Capítulo 4 El Reloj de las Cuatro Horas #2
—Pero entregaba los armarios en su fecha —zanja él, clavando los ojos castaños en el tajo rojo de mi labio inferior. Se detiene dos segundos en la marca de los incisivos sobre la piel hinchada, sin cambiar el tono neutro de la voz—: La restauradora del Prado gasta unos dientes afilados.
—Gasta un bisturí número once y un pulso de hierro —digo, dejando la taza—. Abre el maletín.
Mateo extrae dos discos duros industriales de la subestación de Santa Águeda. Enciendo mi ordenador desconectado de la red y conecto el puente bloqueador de escritura. La pantalla nos baña la cara con un resplandor verdoso mientras Linux monta los directorios en bruto.
—La guardia utiliza el servidor de la planta baja para monitorizar las treinta y dos cámaras en directo —explica Mateo, señalando la columna hexadecimal—.
Pero cualquier borrado o edición genera una copia espejo automática en la subestación eléctrica, por exigencias de la póliza de seguros de Don Rodrigo.
Filtra el viernes de hace tres semanas, dieciséis de octubre.
Introduzco el parámetro: `2026-10-16_18:00` a `2026-10-17_04:00`.
A las dieciocho doce, la furgoneta cruzó la barrera con cuatro músicos a bordo.
Clara Mendoza quedó registrada en la cámara uno del patio con la funda blanca del violonchelo.
A las veintitrés cincuenta, los otros tres músicos salieron por la puerta de servicio a fumarse un cigarrillo junto al vehículo.
Clara no bajó con ellos.
Abro el metraje del pasillo este a las cero doce del sábado.
La óptica infrarroja muestra a Clara caminando sola sobre el granito con el vestido negro de concierto, cargando con el instrumento a la espalda.
Sube la escalera de caracol hacia el Ala Norte de acceso restringido y atraviesa la puerta cortafuegos a las cero diecisiete.
En los canales del Ala Norte, Clara abre la segunda puerta de nogal a mano izquierda a las cero dieciocho.
Durante los siguientes cincuenta y dos minutos, el corredor permanece en calma.
A la una y diez de la madrugada, los cuatro monitores sufren un salto de sincronismo vertical simultáneo, y el pasillo continúa aparentemente desierto hasta la una y cincuenta.
—Mira ahí —indica Mateo, tocando el medidor de ruido digital—.
Hasta la una y diez, la mota de polvo bajo el aplique de la cámara tres flota con la corriente del aire caliente.
Entre la una y diez y la una y cincuenta, esa misma mota se queda congelada en el píxel cuatrocientos doce durante cuarenta minutos seguidos.
Metieron un fotograma estático en bucle sobre la señal.
Abro el registro de la memoria no volátil de la controladora de vídeo. La línea ochocientos cuarenta y nueve resalta en blanco sobre el fondo oscuro:
`[01:52:14.08] CMD: OVERRIDE_LOOP_WRITE // CH_NORTH_01_04 // AUTH_TOKEN: 002_BDLV_MASTER // BIO_HASH: VERIFIED`
Se me corta la respiración. Fijo la vista en las cuatro iniciales tras el número dos: BDLV.
Beltrán de la Vega.
Solo tres hombres disponemos de un pase de nivel cero capaz de sobrescribir el búfer de la subestación sin disparar la alarma en mi central: Don Rodrigo, yo y mi hermanastro mayor.
Beltrán usó su propia llave maestra y la huella de su pulgar derecho en el terminal biométrico del Ala Norte a la una y cincuenta y dos para eliminar los cuarenta minutos previos.
—Hay otro cabo suelto, Gael —añade Mateo, desplegando el registro de la caldera subterránea—.
El montacargas de la bodega funciona al margen del circuito de cámaras, pero la bomba hidráulica registra el peso de la plataforma.
Fíjate en el pico de la una y treinta y ocho.
Cegaron las cámaras y se olvidaron del pistón mecánico.
La gráfica sube en vertical de cero a doscientos cuarenta y cinco kilos en la segunda planta del Ala Norte a las `01:38:04`, baja directa al sótano dos del aparcamiento interno y vuelve a cero a las `01:41:19`.
Dos hombres adultos trasladando a una mujer inconsciente de cincuenta kilos y una funda de violonchelo.
En la barrera del garaje subterráneo, a las `01:44:02`, el transpondedor del Mercedes-Benz S600 blindado de presidencia registró la salida bajo la niebla, conducido por Damián Soto, el chófer de Beltrán.
—¿Y el volcado térmico del sistema contraincendios del Ala Norte? —inquiero.
—La centralita generó el archivo automático de esa madrugada antes del apagón de Beltrán —responde Mateo, sacando del bolsillo de su cazadora un pequeño cilindro de titanio cepillado del tamaño de un mechero y posándolo sobre la mesa—.
Extraje el paquete en bruto de esos cuarenta minutos directo de la subestación a este lápiz de memoria blindado.
Viene con el doble cifrado del consejo; llevará unas seis horas reventar la clave fuera del servidor, pero el vídeo termográfico de la una y diez a la una y cincuenta está íntegro ahí dentro.
Aprieto los dedos en torno al cilindro de titanio frío y me lo guardo en el bolsillo interior.
Beltrán solo habría estampado su huella en ese sistema si algo se le hubiera ido de las manos en el Ala Norte en presencia de un invitado demasiado influyente como para figurar en las grabaciones.
Después, colocó la ficha de la garita con mi rúbrica de lote en el archivo para atarme al pacto de silencio de la familia.
Consulto la esfera en mi muñeca izquierda. Son las cinco y doce de la madrugada.
—Mateo —digo, poniéndome en pie—. Duerme cuatro horas en el cuarto de invitados. A las diez quiero la geolocalización del móvil de Damián Soto. Al mediodía voy a hacerle una visita al garaje de mi padre.
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A las doce y cuarto, el aguacero convierte la Calle de Velázquez en un espejo de plomo en pleno Barrio de Salamanca.
Cruzo la cancela del Palacete De la Vega al volante del cupé negro y bajo por la rampa hacia el segundo sótano del aparcamiento. Estaciono fuera del tiro de la cámara fija y corto el encendido.
El sótano huele a gasolina, cloro y cera de carnauba. Bajo los tubos fluorescentes descansan cuatro vehículos sobre el suelo de epoxi gris: el Bentley de Don Rodrigo, dos todoterrenos de los escoltas y, pegado al conducto de ventilación, el Mercedes-Benz S600 negro de Beltrán.
Damián Soto está de espaldas, junto a la puerta trasera abierta del Mercedes, repasando la luna con una bayeta mientras fuma un purito bajo la rejilla de extracción. Lleva la chaqueta gris abierta sobre la sobaquera de la Sig Sauer.
Avanzo sobre el suelo sin hacer el menor ruido. A cuatro metros del coche, la sombra de mi abrigo corta el embellecedor cromado de la aleta.
Damián intuye el movimiento. Gira sobre los talones, suelta el puro y se lleva la mano bajo la solapa, retrocediendo hacia la alarma del pilar.
No le concedo ni medio segundo.
En dos zancadas, pateo la puerta blindada del Mercedes con la bota derecha.
Ciento veinte kilos de acero le golpean en el codo, atrapándole el brazo contra la carrocería.
Un chasquido seco se sobrepone al zumbido del extractor.
Le agarro la muñeca, le retuerzo el brazo hacia la espalda y le clavo el antebrazo izquierdo en la nuez, estampándole la tráquea contra la esquina de la columna de hormigón.
Con la mano libre, le saco la Sig Sauer de la funda, expulso el cargador hacia mi bolsillo y arrojo el arma vacía sobre la alfombrilla del Mercedes.
Toda la maniobra ha llevado menos de cuatro segundos.
—Ni se te ocurra gritar, Damián —le advierto en un susurro, cargando el peso de mi cúbito contra su tiroides—. El extractor ruge a sesenta decibelios y el guardia de la garita está viendo el partido. Si avisas a mi hermano, te parto la clavícula antes de que sueltes la primera letra.
Damián abre la boca buscando aire a la desesperada. Sus dedos arañan la manga de mi abrigo sin lograr aflojar la presa.
Le pongo la pantalla encendida del móvil delante de los ojos, con el registro de la barrera de Santa Águeda a las `01:44:02` y el pesaje de doscientos cuarenta y cinco kilos en el montacargas.