Capítulo 4 El Reloj de las Cuatro Horas #3
—Madrugada del diecisiete de octubre —digo—. Una y treinta y ocho. Saliste por el sótano del Ala Norte con mi hermano. ¿Quién era el segundo hombre y dónde dejasteis a la chica del violonchelo?
Damián traga saliva contra la presión de mi brazo.
—Don Gael... don Beltrán me manda enterrar si abro la boca...
Aumento la carga tres kilos más. El aire se le corta en la glotis con un silbido agudo.
—Beltrán tiene que pagarle a terceros para mandar enterrar a alguien, Damián. Yo estoy aquí delante de ti. Te quedan cinco segundos antes de quedarte inconsciente. Tres. Dos.
—¡Carretera del sur! —jadea, golpeando dos veces con la palma en el hormigón—. ¡Se lo digo!
Aflojo el brazo medio centímetro, dejándole un resquicio de oxígeno.
—Habla. Sin dejarte nada.
Damián aspira una bocanada por la nariz con la cara perlada de sudor:
—Yo no subí al Ala Norte... Don Beltrán me mandó tener el coche arrancado en el muelle interior a la una y media.
Dos de seguridad del consejo bajaron a la chica sin sentido envuelta en una manta gris y con la funda blanca del instrumento.
Respiraba, le vi el pecho moverse cuando la metieron en una furgoneta cerrada que salió delante de mí sin placas.
—¿Y quién le dio las órdenes a mi hermano ahí abajo?
—Solo lo vi de espaldas, don Gael —balbucea, temblando—. Llevaba la capa y la máscara dorada del consejo... Don Beltrán lo llamó Cardenal. Se subió a mi coche solo hasta el nudo de la M-40, donde lo esperaba su chófer oficial.
—¿Y dónde va a verse Beltrán con ese hombre hoy?
—En el Teatro Real, esta noche, en el estreno de Tosca. Don Beltrán mandó tener el esmoquin planchado porque va a compartir el Palco Real de la Fundación con el juez Valdivia y los invitados del consejo a partir de las ocho.
Sostengo la mirada en las pupilas de Damián tres segundos. La arteria de su cuello le late disparada, pero con pulso limpio.
Retiro el brazo de su garganta y me ajusto el puño de la camisa bajo el abrigo.
—Recoge tu pistola de la alfombrilla, termina de limpiar ese cristal y lleva a mi hermano al Teatro Real a su hora —le ordeno en voz baja—.
Si Beltrán sospecha una sola palabra de esto, mañana a las ocho la grabación de tu salida en Santa Águeda estará en la Fiscalía Anticorrupción con tus huellas como único autor del secuestro de Clara Mendoza. ¿Ha quedado claro?
Damián se frota el cuello enrojecido y asiente:
—Sí, don Gael.
Subo la rampa al volante del cupé negro de vuelta al aguacero de la Calle de Velázquez.
Mientras el limpiaparabrisas barre el cristal camino del centro, palpo el cilindro de titanio con la copia termográfica en el bolsillo interior de mi chaqueta y termino de encajar la geometría de la jugada.
El Palco Real de la Fundación en el Teatro Real dispone de cuatro butacas de terciopelo carmesí y una puerta que comunica con el Salón Privado de los Mecenas.
Beltrán reservó dos plazas para él e Ignacio Valdivia, y dejó las otras dos a mi nombre en el listado del patronato, convencido de que yo declinaría la invitación.
Si entro solo a las ocho de la tarde, Beltrán mantendrá las defensas arriba.
Pero si cruzo la Plaza de Oriente del brazo de una mujer que acapare todas las miradas del vestíbulo, y si siento a Valeria Mendoza a noventa centímetros de la nuca de mi hermano y del juez Valdivia durante Tosca, me cobraré dos deudas de una sentada.
Veré en los ojos de Beltrán y en las manos de Valdivia cuál de los dos reacciona ante la sangre de los Mendoza, y aprovecharé la penumbra del palco para exigirle a Valeria la segunda penitencia de nuestro trato a cambio de la memoria de titanio que me quema en el bolsillo.
A las trece y cuarenta, aparco ante la Maison Santillana, en el Callejón de Jorge Juan, la sastrería de alta costura que viste a las invitadas del consejo para las noches de gala de la Ópera.
En la planta principal, prescindo de la cinta métrica del maestro sastre.
Mis palmas memorizaron las medidas de Valeria Mendoza hace apenas unas horas en la oscuridad de la Abadía: un metro sesenta y seis, cintura estrecha que abarco entera con mis dos manos, caderas firmes, hombros finos que huelen a disolvente y a lluvia.
Elijo un vestido largo de terciopelo de seda carmesí oscuro, espalda descubierta, escote pronunciado sujeto a la nuca con un broche de plata y una abertura lateral en el muslo izquierdo cortada de tal forma que el mango de un bisturí, o mi propia mano, se deslice sin toparse con ninguna costura.
Sobre la mesa de caoba, abro el maletín de cuero que he subido del coche. Extraigo la media máscara de filigrana de plata oxidada que ella dejó sobre el reclinatorio del confesionario, junto con las dos entradas doradas del Palco Real para las veinte horas.
El dependiente dobla el vestido carmesí entre pliegos de seda negra dentro de una caja alargada, acomoda la máscara de plata y las entradas sobre el terciopelo y aguarda con la cinta de falla.
Saco la pluma estilográfica de acero del bolsillo, cojo una cartulina de hilo sin membrete y escribo con la mano izquierda, en trazos rectos y secos, la nota que el mensajero dejará en la última planta de la Calle del Amparo antes de las tres de la tarde:
Segunda Penitencia hoy a las veinte horas. Ponte el rojo. Sin bragas.
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