Capítulo 4 El Reloj de las Cuatro Horas
El calibre suizo de 1940 se retrasa cuatro segundos por hora cuando el aceite se seca en los rubíes del áncora.
Sujeto la caja de acero en el tornillo de banco de mi mesa de trabajo y me encajo la lupa en el ojo derecho.
A mi alrededor, el piso de la duodécima planta en el Paseo de la Castellana permanece sumido en la penumbra de las cuatro de la madrugada.
El cono de luz blanca recorta el paño de gamuza verde, el frasco de bencina y las ruedas dentadas desmontadas.
Fuera, la lluvia de noviembre resbala por los cristales.
Con las pinzas Dumont número cinco, suspendo la rueda de escape. Cualquier temblor doblaría el pivote de acero. Mi mano izquierda no vacila una décima de milímetro. El único desajuste en toda la estancia me viene de la boca.
Me paso la lengua por el labio inferior izquierdo y la costra fina vuelve a abrirse.
El regusto tibio y ferroso se me extiende por las encías.
Dos horas atrás, dentro del confesionario de nogal de la Abadía de Santa Águeda, los dientes de Valeria Mendoza se clavaron allí mientras mis dedos le subían por debajo de la falda en la oscuridad.
Mordió hasta hacerme sangrar antes de ahogar el gemido contra mi garganta.
Cuarenta y cinco minutos por la autovía A-6 bajo la niebla y una ducha fría no han servido para borrar la huella.
La presión de sus incisivos continúa grabada a fuego en mi carne hinchada.
Dejo la rueda de escape en la cubeta con bencina. Al inclinarme sobre la lente, el cuello desabrochado de mi camisa negra de lino me roza la barbilla y libera el aroma que traje de la sierra.
Está impregnado en la trama del tejido y en la piel de mis muñecas: trementina destilada, resina de damar y esencia de naranja amarga.
Los restauradores recurren a esa mezcla para ablandar barnices oxidados sin abrasar el óleo original.
Debería haber tirado la camisa al cesto de la ropa sucia a las tres y veinte.
En lugar de eso, la mantuve abotonada hasta el pecho antes de abrir el maletín de relojero.
El vaho de la bencina asciende mezclado con la naranja amarga, y el piso retrocede veinte años en el tiempo.
En Córdoba, el bochorno de agosto agrietaba la cal del patio trasero del taller en la Calle de los Judíos, mientras mi madre limpiaba con aceite de naranja y cera de abejas los bordes de un frontal flamenco del siglo diecisiete.
En Córdoba, sus dedos conservaban manchas de añil bajo las uñas cortas y un callo liso en el índice derecho, allí donde la aguja curva empujaba el hilo de oro a través de la urdimbre de lana.
Aquella madrugada de martes, atrancaron el cerrojo exterior con una barra de hierro, vertieron queroseno crudo bajo el quicio y dejaron que una humareda negra devorara los rollos de brocado en noventa segundos.
Me reventé los dos puños contra la reja de la ventana baja hasta que la viga maestra del tejado se vino abajo como una brasa sobre mi omóplato izquierdo, horas antes de que la berlina negra del Marqués de Montiel frenara ante los escombros para recoger a su bastardo de doce años.
Veinte años no enfrían una viga al rojo vivo.
Muevo el hombro izquierdo bajo el lino negro. La cicatriz antigua me tira de la piel desde la nuca hasta la escápula, despierta siempre con la humedad de Madrid. Cojo el móvil junto al calibre micrométrico.
En la carpeta cifrada del servidor de la Fundación De la Vega, abro el archivo de audio número cuatrocientos ocho, grabado hace once días durante las audiciones en la sala capitular de Santa Águeda.
El ataque del arco en la cuerda la rompe el silencio.
Es el Preludio de la Suite número dos en re menor de Bach, interpretado en un violonchelo de abeto alemán.
A los cuarenta y dos segundos, en la transición a la cuarta posición en la cuerda re, el arco vacila una fracción de compás.
Se percibe una fricción breve de crin y colofonia, señal de que la muñeca derecha de la intérprete perdió firmeza al girar el pulso antes de retomar el vibrato.
Clara Mendoza tenía veintiún años cuando grabó esa pista el martes de la semana anterior, antes de la cena del consejo.
Abro la segunda ventana en la pantalla: la ficha de la garita número cuatrocientos ocho, cuya copia le dejé en el confesionario a Valeria para que se la llevara consigo. En la esquina inferior derecha, bajo el cuño del cisne negro, figura mi rúbrica: G. de la Vega.
Valeria debe de estar mirando esa firma ahora mismo en la Calle del Amparo, calculando cuántos milímetros de acero tiene que clavarme en la carótida para cobrarse la factura de su hermana.
El engranaje burocrático que hay tras esa tinta funciona de otra manera.
Como director de Seguridad y Patrimonio, firmo el primer lunes de cada mes los lotes de acreditaciones emitidos por la secretaría cultural de mi hermano Beltrán: cuarenta formularios que autorizan el acceso a restauradores, afinadores y músicos del Real Conservatorio Superior de Madrid.
El martes en que Clara subió a la sierra en la furgoneta de la orquesta, yo estaba en Zúrich, auditando las cajas de seguridad del banco privado de mi padre.
Regresé a Madrid el jueves por la noche.
El viernes por la mañana, al cotejar el atestado de la Guardia Civil con el libro de registro de Santa Águeda, encontré el nombre de Clara Mendoza marcado con un sobreseimiento fulminante firmado por el juez Ignacio Valdivia en la Audiencia Nacional.
El caso se había cerrado en cuarenta y ocho horas catalogado como marcha voluntaria del domicilio.
Valdivia solo despacha en fin de semana con semejante presteza cuando alguien desde el Palacete De la Vega marca el número directo de su despacho.
Le ordené a Mateo que investigara el entorno familiar de la violonchelista esa misma tarde.
Llegué así a Valeria Mendoza: veintisiete años, restauradora en el Museo del Prado, conocida entre los anticuarios de la Calle Serrano por la finura con la que retiraba barnices barrocos en Lavapiés.
Cuando descubrí que dos matones de Beltrán habían estado haciendo preguntas sobre las hermanas Mendoza en una taberna de la Ronda de Atocha, aposté a un vigilante en la Calle del Amparo.
Yo ya me sabía su nombre la noche en que se coló en el archivo acorazado de la Abadía con la acreditación del Prado. Dejé que se llevara el Códice de Sangre y la máscara de plata porque necesitaba un pretexto para blindar el claustro y forzar a Beltrán a mover ficha.
Lo que no entró en mis cálculos fue su pulso a ciento treinta latidos por minuto bajo mi palma cuando me apoyó el bisturí número once en la yugular.
Ni la forma en que se arqueó contra la celosía de nogal, sosteniéndome la mirada a través de la plata oxidada mientras me exigía más fuerza, sin ceder un palmo hasta sacarme sangre de los labios.
El violonchelo concluye la suite en un acorde grave. El telefonillo blindado emite dos zumbidos cortos.
Son las cuatro y media de la madrugada.
Cruzo el salón hacia la puerta acorazada y giro la cerradura de anclaje múltiple.
Mateo aguarda en el rellano del ascensor con el abrigo gris empapado y un maletín Pelican negro en la mano derecha. La cicatriz blanca de su ceja izquierda, recuerdo de Ceuta de doce años atrás, resalta bajo la bombilla fría.
—La carretera de Burgos se ha inundado a la altura del kilómetro veintidós —dice Mateo en voz baja, entrando con las botas de agua—. He tenido que desviarme por Colmenar Viejo.
—¿Te vio alguien en la subestación cuando abriste el armario del servidor espejo? —pregunto, echando la llave.
—El vigilante estaba frito en la garita sur con el calefactor a tope. Anulé el volumétrico exterior, extraje la bahía doble del RAID y metí dos discos vírgenes para mantener el testigo verde encendido. No se van a dar cuenta hasta el martes.
Mateo cuelga el abrigo y apoya el maletín en la mesa de pizarra. A sus cuarenta y cinco años, tras ocho inviernos al frente de mi equipo de seguridad, es el único hombre en todo Madrid con llave de este ascensor y el único que sabe en qué cementerio descansan los restos de mi madre.
Me acerco a la isla de la cocina y acciono la cafetera La Pavoni de palanca cromada.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste cuatro horas seguidas, Mateo? —pregunto, ajustando el portafiltro en el grupo de latón.
Mateo apoya los puños en el granito negro y contempla el banco de relojero iluminado al fondo.
—El jueves de la semana pasada, antes de pegarme a la trasera del coche de Valdivia hasta Aranjuez. ¿Y tú?
—En el vuelo desde Zúrich. Cuarenta minutos antes de comernos las turbulencias en los Pirineos.
Bajo la palanca cromada. El expreso cae espeso en las dos tazas de porcelana negra, solapando el olor a bencina que flota en el salón. Le deslizo un platillo a Mateo y cojo mi taza.
El café sale excesivamente amargo en la segunda extracción y Mateo se lo bebe entero de pie junto al fregadero de todos modos.
Deja la porcelana en el platillo sin hacer ruido y señala con la barbilla hacia las ruedas dentadas repartidas sobre el paño verde.
—¿Ese es el Omega que te trajiste de Ginebra?
—Es un Longines de 1942 —respondo, saboreando el café caliente sobre la herida de mi labio—.
El dueño anterior le echó aceite mineral denso en el eje del volante.
La grasa se apelmazó con el frío y trabó la espiral.
Si un diente de la rueda de escape rueda sucio durante seis meses, el rozamiento devora el acero y todo el calibre pierde el compás.
—Mi abuelo tenía un reloj de péndulo en la carpintería de Burgos —recuerda Mateo, mirando la cortina de agua en la ventana—.
Cada mes de enero, cuando empezaba a atrasar por las heladas, le pasaba una pluma de perdiz mojada en queroseno por los engranajes de latón.
Andaba fino tres semanas. Luego se paraba en seco a las cuatro de la tarde y le soltaba un puñetazo a la caja de pino para que el péndulo volviera a oscilar.
Una comisura de mi boca se curva en una media sonrisa breve.
—Tu abuelo habría sido un pésimo relojero suizo, Mateo.