Capítulo 16 El cerrojo de hierro #2
—Las siete en punto —dice don Rodrigo, y su voz arrastrada reverbera en la nave como el tañido de un doblar a difuntos—. La puntualidad siempre fue la única virtud que te reconocí, Gael.
Beltrán da una calada larga al cigarrillo, echa el humo azulado hacia la bóveda y pulsa una tecla del comunicador:
—Ponle la pantalla a la señorita Mendoza, Enrique. Que nuestra invitada de excepción sepa exactamente en qué terreno estamos jugando.
En el muro lateral, bajo el gran vitral, un proyector se enciende sobre una pantalla retráctil blanca.
La imagen que brota en la tela hace que las piernas me tiemblen con tanta fuerza que tengo que clavarme las uñas en las palmas para no rodar por los suelos.
Es una señal en directo, nítida, con el reloj digital en la esquina marcando las `07:01`.
Mi hermana Clara está sentada en una silla castellana en mitad de una celda subterránea.
Tiene los brazos y el tronco fajados al respaldo con maromas de nailon.
El pelo oscuro le cae revuelto sobre unos ojos desencajados por el pánico; la boca tapada por una tira ancha de cinta americana plateada.
Su muñeca izquierda, vendada con gasas amarillentas, tiembla sin control sobre el apoyabrazos.
Detrás de la silla, un tipo con pasamontañas empuña una pistola Glock negra. El cañón del arma está incrustado en la sien derecha de Clara, venciéndole la cabeza a un lado. Los ojos desorbitados de mi hermana miran a la lente como si me estuviese buscando a mí.
—Clara... —el nombre se me escapa en un estertor desgarrado que me desgarra las cuerdas vocales.
Mi mano derecha baja instintivamente hacia la abertura del chaquetón, buscando el mango del bisturí quirúrgico en mi muslo. Si consigo abrirle la yugular a Beltrán antes de que dé la orden por el walkie—
Antes de que mis dedos rocen el cuero de la funda, dos brazos de hierro me atenazan por la espalda con la violencia de una prensa hidráulica.
Gael me retuerce las dos muñecas hacia la espalda con una presa implacable, clavándome los codos contra sus costillas. El impacto de mi pecho contra el aparador me vacía los pulmones.
—¡Suéltala, Gael! —grito, revolviéndome contra su cuerpo con toda la rabia de mis entrañas, tirándole coces con los tacones hacia las espinillas—. ¡Suéltame, cabrón! ¡Beltrán, dile que le quite la pistola de la cabeza!
Gael no afloja un solo milímetro. Su fuerza es demoledora. Me sujeta las dos muñecas con una sola garra y, con la mano derecha libre, mete los dedos bajo el borde de mi chaquetón, desabrocha la funda de mi pierna y me arrebata el bisturí del número once.
Arroja el acero a los pies del estrado de don Rodrigo. La hoja tintinea contra las baldosas y se frena contra la contera de plata del bastón del patriarca.
Acto seguido, sin vacilar, Gael me arranca la correa de la bolsa de restauración del hombro. La abre de un tirón, saca el cilindro de plomo sellado que guarda el pergamino y camina con paso marcial hacia la mesa presidencial.
Extiende el tubo de plomo con ambas palmas ante don Rodrigo.
—Aquí está el Códice de Sangre original de 1614 —dice Gael con voz firme, gélida, sin una sola fisura en el tono.
Cada sílaba cae en el salón con la contundencia de un acta de ejecución—.
Y aquí está Valeria Mendoza, la hija de Arturo Mendoza que se coló en la fundación con credenciales falsas de restauradora para desvalijar nuestros archivos.
Te la he traído como prometí, padre. Antes de la Gran Vigilia.
Me quedo lívida contra el aparador de madera, con los brazos entumecidos por la llave.
Miro a Gael.
La luz de las teas le ilumina el perfil. No hay furia en sus rasgos. No hay remordimiento. No hay duda. Solo la máscara pétrea e impenetrable del Confesor que me recibió en la celda de nogal la primera noche que pisé este convento maldito.
El hombre que se desnudó conmigo frente al espejo veneciano, el hombre que me puso la sortija de hierro de su madre en el anular, el hombre que me dio de comer pan con aceite en su cocina hace menos de cuatro horas...
todo ha sido un teatro milimétrico para desarmarme y asegurarse de que le ponía el manuscrito en bandeja sin que saliese un tiro en Toledo.
Una oleada de bilis me sube a la boca. Una quemazón desgarradora me estalla en el pecho, un dolor tan atroz que siento el corazón partirse en dos como una tabla seca.
—Cobarde de mierda... —murmuro, y las lágrimas de humillación y de asco me abrasan las mejillas mientras me esfuerzo en no doblar las rodillas—. Nos has vendido a mi hermana y a mí al tipejo que mandó quemar viva a tu madre en Córdoba.
Gael ni parpadea. Ni se molesta en mirarme. Mantiene la cabeza ligeramente inclinada ante don Rodrigo, que recoge el cilindro de plomo con sus dedos nudosos y repletos de sellos de oro.
El viejo desenrosca el tapón de plomo con una sonrisa despaciosa de pura ponzoña.
Saca el rollo de pergamino amarillento y comprueba la textura de la vitela envejecida, la caligrafía dorada del diecisiete y el sello eclesiástico de lacre carmesí que Soraya y yo clavamos con tanta fidelidad en el taller.
—El trabajo de un maestro falsificador —musita don Rodrigo, acariciando la piel con dedos trémulos de avaricia—. Arturo Mendoza siempre fue el mejor en lo suyo. Lástima que la soberbia le costara la vida y que la necedad vaya a costársela a sus hijas.
Don Rodrigo alza sus pupilas inyectadas en sangre hacia mí:
—¿De verdad creíste que una mocosa de Lavapiés con una bata manchada de aguarrás iba a burlar al consejo de la Sagrada Sangre, señorita Mendoza? ¿Creíste que mi hijo iba a renunciar a cuatro siglos de linaje por cuatro arrumacos en un baile de disfraces?
Beltrán suelta una carcajada bronca desde la columna, echando el humo hacia la pantalla donde Clara sigue encañonada:
—Te lo dije, padre. Tiraría a la zorra a los leones en cuanto viese la soga al cuello. La sangre manda.
Beltrán aprieta el botón del comunicador y ordena en voz alta:
—Enrique. Deja a la chica atada y amordazada. Pero baja el cañón de la sien de momento. Solo le vuelas la cabeza si la hermana intenta alguna tontería antes de medianoche. ¿Oído?
En la pantalla observo cómo el sicario de Toledo retira la Glock unos palmos, bajando el arma hacia el costado. Clara deja caer la frente sobre el pecho, sacudida por un llanto convulsivo y silencioso.
Cierro los ojos un segundo, tragando aire lleno de humo. Mi hermana sigue viva. El plazo no ha expirado del todo.
El juez Ignacio Valdivia se levanta de la silla con esfuerzo, atusándose la chaqueta sobre la panza hinchada. Se acerca a mí con paso torpe, con el rostro amoratado de rabia herida:
—Me clonó el token de acceso en la galería de los espejos, don Rodrigo.
Si ese aparato llega a la Fiscalía Anticorrupción antes de nuestra reunión con el ministerio de mañana por la tarde, la fundación entera se va a pique.
Ordene a los escoltas que fusilen a esta víbora en el patio ahora mismo y arrojen el cadáver a la torrentera de los pinos.
Valdivia me escupe al suelo a un palmo de los botines.
Gael da un paso al frente, interponiendo su envergadura entre el magistrado y mi cuerpo. Su tono de voz suena tajante, glacial, cortando en seco la embestida del juez:
—Nadie le pega un tiro a esta mujer antes de la Gran Vigilia, señoría.
Don Rodrigo arquea las cejas pobladas, examinando a su hijo con frialdad calculadora:
—¿Y por qué habríamos de regalarle dieciséis horas más de vida a una ladrona confesa, Gael?
—Porque las ordenanzas de la Cofradía son tajantes desde 1614, padre —replica Gael, sosteniendo la mirada del patriarca sin ceder un milímetro—.
El Códice de Sangre estipula que cualquier sacrílego que ose profanar los fondos debe ser juzgado y purificado públicamente ante el tribunal plenario de cuarenta cofrades durante la liturgia de medianoche.
Si la mandas abatir en el patio como a un perro sarnoso a primera hora, el consejo bancario murmurará por lo bajo que la casa De la Vega temía un juicio público.
Demuéstrale a ella y a todos los hermanos el peso de nuestra ley.
Enciérrala en la cripta del osario bajo el altar.
Déjala a oscuras hasta las once y media.
A medianoche, tú mismo rompes el precinto y dictas la sentencia ante toda la corte de Madrid.
Don Rodrigo tamborilea con los anillos sobre la cabeza de plata de su bastón. Un brillo de vanidad enfermiza le enciende la mirada. La escena teatral de poder absoluto ante los prelados y banqueros de la orden tienta al viejo monstruo mucho más que un tiro discreto en la grava.
—Piensas como un verdadero De la Vega, hijo —concluye el patriarca con un cabeceo solemne—.
Que se cumpla el rito. Encierra a la hija de Arturo Mendoza en el osario.
Beltrán, refuerza la guardia perimetral en los accesos de la sierra y manda a diez hombres a reventar el taller de Lavapiés.
Quiero cada apunte y cada tarro de disolvente reducido a cenizas antes del mediodía.
Dos guardias armados avanzan para prenderme de los brazos.
Gael levanta la mano izquierda con gesto autoritario:
—Dejad que la baje yo mismo a las catacumbas. Ha intentado esconder frascos bajo la ropa. Sé de sobra cómo atrancar la reja del osario para que nadie se arrime hasta la vigilia.
Gael me aferra del brazo izquierdo con una presa implacable, tirando de mí lejos de la mesa en dirección a la escalera de piedra que desciende tras el retablo de San Jerónimo.
Dos escoltas de Beltrán bajan pegados a nuestros talones con las armas montadas y las linternas tácticas alumbrándonos los pasos, a seis metros de distancia.
El descenso por el caracol del osario es una pesadilla asfixiante.
El aire se torna cada vez más denso, gélido y fétido, cargado del hedor inconfundible a humedad secular, moho y cal apagada. El agua rezuma de las junturas de la sillería, goteando sobre el musgo renegrido.
Gael baja los peldaños sin soltar una palabra. Sus dedos me aprietan el brazo como grilletes de hierro.
La rabia que me abrasa el pecho hace saltar cualquier freno.
Giro la cara hacia él, con las lágrimas ardiéndome en los ojos, y le escupo con desprecio en plena mejilla.
El salivazo le impacta en el pómulo.