La Penitencia del Cisne Capítulo 7 Trementina y cerveza caliente
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Capítulo 7 Trementina y cerveza caliente

El paquete de papel de estraza suda grasa de aceite hirviendo encima de mi banco de roble, a cuatro dedos de un frasco abierto de trementina destilada.

—Si cae una sola migaja de pan rallado sobre mi goma laca, te desheredo, Sora —aviso, pescando la tercera croqueta de jamón de la torre antes de que ella alcance el papel.

—¿Desheredarme de qué, criatura? ¿De media prensa de hierro oxidada y tres litros de disolvente caducado?

—replica Soraya Benítez. Apoya los codos en la madera con un tintineo de seis pulseras de latón y apunta una uña acrílica de color azul eléctrico directo a mi barbilla—.

Come y calla, que me he tirado catorce horas sentada delante de ese trasto reventando claves hexadecimales de la familia de tu novio psicópata.

—No es mi novio.

—Ah, claro. Perdona. Es solo el director ejecutivo de una secta de millonarios a quien ataste de muñecas al sofá del Teatro Real con una corbata de trescientos pavos. En mi barrio, en Tetuán, cuando haces eso antes de la tercera cita ya estás encargando el ajuar.

Muerdo la costra crujiente de la croqueta.

El relleno de bechamel y jamón ibérico me quema la punta de la lengua con sabor a nuez moscada y sal.

Son las nueve y veinte de la noche de un domingo.

Fuera, una llovizna fina de noviembre golpea las tejas de pizarra de Lavapiés y resbala por los cristales empañados de la claraboya del taller.

El radiador eléctrico de aceite chasquea en el rincón, perdiendo por goleada contra el viento húmedo que sube desde la calle del Amparo.

Bajo la mesa, Goya apoya el morro chato en mi espinilla izquierda y suelta un ronquido hondo de locomotora de vapor. El único ojo del bulldog francés brilla clavado en mi mano, siguiendo la trayectoria de la croqueta con una devoción que ningún cardenal de España le ha dedicado jamás a Dios.

Dejo caer la punta de masa cerca de su pata. Goya engulle el trozo al vuelo sin masticar y pasa la lengua por la baldosa hidráulica.

—Le estás jodiendo el régimen al perro, Val —protesta Soraya, abriendo dos botellines verdes de Mahou Cinco Estrellas contra la esquina de hierro de la prensa con un golpe seco de muñeca.

La espuma blanca trepa por el cuello del cristal.

Me pasa un botellín helado y choca el suyo contra el mío—.

Salud. Y que el diablo se lleve a los tíos de Madrid antes de que tengamos que comprar cal viva.

Doy un trago largo. La cerveza baja amarga y fría, limpiando la grasa de la garganta.

Soraya arrastra el taburete alto hacia la estufa, cruza las piernas largas enfundadas en pantalones de pana y aparta el flequillo negro de sus ojos de un soplido. Lleva ojeras amoratadas bajo el delineador gráfico, pero la sonrisa sigue intacta.

—Hablando de cal viva —digo, limpiándome los dedos con una servilleta de bar—. ¿Cómo acabó el culebrón del batería de Malasaña? Aquel que juraba que iba a dejar la banda indie para montar un taller de serigrafía contigo.

Soraya pone los ojos en blanco con tanta fuerza que los aros dorados le golpean el cuello.

—El viernes descubrí que el taller estaba en el sótano del chalé de su exmujer en Getafe. Y que la exmujer no sabía que era ex.

Suelto una carcajada seca que hace que Goya enderece la oreja.

—No me jodas, Sora.

—Te lo juro por los huesos de mi abuela.

Fui a llevar las pantallas a las diez de la mañana, toqué al timbre y me abrió una rubia en bata preguntándome si era la del servicio técnico de la lavadora.

Di media vuelta en la acera, le vendí los dos amplificadores que se había dejado en mi salón a un perista del Rastro en Ribera de Curtidores por cuatrocientos pavos limpios y le mandé el resguardo por correo con una dedicatoria bien explícita.

Soraya se bebe media cerveza de un tirón y estampa el culo del botellín contra el tablón. El cristal deja un cerco mojado en la madera y ella se remanga el jersey sin molestarse en secarlo.

—Por lo menos mis golfos solo me quitan sitio en el sofá —prosigue, ladeando la cabeza sobre el mostrador para escudriñar el cuello desbocado de mi sudadera gris—.

En cambio tú, hermanita, volviste de la ópera anoche a las tantas con el vestido carmesí arrugado por la cintura y ese moratón del tamaño de un pulgar justo ahí, en la curva de la clavícula.

Me subo el cuello de algodón grueso hasta taparme el hueso. La piel todavía guarda la presión exacta de los dedos de Gael cuando sonó el segundo aviso en el salón de mecenas.

—Fue el cierre de ese collar de Bohemia —miento descaradamente, agarrando otra croqueta—. Pesaba medio kilo de oro viejo.

—Ya. Y el oro viejo ahora tiene cinco dedos y deja marcas de dientes en la cadera —se burla Soraya, dándome una palmada en la mano—.

Aunque tengo que reconocer que el cabrón cumplió su palabra.

El cilindro de titanio que le birlaste del bolsillo no tenía trampa ni troyano de rastreo.

Era el volcado en crudo de la subestación eléctrica de Santa Águeda.

La risa se me congela en la boca. Dejo el resto de la croqueta en el papel de estraza.

En el rincón derecho de la mesa de trabajo, desconectado de cualquier cable de red y con la tarjeta inalámbrica arrancada a destornillador por Soraya esta misma mañana, nuestro viejo portátil zumba de manera continua.

El pequeño cilindro de titanio cepillado brilla insertado en la ranura lateral.

En la pantalla negra, la barra de descifrado de la segunda capa marca el noventa y nueve por ciento.

—¿Cuánto le queda? —pregunto, levantándome del taburete.

—Treinta segundos —contesta Soraya, cambiando de tono al instante.

La guasa de bar se le borra de golpe de los hombros.

Se seca las manos en los vaqueros y acerca el teclado a la lámpara articulada—.

El archivo venía blindado con dos claves de cuatro mil bits del consejo de la fundación.

Solo he podido entrar porque me diste el número de serie que viste en el parte de acceso firmado por Gael.

Usan el mismo sufijo de validación para los almacenes blindados de la sierra.

Un pitido corto sale del altavoz interno del ordenador.

`DECRYPT_STATUS: COMPLETE // ARCHIVE: SA_NORTH_THERMAL_20261017_0110_0150.RAW`

Soraya abre el reproductor forense.

Me coloco detrás de su silla y apoyo las dos manos en el respaldo. El olor a trementina y resina de damar que despiden mis uñas se mezcla con el vaho frío de la cerveza.

La ventana de vídeo se abre dividida en cuatro cuadrantes de imagen termográfica e infrarroja de corto alcance. En la esquina inferior izquierda de cada cuadro, el reloj interno del sistema de prevención de incendios avanza en dígitos blancos sobre fondo gris azulado: `2026-10-17 // 01:08:12`.

Madrugada del sábado diecisiete de octubre. Hace tres semanas.

El primer cuadrante muestra el patio interior de losas de piedra que separa la sala capitular del Ala Norte de la abadía de Santa Águeda. La lluvia de aquella noche cruza la lente infrarroja como trazos diagonales de plata. A la una y ocho minutos con cuarenta segundos, una puerta lateral se abre.

Mis dedos se hunden en la madera del respaldo.

Es Clara.

Incluso bajo el contraste espectral del sensor térmico, reconozco el modo en que inclina el hombro derecho para compensar el peso del estuche blanco de fibra de carbono del violonchelo.

Lleva el vestido largo de concierto, pero va descalza, corriendo sobre las losas mojadas hacia la cancela de servicio de las cocinas.

El cierre lateral del estuche no encaja del todo: por la rendija asoma la esquina rígida de una carpeta de cuero oscuro con cantoneras de latón que metió dentro a la desesperada, junto al mástil del instrumento.

—No se marchaba con el resto de la orquesta —susurra Soraya, pegando la cara a la pantalla—. Fíjate en la carpeta dentro del estuche, Val. Clara se llevó algo de allí dentro.

En el vídeo, antes de que Clara alcance la verja del portón de servicio, dos siluetas corpulentas salen del pasillo de las bodegas.

Dos hombres con gabardinas impermeables.

El primero sujeta el asa del estuche; el segundo le tapa la boca y la nariz a Clara por detrás, apretando un paño contra su rostro.

Clara forcejea durante doce segundos. El zapato de tacón que sostenía con la mano izquierda cae en un charco. Después sus rodillas ceden y el cuerpo queda inerte entre los brazos del guardia.

La garganta se me cierra hasta doler. No parpadeo. No aparto la vista ni un solo milímetro.

En el cuadrante dos, a las `01:12:04` —dos minutos después de que Beltrán de la Vega congelase las cámaras ópticas convencionales con un fotograma fijo—, los sensores térmicos del pasillo del Ala Norte siguen registrando el calor de los cuerpos.

Los dos escoltas suben a Clara inconsciente en volandas por la escalera y se detienen ante una doble puerta de nogal en la segunda planta.

La puerta se abre desde dentro.

Dos hombres salen al rellano. El más alto, de hombros caídos y pelo engominado hacia atrás, es Beltrán; se aprecia el gesto crispado con el que saca el pañuelo del bolsillo para no rozar la barandilla de hierro.

Junto a Beltrán, dando órdenes con la mano izquierda extendida hacia el montacargas del fondo, aparece un hombre más bajo, de vientre prominente bajo la túnica oscura y un antifaz dorado.

La cámara cenital infrarroja de la puerta cortafuegos enfoca con nitidez cuando este segundo hombre apoya la mano derecha desnuda sobre el pasamanos de piedra para contemplar cómo acomodan a Clara en una camilla con ruedas.

Soraya congela la imagen a las `01:14:39`. Amplía la esquina inferior derecha de la pantalla al cuatrocientos por ciento y activa el filtro de realce de bordes.

En el monitor, sobre el meñique rollizo de la mano apoyada en la piedra, resalta el relieve cuadrado de un anillo de sello de oro macizo, con una gema oscura tallada en tabla y dos hendiduras laterales en la montura.

El rubí cardenalicio.

El mismo anillo que tamborileaba marchas de Semana Santa sobre la caoba del Palco Real anoche, a metro y medio de mi cara.

—Ignacio Valdivia —digo, y mi propia voz suena baja, afilada como una cuchilla nueva—. El juez de la Audiencia Nacional que archivó mi denuncia en seis líneas estaba dentro del Ala Norte. Fue él quien dio la orden de bajar la camilla.

—Hijo de la gran puta —escupe Soraya, abriendo la terminal de grabación e introduciendo una tarjeta microSD en la ranura lateral—.

Estoy volcando el vídeo en bruto y el certificado de autenticidad del servidor ahora mismo.

Con la firma digital de la subestática de Santa Águeda, ni el presidente del Supremo podrá decir que es un montaje.

Treinta segundos para cerrar el paquete en la tarjeta.

Fuera, un trueno seco sacude los ventanales que dan a la calle del Amparo.

Bajo la mesa de trabajo, Goya deja de mascar el papel aceitoso.

El perro levanta la cabeza de golpe. La oreja solitaria se le queda tiesa, apuntando al techo, en dirección a la claraboya de hierro forjado y cristal cuatro metros por encima de nosotras. Un gruñido grave, sordo y continuo vibra en el pecho del bulldog.

La lámpara articulada sobre el banco parpadea una vez y se apaga.

En el mismo segundo, el rumor del frigorífico en el office y el chasquido del radiador mueren. El taller entero se hunde en la negrura absoluta, salvo por el resplandor azulado de la pantalla del portátil tirando de batería.

Han bajado los plomos del cuadro general en el portal.

Arriba, por encima del chaparrón sobre las tejas, el roce de dos suelas pesadas araña el canalón de zinc del tejado. Una cuerda de rápel golpea contra el bastidor metálico de la claraboya.

—¡Sora, saca la tarjeta! —ordeno en un susurro cortante, girando ya sobre los talones hacia la prensa de grabado del siglo diecinueve al fondo de la estancia.

Meto la mano bajo la base de hierro colado de la prensa, libero el doble fondo de madera y saco el tubo estanco de aluminio donde descansa el Códice de Sangre original de 1614.

Me paso la bandolera del tubo cruzada sobre el pecho bajo la sudadera y arranco el bisturí quirúrgico del número once del soporte imantado del panel.

Soraya cierra la pantalla del ordenador con la tarjeta microSD ya a buen recaudo en el bolsillo interior de su cazadora y agarra a Goya por la panza.

—¡Al montacargas, rápido! —mando, corriendo hasta el fondo de la nave y tirando de la verja de tijera de hierro del viejo elevador de mercancías que baja directo al callejón de las carboneras.

—¡Tú te vienes conmigo, Val! ¡Entra! —grita Soraya, con el perro bajo el brazo y el ordenador estrujado contra el pecho.

—¡El motor de poleas no tira con las dos y ya están en el tejado! Si bajan por la escalera nos cazan en la jaula antes de llegar al primer piso. ¡Baja tú con el archivo y llama al número que Gael dejó en la tarjeta!

Sobre nuestras cabezas, un mazo táctico revienta el marco de la claraboya.

El cristal templado del techo estalla en una cascada de esquirlas blancas y agua helada que se desploma sobre el banco de roble, derribando los botellines de Mahou y los frascos de aguarrás contra el suelo. Dos cuerdas negras caen a plomo por el boquete abierto contra el cielo encapotado de Madrid.

Empujo a Soraya por los hombros hacia la plataforma del montacargas, le cierro la reja de tijera en las narices, paso el candado exterior por la cadena para que nadie pueda abrirlo desde arriba y golpeo el botón rojo de bajada de emergencia.

—¡Valeria, no! —el grito de Soraya se pierde por el tiro de ladrillo mientras los cables de acero chirrían, llevándose a mi amiga, al perro y la única prueba de la vida de Clara hacia la calle.

Doy dos pasos atrás sobre las baldosas cubiertas de cristales rotos y disolvente.

Desenrosco la funda de mi bisturí del once en la oscuridad justo cuando dos hombres vestidos de negro táctico sueltan los mosquetones de las cuerdas sobre mi banco de restauración y desenfundan cuchillos de hoja pavonada.

* * *