La Penitencia del Cisne Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto #2
35%

Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto #2

—El acomodador ha dejado el programa de mano ahí en la esquina —dice Gael, con las manos aún apoyadas en mis hombros y señalando con la barbilla hacia el folleto de papel satinado—.

Echa un vistazo a la lista de patronos de honor ahí abajo, en la cuarta fila del patio de butacas, mientras escuchamos el primer acto desde aquí.

Bajo la vista por el reflejo hacia la rendija de la cortina interior que da a la sala.

Abajo, en la penumbra dorada del coliseo, la orquesta desgrana los cuarenta minutos del primer acto en la iglesia de Sant'Andrea della Valle mientras las lámparas a media luz brillan sobre las coronillas de los hombres que compran y venden Madrid.

—El de la corbata azul celeste es el director general de Bellas Artes —murmuro, reconociendo el cogote ancho del tipo que visitó el taller del Prado el mes pasado—.

Desembolsó ciento veinte mil euros de fondos públicos por un San Jerónimo atribuido al obrador de Zurbarán que se pintó en Valencia en mil novecientos ochenta y cuatro.

Se puede oler la resina acrílica desde aquí arriba.

Un carraspeo sordo y ronco brota de la garganta de Gael. Es una risa breve, auténtica, que le hace vibrar el pecho contra la espalda de mi vestido.

—¿Y la mujer que tiene al lado, la del vestido verde esmeralda? —pregunta, inclinando la cara hasta que su barbilla casi me roza la sien.

—La mujer del dueño de la constructora que derribó las naves históricas de Atocha.

El collar de esmeraldas que lleva es cuarzo verde teñido al vacío en Jaipur.

Me juego cien euros a que el marido vendió las piedras originales para tapar pufos de póquer en el Casino de Madrid y metió la copia en la caja fuerte.

—Te equivocas de timba —corrige Gael en voz muy baja, casi cómplice, con los ojos clavados en los míos a través del cristal envejecido—.

Fueron caballos en el hipódromo de la Zarzuela.

Y quien le compró las esmeraldas auténticas a mitad de precio fue el magistrado que viene a compartir palco con nosotros ahora en el segundo acto.

Suelto una risa seca por la nariz, empañando apenas el cristal.

Durante la siguiente media hora, mientras el coro del Te Deum atruena abajo en el cierre del primer acto, permanecemos en ese cuadrado de luz cálida entre el cuero del diván y el damasco de las paredes, como dos compinches despellejando un salón abarrotado de ladrones de cuello blanco.

Sus manos siguen cerca de mis hombros descubiertos, cálidas, sin apretar para herir y sin apartarse.

El olor a lluvia que todavía anida en la lana de su esmoquin se confunde con el aceite de almendras de mi piel.

Una ovación cerrada atraviesa la pared acústica del palco, anunciando el final del primer acto, seguida de inmediato por el timbre de aviso del pasillo.

La tregua se esfuma en el acto. Las pupilas de Gael se dilatan sobre el iris ceniza, y su mano derecha desciende desde mi hombro por el costado, contorneando la cadera hasta tocar la abertura del terciopelo carmesí.

—¿Ha cumplido con la última línea de la nota, señorita Soler? —susurra contra la piel detrás de mi oreja.

Pongo mi palma sobre el dorso de su mano, notando los tendones tensos.

—Descúbralo cuando su hermano esté mirando, Confesor.

Unos pasos rápidos y varias voces masculinas resuenan en el pasillo exterior antes de que Gael pueda replicar. Retira la mano con la frialdad de quien enfunda un arma, da un paso lateral alejándose del espejo y se abotona la chaqueta.

La puerta doble de caoba se abre de par en par sin llamar.

—Hombre, pero miren quién ha decidido bajar de la sierra para culturizarse un poco —anuncia una voz nasal, demasiado alta para el espacio, con ese deje arrastrado propio de los clubes de golf de Puerta de Hierro.

Beltrán de la Vega irrumpe en la antecámara trayendo consigo una nube dulzona de colonia francesa y gintonic.

Tiene treinta y cinco años, tres más que Gael, pero parece moldeado en una arcilla bastante más blanda.

Lleva el pelo rubio ceniza repeinado hacia atrás con fijador brillante, dejando a la vista una frente cetrina donde dos venas finas se le marcan al sonreír.

Viste un esmoquin con solapa de raso y un pañuelo de seda blanca abombado en el bolsillo del pecho.

Justo detrás de él, sujetando el sombrero hongo y un maletín de cuero burdeos, asoma el segundo invitado.

Ignacio Valdivia. Magistrado de la Audiencia Nacional. Cincuenta y ocho años, una calva reluciente que refleja el bronce de los apliques, papada fofa desbordando el cuello almidonado.

El aire dentro de mis pulmones se enfría como nitrógeno líquido.

Miro la mano derecha de Valdivia. Sus dedos cortos y húmedos sujetan el asa del maletín, y en el meñique le brilla un anillo de sello de oro macizo con un rubí cuadrado oscuro, tallado al estilo cardenalicio.

Esa misma mano firmó el auto de seis líneas archivando la desaparición de Clara Mendoza en cuarenta y ocho horas por «falta de indicios de delito».

Dos días después de que yo presentara en el registro del juzgado el extracto con el ingreso de la Fundación De la Vega.

Me clavo las uñas en la palma izquierda, oculta bajo los pliegues de la falda carmesí. Aprieto la cicatriz blanca de la gubia en la base de mi pulgar hasta que el dolor me limpia la niebla roja de los ojos.

Un camarero del teatro entra detrás de ellos, manteniendo en equilibrio una bandeja de plata con cuatro copas de champán.

Beltrán alarga la mano para coger la primera, pero se frena en seco.

Sus ojos azules y acuosos se fijan en la huella que el guante blanco del camarero ha dejado a dos milímetros del borde del cristal.

—Quita eso de mi vista —ordena Beltrán, perdiendo la sonrisa de golpe—. Le has puesto el pulgar en el borde donde se bebe. ¿Pretendes que me trague el apresto de la lavandería del teatro, pedazo de incompetente? Tira esa copa a la basura ahora mismo y trae una botella sin descorchar.

El camarero se queda blanco, balbucea una disculpa mirando a la moqueta y sale casi tropezando con sus propios zapatos.

Beltrán bufa con repugnancia y se saca el pañuelo de seda del bolsillo del esmoquin.

Se limpia las yemas de los dedos que ni siquiera han llegado a rozar la copa y arroja la tela al cesto junto al aparador.

Luego abre la cartera interior de la chaqueta, extrae un segundo pañuelo idéntico y se lo acomoda en el bolsillo del pecho con tres toques nerviosos.

Solo entonces se fija en mí.

Beltrán me repasa de arriba abajo con la lentitud descarada de quien examina un caballo en una subasta en Jerez. Se detiene en los granates de su abuela alrededor de mi cuello, frunce el ceño medio segundo y abre una sonrisa pastosa.

—Hermanito, te tenías bien guardadas las reliquias de la sacristía —suelta Beltrán, dando un paso adelante con la mano extendida esperando que le entregue los dedos para un besamanos de salón—.

Nuestro padre me avisó de que vendrías a revisar unos balances con el doctor Valdivia en el descanso, pero se le olvidó mencionar que la auditoría vestía de terciopelo rojo.

Rechazo el besamanos. Le tiendo la mano firme en horizontal, forzando un apretón seco y protocolario que le frena la reverencia a mitad de camino. La piel de Beltrán es blanda, fría y huele a jabón de almendras.

—Valeria Soler —me presento, soltándole los dedos en el segundo exacto—. Conservación y química de materiales del Kunsthaus de Zúrich. Dejo la contabilidad para los banqueros, señor De la Vega. El papel aguanta cualquier número falso; el óleo siempre delata la edad de la pintura.

Gael sigue imperturbable junto al mueble bar, con el vaso de whisky en la mano izquierda.

—La doctora Soler ha volado a Madrid para examinar el políptico de Amberes que Don Rodrigo quiere ceder para la exposición de invierno —interviene Gael, con un tono cortante como una plomada—. Este es mi hermano, Beltrán. Y el excelentísimo señor Ignacio Valdivia.

Valdivia avanza un paso y carraspea, ese sonido cavernoso de sala de vistas que precede a un fallo amañado. Cuando me estrecha la mano, noto su palma empapada en sudor.

—Todo un honor contar con una especialista de Zúrich, señorita Soler —dice Valdivia, hinchando el chaleco bajo la faja de raso mientras sus ojos porcinos me bajan descaradamente por el escote—.

Cuando la administración fracasa a la hora de custodiar el patrimonio sacro de España, nos corresponde a la judicatura y a mecenas de la talla de la Fundación De la Vega mantener las llaves a buen recaudo.

Mientras habla, apoya la mano derecha en el respaldo de la butaca contigua. El meñique empieza a golpear el anillo de rubí contra la caoba. Tap, tap-tap, tap, tap. Un compás cuaternario y lento, calcado al de los tambores de las cofradías sevillanas. Miente hasta cuando respira.

Le sonrío con una cortesía académica impecable.

—Coincido plenamente, señoría —digo, modulando el tono de investigadora prudente—.

En el laboratorio vemos a diario lo que cuesta la negligencia.

Una fisura diminuta en la preparación de yeso, tapada deprisa y corriendo con barniz brillante, deja que la carcoma y la humedad pudran el roble por detrás de la tabla.

Cuando el propietario nota el olor a podrido en el salón, la madera ya se ha quebrado por la mitad. Y entonces solo queda prenderle fuego.

El tamborileo del anillo de rubí se detiene en seco. Valdivia parpadea pesadamente, masticando el sentido de mis palabras.

Beltrán suelta una risotada aguda y se mete las manos en los bolsillos del pantalón.

—¡Me gusta, Gael! Habla mejor que esas mudas que sueles llevarte para los trabajitos de la sierra —suelta Beltrán, dándole una palmada burlona en el hombro a su hermano.

Gael ni pestañea—. Pero cuénteme, querida: ¿cómo ha conseguido mi hermanito convencer a una doctora suiza para tragarse a Puccini un sábado por la noche?

Nuestro director de seguridad suele preferir diversiones más oscuras. En los sótanos, a ser posible.

Sabe lo del Ala Norte. Su nombre figuraba en la orden de transferencia de tres mil euros a la cuenta de Clara. Miro la garganta lechosa de Beltrán y calculo el tiempo que tardaría el ácido nítrico concentrado de mi taller en disolverle esa nuez. Noventa segundos, sin rebajar.