La Penitencia del Cisne Capítulo 15 El tictac de la madrugada #2
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Capítulo 15 El tictac de la madrugada #2

Mantengo el cuerpo absolutamente inmóvil sobre el sofá de cuero para no despertarla.

Su cabeza descansa sobre mi muslo derecho, con el rostro sereno vuelto hacia el respaldo y los labios entreabiertos en un suspiro suave y regular.

La camisa blanca que lleva se le ha subido un palmo, dejando al aire la piel nívea de su muslo y la curva suave de la cadera que horas antes sujetaba con desesperación contra el espejo veneciano de la galería.

La miro y siento una punzada demoledora en el centro del esternón.

Durante diez años, mi vida en la Cofradía de la Sagrada Sangre ha sido una sucesión matemática de acuerdos bajo cuerda, extorsiones a banqueros, purgas de archivos y viajes clandestinos a la finca de Guadarrama.

Creía que la culpa por lo que le hicieron a mi madre en Córdoba me había secado las entrañas, convirtiéndome en el sucesor implacable que don Rodrigo tanto ansiaba para pastorear el emporio de la familia.

Valeria reventó esa coraza con la punta de un bisturí quirúrgico y la determinación feroz de quien prefiere palmar antes que ver a su hermana arder en la pira de los demás.

Con un cuidado milimétrico para no menear la cadera bajo su cabeza, estiro el brazo izquierdo hacia el velador redondo de caoba situado junto al brazo del sofá.

Sobre la madera barnizada descansa el flexo articulado de latón, apagado, y la cajita de terciopelo verde donde guardo las fornituras sueltas del viejo reloj de bolsillo suizo del diecinueve que heredé de mi abuelo materno.

Es un calibre sencillo de diecisiete rubíes, con áncora de paletas y cuerda manual, que tenía la espiral trabada por el óxido desde la primavera.

Con la yema de los dedos cojo las pinzas de relojero de punta fina y la minúscula rueda de escape que limpié con éter la noche anterior.

Trabajo casi a tientas, guiado únicamente por el reflejo mortecino de la cocina y la memoria muscular de mis dedos.

Encajo el eje del volante en el rubí inferior. Con un pulso micrométrico de las pinzas, asiento el áncora de acero pulido sobre la rueda de dientes de sierra. La pieza encaja con un chasquido casi imperceptible, asentándose a la perfección en el puente de latón cepillado.

Giro la corona tres vueltas completas en el sentido de las agujas del reloj.

El muelle real coge tensión.

De repente, la espiral se encoge y se dilata en un vaivén elástico perfecto. El volante empieza a oscilar de un lado a otro y el viejo reloj de bolsillo recobra la vida en la palma de mi mano, despidiendo un tictac cristalino, constante y acompasado en el mutismo del salón.

Tic. Tac. Tic. Tac.

El sonido es el latido de un corazón de acero.

Miro la esfera esmaltada de porcelana blanca: son las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la madrugada.

Me acerco el reloj a la oreja, paladeando la cadencia limpia de la marcha de los segundos.

La mecánica del tiempo es lo único honesto que ha inventado el ser humano: los engranajes no mienten, no chantajean, no guardan rencor.

Si cada pieza ocupa su sitio exacto, la marcha avanza inexorable hasta que la cuerda se agota.

Deposito el reloj con tiento sobre la mesilla lateral, dejando que el latido continúe junto a la cajita de terciopelo.

Con la mano libre vuelvo a rozar los cabellos oscuros de Valeria. Su respiración sigue siendo profunda, templada contra mi pierna. Repaso la línea serena de su nariz, los párpados limpios de pintura, la pequeña mancha parda de tinta ferrogálica que se niega a borrarse de la yema de su pulgar.

Me confieso a mí mismo lo que jamás me atreví a admitir en treinta y dos años de vida: si el amanecer me obliga a elegir entre mi pellejo y la salvación de Valeria y de su hermana, la suerte ya quedó echada mucho antes de cruzar el umbral de este piso.

Le entregaría mi carne a don Rodrigo sin pestañear con tal de verla caminar a salvo bajo el sol en cualquier otra ciudad del mundo.

El silencio en el ático es sepulcral.

Hasta que, a las cinco horas y doce minutos de la mañana, una vibración sorda retumba sobre el granito de la cocina.

El sonido es corto, seco, reiterativo. Tres pulsos secos que hacen temblar el vaso de cristal sobre la madera.

El cuerpo se me pone en guardia al instante.

Permanezco inmóvil tres segundos, esperando a que cese. Se repite: cinco pulsos rápidos, el código de emergencia de máxima prioridad del canal cerrado de la Cofradía.

Con una lentitud milimétrica, deslizo el brazo bajo los hombros de Valeria, le alzo la cabeza con un cuidado sagrado y deslizo el cojín de terciopelo bajo su mejilla en el sofá.

Suelta un quejido soñoliento, se acurruca en la tela y se ciñe el faldón de la camisa blanca sobre la cadera, continuando su descanso sobre el cuero templado.

Me pongo en pie sin que una sola tabla cruja bajo mis plantas.

Camino hacia la cocina americana.

Sobre la encimera oscura, la pantalla de mi terminal encriptado se enciende en la penumbra, arrojando un resplandor azulado y aséptico que alumbra el techo de la estancia. El identificador no muestra ningún número de teléfono; solo un triángulo rojo de advertencia de enlace satelital directo.

Cojo el aparato con la mano izquierda.

Desbloqueo el teclado con la huella dactilar.

No es una llamada de voz. Es un paquete de datos de alta densidad transmitido por la frecuencia reservada de Beltrán, compuesto por una fotografía estática de alta resolución y un corte de audio de doce segundos.

Abro la fotografía.

El aire se me congela en seco en la garganta. La sangre parece retirárseme de golpe hacia el estómago, dejándome las manos frías y rígidas como sillería.

La imagen está tomada con un gran angular en el interior de una celda de piedra rezumante, alumbrada por un tubo fluorescente que cuelga de un cable pelado en la bóveda de cañón.

Reconozco los sillares carcomidos y la aspillera enrejada de lo alto: es la antigua bodega subterránea de la clausura del Convento de San Clemente, en Toledo.

En el centro del plano, amarrada a una pesada silla castellana de roble con maromas de nailon en los tobillos y en el pecho, aparece Clara Mendoza.

La cara de la muchacha está desencajada, cadavérica. Su melena cae revuelta sobre unos ojos desorbitados por el espanto absoluto. La muñeca izquierda, vendada con una gasa mugrienta y amarillenta, le tiembla a la vista sobre el brazo de madera de la silla.

Detrás de ella, apostado en la sombra, se recorta un matón corpulento con cazadora de cuero y guantes de látex quirúrgico.

Su mano enguantada empuña con firmeza una pistola Glock de nueve milímetros, con la boca de fuego hundida sin miramientos en la sien derecha de Clara, empotrándole la cabeza contra el respaldo.

Bajo la imagen, un texto en mayúsculas parpadea en la pantalla con la saña implacable de mi hermano:

«SABEMOS QUIÉN ES TU PENITENTE DE PLATA, HERMANITO.

EL JUEZ VALDIVIA SE HA DESPERTADO EN EL SALÓN DE FUMADORES DEL PALACETE CON DOLOR DE CABEZA Y HA ECHADO EN FALTA EL TOKEN DE AUTORIZACIÓN JUDICIAL.

NUESTROS INFORMÁTICOS EN MADRID HAN CRUZADO LAS CÁMARAS DE LA GALERÍA DE LOS ESPEJOS CON LAS FICHAS POLICIALES DE LAVAPIÉS.

TU RESTAURADORA DE ARTE ES VALERIA MENDOZA, LA HIJA DEL VIEJO FALSIFICADOR QUE BIRLÓ EL CÓDICE.

DON RODRIGO YA ESTÁ AL TANTO DE TODO.

LA CUENTA ES SENCILLA, GAEL: TRAE A LA CHICA MENDOZA Y EL TUBO CON EL CÓDICE ORIGINAL A LA SALA CAPITULAR DE SANTA ÁGUEDA A LAS SIETE EN PUNTO DE LA MAÑANA.

SI TE PRESENTAS CON ELLA Y CON EL MANUSCRITO ANTES DE LA GRAN VIGILIA, DON RODRIGO ACEPTARÁ EL GESTO COMO PRUEBA DE SUMISIÓN Y MANTENDRÁ A LA CHELISTA CON VIDA COMO REHÉN HASTA MEDIANOCHE.

SI INTENTAS ESCAPAR CON ELLA, SI ADVIERTES A VALERIA ANTES DE CRUZAR LA CANCELA DE LA ABADÍA O SI TE RETRASAS UN SOLO MINUTO PASADAS LAS SIETE Y UN MINUTO, EL TIRADOR QUE ESTÁ EN TOLEDO LE VACÍA EL CARGADOR DE LA GLOCK EN EL CRÁNEO EN EL MISMO SEGUNDO. SU RECEPTOR ESTÁ VINCULADO A MI SEÑAL DE GPS.

ESTAMOS MONITORIZANDO EL MICRÓFONO DE TU TELÉFONO DESDE ESTE PRECISO INSTANTE. TRAE A LA LADRONA. SÉ EL HIJO QUE NUESTRO PADRE CRIÓ».

Me quedo petrificado junto a la encimera de granito.

Los segundos caen pesados como plomo.

Mi mano derecha, donde la gasa protege la herida reciente, atenaza el borde de la piedra hasta que los nudillos se me ponen blancos. Siento el latido desbocado percutirme la carótida, un tambor sordo que pugna por nublarme el juicio.

Beltrán tiene la escucha abierta en el micrófono del terminal. Cada respiración mía, cada palabra que resuene en este salón a partir de este segundo se está reproduciendo en directo en los auriculares de la guardia de la Cofradía en la sierra de Guadarrama.

Si le digo una sola palabra a Valeria ahora, si intento explicarle la emboscada o le pido que se escape por el montacargas de servicio, el enlace satelital se corta y el sicario de Toledo le vuela la tapa de los sesos a Clara antes de que pueda pestañear.

Vuelvo la cabeza despacio hacia el salón.

Valeria sigue tendida en el sofá de cuero color coñac.

La camisa blanca sube y baja con el ritmo apacible de un sueño inocente.

Su mano izquierda reposa sobre el almohadón, y la sortija de hierro oscuro de mi madre brilla tímidamente bajo la claridad cenicienta que empieza a despuntar en el horizonte tras las cristaleras.

El reloj de bolsillo sigue trabajando sobre el velador de caoba, junto a ella.

Tic. Tac. Tic. Tac.

El tiempo que nos quedaba se ha terminado.

Bloqueo la pantalla sin cortar la transmisión, me deslizo el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón y empiezo a caminar hacia el salón, notando cómo el frío del suelo me trepa por las plantas de los pies y me hiela cada músculo de la cara en una máscara pétrea de absoluto plomo.

* * *