Parte II — Gael
Alzo la mirada, postrado de rodillas sobre el mármol del altar donde mi padre ofició de tirano durante cuarenta años.
La luz cenital que se cuela por los altos ventanales envuelve el cuerpo de Valeria en un resplandor dorado. Ya no es la restauradora acorralada que asaltó este salón temblando de rabia y de frío con un antifaz robado; es una reina absoluta, dueña de su destino y de cada fibra de mi carne.
Con ademanes pausados y solemnes, Valeria se desabrocha la cazadora de lana y la deja caer a sus pies sobre el estrado.
A continuación se saca el jersey negro por la cabeza.
Su melena oscura cae en cascadas onduladas sobre su espalda desnuda, encendiéndose con reflejos castaños y cobrizos bajo la claridad matinal.
Se sienta en el borde de la mesa de caoba, se desabrocha los vaqueros y empuja la tela piernas abajo hasta quedar enteramente desnuda frente a mí, sobre la madera que en otro tiempo sirvió de peana a los verdugos de mi familia.
Su piel es de una blancura deslumbrante, salpicada únicamente por las pecas menudas de los hombros y ese rubor sonrosado que el deseo le hace subir por el escote hasta la mandíbula.
—Gael... —murmura, entreabriendo los muslos frente a mis ojos.
El aire se me corta en los pulmones ante la estampa más sacrílega y pura que este templo ha presenciado en cuatro siglos de historia.
Apoyo ambas manos en sus muslos tibios, notando el temblor suave de su carne bajo mis palmas. Inclino la cabeza hacia delante y poso los labios en la cara interna de su muslo izquierdo, besándole la piel satinada con una devoción pausada, reverente y hambrienta.
Valeria deja escapar un gemido hondo que reverbera en las nervaduras del techo. Sus dedos se hunden en mi pelo, guiando mi boca hacia su centro.
Subo los labios por la linde de sus ingles, alcanzando su calor húmedo y limpio que ya destella bajo el sol.
Cuando mi lengua saborea su carne por primera vez sobre aquel altar barroco, Valeria echa la espalda hacia atrás, clavando los talones en la caoba y soltando un quejido ronco y descarado que revienta para siempre el silencio funerario de esta iglesia.
No hay prisas. No hay trampas.
Oficio con la paciencia de quien ajusta el escape de un cronómetro de marina, valiéndome de labios y lengua para arrastrar a Valeria a ese estado febril donde la realidad se suspende.
Sus caderas buscan mi boca a compás, con las manos apretándome los trapecios con fuerza mientras el sol de la mañana nos templa la piel enlazada.
—Por favor, Gael... —suplica en un suspiro entrecortado, con el cuerpo al borde del abismo—. Sube aquí... Ahora...
Me incorporo de un movimiento ágil.
Me arranco la camisa por la cabeza y me despojo de los pantalones, dejando las prendas sobre las gradas de mármol.
Le sujeto las caderas con ambas manos, alzando su cuerpo ligeramente sobre el canto de caoba. Sus ojos se clavan en los míos con una pasión desnuda e implacable, dos pupilas anegadas de deseo que me reciben sin reservas.
Me hundo en ella despacio, sintiendo cómo cada milímetro de su interior estrecho y ardiente me acoge como un guante de seda tibia.
Un gemido unísono se nos escapa de la garganta cuando nuestras caderas chocan bajo el baño dorado de los vitrales. La sacudida eléctrica del contacto me paraliza el aire en el pecho. Ella es mi casa, mi redención, la única verdad en pie después de que el fuego calcinase todo lo que detestaba.
Empiezo a moverme en su fondo con un compás hondo, firme y constante.
A cada envite sobre el altar de caoba, el chasquido de nuestros cuerpos enlazados retumba libre por la nave desierta. Valeria me ciñe las piernas a la cintura, pegando sus senos desnudos a mi pecho sudoroso, buscándome la boca con un hambre voraz que se bebe el aire que nos rodea.
Le beso los labios, le beso el cuello bañado por el sol, le beso la cicatriz sonrosada en los nudillos que me atenazan la espalda con fiereza.
—Te quiero, Valeria —le digo contra la boca, y las palabras brotan por primera vez con la rotundidad de una verdad esculpida en roca.
Los ojos de Valeria se arrasan en lágrimas doradas por el sol, y una sonrisa plena le ilumina la cara:
—Te quiero, mi Confesor.
El compás de la embestida se acelera en una espiral desbocada de fricción y fuego.
El orgasmo me estalla en la médula en el mismo segundo en que siento las contracciones espasmódicas y violentas de Valeria atraparme las entrañas, arrancándole un grito de gozo puro que asciende hacia la bóveda gótica como un himno de triunfo al mediodía.
Me vacío entero dentro de ella con un bramido ahogado en su nuca, sujetándola contra mi pecho hasta que el último latido se apacigua en el calor de la nave.
Permanecemos abrazados sobre el altar durante largos minutos, con los pechos acompasados bajo los rayos de sol, escuchando únicamente la inmensidad de la cumbre y el aleteo distante de dos palomas en el campanil.
Nos separamos con calma, ayudándonos a vestir bajo la claridad que sigue anegando la estancia.
Valeria se calza los botines y se ajusta el jersey sobre las caderas.
A continuación rescata de su cazadora un objeto pequeño y pesado: el bisturí del número once con mango de hueso, la hoja de acero quirúrgico que la acompañó desde la primera noche en Lavapiés.
Junto al acero toma el pliego de las seis penitencias tachadas y el antifaz de plata con las plumas labradas del Cisne.
Camina hacia el centro del altar de caoba.
Con un golpe seco, vertical e inapelable, Valeria clava la punta del bisturí en la madera noble de la mesa litúrgica, atravesando el papel del contrato y fijando la máscara de plata para siempre al tablero.
La hoja cruje en la madera y se queda clavada, despidiendo destellos bajo la luz del sol.
Valeria se gira hacia mí, limpiándose un roce invisible en la palma de la mano izquierda contra el paño de su chaquetón.
Me tiende la mano con una sonrisa limpia en los labios.
Le tomo los dedos entre los míos, notando el tacto de la sortija de hierro de mi madre presionándome la piel.
Caminamos juntos por el pasillo central de la nave, dejando a nuestras espaldas el altar profanado por la luz y las cenizas de un pasado que no volverá a oscurecernos la vida.
Con ambas manos libres, empujo los pesados batientes de bronce de la abadía.
Las puertas se abren de par en par al horizonte limpio de la sierra de Guadarrama, y salimos caminando juntos bajo el sol frío y deslumbrante de la mañana.
* * *