La Penitencia del Cisne Capítulo 10 La cacería en la niebla
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Capítulo 10 La cacería en la niebla

El limpiaparabrisas del cupé negro barre el agua de la lluvia contra el marco de acero con un compás pesado.

La carretera de la sierra es una cinta oscura de asfalto que serpentea entre los pinares de la sierra de Guadarrama.

El termómetro exterior marca cuatro grados en el salpicadero digital.

A mi lado, Gael de la Vega conduce con la mano derecha apoyada en lo alto del volante, mientras su brazo izquierdo permanece inmóvil, sujeto por el vendaje compresivo que le crucé bajo la camisa de lana negra y el abrigo grueso.

Los seis puntos de sutura que le di en el hombro la madrugada pasada le tiran de la carne en cada curva cerrada de subida, pero no suelta una sola queja.

El climatizador del coche escupe un aire tibio que huele a tapicería vieja y café recalentado mientras contemplo cómo la bruma espesa trepa por el arcén.

En mi bolsa de lona descansan el antifaz de filigrana de plata del Cisne y el bisturí quirúrgico del número once, bien enfundado en su vaina de hueso.

—¿Don Rodrigo ya ha comenzado el rito en la nave principal? —pregunto, quebrando el silencio denso que se instaló en la cabina desde que dejamos atrás el peaje de la A-6.

—La vigilia de los viernes empieza puntualmente a medianoche —responde Gael con los ojos grises fijos en las curvas que devora la cerrazón blanca—.

Treinta miembros del consejo bancario y cuatro magistrados del Tribunal Supremo están encerrados ahí dentro con sus máscaras de oro.

Se tiran dos horas escuchando canto gregoriano y cuadrando los diezmos de la semana mientras los escoltas patrullan el muro perimetral.

—¿Y cómo coño entramos sin que salten las alarmas de la garita?

Gael reduce la marcha y mete el coche por una pista forestal secundaria de zahorra que culebrea tras una chopera centenaria.

Apaga las luces largas, dejando únicamente los antiniebla encendidos, y clava el vehículo junto a un postigo de hierro medieval embutido en el muro de sillería que cerca la trasera de la abadía.

—Mateo reprogramó las cámaras de este sector a las nueve de la noche —dice, tirando del freno de mano con un chasquido seco—. Tenemos una ventana ciega de cuarenta y cinco minutos entre la ronda de la cancela norte y la inspección de las perreras.

Nos bajamos del coche. El aire gélido de la sierra me corta la cara como una bofetada húmeda, despejándome cualquier rastro de modorra.

La niebla de Guadarrama no es una humareda sutil: es una mole blanca, densa, lechosa, que engulle las copas de los cipreses a cinco metros escasos y ahoga los ecos del bosque.

El olor a pino empapado, tierra mojada y musgo viejo lo satura todo.

Gael abre el postigo de hierro con un llavín largo y empuja la hoja herrumbrosa. Nos colamos en un patio interior en desuso que da acceso a los antiguos jardines tapiados de la abadía.

Cierra la reja a nuestras espaldas. Se gira hacia mí al amparo de la copa de un tejo descomunal.

Mete la mano derecha en el bolsillo interior del abrigo negro y extrae una pieza maciza de metal.

Es una llave maestra de plata oxidada, de casi quince centímetros de longitud, labrada con relieves góticos y paletones cuadrangulares asimétricos.

El metal despide una frialdad secular bajo el resplandor lechoso de la bruma.

—La llave maestra de la cripta subterránea de don Rodrigo —dice Gael, mostrándome la pieza ante los ojos—.

Abre la losa secreta bajo el altar de la capilla románica abandonada, al fondo de este dédalo.

Ahí dentro descansan los expedientes originales de Clara, las grabaciones que Valdivia intentó borrar y los recibos firmados por Arturo Mendoza.

Alargo la mano para coger el metal, pero Gael cierra el puño en torno a la llave y la guarda en el bolsillo izquierdo de su abrigo, justo del lado del hombro recién cosido.

Una media sonrisa afilada le curva la comisura del labio, donde aún se aprecia la costra oscura del corte.

—Poco a poco, falsificadora. En tu taller de Lavapiés me amarraste a un banco, me vendaste los ojos con lino crudo y dictaste las condiciones de la Tercera Penitencia hasta que te supliqué tu nombre. Hoy estás en mi terreno.

—¿Y cuál es la Cuarta Penitencia, Confesor? —inquiero, cruzándome de brazos para sujetar el estremecimiento que el viento helado me clava en los hombros.

—La cacería en la niebla —contesta, bajando la voz a ese tono pausado de depredador que me enciende la sangre en las venas—.

De aquí a la entrada de la capilla románica median trescientos metros de laberinto de tejos, cipreses y esculturas barrocas.

Te concedo cinco minutos exactos de ventaja.

Si tocas la reja de hierro de la capilla antes de que te dé alcance, la llave es tuya y reventamos la caja fuerte juntos sin condiciones.

—¿Y si me atrapas antes?

Gael da un paso al frente, acortando la distancia entre los dos hasta que su pecho roza el mío y el calor de su cuerpo traspasa el paño mojado de la lana.

—Si te cazo antes de que pongas un pie en la capilla, Valeria, cobraré mi apuesta sobre la losa fría del altar abandonado exactamente como me dé la gana. Y esta vez no tendrás una corbata de seda para atarme las manos.

Le sostengo la mirada a través de la cerrazón. El desafío chisporrotea entre nosotros como un reguero de pólvora.

—Pues empieza a mirar el cronómetro de ese reloj de acero, Gael.

Me agacho con rapidez en la hierba mojada.

Me descalzo los tacones de aguja, ato las tiras de cuero y me cuelgo los zapatos de la trabilla de mi cinturón de lona.

Me meto el antifaz de plata en el bolsillo del abrigo y piso descalza sobre la zahorra helada.

El choque de la tierra fría y las hojas caídas contra la planta de mis pies me despierta cada terminación nerviosa del cuerpo.

Gael se remanga el puño izquierdo del abrigo y consulta la esfera metálica de su reloj:

—Las diez y cuarenta y cinco minutos. Tu tiempo corre ya.

No espero a que pronuncie una sola sílaba más. Giro sobre los talones y salgo disparada hacia la cortina blanca de la niebla.

El laberinto de Santa Águeda es una trampa vegetal alzada en el siglo diecisiete.

Los setos de tejo superan los dos metros y medio de altura, recortados en ángulos rectos que forman pasillos estrechos tapizados de musgo.

Cada cinco pasos, la bruma clausura la perspectiva, convirtiendo el sendero en un túnel plomizo donde tallas de santos decapitados y ángeles mutilados brotan de pronto como centinelas de piedra.

Corro con zancadas sordas sobre el lecho de hojas podridas. El barro helado me salpica entre los dedos de los pies, pero el chute de adrenalina me calcina el pecho como una caldera.

Sé de sobra que no puedo ganarle a Gael de la Vega en una carrera frontal de pura zancada.

Sus piernas son más largas, sus pulmones están hechos al acoso y conoce cada recoveco de este bosque desde que era un crío.

Si pretendo limitarme a esprintar en línea recta, me cortará el paso en la avenida central en menos de cuatro minutos.

Para despistar a un cazador curtido hay que obligarle a seguir el rastro falso.

Alcanzo una bifurcación donde una talla de San Sebastián acribillado por flechas de hierro se alza sobre un pedestal de mármol carcomido.

Me desato el fular de seda negra que me abrigaba el cuello, enredo la tela en una rama baja de ciprés a la entrada del corredor derecho y quiebro un vástago tierno con las dos manos, dejándolo crujido en el suelo con la punta orientada hacia el pozo ciego en desuso.

Acto seguido, viro a la izquierda. Me pego al seto de tejos, aprovechando la sombra tupida del ramaje para deslizarme en el más absoluto mutismo rumbo al norte.

La campana de la torre de la abadía tañe tres cuartos para las once.

Cinco minutos justos.

A mi espalda, a unos ochenta metros entre la niebla, retumba el crujido seco de unas suelas de combate triturando ramaje sobre el cascajo.

Gael ha entrado en el laberinto.

No corre a lo loco como un perseguidor novato. Sus pasos tienen una cadencia pausada, rítmica, la marcha implacable de quien rastrea a una pieza herida a sabiendas de que la cerca no tiene salidas.

—Huelo la trementina y la resina en tus dedos desde aquí, cisne pequeño —su voz retumba en la bruma.

La acústica de la piedra distorsiona el eco: parece llegar de la derecha, luego desde lo alto, rebotando en las tapias rezumantes de humedad—.

Puedes correr todo lo que quieras, Valeria.

Pero esta sierra me pertenece desde que tenía doce años.

Contengo la respiración. Apoyo la espalda contra el torso frío de una escultura de mármol y me quedo quieta como un muerto.

Oigo sus pasos avanzar hacia la vereda donde dejé el fular de seda. La rama quebrada cruje bajo su bota. Se detiene tres segundos. Sé al milímetro lo que está haciendo: examinando la fibra del tejido, sopesando la dirección del cebo.

Aprovecho su pausa y me muevo como una sombra.

Salgo del laberinto de tejos y desembarco en la avenida despejada de los cipreses imperiales.

La capilla románica abandonada surge a cincuenta metros escasos, recortándose contra la bruma como una fortaleza de sillar del doce.

La cancela de hierro forjado del pórtico está cerrada con una cadena holgada, pero no lleva candado.

La victoria está al alcance de mi mano.

Salgo disparada por la avenida. La hierba alta y mojada me azota las pantorrillas mientras aprieto el paso; los pulmones me arden con el aire congelado de Guadarrama. Cuarenta metros. Treinta metros. Veinte metros.

Un rumor veloz de zancadas pesadas desgarra la niebla en mi diagonal derecha.

Gael no se ha tragado el anzuelo del pozo.

Ha descubierto la trampa del fular en diez segundos y ha atajado campo a través por la linde del huerto viejo.

Su silueta corpulenta rompe la cortina blanca como un rayo oscuro; el abrigo negro aletea a su espalda mientras devora el terreno con una zancada espeluznante.

Lo tengo a diez pasos. A ocho pasos.

A tres metros de la escalinata de mármol de la capilla, cuando estiro el brazo izquierdo para aferrar el barrote de hierro de la verja, el brazo derecho de Gael me rodea la cintura con la fuerza de un cable de acero.

El impacto me vacía los pulmones de golpe.

Me frena hacia atrás con una sacudida firme, pero cuidando de que no me parta la cabeza contra el sillar.

Nuestros cuerpos se traban y ruedan juntos sobre el manto denso de hojarasca y musgo húmedo, dando dos vueltas por el talud antes de frenar en seco contra la basa de la columna románica del atrio.

Gael cae encima de mí.

El peso rotundo de su cuerpo me inmoviliza las piernas contra la tierra empapada. Con un movimiento seco de su mano derecha ilesa, me clava las dos muñecas sobre la cabeza contra la losa de granito helado del pórtico, mientras su rodilla se encaja con firmeza entre mis muslos.

Su respiración jadeante me quema el cuello, convertida en vaho blanco en la niebla espesa de la sierra. El corte de su labio inferior se tensa en una sonrisa triunfal, hambrienta e implacable.

—Cinco minutos y doce segundos —resuella contra mi piel, con el pecho agitado subiendo y bajando contra el mío—. Has perdido la carrera, Valeria.

Le clavo la mirada en sus ojos grises. No hay un solo gramo de pánico en mi cara. Solo la misma sonrisa afilada que aprendí en el taller de mi padre en Toledo.

Durante las vueltas de la caída en la hojarasca, cuando nuestros cuerpos chocaron en el lodo, mi mano izquierda libre no intentó empujarle el torso.

Se deslizó con la pericia de dos dedos adiestrados para despegar grabados incunables por la abertura del abrigo de Gael, directa a la ranura del bolsillo interior izquierdo.

Alzo la mano izquierda, esa que él creía atrapada bajo su costado.

Entre mis dedos llenos de tierra y musgo, la pesada llave maestra de plata oxidada gira en el aire con un tintineo metálico y limpio bajo la niebla.

—Puede que haya perdido la carrera, Confesor —susurro, desafiando su boca a dos centímetros de la mía—. Pero la llave del búnker ya está en mi mano.

* * *