Capítulo 13 El vals del Cardenal
La araña de cristal de La Granja derrama una cascada de luz dorada sobre los cincuenta invitados enmascarados en el salón de baile del palacete De la Vega.
La orquesta de cámara situada en el entresuelo acomete los primeros compases de un vals de Shostakóvich.
El ambiente del palacete de la calle de Velázquez huele a cera inglesa, lirios blancos de importación y a los efluvios dulzones de los perfumes franceses de las esposas de ministros y banqueros.
Todos visten terciopelo, raso y máscaras venecianas labradas a mano.
El parqué de roble cruje bajo mis zapatos de charol y el rescoldo de la chimenea de mármol blanco me calienta la cara de manera seca.
Valeria Mendoza desciende los tres últimos peldaños de la escalinata principal a mi lado.
Lleva un vestido largo de seda negra azabache, de corte sobrio por delante y una espalda desbocada hasta el vértigo que deja al descubierto la línea entera de su columna hasta el nacedero de la cadera.
Sobre el rostro, el antifaz de filigrana de plata oxidada del Cisne le oculta la parte superior de los ojos, dejando a la vista solo los labios carnosos y la mandíbula firme.
En la mano izquierda sostiene una limosnera de satén negro donde descansa el clonador RFID de bolsillo que Soraya preparó esta misma tarde.
—Veinte minutos, Valeria —le susurro al oído antes de separarnos en mitad del salón—.
Esta es la primera mitad de la Quinta Penitencia.
Atraes a Valdivia, le sirves las gotas en la copa y clonas el token criptográfico del bolsillo de su chaleco.
Mi penitencia consistirá en permanecer al otro lado de esta sala viendo cómo ese viejo asqueroso te pone la mano encima sin partirle el cuello delante de todo el consejo.
Valeria alza la barbilla; sus ojos de color ámbar chispean tras la plata del antifaz:
—Procura no reventar las copas de cristal de la familia, Confesor. Sé torear a viejos verdes bastante mejor que tú.
Se aleja con una cadencia grácil, deslizándose entre corrillos de embajadores y magistrados hacia la mesa corrida donde reposan los cubos de champán.
Antes de que pueda dar tres pasos, un bastón con empuñadura de plata labrada con una cabeza de halcón me corta el paso.
Don Rodrigo de la Vega.
Mi padre tiene sesenta y seis años, el porte marcial de quien mandó guarniciones coloniales y unos ojos azules desvaídos que parecen dos témpanos bajo las cejas pobladas y canas.
Viste una levita de terciopelo azul marino y un antifaz de oro mate que le cubre la mitad superior del rostro.
A su lado, Beltrán se atusa el pañuelo de seda blanca de la solapa con tres toques nerviosos de los dedos mientras apura un gin-tonic.
—Gael —la voz de don Rodrigo es áspera, curtida en susurrar sentencias inapelables en los despachos de Madrid—. Me dicen que has bajado de la sierra del brazo de una mujer a la que nadie en el patronato conoce. Una especialista del Prado que gasta alhajas de subasta privada.
—La fundación contrata restauradores para sanear los fondos de la abadía, señor —respondo, adoptando ese tono gélido y formal que utilizo con él desde que tenía doce años—. La colección de estampas del diecisiete exige dictámenes periciales antes de la feria de Basilea.
Beltrán suelta una risita impertinente por la nariz:
—¡Dictámenes periciales, padre! Nuestro monje ahora discute de barniz y de temple con mujeres de espalda desnuda en los rincones oscuros.
Pero dime una cosa, hermanito: ¿dónde has pescado semejante hembra?
Por cómo pisa la tarima parece más una pantera patrullando su jaula que una ratona de biblioteca.
No respondo. Aparto los ojos de los dos y cruzo la mirada a través del salón dorado.
Valeria ya ha alcanzado la mesa de las bebidas.
A su vera, riéndose a mandíbula batiente con la papada bailándole sobre el cuello almidonado, se encuentra el juez Ignacio Valdivia.
Porta la máscara del Cardenal, dorada y recamada en arabescos carmesíes, y un frac de gala con chaleco de raso granate.
Su mano derecha, chata y sudorosa, se apoya en el tablero de mármol; en el meñique destella el sello de oro macizo con el rubí en tabla que firmó la ruina de mi familia y de la suya.
Valdivia le dice algo que hace que Valeria ladee la cabeza y sonría con una timidez milimétricamente ensayada.
Coge una copa de champán, se la ofrece al magistrado con la mano izquierda y, en un giro casi invisible de espaldas a la concurrencia, desliza la yema del índice por el borde del cristal, dejando caer dos gotas incoloras de midazolam concentrado en el vino espumoso.
Valdivia agarra la copa y se traga la mitad de un buche voraz.
A continuación, el juez alarga su mano rolliza y la planta con descaro en el centro de la espalda desnuda de Valeria, arrastrándola hacia el centro de la pista para el vals.
El aire se me congela en los pulmones.
La mano del tipo que archivó la desaparición de Clara recorre la piel tersa de la columna de Valeria, descendiendo dos dedos más allá de lo que tolera el protocolo más indulgente.
Sus dedos rechonchos rozan el hoyuelo de los lomos de ella mientras se incorporan a la rueda de baile al compás del cuarteto de cuerda.
Una oleada de rabia me sube por el gaznate como aguafuerte.
Un camarero con librea burdeos pasa junto a mí portando una bandeja de plata con vasos bajos de whisky de malta. Atrapo un vaso con la mano derecha. Aprieto los dedos alrededor del cristal tallado con tanta fuerza que los tendones del antebrazo se me marcan como cuerdas bajo el paño de la manga.
—Te noto tenso hoy, Gael —deja caer don Rodrigo con la mirada gélida clavada en la dirección de mis ojos—. Una mujer así es peligrosa para quien oficia de confesor de nuestra hermandad. Las mujeres hermosas atraen miradas. Y la curiosidad es el prólogo de la deslealtad.
—No me preocupa la deslealtad, señor —digo entre dientes, mientras observo cómo la mano de Valdivia le ciñe la cintura a Valeria en un giro del vals—. Me preocupa la eficacia de la guardia.
En mitad de la pista, el sedante empieza a hacer mella.
Valdivia pierde el paso. Sus ojos porcinos pestañean, pesados, y un sudor graso le perla las sienes despejadas. Intenta aferrarse al hombro de Valeria, soltando una risotada torpe para disimular el mareo súbito.
Valeria conduce al magistrado con un pulso quirúrgico fuera del corro de baile, enfilando el pasillo reservado que conduce a la sala de fumadores y al despacho anexo.
Al cruzar el cortinón de terciopelo que aísla el vano, Valdivia apoya la espalda en el entelado, con los párpados casi cerrados por la modorra química.
Valeria se le arrima como si sostuviera a un caballero con unas copas de más: le pasa el brazo derecho por la espalda y, con la mano izquierda libre, mete los dedos con la ligereza de una carterista experta en el bolsillo interior del chaleco de raso del juez.
La minúscula pantalla del clonador RFID en la palma de su mano parpadea con un led verde.
Copiado al cien por cien. El código del token criptográfico de San Clemente está almacenado en la memoria del aparato.
Valeria empuja con suavidad a Valdivia hacia un orejero de terciopelo en la esquina de la sala. El magistrado se desparrama sobre el tapizado y suelta un ronquido cavernoso, con la cabeza ladeada sobre el hombro, completamente anestesiado.
Pero antes de soltarlo, la mano fofa de Valdivia se alza en un último espasmo reflejo y le aprieta la barbilla a Valeria, atrayéndole la cara hacia sus labios babosos.
La visión de esa boca decrépita rozándole casi la mejilla me revienta el último resorte de autocontrol.
La presión de mi puño derecho tritura el vaso de whisky.
El cristal grueso de La Granja cruje y estalla en tres pedazos dentro de mi mano. El líquido dorado me chorrea por los dedos, teñido por un reguero bermejo de mi propia sangre que mana de un tajo en el talón de la palma.
Beltrán mira los cascotes en mi puño y se le escapa una sonrisa ponzoñosa:
—Fíjate, padre... El monje sangra cuando le tocan a la novicia.
Suelto los pedazos de cristal roto sobre la bandeja del camarote atónito.
No les dedico una sola palabra ni a Beltrán ni a don Rodrigo. Le doy la espalda al patriarca de los De la Vega en mitad de su propio salón de baile y cruzo la estancia a zancadas depredadoras hacia el ala este.
Valeria sale de la sala de fumadores con la limosnera cerrada y el testigo verde oculto bajo el satén. Justo cuando empuja la puerta de servicio que da a la escalera de la Galería de los Espejos Venecianos, le caigo encima.
Mi mano derecha —ardiente y manchada por la sangre del cristal roto— se cierra en su cintura desnuda con una garra implacable.
Levanto a Valeria en volandas de un solo tirón. Suelta un jadeo sordo de asombro, pero no grita. Me la llevo escaleras arriba por el tiro en penumbra hasta el rellano superior, empujo la puerta maciza de roble y echo la tranca por dentro con dos vueltas de la llave de forja.
Estamos solos en la Galería de los Espejos.
* * *