La Penitencia del Cisne Capítulo 8 La aguja curva #2
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Capítulo 8 La aguja curva #2

Me calzo unos guantes de látex desechables. Cojo la aguja curva de sutura con las pinzas de disección y paso el hilo de nailon por el ojo metálico.

Acerco la cara a su herida. La luz cálida de la linterna delata cada pliegue de la piel desgarrada.

Mis dedos pulgar e índice izquierdos juntan los dos labios del corte, cuadrando la dermis con la misma precisión micrométrica con la que uno las fibras rasgadas de un grabado al aguafuerte del dieciséis.

La punta afilada de la aguja penetra la carne.

El sonido de la aguja perforando la capa de colágeno es un chasquido húmedo, amortiguado. Tiro del hilo negro, doy el primer nudo de cirujano y ajusto la tensión hasta que la piel se cierra en una línea recta impecable.

Gael no aparta la vista de mi cara. No mira la herida; no mira la sangre que me gotea sobre el mandil de lona. Tiene los ojos fijos en mi boca, midiendo cada compás de mi respiración mientras le coso el cuerpo.

—¿Dónde aprendiste a dar puntos de esa manera? —pregunta en un susurro bajo, quebrando el peso del silencio.

—Mi padre cosía lomos de becerro y vitela en el taller de encuadernación de Toledo —respondo, pasando la aguja para el segundo punto—.

Cuando yo tenía catorce años, una guillotina de volante se soltó y le rebanó dos dedos a un aprendiz del taller.

El hospital más cercano estaba a tres kilómetros y el chaval se estaba desangrando sobre el serrín.

Mi padre agarró la aguja de coser cuadernillos, la desinfectó con aguardiente y le cerró los muñones allí mismo sobre el banco.

Yo le sostuve la linterna. Me enseñó que cuando la sangre empieza a correr, te olvidas del miedo y cuentas las puntadas una a una.

Tiro del segundo nudo. La carne se une.

—Dos —murmuro.

—Tu padre era un tipo con agallas —comenta Gael. Su mano derecha se suelta de mi antebrazo y sube despacio hasta posarse en mi cadera, apoyando los dedos sobre el terciopelo carmesí del vestido arrugado.

—Mi padre era un falsificador que se murió de un infarto a los cincuenta y dos años porque tu familia le reclamó una deuda que no existía —replico, sin apartar la vista de la sutura. Clavo la aguja para el tercer punto—. Tres.

Gael suelta el aire despacio por la nariz. Su aliento templado me roza la comisura del cuello, donde el collar de granates de su abuela aún descansa sobre mi clavícula.

—Mi padre le cobró exactamente la misma deuda a mi madre —dice, y su voz desciende a ese tono raso y desnudo que empleó en el diván del teatro—.

Se llamaba Leonor. Restauraba tapices mudéjares y paramentos litúrgicos en un corralón cerca de la Mezquita de Córdoba.

Olía a lana húmeda, trementina y hojas de naranjo amargo.

Don Rodrigo se pasó tres meses en la ciudad comprando fincas para el consejo bancario y decidió que le apetecía una amante artesana para los fines de semana.

Cuando se quedó embarazada de mí, le puso una asignación mensual con la condición de que no asomase el hocico al norte de Despeñaperros.

Paso el cuarto nudo de nailon. El hilo tensa y detiene el sangrado.

—Cuatro —cuento. Me fijo en la cicatriz antigua que le trepa por las costillas como un sarmiento reseco—. ¿Y el fuego?

—Cuando cumplí doce años, Rodrigo negoció la boda de la hija de un conde de Sevilla para tapar las deudas de juego de la casa.

El enlace exigía un expediente de limpieza de sangre impecable, sin bastardos inscritos en ningún registro andaluz.

Mandó a tres matones a atrancar las puertas del taller una madrugada de martes y vaciaron cinco garrafas de queroseno por las rendijas de los postigos.

Mis manos se detienen una fracción de segundo sobre la aguja. Una oleada de frío me recorre la nuca.

—Mi madre se despertó con la humareda —continúa Gael, con la mirada perdida en las paredes de ladrillo visto de la nave—.

Me empujó por el tragaluz del tejado que daba al alero de la casa contigua antes de que las vigas cedieran por completo.

Cuando llegué a la calle descalzo, con las plantas quemadas por la pizarra caliente, la casa entera era ya una pira.

Al mediodía siguiente, el Mercedes negro de mi padre aparcó en la calle llena de ceniza.

Se bajó, miró los escombros, me metió en el asiento trasero y me dijo que a partir de ese instante yo vivía en Madrid y que le debía la respiración al apellido De la Vega.

El silencio cae sobre el taller como una losa de granito.

Miro al hombre sentado delante de mí. El ejecutor temido de la sierra, el monje negro que impone castigos de rodillas y guarda secretos bajo siete llaves,

no es más que aquel mismo niño que sobrevivió al incendio de su propia casa para terminar convertido en el perro de presa del asesino de su madre.

Él y yo estamos hechos de la misma ceniza.

Paso la aguja para el quinto punto con un pulso casi devoto. Tiemplo el hilo, cuadro el borde de la piel y asiento la línea negra.

—Cinco —susurro.

Acerco la cara a su cuerpo para el sexto y último punto, justo en el extremo superior de la herida, junto a la articulación del hombro. La aguja curva perfora la dermis. Tiro del bucle final con las yemas de los dedos.

El último nudo queda trincado, perfecto. En lugar de coger las tijeras, me inclino sobre su hombro, atrapo el cabo de nailon quirúrgico entre los incisivos y corto el hilo de un mordisco seco, a dos centímetros escasos de la oreja de Gael.

Mis labios rozan la piel ardiente de su cuello.

En el mismo segundo en que el hilo se parte, la mano derecha ilesa de Gael sube de mi cadera a mi nuca. Sus dedos se entierran en mi pelo suelto con una garra posesiva, fulgurante y hambrienta, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta dejar mis ojos a tres dedos de los suyos.

Sus pupilas grises arden con un brillo febril de triunfo.

—Me toca pagar la costura, falsificadora —susurra contra mis labios, con el aliento cargado de alcohol y peligro—. ¿Cuál es la Tercera Penitencia?

* * *