos después, vacío todo lo que soy en su vientre, desplomando la frente en el hueco de su hombro empapado en sudor mientras la aprieto contra la piedra para que ninguno de los dos caiga al suelo.
Permanecemos pegados al muro durante largos minutos, recobrando el fuelle bajo la bruma ácida del calabozo. El tictac regular del reloj de bolsillo resuena desde la bolsa en el suelo, marcando las veintitrés y cuarenta y cinco minutos.
Bajo a Valeria despacio hasta que sus plantas tocan las baldosas.
Cojo mi cantimplora de aluminio del correaje y desenrosco el tapón.
Enciendo la pequeña linterna táctica de haz cálido y la apoyo en una repisa de la pared.
La lumbre dorada delata las manos de Valeria.
Un nudo atroz me atenaza la garganta.
Tiene los nudillos de ambas manos en carne viva. La piel se le despellejó contra el roble y las pletinas de hierro durante la mañana, dejando costras renegridas de sangre seca y heridas abiertas que le tiemblan por la tensión acumulada.
Me arrodillo frente a ella en el suelo de piedra.
Vierto el agua limpia de la cantimplora sobre sus manos con una devoción casi litúrgica.
El agua lava las heridas, arrastrando el hollín, los restos de ácido y la sangre seca de sus dedos.
Valeria suelta un leve respingo de dolor cuando el agua le toca la carne viva, pero no retira las manos; mantiene los dedos abiertos sobre mis rodillas.
Rasgo una tira limpia de algodón del faldón de mi camisa rota.
Con ademanes lentos y primorosos le vendo la mano derecha, cubriéndole los nudillos despellejados sin apretar las coyunturas.
Al rematar la venda, me llevo sus manos a la boca y beso una por una la punta de sus dedos, aspirando el olor familiar a disolvente y hierro que distingue la piel de la mujer más brava que he conocido jamás.
—Clara va de camino a un piso franco en Chamberí con Mateo y Soraya —digo, alzando los ojos hacia ella—.
El tiro del osario desemboca en la torrentera trasera de los pinos.
He dejado una moto con el depósito lleno entre los matorrales.
Podemos cruzar la sierra ahora mismo y reunirnos con ellas antes del amanecer.
Valeria me recorre de arriba abajo con la mirada. Sus ojos oscuros brillan bajo la linterna con una determinación de acero que me corta la respiración.
Recoge los vaqueros del suelo y se los enfunda con ademanes firmes, abrochándose el cinturón de lona. A continuación rescata de la bolsa dos viales de vidrio grueso con reactivos concentrados de magnesio y nitrocelulosa y se los encaja en la pernera.
Por último, se agacha y rescata del suelo la media máscara cincelada en plata con las plumas labradas del Cisne.
Sopesa el metal brillante y luego me clava los ojos con una media sonrisa afilada y letal:
—Me he pasado seis años de mi vida escondiendo las manos por miedo a lo que don Rodrigo le hiciera a mi familia si descubría quién le falsificaba las iluminuras para sus bancos, Gael.
Y me he tirado dieciséis horas en esta fosa metida a oscuras como un animal.
No voy a salir huyendo por una gatera en el monte.
Señala con la barbilla hacia la escalera de caracol que asciende hacia la sacristía:
—Tu padre ha congregado a cuarenta cofrades en la nave principal. Está a punto de abrir ante los hachones del altar el Códice que yo misma preparé con nitrato y cera de abeja. Tu familia quería una penitente para la vigilia de medianoche, Confesor.
Se ajusta la máscara de plata sobre el rostro; los ojos le echan chispas tras las aberturas del metal labrado:
—Subamos a darles el juicio final.
* * *