La Penitencia del Cisne Capítulo 14 La galería de los espejos venecianos
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Capítulo 14 La galería de los espejos venecianos

La cerradura de forja encaja con dos chasquidos secos en la penumbra del piso noble.

Gael de la Vega me suelta despacio. Sus zapatos pisan la alfombra persa que recorre la Galería de los Espejos Venecianos, en la segunda planta del palacete de la calle de Velázquez.

La estancia es alargada, angosta, escoltada por doce espejos barrocos de cristal labrado del siglo dieciocho.

Las molduras doradas sostienen lunas renegridas por el mercurio oxidado, donde la lumbre ambarina que sube del patio interior a través de los ventanales en arco proyecta reflejos espectrales.

Abajo, amortiguada por la caoba maciza de las puertas dobles, la orquesta ataca una pieza de Albéniz para entretener a los magnates del consejo bancario.

Mi respiración sube en bocanadas cortas contra la seda de mi vestido negro.

—El token está clonado, Gael —digo, sacando el pequeño dispositivo de la limosnera y mostrándole el led verde fijo en la palma de mi mano izquierda—. Volcado al cien por cien. Mateo puede remitirle el archivo al equipo de Toledo ahora mismo.

Gael ni se digna a mirar el aparato.

Da un paso hacia mí; su sombra devora mi silueta contra el damasco burdeos de la pared. Su mano derecha desciende abierta a un costado: un hilo de sangre espesa gotea todavía de la palma herida por el vaso de whisky que trituró en el salón, manchando la alfombra con motas bermejas.

Le sujeto la mano con ambas palmas. Uso el dobladillo de mi falda de seda para retirarle la sangre fresca de la piel.

—Has perdido los estribos ahí abajo —le reprocho con voz áspera—. ¿Reventar un vaso de cristal delante de tu padre y de Beltrán por un puto vals?

Gael me alza la barbilla con la mano izquierda; sus dedos me aprietan la mandíbula con una urgencia febril. Sus pupilas grises arden en la penumbra como plomo fundido.

—Diez segundos más con la mano sudorosa de ese cerdo en tu cintura y arrojo al magistrado por el balcón de mármol delante de toda la corte de Madrid, Valeria. Me la suda mi padre. Me la suda la Cofradía. No soporto ver a otro tío poniéndote la mano encima.

El aire entre los dos se electriza como éter.

Le suelto la mano magullada. Me llevo los brazos a la nuca, desato la cinta de satén de mi antifaz de plata y me lo arranco de la cara. Arrojo el metal labrado al suelo con un chasquido sordo.

A continuación alzo las manos y busco el cuero de la máscara negra que Gael lleva pegada al rostro desde primera hora.

Mis dedos sueltan la hebilla lateral. Le retiro el cuero de los ojos, dejando al descubierto sus pómulos afeitados, el corte del labio inferior y las ojeras plomizas de extenuación que le cercan los párpados.

—Basta de caretas —susurro, contemplando cada pliegue de su semblante sin trinchera alguna—. Basta de Cisne y basta de Confesor. Mírame a la cara, Gael. Mira a quién estás tocando.

Saco el bisturí del número once de la cinturilla y le tiendo el mango de hueso.

Gael toma la hoja. Pero en vez de esgrimirla, la deposita sobre la consola de mármol negro que escolta el espejo central. El acero destella bajo la media luz y se queda quieto.

—Esta noche no hay armas entre nosotros, Valeria —dice, y su voz desciende a un murmullo denso que me retumba en el pecho.

Me conduce hacia el gran espejo veneciano del centro de la galería.

La luna envejecida por el mercurio nos devuelve la estampa entera de los dos: su traje oscuro desabrochado, sin pajarita y con el cerco de sangre en la palma; mi vestido de seda azabache ciñéndome la cadera, con la espalda desnuda hasta el límite de la falda.

Gael me rodea y se planta a mi espalda.

Sus manos se posan en mis hombros desnudos.

Inclina la cabeza despacio y planta la boca en la curvatura de mi nuca, justo donde Valdivia me había soltado su aliento alcoholizado durante el baile.

La lengua de Gael traza un reguero cálido y húmedo sobre mi piel, besando, lamiendo y mordiendo cada palmo que el juez osó rozar, como si pretendiera cauterizar cualquier rastro ajeno de mi carne.

Un latigazo me sacude los muslos. Arqueo la espalda contra su torso.

—Mira al espejo, Valeria —ordena en voz baja, con las manos descendiendo por mis costillas hasta encontrar el tirador de la cremallera—. No cierres los ojos.

Tira de la cremallera hacia abajo.

La seda negra se escurre por mis caderas con un roce sutil y se desploma sobre las tablas alrededor de mis tobillos. Me quedo completamente desnuda frente al espejo del dieciocho, iluminada únicamente por la claridad dorada que se cuela del patio.

Gael no se aparta. A través del cristal manchado de plata contemplo su rostro desprovisto de armadura: me mira con un apetito que roza la devoción mística; sus manos dibujan las curvas de mi cintura mientras se despoja de la americana ensangrentada y de la camisa de lana,

exhibiendo el torso surcado por la quemadura de Córdoba y el vendaje blanco del hombro izquierdo.

Pega su cuerpo desnudo contra el mío.

El choque de su piel ardiendo contra mi espalda me arranca un suspiro hondo. Apoyo las palmas en el cristal frío del espejo para aguantar el peso de mi cuerpo mientras Gael se encaja tras de mí.

Con una sola embestida rotunda me penetra por detrás, de pie contra la consola de mármol.

La plenitud de la embestida es demoledora.

Clavo las uñas en el cristal del espejo, sintiendo el chispazo térmico entre la frialdad de la luna de mercurio y el fuego líquido que me anega las entrañas.

Nuestras miradas se cruzan en el reflejo.

No hay trampas, no hay acuerdos, no hay coacciones: somos dos animales heridos que han encontrado en la carne del otro el único cobijo seguro en mitad del estercolero de Madrid.

Gael marca un compás hondo, lento e inmisericorde.

A cada envite contra mis caderas, la araña de cristal del techo tiembla con un tintineo quedo, y mis gemidos ahogados mueren contra la superficie pulida del espejo.

Me pasa la mano derecha ensangrentada por el vientre, dejando una marca bermeja de sudor y sangre sobre mi piel blanca, mientras su boca me busca la sien por encima del hombro.

—Eres lo único limpio que queda en este caserón maldito, Valeria —gruñe contra mi oreja, rozándome la piel con los dientes—. Eres la única verdad que me queda.

Sus palabras terminan de reventar mi última defensa.

Giro el cuello hacia atrás y busco sus labios en un beso salvaje, sediento, donde se agota el aliento y la realidad se borra por completo.

Mis caderas embisten a las suyas con una avidez ciega, acelerando el choque hasta que una marea colosal de fuego estalla en la base de mi columna, partiéndome la respiración en un orgasmo fulminante que me hace flaquear las rodillas.

Gael acompaña mi caída con un bramido ronco, vaciando toda su fuerza dentro de mí mientras me aferra con firmeza a la consola para que no me desplome en la alfombra.

Permanecemos pegados al espejo veneciano durante largos minutos, con los cuerpos empapados de sudor en la penumbra, recobrando el pulso en silencio.

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Media hora más tarde, nos sentamos hombro con hombro en el peldaño de mármol oscuro que da paso al balcón de la galería.

Me he echado la chaqueta del esmoquin de Gael sobre los hombros desnudos para protegerme del relente, y Gael solo lleva el pantalón del traje, con el pecho desnudo iluminado por la lumbre de las antorchas del patio.

Rescata un paquete arrugado de tabaco negro del bolsillo interior y enciende un pitillo con una cerilla de madera.

El humo azulado del tabaco sube en lentas espirales en el aire gélido de la galería y nos turnamos la calada sin cruzar una sola palabra.

Echo el humo por la nariz y suelto una risotada baja, apoyando la coronilla en el hombro sano de Gael:

—Daría dinero por verle la cara a Valdivia cuando se despierte roncando en el butacón de los fumadores con la orquesta tocando el último compás.

Gael sonríe. Es la primera sonrisa franca y sosegada que le veo en la cara desde que nos cruzamos por primera vez.

—Se tirará dos días jurando que le sentó mal la ginebra con tal de no admitir que una restauradora de cuadros le ha levantado la cartera en sus narices.

Apaga la colilla en un cenicero de bronce del peldaño.

A continuación, Gael se lleva la mano izquierda al cuello. Por debajo de la clavícula rescata una cadena fina de acero de la que pende un anillo de hierro tosco labrado a martillo, sin pedrería ni filigranas.

Me toma la mano izquierda. Con un ademán solemne y pausado, desliza la sortija de hierro en mi dedo anular, donde ajusta a la perfección sobre la piel manchada de aguarrás.

—Perteneció a mi madre en Córdoba —dice, con sus ojos grises fijos en los míos—. Es lo único que se salvó del incendio. Mañana a las ocho sacamos a tu hermana de ese convento en Toledo con el token de Valdivia. Después, yo mismo le prendo fuego a este palacete.

* * *