La Penitencia del Cisne Capítulo 9 Aceite de linaza y oración
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Capítulo 9 Aceite de linaza y oración

La oscuridad cae sobre mis ojos en forma de una tira gruesa de lino crudo de encuadernación.

El tejido huele a engrudo vegetal, almidón de trigo y trementina.

Valeria aprieta el nudo detrás de mi cabeza con una firmeza medida, cuidando de no pillarme el pelo de la nuca, pero cerrando cualquier resquicio de luz que pudiera filtrarse por los bordes de la venda.

El mundo visible se apaga de golpe. Solo queda el rumor de la lluvia tamborileando sobre la lona tendida en la claraboya y el calor constante que despide su cuerpo a medio palmo de mi pecho desnudo.

—Si intentas forzar el hombro izquierdo, Gael —su voz llega a mi lado, serena, marcada por el tintineo metálico de las herramientas al ordenarse sobre la madera—, te saltarás los seis puntos de nailon antes de medianoche y sangrarás hasta empapar el serrín del suelo.

—No tengo intención de desangrarme en tu taller dos veces el mismo día, falsificadora —replico.

—Más te vale. Porque la Tercera Penitencia tiene dos cláusulas innegociables.

Oigo el roce áspero de una correa ancha de cuero curtido deslizándose por la esquina del banco.

Valeria toma mi mano derecha, la ilesa, y la guía hasta la manivela de hierro del torno de encuadernar del siglo diecinueve.

La piel de sus yemas es cálida, ligeramente áspera por el uso continuo de gubias y lijas al agua.

Pasa la tira de cuero alrededor de mi muñeca derecha y la trinca a la barra de hierro fundido con una hebilla de latón macizo.

El cuero me ciñe la articulación sin cortar el riego, pero me bloquea el brazo en ángulo recto contra la mesa.

—Primera cláusula —dice, y su aliento templado me roza la curva de la oreja vendada—. No ves absolutamente nada. El Confesor que se pasa la vida juzgando a los demás por la rendija de la cortina va a aprender a existir únicamente por lo que siente en la piel.

—¿Y la segunda? —inquiero, sintiendo cómo los músculos de mi abdomen se tensan a la espera del contacto.

—Segunda cláusula: no me tocas con las manos y no derramas una sola gota de simiente hasta que me supliques por mi verdadero nombre en voz alta. Ni «falsificadora». Ni «Cisne de Plata». Mi nombre de pila.

Suelto una risa breve por la nariz, notando cómo un escalofrío eléctrico me trepa por la base de la nuca.

—Estás demasiado acostumbrada a mandar a aprendices acojonados en Toledo, chavala.

—Estoy acostumbrada a domar materiales que se resisten a ceder al calor, Gael de la Vega. Y tú solo eres otro madero en bruto al que hay que desbastar hasta dar con la veta buena.

Oigo el chasquido metálico de un encendedor y el rumor quedo de la llama piloto al prender en el infiernillo portátil del banco.

Pasos descalzos se mueven sobre las baldosas frías.

El choque de cristal contra cerámica me avisa de que ha puesto un cuenco al baño maría.

Por el aroma seco, tostado y resinoso que empieza a flotar en el aire, reconozco el aceite de linaza purificado y cocido, el mismo vehículo que los maestros del barroco utilizaban para empastar pigmentos minerales densos antes de aplicarlos sobre tablas de cedro.

Su respiración cambia de compás. Escucho el susurro de una cremallera metálica al bajar y el peso del terciopelo carmesí al caer sobre la tarima.

Valeria está desnuda.

No me hace falta verla para saberlo. El aire de la nave, antes saturado de disolvente y sangre seca, se impregna ahora de ese calor femenino denso, un perfume a piel limpia, almendras amargas y el rastro almizclado que su orgasmo en el palco del Teatro Real dejó suspendido en mi memoria.

Se acerca al taburete donde permanezco sentado con la muñeca derecha inmovilizada y el hombro izquierdo recién cosido.

—Apoya bien la espalda contra el montante —ordena, rozándome la mandíbula con la punta de unos dedos fríos—. Si tensas los trapecios, el calor te va a abrasar más de la cuenta.

Obedezco con lentitud. Vacío los pulmones y recuesto la nuca contra la columna de madera que sostiene la balda superior.

Un hilo fino de líquido tibio, casi hirviente al primer contacto, me golpea el centro del esternón.

El aceite de linaza resbala por la piel de mi pecho con una viscosidad espesa.

Retiene la temperatura de la llama, bajando en pequeños afluentes dorados que rodean los relieves de mis pectorales y se abren paso por las costillas.

Cuando el aceite caliente alcanza el borde de la vieja cicatriz de Córdoba, los nervios me dan un latigazo involuntario: la marca que siempre estuvo atada al recuerdo del fuego y a la muerte de mi madre se templa ahora bajo un tacto que no destruye,

que se limita a reblandecer la piel endurecida por años de rencor.

Las manos de Valeria se posan sobre mi pecho.

Empieza a extender el aceite con movimientos lentos, circulares y deliberados.

Sus palmas, untadas en el líquido tibio, se deslizan sobre mis músculos con una presión firme que me desmonta las defensas centímetro a centímetro.

Bordea la hilera de los seis puntos de sutura del hombro izquierdo con una delicadeza quirúrgica, esparciendo el calor hasta la clavícula y descendiendo por las costillas derechas hasta la cresta ilíaca.

—Tienes la piel fría como piedra de sillería, Gael —murmura, y sus labios me rozan el cuello mientras sus manos descienden hacia mi vientre—. Cualquiera diría que te has pasado los últimos veinte años durmiendo en una cripta subterránea.

—Es donde mi familia guarda sus tesoros más valiosos —respondo con la voz quebrada, sintiendo sus dedos trazar la línea alba de mi estómago.

—Pues esta noche el tesoro va a arder al raso.

Oigo el sonido seco de una pieza de hueso al salir del cajón de útiles.

Valeria ya no usa las manos. Apoya la punta pulida y redondeada del mango de hueso del bisturí del número once en el hueco de mi garganta, deslizando el marfil liso por el cauce que el aceite de linaza abrió entre mis pectorales.

El contraste térmico me corta el aliento: donde sus manos eran cálidas y suaves, el hueso es rígido, frío y pulcro, patinando sobre la película oleosa con una precisión que electriza cada terminación nerviosa de mi piel.

Baja el hueso hasta mi ombligo. Luego asciende por el costado derecho, rodeando mi pezón con la punta roma hasta que la carne se eriza bajo el roce exacto.

Tiro de la muñeca derecha contra la correa de cuero del torno. El metal de la prensa cruje, pero la trinca no cede.

—Te advertí que no te movieras, Confesor —susurra con la boca pegada a mi yugular, estampando un beso húmedo y caliente justo donde late con más fuerza la carótida—. Cada vez que tires de la correa, daré dos pasos atrás y dejaré que el aceite se te enfríe en la tripa.

—Te gusta torturar despacio, ¿verdad?

—Aprendí a restaurar xilografías carcomidas por la polilla, Gael. Si te entran las prisas, la fibra de morera se desgarra y el dibujo original se pierde para siempre. Para que algo dure hay que ir capa a capa, levantando el barniz viejo hasta dar con la madera limpia bajo el hollín.

Su mano resbala hacia abajo, entre mis muslos abiertos.

Aparta el paño de mi pantalón y envuelve mi miembro erecto con los dedos pringados de aceite de linaza tibio.

El calor del ungüento funciona como un lubricante perfecto, denso y satinado, que hace que su mano suba y baje por mi tronco con una fluidez hipnótica.

La yema de su pulgar gira alrededor de la corona del glande, repartiendo la humedad viscosa a un ritmo calculado para empujarme al borde del abismo sin concederme jamás la caída.

El aire me sale de la garganta en un silbido ronco.

Los músculos de mis muslos se tensan contra el suelo, arqueando la pelvis un par de centímetros en un reflejo ciego de búsqueda, pero Valeria mantiene el control implacable del ritmo: me atenaza la base con una fuerza quirúrgica cada vez que mi respiración se desboca,

estrangulando el flujo de retorno y cortando el orgasmo en el instante exacto en que la primera ola de placer amenaza con romper el dique.

—Aún no —dice, y su voz pesa como terciopelo negro en mi oscuridad—. Todavía no has pagado el tributo.

—Valeria... —empiezo a decir, con la voz tomada por una necesidad que roza la demencia.

Retira la mano al instante. El contacto se interrumpe a mitad de una embestida ascendente, dejándome el cuerpo suspendido en un vacío atroz de calor truncado.

—¿Qué te dije? —advierte, y percibo cómo se aparta dos pasos hacia el rincón del banco—. No me vengas con ese tono de mando. Yo no soy una novicia de tu falsa abadía. Aquí tú no mandas un carajo.

Me quedo solo en mi ceguera de lino.

El aceite templado empieza a enfriarse sobre mi pecho y mi vientre, tiranteando la piel bajo la corriente de aire que se cuela por la claraboya.

El silencio de la nave solo lo rompe el tictac distante del reloj mecánico de acero que quedó sobre la mesilla de útiles y el gotear monótono de la lluvia en el canalón.

La humillación de la rendición y el vértigo del deseo se me mezclan en la garganta con un regusto amargo a hiel.

Me he pasado la vida entera custodiando los secretos de ministros, banqueros y jueces corruptos de este país.

He visto a hombres armados arrodillarse ante mí pidiendo absolución o margen para huir al extranjero.

Jamás me doblé ante don Rodrigo ni pestañeé ante las amenazas de Beltrán.

Pero esta mujer con las manos tiznadas de trementina y los ojos de color ámbar me ha volado los cimientos en cuatro días valiéndose únicamente de una espátula de hueso y su propia verdad al desnudo.

Trago aire frío, sintiendo la sutura del hombro izquierdo arder como una brasa bajo el nailon.

—Vuelve aquí —pido, y por primera vez en treinta y dos años mi voz suena despojada, sin armadura, limpia de cualquier soberbia aristocrática—. Vuelve aquí, Valeria. Por favor.

Unos pasos ligeros rozan la madera.

El calor de su cuerpo vuelve a invadir mi espacio. Percibo el olor inequívoco a disolvente y almendras dulces inundarme las fosas nasales antes de que sus dos manos, tibias y suaves por el aceite, se posen en mis sienes, sosteniéndome la cabeza con una fiereza protectora.