Capítulo 6 El Nudo de Seda
La hoja del bisturí quirúrgico número once reluce a cuatro centímetros de mi tráquea.
El acero triangular corta el reflejo de los apliques de bronce en el techo del Salón Privado de los Mecenas.
Valeria Mendoza sostiene la empuñadura de hueso con los nudillos blancos, sin la menor oscilación en el pulso.
Su melena negra cae desordenada sobre el terciopelo carmesí, conservando aún el aroma a cera de los palcos y a laca de las butacas del Teatro Real.
Su respiración sube y baja a un ritmo denso, marcado por el calor que le dejé entre los muslos hace cinco minutos delante de mi hermano.
—Quince minutos, Confesor —susurra, clavando sus ojos de un ámbar oscuro en los míos—. El tiempo que la corte de Madrid necesita para apurar dos copas de Veuve Clicquot y poner a parir al tenor.
Doy un paso al frente. No para retroceder, sino para medir el aplomo de la mujer que se ha atrevido a cerrar la salida con llave.
La punta triangular del bisturí me roza la seda negra de la pajarita.
El metal frío se apoya de refilón en mi piel, justo sobre el pulso carotídeo.
Noto el latido de mi propia sangre golpeando contra el filo afilado.
Un toque más de presión y me abriría la arteria antes de que yo pudiera alcanzar el picaporte.
—Estás de farol, pequeña falsificadora —digo, con una voz tan baja que apenas araña el damasco de las paredes—.
Si me abres el cuello aquí dentro, los escoltas de Beltrán echan abajo esta puerta de caoba antes de que llegues al montacargas de los músicos.
Y el lápiz de titanio se queda encerrado en mi cadáver.
Valeria suelta una risa áspera por la nariz. Un aire caliente que me golpea en el cuello almidonado.
—Yo no quiero tu cadáver, Gael de la Vega.
Un muerto no paga deudas ni me pone en la mano la llave de la vida de mi hermana.
Yo quiero el diezmo de esta noche. Me has hecho sentarme en esa concha dorada sin bragas, me has abierto con dos dedos en mitad del aria de Puccini y te has quedado esperando a que me pusiera a gemir delante del juez que vendió a mi familia.
Me he quedado callada. He respondido sobre barnices y ácidos sin que la voz me temblara un solo ciclo.
Ahora el que va a pagar la apuesta eres tú.
Con la mano izquierda, rápida y certera como quien despega una miniatura dañada de un códice antiguo, tira de los extremos de mi pajarita de seda.
El nudo se deshace con un susurro de tela fina.
La tira de seda negra se me escurre del cuello. Valeria recoge la tela con los dedos de la mano libre, sin apartar la hoja del número once del hueco de mi garganta.
—Junta las muñecas a la espalda —ordena, en un tono pausado e imperativo que ningún varón de este linaje ha escuchado jamás sin responder a tiros—. En el respaldo de bronce del diván. Ahora.
Miro el diván de época tapizado en terciopelo verde oliva pegado a la pared de damasco. El respaldo remata en dos volutas pesadas de bronce macizo esculpidas con cabezas de quimera. La separación entre ambos remates es la justa para cruzar dos muñecas masculinas y anular el juego de las manos.
Mido un metro noventa y uno. Peso noventa y dos kilos de músculo curtido en galerías de tiro y en salas de combate cuerpo a cuerpo de la Guardia Real.
Mis antebrazos podrían partirle su muñeca fina antes de que el filo profundizara más de tres milímetros en mi cartílago.
Podría estamparla contra la consola de mármol con el peso de mi torso y quitarle el bisturí de los dedos con una llave elemental de muñeca.
Pero el latigazo eléctrico que me recorre la columna no tiene nada que ver con la táctica militar.
El olor a trementina destilada y a resina de damar de sus uñas, mezclado con el aroma carnal del orgasmo que ha tenido en mi mano hace unos minutos tras la cortina roja, me entra en la cabeza como un disolvente de pureza absoluta.
Ninguna mujer en toda España me ha mirado sin miedo o sin codicia por el apellido.
Valeria Mendoza me mira con el hambre salvaje de quien pretende despojarme de toda la armadura hasta que solo quede la fiera acorralada en su propia jaula.
Doy dos pasos lentos hacia atrás.
La hoja del bisturí me sigue el movimiento, cortando el aire sin perder el contacto con la línea de mi mandíbula. Mis talones topan con el zócalo de caoba del diván.
—¿Estás segura de lo que estás pidiendo, Valeria? —pregunto, apoyando la espalda en el respaldo tapizado.
—Menos charla, Confesor. Las manos atrás.
Giro los hombros despacio. Cruzo las muñecas a la espalda, encajando la piel sensible de mis antebrazos en la curva fría del bronce labrado. El metal esculpido me muerde la línea de los costados.
Valeria avanza como una sombra escarlata.
Se coloca la contera de hueso del bisturí entre los dientes, mordiendo el mango con firmeza mientras sus dos manos pasan la seda negra alrededor de mis muñecas.
Sus dedos de restauradora conocen la resistencia exacta de cada fibra.
No me hace un lazo flojo de salón: pasa la cinta de seda dos veces entre mis brazos, cruza los cabos por el interior de la voluta de bronce y aprieta un nudo marinero doble, inmovilizándome las articulaciones contra la fundición con una precisión de cirujano.
Pruebo a tensar los tendones. La seda me oprime la piel con fuerza, dejándome los brazos en una inmovilidad casi absoluta. Podría forzar la estructura hasta desgarrar la tela o astillar el bronce, pero el esfuerzo me costaría tiempo y sangre.
Valeria se saca el bisturí de la boca con la mano derecha.
Un hilo brillante de saliva le resbala por el mango de hueso pulido antes de apoyar la cara plana de la hoja en el primer botón de nácar de mi camisa blanca.
—Mucho mejor así —dice, con la voz bajando una octava, rota por un dominio que me hace latir la sangre en la pelvis con la violencia de un martillo—. El perro de presa de la Fundación De la Vega con la correa bien puesta.
Utiliza el vértice del bisturí para cortar el hilo del primer botón. El nácar salta y cae sobre la alfombra persa. Luego el segundo botón. El tercero. El cuarto.
Valeria me abre la camisa hasta la cintura con las yemas de sus dedos fríos, apartando el lino almidonado hacia los lados.
La luz suave de los apliques me baña el pecho desnudo, iluminando la zona donde la vieja cicatriz de quemadura de Córdoba trepa desde las costillas izquierdas hacia la clavícula, un relieve rugoso que no le he mostrado a nadie en treinta y dos años de vida.
Los ojos de Valeria bajan por la marca del fuego. Su mano, encallecida por las lijas de agua y los escalpelos, se posa abierta de par en par en el centro mismo de mi cicatriz.
El calor de su palma quema más que la llamarada que devoró el taller de mi madre.
—¿Qué fue esto? —pregunta, perdiendo la aspereza de la voz por una fracción de segundo, sustituida por una curiosidad limpia.
—La herencia de mi padre —respondo entre dientes, sintiendo el pecho jadear bajo su tacto—. Mandó atrancar las puertas del telar cuando yo tenía doce años para quitarse de en medio la vergüenza de mi madre antes de anunciar su boda de conveniencia en Sevilla. Me quedé con las vueltas.
Valeria no retira la mano. Al contrario: desliza los dedos despacio por el mapa de la piel quemada hasta alcanzar la base de mi garganta, donde el corte diminuto de mi labio inferior aún me late.
—Entonces sabes perfectamente lo que se siente cuando los ves triturar a tu familia, Gael.
—Sé perfectamente lo que cuesta cada gramo de carne en esta ciudad, Valeria. Y estás malgastando tus quince minutos de entreacto en cháchara barata.
Suelta una risa felina, baja y peligrosa.
—Tienes razón. El tiempo apremia.
Valeria deja el bisturí de hueso sobre la mesilla lateral de mármol. El metal tintinea seco contra la piedra. A continuación, da un paso atrás y se lleva las dos manos a la abertura lateral de su vestido carmesí.
El terciopelo pesado asciende despacio por sus piernas.
Sus muslos largos, pálidos bajo la media luz, quedan al descubierto sin barrera alguna de tela.
No lleva absolutamente nada debajo del vestido.
El rastro brillante y tibio de lo que hemos hecho en el palco todavía le marca la cara interna de los muslos, trazando un contraste pecaminoso contra el paño aristocrático de la prenda.
Se inclina hacia delante, apoyando ambas manos en mis rodillas cubiertas por el pantalón del esmoquin.
Noto el perfume a flores prensadas y a disolvente flotar entre nosotros, un aroma que se me graba en la memoria con la terquedad de una tinta indeleble.
Valeria se sube al diván.
Apoya una rodilla a cada lado de mis caderas, montándose a horcajadas sobre mi regazo con una lentitud milimetrada para hacerme perder la cabeza.
El terciopelo rojo cae en cascada a nuestro alrededor, levantando una tienda escarlata que nos aísla del resto del salón.
Cuando deja caer todo su peso sobre mis piernas, noto la humedad tibia de su cuerpo pegarse directo a la lana de mi pantalón.
Tiro de las muñecas contra la voluta de bronce. La seda cede, tensándose hasta el límite.
—Ni te muevas, Confesor —susurra, inclinando el torso hasta que sus pechos turgentes, libres bajo el escote desbocado del vestido, me rozan el pecho abierto.
Los granates de Bohemia que le cuelgan del cuello se me clavan helados en la piel, mientras su boca me busca la curva de la oreja—.
La regla de hoy es muy sencilla. Te quedas exactamente donde te he atado.
Si intentas romper la lazada, si pretendes llevar tú el ritmo o si haces el menor ruido que puedan escuchar los camareros en la antecámara, me levanto, saco la llave del escote y te dejo aquí amarrado para que te encuentre tu queridísimo hermano Beltrán. ¿Te ha quedado clara la liturgia?
—Hablas demasiado para haber soltado la cuchilla —gruño, clavando mis ojos de pizarra en los suyos.
—Pues tápame la boca, Gael. Pero sin usar las manos.
Su mano derecha baja entre nuestros cuerpos con una destreza fulgurante.
Valeria me desabrocha la cinturilla del pantalón de vestir, baja la cremallera de metal y libera mi miembro endurecido, rígido como una barra de forja, latiendo con una necesidad acumulada que me quema en las sienes.