Capítulo 15 El tictac de la madrugada
El agua caliente de la ducha resbala por el suelo de pizarra gris del cuarto de baño, limpiándome los restos del perfume empalagoso del palacete y el humo de tabaco que se me quedó pegado al pelo.
Cierro el monomando. En el silencio que se adueña del ático de la calle de Serrano, el único rumor es el gotear pausado del rociador contra el sumidero de latón.
Me seco el cuerpo con una toalla áspera y me pongo la camisa blanca de vestir que Gael dejó doblada sobre el mármol del lavabo.
El algodón egipcio me queda desbocado en los hombros, las mangas me tapan las manos hasta la mitad de los dedos y el faldón me cae por los muslos desnudos, trayéndome su olor inconfundible: madera de cedro, jabón de afeitar y aceite de linaza.
Me recojo el pelo húmedo en lo alto de la cabeza con una pinza. Al correr la puerta del dormitorio, la penumbra del salón se despliega ante mí.
Son las dos de la madrugada de un martes.
La ciudad de Madrid duerme doce plantas por debajo de nosotros, convertida en un tapiz de lumbres anaranjadas que titilan tras los ventanales de la terraza acristalada.
Las bombillas de filamento sobre la isla de la cocina americana proyectan círculos cálidos de luz sobre el roble macizo.
Gael está de pie frente a la encimera, de espaldas a mí.
Se ha quitado la corbata y la americana de sastre.
Viste un pantalón negro sencillo y una camiseta oscura que le dibuja la anchura de la espalda y la línea en tensión de los hombros.
Su mano derecha, cortada por el cristal triturado en la Galería de los Espejos horas atrás, descansa extendida sobre el mármol, donde una gasa estéril manchada de povidona yodada resguarda el tajo abierto en la carne.
—Tendrías que haberme dejado darte un par de puntos en esa mano antes de meterte en la ducha —digo en voz baja, pisando descalza la tarima flotante.
Gael vuelve la cabeza con lentitud. Su semblante, que durante la recepción oficial en el palacete parecía esculpido en mármol frío, se destensa en la penumbra. Sus pupilas grises bajan despacio por la camisa blanca que llevo puesta, demorándose en mis piernas desnudas antes de regresar a mi boca.
—Un corte superficial de cristal no necesita sutura, Valeria —responde con la voz tomada por el cansancio y el tabaco de la galería—. Además, no quería cortarte la ducha caliente. Estabas tiritando de frío cuando nos subimos al coche.
Empuja una tabla de madera rústica hacia mi lado.
Sobre la tabla descansan varias rebanadas gruesas de pan de centeno artesano, un cuenco de barro con aceite de oliva virgen extra de la sierra de Jaén y un pellizco de sal gorda marina. Al lado, dos vasos chatos de cristal pesado y una botella de agua mineral fría.
—Come algo —dice, acercándome una de las banquetas altas de forja—. Te has tirado seis horas en ese salón sin llevarte a la boca ni un solo canapé de caviar de la Cofradía.
Me subo a la banqueta, recogiéndome el faldón de la camisa bajo las piernas.
Mojo un trozo de pan en el aceite denso y verdoso, echándole tres granos de sal a la corteza crujiente antes de morder. El sabor es humilde, rotundo y primitivo, un abismo frente a la sofisticación hueca de los banquetes financieros de la calle de Velázquez.
Gael apoya los antebrazos en la encimera, al otro lado de la isla, mirándome masticar. No prueba bocado; se limita a llenar los dos vasos con agua con gas y empuja uno hacia mis dedos.
—Mateo confirmó la recepción del clonado del token del juez Valdivia hace veinte minutos —comento, bajando la vista hacia el metal oscuro de la sortija de hierro que me deslizó en el anular izquierdo antes de salir de la galería.
El hierro frío ya ha cogido el calor de mi propia piel—.
Soraya está cotejando las claves alfanuméricas con la llave maestra que sacamos del búnker de don Rodrigo en la sierra.
Dice que el sistema de seguridad de la clausura de Toledo dará por buena la orden de traslado sanitario a las ocho en punto de la mañana.
Gael asiente despacio con la cabeza, tamborileando con los dedos de la mano izquierda sobre el mármol.
—El Convento de San Clemente solo cuenta con tres vigilantes jurados en la cancela exterior durante el día —explica con la precisión milimétrica que no le abandona jamás al calcular rutas y contingencias—.
Pertenecen a una contrata de la fundación benéfica de los De la Vega, no a la guardia armada de Beltrán.
Cuando presente la orden de excarcelación suscrita por el juez con la firma digital de la Audiencia Provincial, no pondrán pegas.
Dejarán salir la ambulancia con Clara y la sanitaria sin que salte ninguna alarma en la sede central.
Bebo un trago largo de agua mineral helada. La garganta irritada por el polvo del archivo agradece el golpe fresco.
—¿Y después de Toledo? —inquiero, clavando los ojos en sus pupilas grises bajo el reflejo de la lámpara—. ¿Qué pasa cuando tu padre descubra que el búnker de Guadarrama está limpio y que la chelista ya no está en la celda?
Gael inclina el cuerpo hacia delante. El espacio entre nuestros rostros se acorta a unos palmos sobre la encimera de madera.
—Cuando don Rodrigo se dé cuenta de la jugada, Clara estará cruzando la frontera rumbo a Oporto con pasaportes portugueses limpios que Mateo dejó listos la semana pasada —dice con un aplomo tajante, sin un ápice de duda—. Y tú irás con ella.
Alzo las cejas y dejo el vaso sobre la tabla del pan.
—Yo no me largo a Portugal sin ver arder el Códice, Gael. Eso lo acordamos en el taller de Lavapiés.
—Valeria, si mi padre sospecha medio segundo que eres la hija de Arturo Mendoza y que le has puesto la mano encima a los libros contables de la Cofradía, pondrá a media Policía Nacional y a todos los matones de Andalucía tras tu pista.
—No sabe quién soy. Nadie en la fiesta sospechó un carajo. Para ellos yo solo era la restauradora contratada por el comité técnico para revisar las iluminuras del quince.
—Mi hermano Beltrán sospecha de cualquiera que respire sin pedirle venia —replica Gael, bajando la voz hasta un susurro casi inaudible—.
Pero de Beltrán me encargo yo. La sala capitular de Santa Águeda tiene un único ángulo muerto en las cámaras térmicas, justo detrás del retablo de San Jerónimo.
Allí están alojados los servidores físicos del archivo financiero.
En cuanto la ambulancia de Toledo me confirme que Clara ha pasado el peaje de Talavera de la Reina, activo las cargas térmicas de magnesio que dejé embutidas en el zócalo de la sala de juntas.
Alarga la mano sana y me cubre los dedos sobre la tabla de roble. Su piel es ardiente, recia y protectora.
—El Códice y las cuentas bancarias arderán en menos de tres minutos —sentencia—. Nada de lo que mi padre levantó en treinta años quedará en pie tras esa pira.
Nos quedamos en silencio durante un buen rato, escuchando únicamente el compás de nuestras respiraciones y el zumbido distante de la climatización del edificio.
Me como otros dos trozos de pan con aceite. El apetito que no había sentido en días parece haber despertado de pronto, reflejo de una paliza física que empieza a doblarme los hombros y a cerrarme los párpados.
—A Clara le gusta la manzanilla fría con tres hojas de hierbabuena cuando se despierta sobresaltada —suelto de improviso, mirando la botella vacía.
Gael me observa con fijeza, sin desviar la mirada.
—¿Qué más? —pregunta con voz sosegada, como si quisiera grabarse cada detalle en la memoria.
—Odia tocar a Bach con guantes de lana, incluso en lo más crudo del invierno en Madrid.
Cuando teníamos diecisiete años y compartíamos una buhardilla cerca de la estación de Atocha, los radiadores reventaron a mitad de enero.
Se untaba aceite de almendras dulces en la yema de los dedos y tocaba la primera suite una y otra vez hasta que las cuerdas de tripa le calentaban la piel.
Decía que el frío hacía que la madera sonase más limpia, más pegada al dolor del mundo.
Un pliegue de pesadumbre le surca la frente a Gael al escuchar el recuerdo.
—No volverá a pasar frío, Valeria. Te doy mi palabra.
Termino el pan y aparto la tabla. El cansancio se convierte en una losa pesada que me vence la cabeza hacia abajo.
Bajo de la banqueta y camino hacia el sofá de cuero color coñac que preside el centro del salón, frente a las estanterías de roble repletas de tratados de mecánica de precisión, manuales de balística y calibres de relojería desmontados.
Me tumbo de costado sobre el cuero flexible, encogiendo las rodillas bajo la camisa blanca de algodón. Apoyo la cabeza en el cojín y cierro los ojos un instante.
Oigo los pasos descalzos de Gael aproximarse sobre la tarima. No se acuesta; se sienta en el borde del sofá, junto a mi cadera, y me acomoda la cabeza sobre su muslo derecho, pasándome sus dedos largos por el pelo todavía húmedo para despejármelo de la cara.
La caricia en mi frente tiene una delicadeza que jamás habría imaginado en las manos de un hombre que se ha tirado diez años ejecutando los encargos oscuros de don Rodrigo. Acomodo la mejilla en el paño de su pantalón, sintiendo el calor de su cuerpo traspasarme la piel agotada.
—Tienes que dormir al menos tres horas antes de poner rumbo a Toledo —susurra, bajando los dedos por la mandíbula hasta la curva de mi hombro.
—No pego ojo en condiciones desde la noche en que Clara desapareció de la pensión de Lavapiés —murmuro, con la voz pastosa por el sueño inminente—. Si cierro los ojos, me da miedo despertarme y darme cuenta de que todo esto ha sido una alucinación en el sótano del taller.
—No es ninguna alucinación —dice, posando la mano firme sobre mi nuca—. Estoy aquí contigo. Duerme, Valeria.
Jugueteo con el aro de la sortija de hierro en mi dedo durante unos segundos, notando la firmeza del metal forjado.
El ritmo de la respiración de Gael bajo mi coronilla actúa como un ancla en la negrura.
Poco a poco, el peso de los días se desvanece y me hundo en un sueño denso, limpio y sin pesadillas, el primero en tres semanas de calvario.
✦ ✦ ✦
La penumbra del salón permanece casi inalterada cuando Valeria entra en el tercer ciclo de sueño profundo.