Capítulo 12 Lluvia sobre Toledo
El asfalto de la autovía A-42 corta la negrura de La Mancha como un trazo de grafito bajo el aguacero torrencial.
No cruzamos una sola palabra durante los setenta kilómetros que separan la sierra de Guadarrama de la vega del río Tajo.
Gael conduce con la mano derecha en el volante, mientras la carpeta de cartón parafinado con el informe de Clara y las facturas de Arturo Mendoza reposa sobre mi regazo.
La fotografía de mi hermana viva en el claustro de San Clemente me quema a través del papel, pero el mazazo de descubrir la firma de mi padre vendiendo su alma a don Rodrigo por cuatrocientos cincuenta mil euros me deja todavía un regusto a ceniza amarga en la lengua.
Y junto a todo eso, la foto de mí misma saliendo del Prado dos semanas antes del robo del Códice.
Entramos en Toledo por el puente de San Martín a las dos de la madrugada.
Los torreones medievales de granito emergen entre los relámpagos como las tapias de un cementerio vetusto.
Gael esquiva el casco histórico y mete el cupé en el aparcamiento de zahorra de una pensión discreta de dos plantas encaramada al barranco del río, el Hostal del Tajo.
Subimos a la habitación número cuatro por una escalera exterior de hierro forjado.
El cuarto es angosto, de paredes enjalbegadas, suelo de baldosas hidráulicas y una ventana de cuarterones de madera que se asoma directo al desfiladero oscuro del Tajo.
Una cama de matrimonio con cabecero de forja, una mesa de formica amarilla y una butaca tapizada en escai marrón completan el ajuar.
Gael echa el cerrojo interior de la puerta, deja la pistola sobre la mesa y empieza a quitarse el abrigo empapado.
Yo planto la fotografía del Museo del Prado en el centro de la formica.
—Me estabas vigilando antes de que Clara desapareciese —suelto.
La voz no me tiembla. Me sale rasa, seca, acerada por la furia que he contenido durante toda la bajada de la sierra—.
Sabías dónde compraba el disolvente, sabías que era la hija de Arturo y me dejaste entrar en aquel confesionario haciéndome creer que había pillado por sorpresa al gran Confesor de Santa Águeda. ¿Por qué, Gael?
Gael cuelga el abrigo en el respaldo de la silla. La costra del labio inferior se le ve renegrida y el apósito del hombro izquierdo muestra una aureola sonrosada de sangre fresca donde los puntos le han tirado durante la persecución en el laberinto.
Se apoya en el borde de la mesa y me sostiene la mirada sin pestañear.
—Porque mi hermano Beltrán mandó a dos sicarios a apostarse en la calle del Amparo al día siguiente de secuestrar a Clara —responde, midiendo cada palabra como una carga de pólvora—.
Beltrán sabía que Arturo Mendoza tenía una hija restauradora con mano para los manuscritos del diecisiete.
Tenía pensado amañar un suicidio por inhalación de gas butano en tu taller para eliminar cualquier cabo suelto antes de la Gran Vigilia.
—¿Y tú decidiste salvarme por pura caridad cristiana? —ironizo, dando un paso hacia él.
—Yo no tengo caridad con nadie, Valeria.
Empecé a monitorizarte para impedir que mi hermano liquidase a la única testigo viva que podía servirme para derribar a don Rodrigo.
Pero cuando asaltaste la abadía aquella primera noche con el antifaz del Cisne y me pusiste un bisturí en la carótida, me di cuenta de que no eras una víctima indefensa.
Eras la única persona en este puto país con el cuajo necesario para ayudarme a mandar a tomar por saco a toda la dinastía.
Si te llego a decir que ya sabía quién eras, habrías salido corriendo a la policía o habrías intentado degollarme allí mismo.
Necesitaba amarrarte al contrato hasta tener las pruebas en la mano.
El silencio cae sobre el cuarto mientras el chaparrón azota el cristal.
Miro al hombre que tengo delante. No hay excusas melosas, no hay promesas vacías. Solo queda el cálculo descarnado de dos supervivientes que han tenido que tragar veneno para no ser devorados vivos.
La rabia no se me apaga del pecho, pero la niebla se disipa. La verdad es de plomo: mi padre no era ningún mártir impoluto y Gael no es ningún caballero andante. Somos dos bastardos huérfanos intentando arrancar a una muchacha viva del fondo de un pozo de escorpiones.
Una tiritona helada me sacude las piernas. La falda empapada y el jersey aún guardan la humedad gélida de la sierra.
Gael se mete en el diminuto cuarto de baño y regresa con una toalla blanca, gruesa y áspera.
Se para frente a mí. Con las dos manos, me envuelve la cabeza con el rizo de la toalla y empieza a frotarme el pelo con lentitud. Es un movimiento paciente, cuidadoso con la tensión de mis hombros, una ternura silenciosa que resulta extraña en unas manos curtidas en empuñar armas.
—Siéntate en la cama —murmura.
Me siento en el borde del colchón. Dejo que me frote los mechones mojados, aliviándome el peso del agua en la nuca.
Después, Gael se acerca al hornillo eléctrico de dos fuegos del rincón.
Saca un cazo de peltre, vierte caldo de cocido de un termo metálico, añade unas rebanadas finas de pan rústico candeal del día anterior, dos dientes de ajo machacados con la hoja del cuchillo y una cucharada colmada de pimentón dulce de La Vera.
En diez minutos, el aroma reconfortante del ajo frito y el aceite de oliva hirviendo inunda la habitación.
Sirve la sopa castellana en dos cuencos hondos de loza y me pone uno en las manos junto a una cuchara de estaño.
El cuenco me calienta las yemas de los dedos a través del barro y lo sujeto con ambas palmas para dejar que el calor me penetre en los huesos.
Comemos en silencio. La sopa está hirviendo, en su punto exacto de sal, y me baja por la garganta como un bálsamo que me descongela las entrañas.
—¿Cuál es el plan para sacar a Clara de San Clemente? —pregunto, posando el cuenco vacío sobre la mesa de formica.
Gael arrastra la butaca de escai junto a la cama y despliega un croquis de la provincia de Toledo en la pantalla del móvil.
—San Clemente se alza a cuatro kilómetros de aquí, coronando el cerro de San Servando.
Las murallas exteriores miden seis metros de altura y la única entrada rodada cuenta con una barrera electrónica de doble validación biométrica.
El director de la clínica no le abre la verja ni a la Guardia Civil sin el visto bueno telemático del juzgado.
—¿Y cómo conseguimos ese código?
—En el bolsillo del juez Ignacio Valdivia.
El magistrado lleva encima un token criptográfico en forma de llavero que genera una clave numérica de seis dígitos cada sesenta segundos.
Con ese token, Mateo puede clonar la señal del portón de emergencias en medio minuto y desarmar los sensores de contención psiquiátrica sin que salte la alarma central.
—¿Y dónde va a estar Valdivia?
—Esta noche, a las nueve, en el palacete De la Vega de la calle de Velázquez, en Madrid.
Don Rodrigo celebra el Banquete de los Pecados Capitales para conmemorar los cuarenta años de la fundación.
Valdivia es el invitado de honor. Estará allí con el antifaz del Cardenal y el token en el bolsillo del chaleco.
Examino el croquis. Los engranajes de la trampa encajan con precisión matemática.
—Así que regresamos a Madrid esta misma tarde —digo, alzando la barbilla.
—Salimos a las dos —confirma Gael—. Mateo ya te ha conseguido un vestido de gala nuevo y un antifaz para la fiesta.
Entrarás en el salón como mi acompañante oficial.
Tu cometido será sacarle el token del chaleco a Valdivia durante el baile mientras yo entretengo a don Rodrigo y a Beltrán en la mesa presidencial.
Se levanta de la butaca, comprueba el pestillo de la ventana y se echa boca arriba sobre la colcha, a mi lado, dejando la pistola al alcance de la mano derecha.
—Duerme cuatro horas, Valeria. A partir de las ocho de la tarde no habrá margen para el error.
Observo al hombre tendido junto a mí. Cierra los párpados y su respiración se acompasa en un ritmo hondo y regular en cuestión de minutos.
Camino hacia el ventanuco de madera y contemplo la lluvia deslizarse por el cristal sobre las aguas sombrías del Tajo.
Allá abajo se extiende la ciudad donde me crie huérfana, donde mi padre me enseñó a mezclar polvo de cobre y óxido de hierro para simular el paso de los siglos.
Por primera vez desde que tenía dieciséis años, me doy cuenta de que no le estoy mintiendo al hombre que duerme en mi misma habitación.
Y esa verdad tan desnuda me asusta bastante más que cualquier bisturí.
* * *