Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto #3
—Su hermano me planteó argumentos contractuales muy convincentes, señor De la Vega —respondo, mirando fijamente a Gael mientras le hablo a Beltrán—. Me prometió mostrarme un asiento de registro que nadie más en Madrid ha tenido el valor de poner bajo la lupa.
Al otro lado del salón, los ojos de pizarra de Gael echan chispas.
—Y yo pago todas mis deudas al contado, Beltrán —zanja Gael, dejando el vaso vacío sobre el mármol justo cuando el gong anuncia el comienzo del segundo acto—.
El primer acto ya se ha esfumado mientras el coche oficial del doctor Valdivia se atascaba en la Gran Vía.
La orquesta ya está afinando. Vamos a entrar antes de que apaguen las luces.
Gael empuja la puerta entelada que da acceso al Palco Real.
El palco es un balcón suspendido de oro viejo y terciopelo carmesí sobre la herradura iluminada del coliseo.
Cuatro butacas de respaldo alto dividen el espacio en dos alturas.
Dos están delante, pegadas a la barandilla de bronce que asoma al patio de butacas y al foso.
Las otras dos quedan detrás, sobre una tarima enmoquetada, resguardadas por un espeso cortinaje lateral de damasco rojo sangre que aísla el fondo del palco de las miradas vecinas.
Beltrán ocupa de inmediato la butaca delantera derecha y le indica la izquierda a Valdivia.
—Siéntate aquí conmigo, Ignacio, que los metales en la entrada de Scarpia suenan como un cañón desde esta esquina —dice Beltrán, sacando el segundo pañuelo solo para espantar una mota invisible del brazo del asiento—.
Dejemos a los peritos en arte ahí atrás en la sombra.
Mi hermano siempre ha preferido espiar la vida por la rendija de la cortina.
Valdivia acomoda su corpulencia en la butaca izquierda y apoya los puños en la barandilla. El rubí cardenalicio me queda a metro y medio de la cara.
Me siento en la butaca trasera izquierda, justo detrás del hueco entre Beltrán y Valdivia.
Gael toma asiento a mi derecha y corre la mitad del cortinaje de damasco por la guía de bronce.
La tela pesada cae como un biombo denso entre nuestro rincón y el resto de la sala.
Por la abertura diagonal que tengo delante veo el escenario allá abajo y las dos nucas de los hombres de la primera fila: la gomina rubia de Beltrán y el pliegue colorado del pescuezo de Valdivia.
En el foso, el director sube al podio entre aplausos contenidos.
Las lámparas de araña del Teatro Real empiezan a atenuarse.
El resplandor dorado muere en las cinco plantas hasta que solo queda el resplandor amarillento de los atriles y el haz de los focos sobre el segundo acto de Tosca.
La escena muestra el gabinete del Barón Scarpia en el Palacio Farnesio, con la cena servida y los candelabros encendidos.
La batuta corta el aire. Los acordes graves de la orquesta retumban en la sala a oscuras.
En el mismo segundo en que la penumbra sepulta el fondo del palco, noto las patas de la butaca de Gael deslizarse sobre la moqueta espesa.
El sonido muere ahogado por las notas hondas de los contrabajos.
Anula la distancia entre nuestros asientos hasta que su muslo izquierdo, duro bajo la lana del esmoquin, se apoya entero contra mi muslo derecho.
El aire se me corta en la boca del estómago.
A un metro cuarenta de mis rodillas, Beltrán se inclina hacia delante para observar al barítono en escena, mientras Valdivia entrelaza los dedos sobre el terciopelo del pasamanos. Ninguno de los dos mira hacia atrás. Somos dos bultos inmóviles tras el damasco.
La mano derecha de Gael se posa en el reposabrazos de mi butaca.
En la oscuridad cerrada del rincón, iluminada apenas por el reflejo tenue de la escena en el techo dorado, el calor que brota de su cuerpo espesa el aire entre nosotros.
Capto el olor seco a mirra mezclado con el lino almidonado de su puño y escucho el tictac menudo de su reloj de acero antes de que sus dedos largos me rocen la rodilla. La piel entera se me pone de gallina.
Permanezco inmóvil, con la vista clavada en el escenario donde Scarpia ordena el interrogatorio de Cavaradossi.
Los dedos de Gael localizan el borde de la abertura lateral de mi vestido. Con una calma quirúrgica, aparta el terciopelo hacia un lado y me deja la pierna izquierda al aire. El fresco del teatro me roza la piel desnuda, cubierta al instante por su palma abierta y caliente.
Gael sube la mano.
Asciende por la cara interna de mi muslo despacio, con la aspereza de sus callos raspándome la piel tensa centímetro a centímetro mientras las violas sostienen el trémolo en el foso.
Supera la mitad del muslo, alcanza la curva de la cadera donde la tela se arruga y solo encuentra la carne desnuda, cálida y empapada entre mis piernas. Se detiene allí.
La respiración de Gael se quiebra medio segundo en la penumbra. Es apenas un corte seco en el aire del hombre que controla hasta los latidos de su propio pulso.
Inclina la cabeza en la sombra hasta que sus labios, marcados por la costra áspera del corte que le abrí ayer, me rozan el cartílago de la oreja derecha.
—Buena chica —murmura, en un susurro tan bajo que se extingue antes de recorrer un palmo de aire, tapado por el canto de Scarpia—. Has obedecido hasta el final.
—Yo cumplo los contratos que firmo, Confesor —le susurro de vuelta sin girar la cara, con los ojos fijos en la nuca de Beltrán—. Al contrario que los de tu sangre.
Su respuesta me llega a través de los dedos.
El corazón de Gael recorre la hendidura entre mis labios carnosos, repartiendo la humedad tibia que el peligro le ha arrancado a mi cuerpo, y sube hasta rodearme el clítoris con una presión firme.
Un calambre eléctrico me recorre la columna y me tensa los músculos del bajo vientre.
Clavo las uñas en el terciopelo de los brazos de la butaca, hundiéndome en el relleno hasta tocar la caoba.
Me muerdo la cara interna del labio inferior hasta sacarme sabor a hierro en la lengua, reteniéndome el aire en la garganta.
Delante, Valdivia carraspea y cambia de postura. La madera de su butaca cruje. El rubí de su anillo despide un reflejo rojo bajo los focos, a menos de dos pasos de la mano de Gael hundida bajo mi falda.
—Míralos a los dos, Valeria —me ordena Gael al oído, con un hilo de voz que parece una oración profana.
Con el peso de su antebrazo, me abre las piernas tres centímetros más y me desliza un dedo entero dentro, despacio, abriéndose paso en mi carne encendida—.
Mira al que archivó el nombre de tu hermana.
Mira a mi hermano. Si cierras los ojos o apartas la cara, me detengo ahora mismo y la memoria duerme conmigo.
Mis caderas dan un respingo sordo contra su palma cuando el dedo le llega hasta el fondo y se curva hacia arriba, dando de lleno en el punto exacto donde los nervios me arden.
Abro los ojos todo lo que puedo, prohibiéndoles a los párpados bajar.
En el escenario iluminado, Floria Tosca entra en el salón del Palacio Farnesio mientras desde la cámara de tortura al fondo resuenan los alaridos de Cavaradossi.
En la primera fila, Beltrán apoya la barbilla en el puño, ajeno a todo.
A metro y medio de la espalda de su hermano, Gael me mete el segundo dedo.
El grosor de los dos dedos me abre hasta arrancarme una punzada honda que me corta la respiración.
El sonido húmedo de su tacto bajo el terciopelo carmesí muere en el hueco de sombra entre las butacas, tragado por los trombones y los timbales de la orquesta.
Gael marca un compás lento, entrando hasta que los nudillos me tocan la entrada y retirándose solo para frotarme el pulgar contra el clítoris congestionado. Las piernas me empiezan a temblar.
Suelto el brazo de la butaca y le clavo la mano derecha en el muslo a Gael. Le hundo las cinco uñas en el músculo duro de la pierna a través de la lana fina del esmoquin.
—Eso es —sopla Gael en la piel de mi cuello, con su aliento caliente chocando contra los granates helados del collar—. Rómpeme el pantalón si te hace falta. Pero trágate la voz por ellos, mi embustera perfecta. Mira cómo me aprietas en la sombra mientras vas de perito suiza por la vida.
Su mano izquierda sube por el respaldo y se me cierra en la nuca, bajo el moño alto, sujetándome la base del cráneo para obligarme a mantener la vista fija en la rendija de la cortina.
Estoy atrapada entre sus dos manos. La de la nuca me fuerza a contemplar a los dos hombres que compraron el silencio sobre Clara.
La de abajo me arrebata el control de cada nervio desde el vientre hasta las rodillas.
El calor me sube por el pecho en oleadas densas que me nublan la vista.
En la escena, Scarpia cierra la ventana para callar los gritos del preso y le pone a Tosca el precio sobre la mesa: la vida de Cavaradossi a cambio de su cuerpo allí mismo.
La soprano cae de rodillas junto a la mesa y la orquesta entera retira los metales para dejar paso al solo doliente de cuerda que abre Vissi d'arte.
Vissi d'arte, vissi d'amore, non feci mai male ad anima viva...
El canto de la soprano asciende limpio como el cristal en el silencio sepulcral de mil setecientas personas. Los metales callan. Los timbales desaparecen. El teatro entero aguanta la respiración.
Y Gael no se detiene.
En el silencio absoluto del solo de soprano y violonchelo, me hunde los dos dedos hasta la raíz y duplica la presión del pulgar, trabajando dentro de mí con una saña fría que me hace clavar los tacones en la moqueta.
Una gota de sudor me baja entre los pechos.
Mi garganta se traba en un nudo seco para estrangular un gemido en la lengua.
En ese compás exacto, Beltrán de la Vega se remueve en la butaca delantera.
La caoba cruje. La cabeza rubia de Beltrán se vuelve hacia atrás en la penumbra, encarando directamente la abertura del cortinaje de damasco donde estamos.
Bajo el resplandor pálido de la escena, los ojos azules y acuosos de Beltrán me buscan la cara en la sombra.
Gael no saca la mano de debajo de mi falda. Los dos dedos continúan enterrados hasta el fondo dentro de mí, inmóviles pero latiendo contra la pared interna de mi sexo, con la palma pegada a mi clítoris. Su mano izquierda suelta mi nuca despacio y se apoya en el brazo del asiento.