La Penitencia del Cisne Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto
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Capítulo 5 Sangre en el Segundo Acto

La nota venía dentro de una caja negra alargada, entregada en la portería de la Calle del Amparo a las tres de la tarde.

El chófer olía a goma laca y a lluvia. Soraya desató el lazo de falla con una espátula manchada de óxido de zinc y leyó la cartulina de hilo crema en voz alta.

Después se pasó diez minutos acordándose de toda la familia de Gael de la Vega en tres dialectos ibéricos.

Yo me guardé la tarjeta en el bolsillo del mandil. Le pasé la plancha de vapor al forro del vestido.

Segunda Penitencia hoy a las veinte horas. Ponte el rojo. Sin bragas.

Su caligrafía era vertical, trazada con plumilla fina y tinta ferrogálica negra, sin un solo borrón en las astas. Caligrafía de hombre que se mide el pulso antes de cerrar los ojos.

Ahora son las ocho menos diez de la noche del sábado.

El viento gélido que baja de la Sierra de Guadarrama barre la Plaza de Oriente como una escoba de alambre.

Subo los peldaños de granito del Teatro Real sintiendo cómo el aire húmedo de noviembre se cuela por la abertura lateral del terciopelo carmesí y me lame la piel desnuda de los muslos.

Cada racha fría bajo la falda larga me recuerda las dimensiones de mi locura.

Cumplo las cláusulas contractuales al pie de la letra cuando la recompensa cubre el riesgo.

Si Gael quiere comprobar la regla esta noche, va a tener que jugar con fuego delante de medio Tribunal Supremo.

Me detengo bajo el pórtico iluminado. Sacudo un par de gotas de aguanieve de la estola de paño negro que le mangé a Soraya del armario.

A mi alrededor, la flor y nata del Barrio de Salamanca desfila sobre la alfombra roja secándose los zapatos de charol.

Calculo mentalmente el valor de reventa de cada pieza de forma automática, igual que un químico leyendo etiquetas en el laboratorio.

Un abrigo de visón guardado con naftalina desde la época de Aznar: cuatro mil euros en cualquier tienda de segunda mano de la Calle Lagasca.

Un Patek Philippe de oro rosa en la muñeca de un subsecretario de Interior cerca de la taquilla: sesenta mil en el mercado gris de Ginebra.

Todos sonríen enseñando dientes de porcelana y se besan al aire dos veces. Nadie se roza la piel de verdad.

Subo la escalera imperial de mármol blanco rumbo a la primera planta.

A cada peldaño, el peso del moño alto me tira de la raíz del pelo en la nuca.

Quien me mira el peinado solo ve una peineta de hueso antiguo tallada en espiral cruzando mis mechones negros.

Solo yo sé que el interior del vástago lo vacié en el torno ayer por la tarde para camuflar la hoja de un bisturí quirúrgico número once.

Cenar en la jaula de las fieras sin ropa interior exige, como mínimo, llevar cubiertos propios.

En el pasillo curvo de los palcos reales, un acomodador con librea burdeos comprueba la invitación impresa en oro que le tiendo con la mano izquierda.

—¿Señorita Valeria Soler? —pregunta, inclinando la espalda en el ángulo justo reservado a los invitados de la Fundación De la Vega—. La comitiva del señor director la aguarda en el Salón Privado de los Mecenas.

—Gracias. El tráfico desde el aeropuerto era un infierno.

Uso un acento madrileño impecable, de colegio mayor y universidad privada.

He borrado de mi garganta cualquier rastro de las vocales abiertas de Toledo o del habla de Lavapiés.

En los registros de esta noche soy Valeria Soler, especialista en policromía barroca del Kunsthaus de Zúrich.

He venido a Madrid a tasar dos tablas flamencas de la colección particular del Marqués de Montiel.

Beltrán de la Vega jamás me ha visto la cara.

Cuando Clara tocaba en los saraos de la fundación, yo me quedaba fuera de la verja o encerrada en el taller decapando barniz quemado.

El acomodador abre la puerta doble de caoba tallada y da un paso atrás.

Entro en la antecámara privada del Palco Real. La cerradura encaja a mi espalda con un chasquido sordo, amortiguado por las paredes forradas de damasco rojo. La estancia huele a cera de carnauba, a tabaco negro y a esa nota seca a mirra y resina de pino que ya reconozco con los ojos cerrados.

Gael de la Vega está de pie ante el aparador de mármol negro, de espaldas a la entrada, sirviéndose whisky en un vaso bajo de cristal.

Sin la túnica oscura y sin el antifaz de cuero de la abadía, su presencia corta el aire.

El esmoquin negro de lana fría le marca el ancho exacto de los hombros y se estrecha en la cintura sin una arruga fuera de sitio.

Cuando se gira despacio, la luz de la lámpara de bronce le perfila la mandíbula recién afeitada y el labio inferior.

Allí sigue mi firma: un corte limpio de cuatro milímetros, sellado por una costra oscura donde bebió mi bisturí anoche.

Sus ojos de un gris oscuro, del color del plomo bajo los apliques de pared, me recorren desde el moño hasta los zapatos de tacón de aguja.

La inspección dura cinco segundos enteros.

Se detiene en la abertura lateral del vestido carmesí, donde el terciopelo pesado se abre hasta la mitad de mi muslo izquierdo.

—Dos minutos antes de las ocho —dice Gael, con una voz grave que llena la habitación sin necesidad de forzar el volumen—. En Zúrich los restauradores suelen ser puntuales, señorita Soler.

—En Zúrich los clientes no envían cajas negras por mensajero con órdenes de vestuario dignas de un lupanar del siglo dieciocho, señor De la Vega —replico.

Dejo que la estola de paño me resbale por los codos y la arrojo sobre el diván de cuero oscuro—.

Y su sastre se ha equivocado por medio centímetro en la sisa del pecho.

He tenido que sujetar el forro con cinta de doble cara para no armar un escándalo en primera fila.

La comisura de su labio partido se alza una fracción de milímetro. Gael deja el vaso de whisky en el mármol y avanza hacia mí. Su paso tiene el peso exacto de quien conoce cada tabla del suelo.

—El sastre tomó las medidas de su ficha médica en el Museo del Prado —dice, plantándose a un palmo de mi pecho—. Aunque la cinta adhesiva resultará superflua si mantiene la espalda recta.

—O sea, que también asaltó el archivo de personal del museo. Todo un caballero. ¿Me va a decir que se ha aprendido mi grupo sanguíneo?

—Cero negativo. El mismo que el de su hermana.

La mención de Clara me enfría la saliva en la boca. Mantengo la barbilla alta, clavándole los ojos en el cuello almidonado y en la pajarita de seda negra anudada a mano. Le miro los dedos: largos, limpios, sin anillos, solo el reloj mecánico suizo con caja de acero mate en la muñeca izquierda.

—¿Dónde está el archivo del Ala Norte? —inquiero.

Gael se lleva dos dedos al bolsillo interior de la chaqueta, en el costado izquierdo del pecho, y roza la lana negra con suavidad. El relieve de un cilindro metálico dibuja la tela sobre sus costillas.

—Cuarenta minutos de la cámara termográfica del pasillo este, extraídos del servidor espejo de la subestación antes de que borraran el rastro —dice, en el tono neutro de un perito judicial—.

Muestra la huella térmica de dos personas abandonando el Ala Norte con su hermana a la una y treinta y ocho de la madrugada del diecisiete de octubre.

Mis dedos aprietan la correa del bolso pequeño de raso donde he guardado la máscara de plata. Me dan ganas de abalanzarme sobre su cuello ahora mismo, desgarrarle el forro del esmoquin con los dientes y arrancarle esa pieza de metal de un tirón.

—Entrégame la memoria, Gael. He venido.

—La Segunda Penitencia termina cuando caiga el telón del segundo acto, pequeña falsificadora. El primer acto va a empezar ahora dentro, pero Beltrán y nuestro invitado jamás se rebajan a llegar antes del entreacto.

Da medio paso atrás, se acerca al aparador y coge un estuche alargado de piel marrón desgastada en las esquinas.

Al levantar la tapa con muelle, una hilera de granates de Bohemia tallados en lágrima relumbra sobre el terciopelo envejecido.

El oro de los engastes es antiguo, enrojecido por la aleación de cobre del siglo diecinueve.

—Beltrán tasa a cualquier mujer que asoma por los eventos de la fundación por el importe de lo que lleva al cuello —explica Gael, sacando el collar de la caja.

Las piedras de un rojo oscuro cuelgan entre sus dedos como gotas de sangre coagulada—.

Si entras en ese palco con el escote limpio, tardará treinta segundos en mirarte las uñas y detectar el olor a trementina.

Con esto sobre la piel, solo mirará las joyas.

—¿Es de verdad? —pregunto, ladeando la cabeza para examinar la soldadura de plata oxidada tras el colgante central—. ¿O también habéis falsificado las joyas familiares?

—Perteneció a la Marquesa de Montiel en mil ochocientos noventa. Date la vuelta.

Dudo un segundo. Darle la espalda a Gael de la Vega en una habitación cerrada va en contra de todas las precauciones que me han mantenido con vida desde los dieciséis años.

Pero el espejo veneciano con marco dorado sobre el diván refleja la antecámara al completo.

Me vuelvo hacia la luna azogada y alzo los brazos para sostenerme la base del moño, dejando la nuca al descubierto.

Por el espejo, veo a Gael acercarse.

Su sombra alta me cubre la espalda. Cuando sus dos manos me rodean la garganta para colocarme la cadena de oro viejo, el calor de sus palmas me alcanza antes que el metal.

Los granates caen fríos sobre mi clavícula, justo en la curva donde el pulso me late con más fuerza.

Los dedos de Gael me rozan la piel de la nuca buscando el cierre a presión.

Tarda el doble del tiempo necesario. La yema áspera de su pulgar desciende por el tendón de mi cuello y sube hasta la raíz del pelo recogido, a dos centímetros de mi bisturí oculto.

Me quedo inmóvil. Le sostengo la mirada a través del espejo dorado.

Sin las máscaras de la abadía de por medio, sus facciones pierden esa rigidez de estatua funeraria.

Un cerco grisáceo le oscurece la piel bajo los ojos, la señal inequívoca de quien se ha pasado la madrugada en vela, y la herida del labio inferior le tira al respirar hondo.

Se ajusta el gemelo de la muñeca izquierda y mira hacia la alfombra antes de volver a hablar.