Capítulo 16 El cerrojo de hierro
El peso tibio de la camisa de Gael sobre mis muslos es la primera sensación que me devuelve a la realidad.
Abro los ojos despacio. La claridad grisácea del amanecer madrileño se cuela por las lamas entreabiertas de la persiana en el ático de la calle de Serrano, dibujando franjas pálidas sobre el cuero color coñac del sofá.
El piso está sumido en un silencio denso, quebrado únicamente por el tictac acompasado del reloj de bolsillo que Gael dejó sobre el velador de caoba.
Paso la mano por la tapicería suave. El hueco a mi lado está frío.
Me incorporo en el sofá, recogiéndome los puños anchos de la camisa blanca sobre las muñecas. No huele a café recién hecho; lo que me llega a la nariz es el relente seco del viento que baja de la sierra por la rendija de la cristalera.
Miro hacia la cocina americana.
Gael está de pie frente a la encimera de granito.
Ya se ha enfundado una camisa negra de manga larga, el pantalón de vestir oscuro y las botas de cuero lustradas.
Su espalda dibuja una línea rígida, contraída, como si cada una de sus vértebras hubiera sido tallada en granito durante la madrugada.
Su móvil encriptado descansa sobre la piedra pulida de la isla, con la pantalla apagada hacia arriba.
—¿Qué hora es? —pregunto con la voz todavía pastosa por el sueño, posando los pies descalzos sobre la tarima.
Gael no se vuelve de inmediato. Cuando gira el torso hacia mí, el semblante que me encuentro no conserva el menor rastro de la ternura que compartimos unas horas antes. Tiene las mandíbulas trincadas y los ojos grises apagados, fríos como dos lajas de pizarra bajo la niebla.
—Las cinco y media —contesta. Su voz brota en un tono monocorde, casi metálico, cortando el aire entre los dos—. Hay que vestirse y ponerse en carretera ya.
Frunzo el ceño, deteniéndome a mitad de camino de la cocina. El aro de hierro en mi anular se me antoja de pronto una losa.
—¿Qué pasa? La excarcelación de Clara en el Convento de San Clemente estaba fijada para las ocho en punto. Mateo dijo que Soraya aún tenía que cuadrar los últimos paquetes criptográficos con la Audiencia Provincial de Toledo.
Gael agarra la cazadora de cuero oscuro de la banqueta y se la encaja de un tirón seco. El brazo apenas le tiembla junto al hombro herido.
—Los servidores de Guadarrama han registrado un intento de acceso remoto desde el repetidor de Lavapiés hace cuarenta minutos —miente, con la vista clavada en el hueco de mi garganta, rehuyendo mis ojos.
Las palabras suenan medidas, calculadas para un micrófono invisible—.
El protocolo de contingencia de la fundación ha bloqueado la base de datos central de la abadía.
Si no sacamos el cilindro con el Códice original y la llave maestra de la sala capitular de Santa Águeda antes de las siete de la mañana, el sistema de seguridad activa el borrado térmico de los archivos físicos.
Si eso ocurre, perdemos la única carta de chantaje contra el consejo bancario antes de bajar a Toledo.
Un escalofrío me baja por la espalda, erizándome el vello de los brazos bajo el algodón egipcio.
—¿Por qué coño iba Soraya a intentar entrar ahora? Sabe de sobra que cualquier rastro en la sierra nos revienta la ruta de huida.
—Da igual quién haya hecho saltar la alarma —corta, acortando la distancia hacia el salón con zancadas firmes.
No me coge la mano, no me roza la frente, no tiene ni uno de los gestos que sus dedos aprendieron en las últimas cuarenta y ocho horas.
Se limita a señalar con la barbilla hacia la puerta del baño—.
Tu ropa ya se ha secado en la secadora. Coge el chaquetón, el maletín de productos químicos y el tubo de transporte.
Tenemos cuarenta minutos para subir a la sierra antes de que la cerrazón tape el puerto de Navacerrada.
Le escudriño la cara tres segundos enteros.
Hay una tensión febril en las aletas de su nariz, un temblor contenido en la yugular que choca de frente con la frialdad glacial de su voz.
Algo va rematadamente mal, pero el terror inminente de perder el manuscrito y ver cómo se va a pique el rescate de mi hermana me amordaza las preguntas.
—Diez minutos —digo, girando sobre los talones hacia el dormitorio.
Me pongo los vaqueros negros, el jersey de cuello vuelto y los botines de piel.
Me ciño a la pantorrilla la funda de cuero con el bisturí quirúrgico del número once bajo el pantalón.
Me ajusto el cinturón de lona, me meto en el chaquetón de lana basta y cojo mi bolsa gruesa de cuero con asas metálicas: dentro llevo los botes de ácido nítrico concentrado, el disolvente de éter, las paletinas de cerda,
el pan de cera virgen y el cilindro estanco de plomo con la reproducción milimétrica del Códice de Sangre que preparé en el taller con la imprimación reactiva de nitrocelulosa.
Cuando vuelvo al salón, Gael ya aguarda junto a la puerta blindada, sujetando el picaporte con la mano izquierda enguantada. El móvil sigue encajado en el bolsillo frontal de su cazadora, con un led rojo de transmisión abierta parpadeando en la esquina del forro como el ojo ciego de una araña.
Bajamos por el ascensor privado en un mutismo asfixiante. En el garaje subterráneo, el motor del sedán blindado ruge con un bramido cavernoso y las compuertas de hierro se abren a la helada de la madrugada del martes.
La ascensión a la sierra de Guadarrama es como un viaje al vientre de una nube de ceniza.
La niebla de las seis de la mañana devora las copas de los pinares a lo largo de la M-601.
A cada curva cerrada que el coche negocia hacia las cumbres de granito, el termómetro exterior se desploma en la consola digital: cuatro grados, dos grados, cero grados.
Los limpiaparabrisas barren la escarcha del cristal con un crujido monótono que llena el habitáculo.
Gael tiene las dos manos soldadas al volante. No conecta la calefacción. El aire dentro del coche es gélido, cargado de esa aridez cortante que precede a las cencelladas en la sierra.
Intento quebrar el silencio de plomo:
—¿Dónde nos espera Mateo después de sacar el cilindro de la abadía?
—En el viaducto de San Rafael —suelta, sin apartar los ojos de la carretera empapada bajo los focos antiniebla—. Tendrá lista la ambulancia con matrícula doblada para tirar directo a Toledo por la nacional vieja.
Miro su perfil recortado contra la penumbra plomiza de la ventanilla. Sus facciones parecen cinceladas con grafito duro, los labios apretados en una línea exangüe. Alargo la mano izquierda y le toco el antebrazo, rozando el paño grueso de su cazadora:
—Gael.
El brazo se le pone rígido bajo mis dedos como una barra de hierro. Durante una fracción de segundo, su mano amaga un movimiento sobre la palanca de cambios, rozándome el muslo con los nudillos en una urgencia casi dolorosa, antes de aferrarse de nuevo al volante con violencia.
—Alerta en cuanto entremos —dice con voz áspera, despojada de cualquier calor—. El patio puede tener patrullas de refuerzo de la fundación. No hagas preguntas. Coge lo necesario y obedece a lo que yo mande.
Trago saliva. Me repliego en el asiento, apretándome el asa de la bolsa contra el pecho.
Un nudo sordo de angustia se me clava en la boca del estómago.
La certidumbre de que los cimientos se han derrumbado mientras yo dormía plácidamente en su sofá se agiganta con cada kilómetro que nos arrima a los muros de la abadía.
A las seis y cincuenta y cinco de la mañana, los faros del coche iluminan los portones de hierro forjado de Santa Águeda.
Las dos hojas batientes, que habitualmente permanecen trincadas con cadenas de acero y cerraduras biométricas durante la noche, están abiertas de par en par. La luz amarilla de los focos del patio resalta sobre la zahorra empapada, reflejándose en los charcos de la tormenta.
Gael no frena hasta detenerse frente a la escalinata de piedra que da a las puertas de bronce de la sala capitular. Corta el contacto con un giro seco de la llave.
El mutismo de la cumbre nos cae encima como una losa.
—Vamos —ordena, apeándose del vehículo antes de que me dé tiempo a soltarme el cinturón.
Sigo sus zancadas por la escalinata resbaladiza de granito. La grava cruje bajo mis suelas. El aire me corta los pulmones como agujas de hielo.
Gael empuja el portalón lateral de bronce. La madera secular cede sin un crujido sobre los goznes engrasados.
Cruzamos el zaguán de nogal oscuro, donde el olor a mirra, cera quemada e incienso rancio satura la piedra. Al franquear el arco ojival que da entrada a la sala capitular, el chasquido seco de una tranca de forja clausurándose a nuestras espaldas retumba en la bóveda.
Me giro como un resorte.
Dos hombres corpulentos vestidos de traje negro y empuñando subfusiles MP5 custodian la puerta atrancada, con las bocas de fuego apuntando directas al centro de la sala.
El corazón se me desboca en el pecho. Retrocedo medio paso, buscando el hombro de Gael:
—Gael...
No se mueve para protegerme. Se queda clavado en mitad de la solería policromada, con la barbilla erguida y los brazos caídos a los costados, mirando fijamente hacia la tarima del testero.
Miro al frente. La sala capitular no está vacía.
Alrededor de la mesa de caoba de la junta, seis blandones de forja sostienen hachones encendidos, proyectando sombras alargadas contra las tallas de los santos.
En el centro del estrado, repantigado en el sitial de alto respaldo con los brazos posados en los brazos tallados, aguarda don Rodrigo de la Vega.
El patriarca viste una levita gris de lana pesada con cuello de astracán, el bastón con la cabeza de halcón apoyado en la rodilla y una mueca de triunfo ponzoñoso grabada en los labios finos.
A su derecha, recostado contra una columna de mármol con un pitillo humeante entre los dedos y un radioteléfono satelital colgado del chaleco, se encuentra Beltrán de la Vega. Su medio hermano luce una sonrisa de burla descarnada, con los ojos brillando de regocijo sádico.
Y en el rincón izquierdo, sentado en una silla baja con una compresa de hielo sobre el pómulo inflamado y barba de dos días, se arruga el juez Ignacio Valdivia.
El aire se me atasca en el pecho. El suelo parece esfumarse bajo mis plantas.