La Penitencia del Cisne Capítulo 6 El Nudo de Seda #2
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Capítulo 6 El Nudo de Seda #2

Me sujeta la base con su palma áspera, midiéndome el grosor y el calor de la erección con una presión firme que me arranca un suspiro violento por la nariz.

Pasa el pulgar por el glande humedecido de líquido seminal, extendiendo la gota limpia sobre la cabeza sensible.

—Mírate —murmura, con las pupilas tan dilatadas que el castaño se ha convertido en pozo ciego—. El hombre más temido de Guadarrama a punto de reventarse las articulaciones solo por entrar en mí.

—Haz lo que has venido a hacer, embustera —gruño entre dientes, con los abdominales tensos como cables de acero contra el bronce.

Valeria alza la pelvis tres centímetros. Alinea la entrada encendida y empapada de su sexo con la punta de mi glande.

Y se deja caer.

Baja en un único movimiento pausado, continuo, tragándose mi grosor centímetro a centímetro hasta que la base de mi cadera choca contra su pubis.

La sensación de presión es asfixiante, una succión cálida y prieta que parece arrancarme el alma directamente desde la médula.

Aprieto los ojos con fuerza, con las mandíbulas trabadas hasta casi romperme las muelas para no soltar un rugido en mitad del salón.

—Abre los ojos, Gael —me ordena, clavándome las uñas en los hombros desnudos, justo sobre la cicatriz—. Mírame. Mira quién te está cabalgando en el palco de tu familia.

Abro los ojos. El rostro de Valeria está a diez centímetros del mío. Empieza a moverse: alza las caderas con una cadencia sinuosa, casi circular, restregándome el clítoris inflamado contra la raíz de mi miembro antes de volver a desplomarse con todo su peso sobre mí.

La fricción dentro de esa carne estrecha me arranca un gemido ronco que muere amortiguado contra su clavícula. En cada descenso, me contrae los músculos internos con la fuerza deliberada de quien conoce al milímetro los nudos más sensibles del placer masculino.

—Eso es —me provoca, jadeando en mi cuello mientras apura el ritmo—. Tira de la seda, Confesor. Intenta soltarte. Intenta mandar sobre mí ahora.

La rabia y las ganas se me mezclan en la boca como pólvora y vino.

Estiro los brazos con toda la fuerza de mis bíceps, forzando las quimeras de bronce del diván hasta sentir los tornillos de la madera crujir a mi espalda.

No logro soltarme las manos, pero consigo empujar la pelvis hacia arriba, recibiendo cada una de sus embestidas con un golpe seco y ascendente que le hace poner los ojos en blanco en la penumbra.

Valeria suelta un gemido entrecortado, resbalando las manos por mi pecho sudoroso hasta agarrarse al cuello abierto de mi camisa.

—Hijo de... puta... —jadea, perdiendo el control de la respiración. El compás que pretendía mantener pausado se quiebra en un galope febril, urgente, con sus caderas subiendo y bajando sobre mí en un ritmo desbocado que hace crujir el tapizado del diván bajo nuestro peso.

El choque de nuestras pelvis resuena sordo, amortiguado por el terciopelo carmesí.

Acompaño cada una de sus caídas con un impulso medido, levantando las caderas para que mi glande busque el fondo de su cuello uterino, donde el calor casi quema.

Valeria gime en voz baja, con la boca pegada a mi yugular, dejándome besos rápidos y desordenados sobre la piel de la garganta.

Me muerde el cartílago de la oreja, luego me lame la gota de sudor que me baja por la curva de la mandíbula.

Me pierdo en el vaivén de esa mujer. La sensación de estar atado, con las muñecas presas por la seda de mi propia pajarita, lejos de humillarme, aviva una llama primitiva que fulmina cualquier atisbo de frialdad táctica.

Jamás he estado tan vulnerable y jamás me he sentido tan dueño de mi propia respiración.

Su descaro, el arrojo de desafiarme en el corazón del territorio de mi clan, hace que cada centímetro de su cuerpo sea lo único digno de veneración en todo Madrid.

Me oprime por dentro con tanta violencia que las piernas me tiemblan contra la alfombra.

El sudor nos funde la piel en una película resbaladiza.

Su melena negra me azota los ojos cuando echa el torso hacia delante, apoyando los antebrazos sobre mi pecho para imponer un ritmo aún más profundo, clavándose con todo el peso de su cuerpo.

Una campana lejana suena en el techo acústico.

Tres toques secos de bronce. Faltan cinco minutos para que arranque el tercer acto de Tosca.

—El tercer aviso, Valeria —le digo, con la voz ahogada por la marea del orgasmo que me sube como lava por la pelvis—. Beltrán está subiendo al palco. Va a girar el picaporte en sesenta segundos.

—Que venga —gruñe ella, clavándome los dientes en el hombro derecho con tanta saña que noto la sangre asomar bajo su mordisco—. Que escuche tu hermano a su dueña gimiendo encima de ti.

Me clava las uñas en la carne y acelera las sacudidas hasta el delirio.

El sonido húmedo de nuestro roce reverbera contra el espejo veneciano como aplausos sordos.

El mundo entero queda reducido a ese acoplamiento perfecto y demencial entre mi cuerpo atado y la furia de esa mujer sobre mí.

Me alzo con las últimas fuerzas que me quedan, acompañando el espasmo de su vientre que empieza a estrujarme por dentro en una convulsión ingobernable.