La Penitencia del Cisne Capítulo 16 El cerrojo de hierro #3
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Capítulo 16 El cerrojo de hierro #3

Gael ni se inmuta. Ni se limpia la cara. Sus pupilas grises siguen clavadas en la negrura de los peldaños que se abren ante nosotros, con la mandíbula de pedernal inalterable bajo los fogonazos de las linternas de los guardias que nos pisan los talones.

—Eres un monstruo —le susurro entre dientes, con la voz tomada por un odio puro—.

El mismo monstruo que tu padre. Me vendiste tu comedia en la galería, me encajaste la sortija de tu madre para que bajase la guardia y me has traído al matadero como a una res.

Si llego a salir viva de esta fosa, Gael, te juro por los huesos de mi madre que te abro la garganta de oreja a oreja.

Gael no dice nada. Ni un solo músculo de su cara se estremece.

Llegamos al fondo de la cripta subterránea.

Frente a nosotros se yergue el calabozo de castigo de la abadía, alzado en el dieciséis para emparedar a penitentes descarriados.

Los muros son de sillería de granito de tres palmos de grosor.

No hay tragaluz alguno; solo una mirilla enrejada a la altura de los ojos en la pesada puerta de roble guarnecida con pletinas de forja cruzadas.

En el centro de la hoja descansa una cerradura secular de hierro macizo, con un cerrojo exterior de cuatro pasadores macizos que muerden el quicio de piedra.

Gael tira de la pesada puerta hacia fuera. Los goznes oxidados aúllan en la bóveda como un animal degollado.

De un empellón seco en la espalda, me lanza al interior de la celda en penumbra.

Tropiezo con las losas escarchadas y caigo de rodillas sobre la piedra rezumante. El golpe me arranca un latigazo en las articulaciones.

Gael se detiene en el umbral. En la mano izquierda todavía empuña mi bolsa de cuero con el instrumental de restauración.

Uno de los matones de Beltrán da un paso al frente, barriendo la celda con el haz de la linterna:

—Señor Gael, Beltrán ordenó quemar todos sus bártulos en la caldera del patio.

Gael se gira hacia el guardia con una mirada tan despiadada que el tipo retrocede un paso sobre las losas:

—Esta bolsa solo lleva tarros de pigmento y aglutinantes de resina vegetal. Quiero que la restauradora se pase las próximas dieciséis horas contemplando sus inútiles herramientas en la oscuridad para que paladee el fracaso de su farsa hasta medianoche. Quítate de en medio.

Gael estampa la bolsa de cuero contra el suelo de la celda, a dos cuartas de mis rodillas. La caja de madera que resguarda los frascos repica contra la piedra con un tintineo sordo de botes entrechocando.

Acto seguido, los ojos grises de Gael se cruzan con los míos en la penumbra durante una fracción de segundo.

Por primera vez desde que rompió el alba, veo algo quebrarse en el fondo de sus pupilas: no es desdén, no es frialdad. Es una desesperación muda y atroz, una súplica desgarrada que corta el aire antes de que tire de la hoja de roble para cerrarla.

La puerta se cierra de golpe en una detonación atronadora.

El ruido de los pasadores de forja encajando desde fuera cercena el silencio de la cripta.

Clack. Clack. Clack.

El estrépito de la tranca asentándose en el sillar suena a epitafio definitivo. Los pasos pesados de Gael y de los dos sicarios empiezan a subir la caracola, perdiéndose pasillo arriba hasta que la nada más absoluta se traga las catacumbas.

Me quedo sola en la negrura más cerrada e impenetrable que he conocido jamás.

No hay luz. No hay rendijas. El aire es denso, glacial, apesta a piedra podrida y a desesperación.

Me levanto del suelo empujada por una furia ciega. Me arrojo contra la puerta de roble y empiezo a aporrear el hierro con los puños cerrados:

—¡Gael! —grito, y la voz se me quiebra contra la madera maciza—. ¡Gael! ¡Abre esta puta puerta! ¡Sácame de aquí!

Golpeo una, dos, diez veces. El hierro me desuella los nudillos.

Siento la sangre tibia resbalarme por las manos y manchar las astillas del roble, pero el dolor no es nada comparado con el mazazo de la traición.

Mi hermana amarrada con una pistola en la sien en Toledo.

El manuscrito en manos de don Rodrigo. Yo emparedada en vida en el fondo de un pudridero.

—Hijo de la gran puta... —lloro, resbalando de espaldas contra la madera hasta sentarme en las baldosas frías, con la cabeza hundida entre las rodillas y el cuerpo temblando de puro colapso.

El silencio vuelve a adueñarse de la celda.

Permanezco inmóvil durante largos minutos, escuchando únicamente el silbido de mi respiración rota y el gotear constante de la humedad en un rincón.

Entonces, en mitad de las tinieblas, un rumor casi inaudible me roza el oído.

No viene del pasillo. No viene de la escalera.

Nace dentro de mi bolsa de cuero, abandonada a dos palmos de mis pies.

Un sonido metálico minúsculo. Un compás regular, seco, continuo.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Alzo la cabeza en la sombra.

El corazón me da un vuelco en el pecho.

Gateo sobre las losas húmedas hasta dar con el asa de la bolsa.

Tiro de la cremallera con los dedos ensangrentados.

Meto la mano derecha hasta el fondo, apartando los frascos envueltos en trapos de ácido nítrico concentrado, el bote de éter y las espátulas de acero que los matones de Beltrán tomaron por simples «tarros de pintura».

En el fondo del compartimento forrado de pana, donde antes descansaba mi estuche de agujas de sutura, mis dedos tropiezan con una superficie metálica circular, fría y pulida.

Saco la pieza.

Es el pequeño reloj de bolsillo mecánico suizo del diecinueve que Gael ajustó con las pinzas de relojero en la madrugada, mientras yo dormía apoyada en su pierna.

El áncora palpita con brío bajo la tapa de latón.

Me acerco la esfera a los ojos. No hay luz para ver los guarismos, pero cuando paso la yema del pulgar sobre el cristal abombado, noto un pequeño resalte metálico trabado: la manilla de la alarma mecánica fue clavada con precisión milimétrica en las 23:30.

Las once y media de la noche. Media hora antes de la Gran Vigilia.

Giro el reloj entre mis manos. La tapa trasera de latón cepillado está entornada.

Con la uña del índice abro la tapa que resguarda el tren de rodaje.

Paso la punta del dedo por la cara interna del metal. La yema nota surcos rugosos y hondos en el latón dorado, arañazos recientes grabados a toda prisa con la punta de una cuchilla antes de que despuntara el día.

Leo a tientas las letras labradas en la tapa, una por una en la negrura:

N-O D-I-G-A-S C-E-N-I-Z-A.

Q-U-E-M-A L-A T-R-A-N-C-A.

El aire se me hiela en los pulmones.

La lucidez me sacude el cerebro como una descarga eléctrica.

Gael jamás me traicionó.

Su teléfono a las cinco de la madrugada... la línea abierta con la escucha de Beltrán... la pistola en la sien de Clara... la orden de llevarme a la abadía sin abrir la boca...

No podía decir una sola palabra en el coche sin que el sicario de Toledo apretase el gatillo.

Tenía que hacerles creer a don Rodrigo y a Beltrán que seguía siendo el siervo sumiso de la casa para neutralizar la amenaza inmediata en Toledo y comprar dieciséis horas de tregua para Clara hasta medianoche.

Y no me dejó la bolsa para atormentarme con el fracaso.

Me dejó la bolsa porque sabía al milímetro lo que guardaba dentro: tres botes de ácido nítrico concentrado al sesenta y ocho por ciento y una espátula de acero templado. Reactivos capaces de fundir el hierro dulce de cualquier cerradura secular en doce horas de corrosión controlada.

Aprieto el reloj de bolsillo contra el pecho, sintiendo el tictac limpio de los engranajes batir al mismo compás que mis pulsaciones.

La sortija de hierro de su madre sigue firme en mi dedo.

Me limpio la sangre de los nudillos en el paño del pantalón.

Me pongo en pie en la oscuridad de la cripta, saco el primer frasco de ácido nítrico de la bolsa y camino decidida hacia la puerta de roble.

* * *