Capítulo 11 El búnker de Santa Águeda #2
El historial clínico recoge el falso diagnóstico de «brote psicótico agudo con amnesia disociativa», firmado por el director del centro y amparado por un auto de internamiento cautelar reservado del juez Ignacio Valdivia.
—Está viva —susurra Valeria, y las lágrimas le desbordan por fin los ojos, resbalando sobre las mejillas manchadas de hollín y polvo—. Clara está viva, Gael...
—Te dije que estaba viva —respondo, sintiendo cómo me quito un peso de mil quintales de encima al ver la constancia física del expediente—.
Beltrán la tiene drogada en el segundo claustro de Toledo porque escuchó el reparto de los terrenos de Marbella con Valdivia la noche del concierto.
Con este auto judicial original y el pase de traslado que hay en este legajo, podemos entrar en San Clemente por la puerta principal mañana antes de las doce.
Valeria aprieta la carpeta contra el pecho durante diez segundos interminables, cerrando los párpados como si pudiera abrazar a su hermana a través del papel.
Pero el instinto de la restauradora es implacable.
Al devolver la caja al anaquel, su mirada tropieza con el cajón inferior de hierro fundido, presidido por una chapa de latón grabada a buril: Arturo Mendoza // Encuadernación y Restauración // 2012–2015.
Valeria se queda de piedra.
—El nombre de mi padre —musita, y la voz se le extingue en un soplo.
—Valeria, ya tenemos lo que veníamos a buscar —le advierto, dando un paso para cerrar el cajón—. Subamos antes de que cambie la guardia en el bosque.
No me hace caso. De un tirón seco, extrae la gaveta metálica.
Dentro reposan tres tacos de recibos contables atados con cinta negra de faya y tres dictámenes periciales de autentificación de documentos antiguos expedidos por el Ministerio de Cultura.
Valeria desata la primera lazada.
La caligrafía inclinada, milimétrica e inequívoca de Arturo Mendoza salta bajo la luz de la linterna. Son justificantes pormenorizados de ingresos en efectivo que suman cuatrocientos cincuenta mil euros entre marzo de 2013 y noviembre de 2014, con la firma de su padre al pie:
He recibido de don Rodrigo de la Vega la cantidad arriba consignada por la reproducción química, envejecimiento en cámara de humo y estampado de sellos papales falsificados sobre tres cartas plomadas del siglo diecisiete pertenecientes a los fondos de Santa Águeda.
Valeria repasa el texto dos veces. Tres veces.
La sangre se le retira de la cara hasta dejarla del color ceniciento de la caliza del búnker. Le tiemblan tanto las manos que el papel crepita en el silencio sepulcral de la cámara.
—No... —balbucea, con las pupilas clavadas en la tinta ferrogálica que ella misma aprendió a fabricar en el obrador de Toledo—. Mi padre decía que la fundación le había arruinado el taller por un impago de alquiler... Juró que jamás se había pringado las manos en una falsificación en toda su vida...
—Arturo Mendoza estuvo a sueldo de mi padre durante dos años —digo, soltando la verdad como plomo derretido, sin adornos ni paños calientes—.
Falsificó las escrituras de propiedad de los montes de Guadarrama que la fundación utiliza para evadir impuestos.
Cuando tu padre quiso duplicar su mordida amenazando con llevar las matrices a la fiscalía en 2015, don Rodrigo movió sus contactos en la banca, ejecutó las letras del taller y mandó reventarle las prensas.
El infarto fue el precio de meterse a jugar con mi familia.
Valeria suelta los recibos sobre la balda como si el papel ardiera.
El desengaño que asoma a sus ojos es más cortante que cualquier hoja de bisturí. La imagen del padre modelo, del artesano intachable al que llevaba doce años intentando vengar y proteger, se desmorona frente a tres firmas en tinta china.
Da un paso atrás, apoyando la espalda contra el montante de hierro.
Y al recular, su mano roza una carpeta fina de tafilete castaño que descansa junto al legajo de Arturo Mendoza. Una carpeta reciente, rotulada de mi puño y letra: V. MENDOZA // SEGUIMIENTO MADRID.
Valeria abre la carpeta con un ademán brusco.
Dentro hay una fotografía de alta resolución de ella misma saliendo por la puerta de servicio del Museo del Prado, vestida con la bata azul de restauradora y cargando con una carpeta de dibujos.
La fecha impresa al pie de la imagen es del cuatro de octubre de 2026.
Dos semanas enteras antes de que Clara desapareciese en la abadía. Tres semanas antes de que Valeria robase el antifaz del Cisne de Plata y se metiese en mi confesionario.
Junto a la foto, una copia de la partida de nacimiento de Valeria, el plano catastral de la nave de la calle del Amparo y una factura de compra de disolventes en la tienda de bellas artes de Lavapiés pagada con mi propia tarjeta corporativa.
Valeria alza la fotografía y la planta bajo el foco de la linterna; sus ojos de color ámbar se clavan en los míos con una furia helada que me paraliza los pulmones:
—Tú ya lo sabías —suelta, y cada palabra cae como una gota de ácido sobre la piedra—.
Sabías mi nombre, dónde vivía, quién era mi padre y qué restauraba en el Prado dos semanas antes de que yo pusiera un pie en esta sierra.
Me dejaste creer que llevaba la iniciativa de la infiltración para usarme de cebo contra tu hermano.
* * *