Capítulo 9 Aceite de linaza y oración #2
—Dilo otra vez —murmura, apoyando su frente contra mi venda de lino—. Di mi nombre como si fuera la única tabla a la que agarrarte en mitad de la tormenta.
—Valeria —susurro, y las tres sílabas me abrasan la lengua como una plegaria profana arrancada de lo más hondo de las entrañas—. Valeria. Mi dueña. Mi penitencia.
Valeria deja escapar un suspiro tembloroso contra mis labios.
No espera más. Se sube al taburete entre mis piernas, resbala su cuerpo desnudo y untado en linaza contra mi torso con una presión absoluta de piel contra piel, y guía mi sexo al interior del suyo en una embestida continua, profunda y devoradora que me hace clavar los talones contra las baldosas.
Su calor interno está al rojo vivo. El roce del aceite entre los dos cuerpos crea una adherencia impecable, espesa y acompasada que borra cualquier distancia entre su carne y la mía.
Valeria cabalga sobre mí con una cadencia devota, subiendo y bajando sin prisas, estrujando cada nervio de mi cuerpo con una soberanía total que me arranca lágrimas mudas tras la venda de lino.
Con la mano izquierda libre, desabrocha la hebilla de latón que me amarra la muñeca derecha al torno de hierro.
La correa de cuero cae.
Mi mano derecha, liberada por fin, no intenta tomar el control.
Sube directa a la nuca de Valeria, hundiendo los dedos en la masa espesa de su pelo oscuro para estampar su boca contra la mía en un beso salvaje, hambriento, donde el sabor metálico de mi labio partido se confunde con la saliva dulce de su boca.
Nuestros cuerpos patinan sobre el aceite y el sudor en una danza que pierde cualquier rastro de contrato o de chantaje.
Es una capitulación absoluta. Me entrego a esa mujer con la devoción de quien encuentra el altar definitivo donde todas las culpas y las cicatrices de la infancia quedan redimidas por el fuego.
Cuando el orgasmo revienta, no viene como un zarpazo de violencia: llega como una marea inmensa que me sumerge la conciencia en oleadas sucesivas de alivio visceral y fuego puro.
Valeria me muerde la mandíbula, con el pecho anhelante pegado a mi hombro cosido, mientras los dos nos derrumbamos juntos en un abrazo ciego sobre la madera del banco de trabajo.
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A las tres y media de la madrugada del domingo, el aguacero sobre la lona de la cubierta amaina hasta convertirse en un sirimiri constante.
Yacemos en el altillo de madera del taller, envueltos en una manta gruesa de lana basta sobre un viejo colchón de muelles.
Valeria me quitó la venda de lino de los ojos hace media hora.
La penumbra de la estancia la rasga únicamente la llama ambarina de una vela de cera virgen encendida dentro de un vaso de cristal grueso sobre el suelo de tablas.
El plato de loza en la esquina de la cómoda guarda dos rebanadas de pan asentado y un resto de queso manchego que comimos en silencio antes de volver a hablar.
Valeria apoya la coronilla en mi pecho desnudo, justo encima de la cicatriz de Córdoba. Sus dedos, limpios ya del aceite de linaza, dibujan círculos lentos y perezosos sobre la costra antigua de mi piel.
Saco mi reloj mecánico de acero del bolsillo del pantalón doblado junto al jergón y lo dejo sobre la tarima, entre los dos. Los engranajes hacen tictac con el latido limpio de un corazón blindado.
—Tienes que saber toda la verdad antes de que amanezca —digo, rompiendo la calma con la voz todavía tomada.
Valeria alza sus ojos de color miel hacia los míos. Su expresión es lúcida, serena, sin la coraza crispada del comienzo de la noche.
—Vi el anillo de rubí en el vídeo térmico, Gael. El juez Ignacio Valdivia estaba dentro del Ala Norte a las dos de la madrugada dando instrucciones a los matones de tu hermano. Fue él quien firmó la orden que destrozó a mi familia.
—Valdivia no actúa por su cuenta —aclaro, entrelazando mis dedos con los suyos sobre el cobertor—.
No es más que el brazo de toga de una maquinaria que lleva funcionando cuarenta años.
Beltrán lo tiene atado en corto porque el juez arrastra una deuda hipotecaria millonaria con la fundación y le pirra acudir a las subastas privadas de la abadía con el antifaz del Cardenal.
Pero a Clara no se la llevaron a una cárcel normal.
—¿Dónde coño está, Gael?
—En el antiguo Convento de San Clemente, a las afueras de Toledo.
La fundación convirtió el complejo en una clínica psiquiátrica de régimen cerrado para parientes incómodos de diputados, prelados y consejeros de banca.
La seguridad perimetral depende de la guardia privada de Beltrán, con lectores biométricos en todas las cancelas.
Nadie entra y nadie sale sin la orden digital de excarcelación emitida por el consejo.
Valeria se incorpora en el colchón, sujetándose la manta de lana sobre el pecho. La mirada se le vuelve de puro pedernal:
—Si está en Toledo, nos plantamos allí a primera hora. Cojo el coche y reviento esa puerta con una palanca.
Le sujeto la muñeca con firmeza, sin hacerle daño.
—Si intentas asaltar San Clemente con una pata de cabra, el protocolo de contingencia salta en noventa segundos.
Le meten un chute letal de sedantes por vía intravenosa a los internos y certifican una parada cardiorrespiratoria por fallo multiorgánico antes de que la Guardia Civil pase el desvío de la autovía.
Solo sacarás viva a tu hermana de ese agujero si llevas el auto judicial de custodia y la orden manuscrita de don Rodrigo.
—¿Y dónde está ese auto?
—Bajo llave a tres metros bajo tierra, bajo las losas de la capilla románica abandonada, al fondo de la finca de Santa Águeda. Es el búnker subterráneo de mi padre, donde custodia los informes de chantaje, los pagarés y las actas de custodia de los últimos veinte años.
Valeria clava los ojos en el reloj de acero sobre el suelo.
—¿Y cómo coño entramos en esa cámara sin que tu padre ordene a sus guardias que nos acribillen en la escalinata?
Tiro de la cadena del reloj y señalo con el pulgar en dirección a la sierra, al norte de Madrid.
—El próximo viernes por la noche se celebra la vigilia menor del patronato.
Don Rodrigo le entrega la llave física maestra de la cripta al jefe de seguridad —que soy yo— durante exactamente dos horas para la revisión de los precintos de plomo.
Seré el único tipo armado en los jardines durante la medianoche.
Valeria me contempla con esa media sonrisa felina que me enciende el pecho cada vez que acepta un envite.
—¿Así que me vas a dar la llave, Confesor?
—No —le contesto, agarrándole la barbilla para acercarle la boca hasta que nuestros alientos se confunden—.
La Cuarta Penitencia no va a ser tan sencilla, falsificadora.
El viernes, en los jardines tomados por la niebla de la abadía, te concederé cinco minutos de ventaja entre los cipreses y las estatuas barrocas.
Si alcanzas la cancela de la capilla vieja antes que yo, la llave es tuya.
Si te cazo en la niebla, pagarás la apuesta de la noche a mi manera sobre la piedra del altar.
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