La Penitencia del Cisne Capítulo 8 La aguja curva
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Capítulo 8 La aguja curva

La esquirla de cristal me raja la palma de la mano izquierda cuando me agacho tras el banco de roble.

El agua helada del aguacero cae en tromba por la claraboya reventada, mezclándose con la trementina y la cerveza derramadas sobre las baldosas hidráulicas.

El olor a disolvente satura el aire hasta quemarme el fondo de la nariz.

En la oscuridad casi total del taller, los dos hombres se descuelgan de las cuerdas con la agilidad silenciosa de quienes matan por encargo.

Apenas distingo sus bultos: pasamontañas de neopreno negro, guantes tácticos y el destello plomizo de dos cuchillos de combate de hoja larga y pavonada.

No han venido a parlamentar. Han venido a llevarse el tubo de aluminio con el Códice de Sangre y a silenciar a cualquier boca que haya visto el vídeo térmico del juez Valdivia.

El primer asaltante avanza por la izquierda del banco, esquivando el charco de disolvente. Sus pasos son cortos, amortiguados por las suelas de goma.

Yo no sé artes marciales. Soy una mujer de veintiocho años y un metro sesenta y seis que pasa doce horas al día manipulando ácidos corrosivos y bisturís de punta fina. Sé al milímetro cuánto tarda cada compuesto químico en deshacer tejido vivo.

Mi mano derecha tantea la balda inferior de la mesa de trabajo. Mis dedos dan con el gollete cilíndrico de polietileno de un litro de amoniaco concentrado al treinta por ciento, guardado junto al aguarrás mineral.

Agarro el bote. Arranco el tapón con el pulgar.

El hombre se lanza. Su bota tritura los cascotes de cristal de la claraboya con un chasquido seco mientras el brazo desciende en un arco diagonal; la hoja apunta directa a la curva de mi yugular.

No intento parar el golpe. Echo el cuerpo hacia un lado, rozando la espalda contra la madera del banco, y le estampo el chorro entero de amoniaco puro directo a la rendija de los ojos del pasamontañas.

Un alarido ahogado, estrangulado, rasga la penumbra.

El amoniaco le abrasa las córneas en pleno.

El tipo suelta el cuchillo táctico, que tintinea sobre la baldosa mojada, y se lleva las dos manos enguantadas a la cara en un espasmo desesperado, tropezando hacia atrás con sus propios pies.

Se estrella de espaldas contra el caballete de madera y derriba dos marcos a medio restaurar con un crujido estrepitoso de listones rotos.

El segundo asaltante no vacila ni un segundo.

Salta por encima de la mesa de restauración con un impulso limpio; las botas aterrizan a un metro escaso de mí. Su cuchillo viene recto, en una estocada horizontal dirigida a mi vientre.

Retrocedo hasta donde puedo. Mi espalda choca de golpe contra la estructura de hierro fundido de la prensa del siglo diecinueve.

No hay salida. Alzo el bisturí quirúrgico del número once en la mano derecha, buscando el ángulo del cuello bajo su mandíbula, pero la envergadura del tipo dobla la mía.

Su acero está a quince centímetros de rasgarme la sudadera gris.

La puerta de servicio de hierro del pasillo este cede en una detonación atronadora.

El cerrojo de acero salta por los aires bajo el embate de un ariete manual. Una sombra inmensa, rápida y letal corta la penumbra alumbrada únicamente por los relámpagos de la tormenta.

Gael de la Vega.

No grita. No da aviso. Entra en el taller a zancadas, el abrigo negro desabrochado sobre el esmoquin sin pajarita. En dos segundos alcanza al segundo agresor por la espalda.

La mano izquierda de Gael le atenaza la nuca encapuchada al hombre y la estampa contra el volante de hierro de la prensa con una violencia demoledora.

El crujido del cráneo contra el metal retumba en la nave como un disparo de perdigones.

El mercenario pierde pie, pero no se apaga: en un coletazo instintivo de supervivencia, gira la cadera sobre el suelo y lanza una cuchillada a ciegas hacia atrás, buscando mi pecho acorralado contra la máquina.

Gael ve el brillo de la hoja en la sombra.

No intenta esquivarla ni patearle el brazo. Se limita a dar un paso al frente y echarse encima de mí, blindando mi torso con la envergadura maciza de su espalda para parar el golpe con su propia carne.

Oigo el tejido de lana fría de su esmoquin desgarrarse con un sonido seco.

La punta del cuchillo raja la chaqueta, atraviesa la camisa blanca y penetra hondo en la masa muscular del hombro izquierdo de Gael, justo por encima del omóplato.

Un jadeo mudo se le escapa de la garganta.

Su cuerpo se estremece contra el mío, aplastándome contra el hierro de la prensa durante una fracción de segundo mientras el calor de su sangre empieza a empapar el paño rasgado.

Antes de que el sicario pueda retraer la hoja para una segunda puñalada, la mano derecha libre de Gael cae como un martillo sobre la sien del agresor.

A continuación le agarra el antebrazo armado, retuerce el radio hasta que el hueso chasquea partido en dos y le estampa la cabeza una vez más contra el suelo de baldosas.

El tipo queda fulminado, con los brazos inertes en el charco de agua.

Detrás de Gael, tres hombres de traje oscuro irrumpen por la puerta reventada con pistolas desenfundadas y linternas tácticas encendidas. Mateo marcha en cabeza; la cicatriz de su ceja resalta bajo el haz blanco.

—El perímetro está limpio abajo, Gael —informa Mateo con la calma de quien supervisa una intervención rutinaria.

Apunta la linterna a los dos cuerpos desplomados y después al boquete del techo—.

La chica de las serigrafías y el perro están a salvo en el sedán blindado del callejón. Nadie les ha tocado un pelo.

—Sacad esta escoria de aquí —ordena Gael.

Su voz es áspera pero firme, pese a la respiración entrecortada—.

Llevadlos a la nave de Carabanchel. Quiero saber quién pagó el servicio antes de las tres de la madrugada.

Y que venga un equipo a sellar esa claraboya con lona impermeable en los próximos diez minutos.

—Está sangrando, señor —advierte Mateo, clavando la luz en la mancha oscura que se expande a toda prisa por el hombro izquierdo del esmoquin de Gael—. Voy a llamar a nuestra clínica de la Castellana.

—Nada de clínicas —corta Gael en un tono tajante que no admite réplica—. Media ciudad está despierta por la ópera. Cualquier informe de sutura médica estará sobre la mesa de Beltrán antes de que amanezca. Marchaos. Dejad únicamente el maletín de cura y el coche de cobertura en la esquina.

Mateo vacila medio segundo. Me mira a mí, al bisturí manchado en mi mano y a mis ojos despiertos. Asiente con la cabeza:

—Entendido, señor.

Dos minutos después, la nave recupera el silencio.

Los hombres de Mateo arrastran a los dos intrusos inconscientes escaleras abajo y tienden una lona negra y pesada sobre la claraboya reventada desde la cubierta, clavando los bordes con grapas de impacto.

El ruido del aguacero se apaga en un tamborileo sordo contra el plástico tenso.

El agua deja de chorrear sobre el banco.

Nos quedamos solos en la oscuridad del taller.

El único sonido en el espacio es la respiración densa de Gael y el goteo constante de su sangre sobre el tablón de roble.

Cojo la linterna táctica que Mateo dejó sobre la mesita y enciendo la bombilla amarilla, rebotando el haz contra la pared para iluminar el banco de trabajo con luz indirecta.

—Siéntate ahí —digo, señalando con la barbilla el taburete alto de madera.

Gael no protesta. Camina despacio hasta el taburete y se sienta, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Su rostro está más pálido que en el palco del teatro y aprieta las mandíbulas contra el dolor.

Me acerco a él. Mis manos aún tiemblan un poco por el estallido de adrenalina del combate, pero el pulso milimétrico de la restauradora se hace con el control.

—Quítate la chaqueta —mando.

Gael desliza el brazo derecho fuera de la manga.

Al llegar al lado izquierdo, la tela fina del esmoquin está pegada a la piel por la sangre espesa.

Saco de un cajón mis tijeras de encuadernación de hojas curvas y corto la costura del hombro de la lana y de la camisa de seda, separando la tela con tiento para no arrancar la carne viva.

El tajo mide casi ocho centímetros. Es una incisión limpia, profunda, que ha rebanado la dermis y alcanzado la masa muscular del trapecio y la parte superior del omóplato izquierdo, sangrando con un flujo continuo y bermejo.

Tres centímetros más a la derecha y el filo habría alcanzado la arteria subclavia.

Y justo debajo de la herida reciente, bajando por las costillas izquierdas hasta la base del omóplato, la piel se arruga en la vieja cicatriz del fuego de Córdoba.

—Eres un imbécil imprudente —suelto en voz baja, cogiendo un frasco de povidona yodada, gasas estériles y un carrete de hilo quirúrgico de nailon del número tres con aguja curva de mi botiquín de taller—. ¿Por qué coño te has puesto en medio de la hoja? Yo tenía el bisturí en la mano.

Gael levanta sus ojos grises hacia los míos. Sus pupilas siguen contraídas por el impacto físico, pero su mirada posee la solidez de una roca sumergida.

—Habrías tardado medio segundo en girar la muñeca. Su acero era más largo que tu bisturí. Te habría perforado el pulmón antes de que tú le alcanzases la yugular.

—Yo no te pedí que me protegieras.

—Yo no te pedí permiso, Valeria.

Nos quedamos mirándonos fijamente durante tres segundos eternos. El aire entre los dos huele a hierro, yodo y lluvia.

Cojo una botella de orujo blanco de la balda donde limpio los pinceles. Derramo un buen chorro del líquido transparente directamente sobre la herida abierta.

El alcohol de noventa y seis grados abrasa la carne viva.

Gael aprieta los dientes hasta que crujen.

Un gruñido bronco se le muere en la garganta y los músculos del pecho y del abdomen se tensan como placas de granito bajo la piel pálida, pero no retrocede ni un milímetro.

Su mano derecha se cierra como una garra sobre mi antebrazo izquierdo, con los nudillos blancos, usando mi propio hueso como ancla para aguantar la quemazón química sin soltar un solo alarido.

—Respira —le digo, sintiendo el calor febril de su piel treparme por los dedos.

—Estoy respirando —contesta él entre dientes—. Cose esta mierda de una vez antes de que la comitiva de mi hermano se ponga en marcha.