Capítulo 6 El Nudo de Seda #3
Valeria echa la cabeza hacia atrás. Su pelo negro vuela por el aire mientras el orgasmo la desgarra: la boca abierta en un grito mudo que se encierra en la garganta, los ojos fijos en la lámpara de bronce, el cuerpo entero sacudiéndose en oleadas de calor que me empapan la piel.
Su mordaza interior revienta mi última barrera de contención.
Con un gruñido sordo contra su hombro, descargo mi simiente dentro de Valeria Mendoza en una marea violenta, honda e interminable, sintiendo cada latido de mi sexo vaciar el fuego acumulado durante años de soledad y ceniza en esta ciudad podrida.
Mi espalda se estrella contra el respaldo del diván mientras el mundo se disuelve en chispas blancas tras mis párpados.
Nos quedamos inmóviles diez segundos enteros.
Solo se escucha el rumor de nuestras respiraciones entrecortadas, densas, fundiéndose en el aire tibio de la estancia cerrada.
El sudor me baja por el pecho y gotea sobre el muslo de Valeria.
Continúa sentada sobre mí, con la cabeza desplomada en mi cuello, el pecho jadeando contra el mío como si acabara de cruzar un pantano a nado.
El reloj mecánico de acero de mi muñeca atada sigue marcando el compás contra la voluta de bronce.
Valeria toma aire tres veces. Alza la barbilla despacio, apartándose los mechones pegados a la frente empapada. Su mirada ha recuperado la lucidez afilada de la restauradora.
Sin pronunciar palabra, desliza la mano derecha hacia el interior de mi esmoquin abierto, a la izquierda del pecho.
Sus dedos dan con el cilindro frío de titanio cepillado.
Saca la memoria USB de mi bolsillo con la delicadeza de quien recoge un pan de oro de veinticuatro quilates. Sostiene el metal contra la luz de los apliques, comprobando el precinto de seguridad con una media sonrisa que me abrasa el alma.
—Pago recibido, señor De la Vega —dice, recuperando el tono aséptico de una peritación.
Valeria se baja de mi regazo con un movimiento ágil, acomodándose el terciopelo carmesí sobre los muslos húmedos. Estira el brazo, coge el bisturí quirúrgico de la mesilla y pasa por detrás del diván.
Con dos cortes limpios de la hoja afilada, secciona la seda negra de la pajarita justo entre los nudos.
La tensión desaparece. Mis brazos caen hacia delante, pesados, con las muñecas marcadas por los surcos rojos donde la seda me cortó el riego. Me froto la piel dormida con los dedos mientras me subo la cremallera del pantalón y me abrocho la cintura.
Valeria recoge las dos mitades de la pajarita cortada, tira la tela sobre el diván y se planta frente a mí. Con pulso firme, me abotona los botones que quedan de la camisa blanca y me atusa el cuello de la chaqueta con dos palmaditas cínicas en la cara.
—Por cierto —murmura, sacándose la pesada llave de latón de entre los pechos y encajándola en la cerradura de la puerta doble—. La orquesta ya ha empezado el tercer acto.
Unos pasos apresurados y varias risas resuenan al otro lado de la madera. La voz nasal de Beltrán llama desde el pasillo:
—¿Gael? ¿Seguís ahí dentro discutiendo la póliza con la suiza?
Valeria gira la llave en la cerradura dos veces. El pasador de hierro chasquea, liberando la salida. Abre la puerta de un tirón suave y sale al pasillo iluminado justo en las narices de Beltrán y del juez Ignacio Valdivia, que venían haciendo equilibrios con dos copas nuevas de champán.
—Buenas noches, señor De la Vega —dice Valeria con una sonrisa protocolaria impecable, esquivando a mi hermano como si fuera una columna de escayola—.
La función era sublime, pero el aire seco del teatro me ha provocado una jaqueca insoportable.
Su hermano ha sido muy amable adelantándome las actas de cesión. Voy a pedir un taxi hacia el hotel.
Beltrán pestañea, descolocado, e intenta asomarse por encima de su hombro:
—¿Pero ya se marcha, doctora Soler? ¡Si ni siquiera ha visto fusilar a Cavaradossi!
—Ya he visto todas las ejecuciones que necesitaba ver por hoy —responde ella desde el fondo del pasillo, perdiéndose por la escalera de mármol hacia la salida de la Plaza de Oriente.
Beltrán da un paso hacia el Salón de los Mecenas, husmeando el ambiente con el ceño fruncido:
—¿A qué coño huele aquí dentro, Gael? ¿A colonia barata y a aguarrás? ¿Te has pimplado la botella de whisky tú solo?
Me quedo de pie ante el gran espejo veneciano de marco dorado.
Mi reflejo me devuelve el cuello abierto sin corbata, la herida del labio inferior todavía viva y la marca rojiza de sus dientes oscureciéndose en mi hombro bajo la lana fina de la chaqueta.
Aspiro el aire fresco del pasillo en mis pulmones.
La botella de agua mineral de la mesilla lateral está por la mitad y me bebo el resto de un solo trago antes de mirarme la muñeca.
Toco la caja de acero del reloj suizo que mi padre me regaló cuando cumplí los veinticinco años. El calibre sigue latiendo con la exactitud gélida de siempre, pero el segundero parece quedarse corto frente a la sangre que me arde en las venas por primera vez en diez años.
—El lote de Marbella está firmado, Beltrán —digo, sin volverme a mirar a mi hermano—. Vete a tu butaca y mira cómo matan al tenor. Vuestra noche se ha terminado.
* * *