La Penitencia del Cisne Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto #4
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Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto #4

—Señorita Soler —cuchichea Beltrán por encima del hombro, con esa sonrisa de perdonavidas—.

Valdivia y yo estábamos cruzando una apuesta ahí abajo.

Una experta como usted, ¿de verdad detecta una falsificación antigua solo con encender la lámpara ultravioleta?

¿O eso es un cuento de los restauradores para inflar la minuta a las fundaciones?

A su lado, Valdivia inclina la calva medio centímetro hacia atrás, esperando mi respuesta.

Dentro de mí, oculto bajo los pliegues del damasco, Gael curva las puntas de los dos dedos hacia arriba en un movimiento deliberado, restregándome la zona más sensible mientras Beltrán aguarda a que hable.

El muslo de Gael me aprieta el mío. Quiere ver si me tiembla la voz.

Quiere ver si suelto Ceniza para salvar las apariencias.

La sangre me hierve detrás de los ojos.

Contraigo los músculos internos aposta alrededor de los dedos de Gael, apretándole la mano con tanta fuerza que noto cómo se le tensa el tendón del antebrazo bajo la chaqueta. Le sostengo una sonrisa gélida a Beltrán de la Vega en la penumbra.

—La radiación ultravioleta delata cada repinte, señor De la Vega —respondo en un susurro nítido y afinado en el tono, sin oscilar un solo hercio mientras la soprano sostiene la nota aguda ahí abajo—.

Aunque la lámpara resulta prescindible la mayoría de las veces.

Cuando un aficionado intenta tapar un expolio antiguo usando resina barata o ácido mal neutralizado, el propio calor de la sala hace el trabajo sucio.

Gael me gira el pulgar encima en un círculo lento, quitándome el suelo bajo los pies en mitad de la frase. Le clavo la mirada a su hermano sin pestañear.

—El barniz falso empieza a sudar por dentro —continúo, en el mismo tono aséptico de una conferencia, mientras un temblor mudo me sube desde los gemelos hasta la coronilla—.

Se abren microfisuras invisibles a simple vista.

Basta con que alguien encienda una cerilla cerca del marco para que la pieza entera arda por combustión antes de que el propietario alcance la puerta.

Beltrán enarca una ceja. Su sonrisa se enfría un segundo en la penumbra antes de encogerse de hombros, descolocado por la firmeza de mi respuesta.

—Conviene saber que nuestras pólizas cubren incendios —murmura, volviéndose de nuevo hacia el escenario.

Apenas la nuca de Beltrán se alinea con la barandilla y el final del aria estalla en los aplausos del público, Gael recupera el ritmo con una ferocidad silenciosa que pulveriza lo que me quedaba de entereza.

Los dos dedos me entran y me salen en embestidas rápidas y profundas, con el pulgar castigándome el clítoris sin tregua mientras su boca vuelve a pegarse a mi yugular tras la cortina.

—Mírate —me gruñe contra la piel, con la voz rota por un hambre salvaje que me incendia los oídos—. Bajándole los humos con dos dedos míos metidos hasta el fondo en este coño empapado. Córrete para mí ahora, Cisne. Córrete callada en mi mano.

Su orden hace saltar la presa.

El orgasmo me atraviesa como una cuchilla afilada en la oscuridad.

La cadera se me despega un centímetro del tapizado.

Hundo la cara en el hombro de Gael y le muerdo la solapa de seda del esmoquin con saña para encerrarme el grito entre los dientes mientras el vientre se me cierra en espasmos violentos.

Mi cuerpo le ordeña la mano una, dos, tres veces seguidas, empapándole los dedos hasta la palma en el calor sofocante bajo el terciopelo carmesí.

Allá abajo, en el escenario iluminado, Floria Tosca empuña el cuchillo de plata de la mesa y se lo clava a Scarpia en el pecho.

¡Muori dannato! ¡Muori! ¡Muori!

Mis uñas perforan la lana del pantalón de Gael. Sus dedos siguen moviéndose despacio dentro de mí hasta apurar el último espasmo de mis caderas, dejándome las piernas temblorosas como cera blanda sobre los tacones finos.

En las tablas, Tosca coloca dos candelabros encendidos a ambos lados del cadáver de Scarpia y deja caer un crucifijo sobre el pecho del muerto. El telón del Teatro Real se desploma bajo el estruendo final de la orquesta.

—¡Bravo! —brama Beltrán en la primera fila, poniéndose en pie de un salto para aplaudir con las manos en alto junto al resto de la sala.

Gael me retira los dedos despacio y cierra la abertura del terciopelo carmesí sobre mi muslo desnudo con un único ademán limpio. Se echa hacia atrás en su propia butaca medio segundo antes de que las arañas de cristal del techo se enciendan para el descanso.

Parpadeo contra la claridad blanca. El corazón me late a ciento cuarenta pulsaciones por minuto bajo las piedras frías del collar. La piel me suda bajo el forro del vestido, y entre las piernas la carne me sigue latiendo, empapada y febril.

Miro a mi lado.

Gael está sentado con la compostura gélida de un banquero aburrido, con las piernas cruzadas.

Antes de que Beltrán se dé la vuelta, veo a Gael llevarse la mano derecha a la barbilla como si se palpara el corte del labio.

Se pasa la punta de la lengua despacio por su propio dedo corazón, saboreándome en su piel sin apartar sus ojos grises de los míos.

Todo el calor del mundo se me sube a la cara.

Delante, Beltrán y Valdivia se giran hacia nosotros. Beltrán se saca el segundo pañuelo de seda del bolsillo, se seca el sudor de la frente y tira la tela arrugada sobre la butaca vacía, sacándose el tercer pañuelo limpio de la noche de dentro de la chaqueta.

—Veinticinco minutos de descanso antes de que nuestra heroína se tire desde el Castillo de Sant'Angelo —dice Beltrán, ajustándose los gemelos de oro—.

Ignacio y yo vamos al Salón Goya a buscar champán que el servicio no haya sobado.

¿Venís, o mi hermanito tiene que redactar algún informe urgente para Zúrich?

—Id tirando —responde Gael, poniéndose en pie y abrochándose el esmoquin con la mano izquierda—. La doctora Soler y yo vamos a comprobar unas cláusulas de la póliza de transporte en el salón privado y bajamos enseguida.

—A ver si asomas la cabeza, Gael. A nuestro padre le revienta que la prensa piense que la familia anda a la gresca —dice Beltrán, abriendo la puerta exterior del pasillo para cederle el paso a Valdivia.

La puerta doble se cierra tras ellos. Sus pasos se pierden sobre la moqueta del pasillo en medio del murmullo del vestíbulo.

Nos quedamos solos.

Me levanto de la butaca sintiendo el terciopelo carmesí rozarme la piel hipersensible de los muslos. Camino despacio desde la penumbra del palco hacia el Salón Privado de los Mecenas. El aire entre los espejos dorados y el diván de cuero oscuro parece cargado de electricidad estática.

Gael entra detrás de mí. Deja la puerta interior entornada y se planta en el centro de la alfombra persa. Con un movimiento seco, se abre el botón de la chaqueta, mete la mano en el bolsillo interior izquierdo y saca un cilindro pequeño de titanio cepillado del tamaño de un encendedor.

La memoria USB del Ala Norte.

Me tiende el metal en la palma abierta, a medio camino entre los dos.

—Segunda Penitencia liquidada, señorita Soler —dice Gael.

Su voz conserva el tono de los negocios, pero el pecho le sube y le baja demasiado deprisa bajo la pechera de la camisa, y sus pupilas dilatadas se comen casi todo el gris del iris—.

Cuarenta minutos de vídeo termográfico sin cortes.

Ha ganado la apuesta. Coja el archivo y márchese antes del tercer acto, si lo prefiere.

Miro el cilindro de titanio en su mano. Luego alzo los ojos hacia el brillo húmedo que todavía le marca la comisura del labio partido.

Se cree que ha ganado. Piensa que porque me ha hecho correrme callada bajo la falda a menos de dos metros de su hermano y del magistrado, voy a recoger mi limosna de la mano del amo y me voy a volver a Lavapiés con el rabo entre las piernas.

Paso de largo sin tocar el lápiz de memoria.

Camino hacia la puerta doble que da al pasillo exterior. Giro la pesada llave de latón dos veces en la cerradura antigua hasta que el pasador de hierro bloquea la salida, saco la llave del ojo y me la deslizo dentro del escote, entre los pechos.

Gael se gira despacio, frunciendo el ceño.

—¿Qué estás haciendo, Valeria?

Me llevo la mano derecha a la nuca y tiro del vástago de hueso tallado de dentro del moño alto. Toda mi melena negra se desploma sobre mis hombros desnudos y sobre el terciopelo carmesí. Con un giro seco de muñeca, desenrosco la funda de hueso.

La hoja triangular del bisturí quirúrgico número once destella bajo la lámpara de bronce.

Doy un paso hacia él con el acero firme entre los dedos.

—Todavía quedan quince minutos de descanso, Confesor. Ahora la Segunda Penitencia la dicto yo.

* * *